VISLUMBRES por Abelardo Ahumada.

El domingo pasado, debajo de un enorme toldo que se levantó muy cerca de la sede nacional del partido tricolor, se dieron cita los priistas de mayor grado y alcurnia para asistir al evento en el que, con una “nueva cara de ciudadanos”, se dedicarían festejar el aniversario número 89 de la fundación del Partido Nacional Revolucionario, el abuelito el PRI.

No obstante la nueva cara de ese organismo político (que su candidato presidencial se esforzó en presentar), varias notas periodísticas dan fe de que dicho evento se realizó “conforme a la antigua usanza” del ex partidazo. Lo que equivale a decir que la mayor parte del auditorio se integró con miles de acarreados;  que una porción más pequeña se integró por todos aquellos militante que, manteniendo vivas sus esperanzas y enarbolando la legitimidad de sus aspiraciones, quieren ser tomados en cuenta para cualquier candidatura que sus dirigentes les quieran ofrecer, y que la élite que se hizo presente, o ya llevaba su candidatura plurinominal en la bolsa, o ya había sido llamada por Pepe Toño para formar parte de su equipo de campaña, con posibilidades de alcanzar un puesto en el gabinete de aquel señor, en el remoto caso de que su partido  vuelva a levantarse con la victoria en las elecciones del primer domingo de julio.

Hasta ahí todo iba más o menos como se previó. Se sabía igual que, muy de acuerdo a las leyes no escritas que se manejan en ese partido, el presidente Enrique Peña Nieto no asistiría al acto para no opacar con su presencia la del candidato Meade, a quien en el colmo de la cortesía política le habían reservado el rol de ser él el único orador del evento.

Dice la raza más brava que a muchos de los pobres acarreados los sacaron desde sus pueblos, barrios y ciudades desde muy temprano, y que sus acarreadores trataron de contentarlos con el consabido reparto de tortas, refrescos y algún billetillo extra. Y comentan también que, como el discurso del ciudadano Meade duró tan poquito (pues más tardaron en entrar y en acomodarse en las sillas que el discurso en empezar y concluir), les quedó un buen rato libre para irse de paseo, antes de abordar los autobuses que los llevarían de regreso a sus lugares de origen.

UN DISCURSO AGUADO. –

Escuché una sola vez la “pieza oratoria” (¿¿!!) que el ciudadano Meade pronunció el día 4, pero la leí tres veces para asegurarme de su contenido y, créanme, estimados lectores, nunca había visto, oído o leído este redactor un discurso tan aguado y soso de ningún candidato presidencial propuesto por el partido tricolor. Vaya, ni siquiera el del candidato emergente Ernesto Zedillo Ponce de León, del que tampoco se puede afirmar que haya sido un gran orador.

El ciudadano Meade tal vez podría justificar la “aguadencia” de su discurso argumentando la idea de que él no es militante de ningún partido (¿?), y que por consiguiente no está obligado a hablar como un político. Y yo estaría de acuerdo con él. Pero si tomamos en cuenta que como quiera que sea es un candidato presidencial, lo menos que se podría pedir de su parte es que fuera capaz de calentar o entusiasmar a la gente, pero el pobre no se calienta ni entusiasma él solo. Y así no creo que vaya a convencer a muchos a votar por él, excepto a los priistas recalcitrantes que no quieren dar su brazo a torcer, o a los que, como dije, ya están más que convencidos por tener una candidatura más o menos segura, como nuestro paisano que eventualmente habita por los rumbos de El Trapiche, al que se le vio muy sonriente al lado de Miguel Ángel Osorio Chong, el que también ya se mira como coordinador de la futura bancada priista en la Cámara de Senadores.

MEADE, EL REFORMADOR. –

Si uno se pone a analizar con rigor el texto aguadamente leído por el ex secretario de Hacienda, se encontrará con que es un discursillo más bien chafa, con alusiones históricas y biográficas mediante las que pretendió demostrar que el PRI que hoy lo cobija es la institución política que más ha aportado al desarrollo de México, y uno podría coincidir en eso, pero sin dejar de notar que Meade evitó hablar de las muchísimas ocasiones en que algunos gobernantes emanados de ese mismo partido han dañado no sólo la credibilidad de las instituciones que su partido, en efecto, ayudó a construir, sino a la economía nacional y al bienestar de millones de mexicanos que, habiendo nacido pobres, vivieron toda su vida con hambre y murieron sin ver realizadas sus esperanzas de un futuro mejor.

