VISLUMBRES por Abelardo Ahumada

Segunda parte

LA ¿BUENA NOTICIA? –

En la primera parte les comenté que el 21 de junio de 1929, unos representantes del gobierno federal y otros representantes de los obispos mexicanos, se reunieron por tercera o cuarta vez para suscribir, ya de manera oficial y hasta “con la aprobación del Papa”, los acuerdos político-diplomáticos con los que se pretendió dar fin a la Rebelión Cristera. Pero no les he comentado aún que tales noticias tardaron varios días en llegar hasta los diversos sitios en donde había cristeros combatiendo, y que, en el caso concreto de Colima, el primer comunicado fehaciente (y la orden de cese al fuego), llegaron hasta su Cuartel General en la zona de los volcanes, hasta la tarde del 4 de julio siguiente. Lo que equivale a decir que dentro de dos días exactos se cumplirán 90 años de que la noticia del supuesto fin de la guerra llegó a los oídos de los combatientes colimotes acantonados en lo más agreste de aquella montaña, y que lo mismo sucedió, un poco antes o un poco después, en todos los campamentos y fortines del Nevado, del Cerro Grande, del Río Naranjo y de algunos de los pueblos vecinos del Sur de Jalisco.

Puse, sin embargo, una interrogación a este primer subtítulo porque si para el gobierno, y para algunas de las madres o las esposas de los cristeros aquélla fue una buena noticia, para los “soldados de Cristo” no lo fue tanto porque de algún modo la tradujeron o interpretaron como una rendición, siendo que por ningún motivo creían que fueran perdiendo terreno y fuerzas, sino al contrario.

Pero antes de entrar en detalles sobre lo que ocurrió inmediatamente después, déjeme recordarles que, tal y como lo mencioné al final del capítulo anterior, la parte más cruenta y dolorosa de los combates en nuestra región se dio, precisamente, durante mayo y junio de 1929, sin que ni los soldados federales comisionados acá, ni los cristeros de los diferentes campamentos supieran que las negociaciones de paz llevaban un buen avance.

Complementando la información al respecto, vale la pena señalar que, corriendo casi paralelamente con los acontecimientos de la rebelión cristera, hubo algunos otros movimientos de carácter político-militar que, sin buscarlo, incidieron en su desenlace.

EL PADRE PRO, LA REELECCIÓN DE OBREGÓN Y UN DIBUJANTE DESCONOCIDO. –

En cuanto corresponde al primero de esos movimientos, tendríamos que recordar que, un día de junio de 1927, cuando la rebelión cristera empezaba a cundir y a provocar corajes y preocupación al presidente Calles y a su ministro de Guerra, el ex presidente Álvaro Obregón, que ya tenía casi tres años de retiro en su hacienda de Cajeme, Sonora, publicó un “Manifiesto a la Nación”, en el que se declaraba puestísimo a presentarse como candidato en las elecciones siguientes. Provocando con ello la reacción virulenta de no pocos militares políticos que, o tenían muy en cuenta el principio de “la no reelección”, o tenían también aspiraciones presidenciales, como fueron los casos de los generales Francisco R. Serrano y Arnulfo R. Gómez, antiguos subordinados de Obregón, que en ese tiempo se le opusieron, pero que acabaron pagando cara su osadía, pues el primero fue asesinado el 3 de octubre de ese mismo año, y el segundo fue pasado por las armas casi un mes después. Todo esto mientras que Calles manipulaba a los diputados que le eran sumisos, para modificar los artículos 82 y 85 de la Constitución, con el fin de que su muy querido amigo y jefe pudiera ser reelecto en los comicios presidenciales de 1928.

Para esa época, sin embargo, el movimiento cristero ya contaba con una base laica muy amplia en muchos pueblos y ciudades del país, donde había gente participando en la recolección de víveres, armas, parque y medicinas para los combatientes, así como elementos que participaban en la transmisión de órdenes, la publicación y difusión de volantes informativos, e intercepción de órdenes militares y de gobierno.

En uno de los grupos que operaban en la ciudad de México se fraguó (en noviembre de 1927) un atentado que tenía el propósito de suprimir a Obregón, pero resultó infructuoso y derivó en la captura de los hermanos Roberto y Miguel Agustín Pro, cura jesuita éste último, que fueron fusilados sin haber sido probada su participación en el atentado, generando el coraje de mucha gente católica.

Ya en julio de 1928, no habiendo tenido ningún otro candidato que se le opusiera, Obregón fue declarado ganador de las elecciones del primer domingo de aquel mes y año. Motivando así que, en otro de aquellos grupos cristeros que operaban en el De Efe, se comenzara a pensar en “hacer algo” para impedir que Calles y Obregón se salieran con la suya. Cuentan las crónicas en ese sentido, que en una de sus reuniones, el joven dibujante José de León Toral se preguntó en voz alta por qué “Diosito” no impedía de algún modo que Obregón volviera a ser presidente, y que la señorita Concepción Acevedo de la Llata, madre superiora de un convento había padecido los asedios del callismo (y admiradora del Padre Pro), que también estaba allí, le respondió: “Es que en ocasiones como ésta Diosito también necesita algo de ayuda”. Entendiendo el joven que a la mejor él mismo podría ser esa ayuda sugerida.

