El primer gran amor en la vida de todo ser humano se escribe  con cuatro letras y se pronuncia MAMÀ… Dulce y  hermosa  palabra que nos acompaña por el resto de nuestras vidas, que al igual que las margaritas del campo en lo complejo de su simplicidad encierra todo el poder de  su grandeza infinita.

Nadie como ella para espumar un chocolate caliente en una tarde de lluvia, para mitigar con su ternura el cansancio común de un día que termina y para sanar con sus besos la herida más profunda.  Nada como el refugio cálido y constante de sus brazos eternamente abiertos. Nada como su palabra oportuna y cierta que abre caminos con su magia y alienta y pone de fiesta al corazón, y la importancia de sus silencios benditos en los momentos precisos en donde urge ordenar desde adentro las tempestades de la razón que ella conoce bien.  Remanso de paz en su mirada con la que acaricia el alma y toda la alegría de su sola presencia ignorando distancias, hace que se encuentre tan cerca de Dios.

Ella no necesita un día específico  marcado en el calendario que le recuerde con premura y antelación la alegría inmensa de tener un hijo maravilloso, porque de día y de noche  está presente en el centro de su corazón y significa su universo entero. Y es por ese pedacito de su cielo que se queda hasta el alba para verlo llegar, para imaginarlo al otro lado del teléfono en un brevísimo espacio en donde apenas queda tiempo para un “TE QUIERO MAMÁ” que ella, con inquebrantable  amor espera  todo un año para escuchar…

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