No tiene caso glosar todo su discurso aquí, pero sí quisiera resaltar y analizar algunas de sus frases más notorias:

Lo que más me gustó del discurso de Meade es que sólo utilizó tres renglones para saludar a los asistentes. Y eso porque nunca he compartido la mala práctica que tuvo por ejemplo Mario Anguiano, y tiene el profesor Federico Rangel, que consiste en que antes de iniciar cualquier acto gastan su tiempo y el de los demás diciendo: “Saludo a fulano de tal; saludo a la diputada equis y al senador ye; hago lo propio con …” Salutaciones tarugas y repetitivas porque se realizan luego de que el maestro de ceremonias en funciones ya había presentado a los integrantes del presídium y a todos los invitados especiales.

Pero volviendo al “emotivo discurso” que según otro redactor (porque de todo hay) pronunció el candidato de EPN, quiero hacer notar que Meade quiere “un México chingón”, y afirma estar preparado para convertirlo en “una potencia”. Aunque se dio el caso de que en ninguno de sus renglones llegó a esbozar siquiera cómo lo va a lograr.

Y en aras de fundamentar su perorata en lo mejor de la historia por él conocida, habló de que “el Partido de la Revolución Mexicana (ojo) y Lázaro Cárdenas reivindicaron el derecho a la tierra, la propiedad de la nación sobre el subsuelo, sembraron las bases de la seguridad social y los derechos de los trabajadores”. Atreviéndose a decir que “el cardenismo hoy vibra en la CTM y la CNC que están aquí presentes”. Lo mismo que “los petroleros”. Antes no dijo ser admirador de Cuauhtémoc Cárdenas.

Pero sí habló de que la CNOP y él cumplen años el mismo día, y se sacó del recuerdo una frase que ya nadie usa en el PRI desde Miguel de la Madrid para acá: la de la “Unidad Revolucionaria”. Falsa unidad que enarboló para refrendar “la profunda admiración” que él, EPN y los demás miembros de la élite priista tienen, según eso, “a los soldados, marinos y pilotos que a diario ofrendan trabajo y vida por nosotros”.

Señaló que tras de haber hecho un “juicio histórico” al actuar del “PRI se aprecian grandes aciertos y también errores”. Pero que dio a entender que todo eso es perdonable porque más allá de la historia negra que los gobernantes emanados de ese partido puedan tener, aún son “la opción que ofrece el cambio con responsabilidad, somos la opción que mejor conoce lo que se ha hecho, que sabe de los resultados de sus programas, de sus aciertos y de sus errores”.  Y no como el mesías tabasqueño al que aludió sin nombrar.

Y luego, por tratar de echarle tierra al candidato presidencial panista, Meade se metió en un lodazal del que le será imposible salir, puesto que, careciendo de la elegancia discursiva que sí tuvo el difunto Colosio, se atrevió a retomar algunas de sus ideas, y acabó tratando de deslindarse de “la mafia del poder” que dijera El Peje, cuando afirmó: “Marcamos distancia y exigimos castigo a los que incumplen la ley. Pintamos nuestra raya con los que se han aprovechado para llenar sus bolsillos a costa del esfuerzo de los demás”. Pero, ¡claro!, en vez se enojarse, asustarse o salir corriendo de allí, lo aplaudieron a rabiar todos los honestísimos funcionarios y políticos que se dignaron asistir a “tan significativo” evento, como si ninguno de ellos trajera una sola mancha en sus currículums de políticos tracaleros.

No quiero abundar más en la glosa del opaco discurso del ciudadano Meade, pero tengo la impresión de que a lo mejor lo escribió como pudo, él solo, la noche del sábado anterior, o que se lo entregaron en la mañana del domingo cuatro, ya casi para comenzar el acto, y no se puso a meditar en su contenido, porque entre otras varias lindezas que se le oyó decir, ya dio por válido su triunfo en las elecciones y dijo que su mujer “va a ser una gran primera dama”.

También afirmó que su partido (el que quiere manejar, pero en el que no quiere militar) “abandera la igualdad en la participación de las mujeres, lleva la voz de los jóvenes como nunca antes [y], evita la participación consecutiva en cargos plurinominales”. ¡Ja, ja! ¿Cómo la ven?

E igual dijo que, dado que “la congruencia es mi (su) divisa”. En esta misma semana él mismo comenzaría “a encabezar el proceso de reforma del PRI […] instaurando la Comisión de Ética mandatada por la última Asamblea […] Para enfrentar esta elección con una nueva vocación. Una vocación ciudadana”.

Me pregunto ¿qué significará todo eso? Y ¿qué opinarán los propios priistas al respecto?: Meade se apunta como su reformador.

Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

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