Haya sido eso cierto o no, lo que sí se sabe con relativa seguridad es que, José de León Toral se consiguió una pequeña pistola de calibre 32, que podía esconder muy fácilmente en un bolsillo de su saco (o de su pantalón), y que durante casi tres días le anduvo siguiendo los pasos al presidente electo, hasta que al medio del 17 de ese mismo julio, logró saber que estaría en un famoso restaurante del pueblo de San Ángel, conocido como La Bombilla, en donde un grupo de diputados federales lo había invitado a comer y le pensaba felicitar por su reciente triunfo. Por declaraciones de testigos y la suya propia, José de León Toral estuvo haciendo algunos dibujos caricaturizados a varios de los diputados y funcionarios asistentes. Luego hizo otro de Obregón, y cuando consiguió permiso para mostrárselo, por debajo del cuaderno sacó la pistola del bolsillo derecho de su chaleco y se la vació a menos de medio metro de distancia.

No tiene mucho caso decir todo lo que ocurrió enseguida, pero debo mencionar el hecho de que cuando fue interrogado en medio de la golpiza, en algún momento mencionó a “la Madre Conchita” y con ese dato bastó para que a él lo mandaran fusilar en febrero de 1929, y a la religiosa la condenaran a pasar 20 años de prisión en el penal de las Islas Marías, como “autora intelectual del magnicidio”.

CALLES, EL PNR Y EL MINISTERIO DE GUERRA. –

Algunas otras personas supusieron que Calles mismo estuvo tras el asesinato porque, cuando éste se presentó en el domicilio a donde lo habían llevado para velarlo, dicen que “se acercó a la cabeza del cadáver y dijo: ‘¿Querías ser presidente? Tal por cual, pues no llegaste”.

Y que habiendo escuchado eso, “el general (colimense) Higinio Álvarez García se molestó y hasta sacó la pistola [para apuntar a Calles], pero el médico Osornio intervino para bajar los ánimos”.

Tras del asesinato de Obregón, fue más que evidente que Calles tuvo la tentación de quedarse en la presidencia, pero hubo un grupo muy fuerte de opositores y tuvo que resignarse a nombrar como presidente interino a Emilio Portes Gil, ex gobernador de Tamaulipas y su secretario de Gobernación, para que gobernara durante todo el año siguiente, en que se debería convocar a nuevas elecciones. Pero eso no le impidió conseguir su propósito de continuar ejerciendo el poder tras bambalinas, sin importarle un cacahuate que a Portes Gil muy pronto la gente lo identificara como su títere.

Por otra parte, en paralelo con lo anterior, movió sus influencias y sus relaciones y, desde el mismo 1° de diciembre, en que el tamaulipeco tomó posesión, convocó a sus amigos para conformar el Partido Nacional Revolucionario (o PNR, que pretendía manejar también), y que entre otros propósitos que se le asignaron, se ocuparía de propiciar la unidad nacional y sustituir las diputas armadas por contiendas político-electorales.

Las asambleas estatales para conformar el PNR se fueron realizando poco a poco, estableciendo el día 3 de marzo de 1929 para dar inicio a la convención nacional en la que, si todo saldría bien, el 4 habría de anunciar su nacimiento oficial. Todo eso en tanto que, aprovechando la renuncia que el general Joaquín Amaro hizo a la titularidad de la Secretaría de Guerra y Marina, “por motivos de salud”, el mismísimo Calles se dispuso a ocupar dicha Secretaría.

Por supuesto que no faltaron voces críticas para señalaron que, al hacerlo y al pretender presidir el PNR, Calles buscaba tener el control total de cuanto acontecía en las altas esferas de la política nacional, y para evitar esas habladurías, renunció a la posibilidad de presidir el partido naciente, pero no sin haber dado claras señales en el sentido de que el próximo candidato a la presidencia de la república podría ser el ingeniero Pascual Ortiz Rubio.

Al enterarse de que un civil se encaminaba a ser presidente, el general José Gonzalo Escobar, se encabritó en contra de Calles y se autoproclamó candidato, promoviendo desde Hermosillo, el día 3 de marzo, fecha en que nacería el PNR, una rebelión en forma, apoyada por otros 55 generales, logrando tomar el puerto de Veracruz y varias ciudades importantes de Chihuahua, Sinaloa y Sonora.

Uno de los militares fieles que fueron comisionados para combatir la “Rebelión Escobarista” fue el general Eulogio Ortiz, quien tenía fama de implacable, y que participó en el asedio de los escobaristas acantonados en la pequeña ciudad de Jiménez, Chihuahua, desde donde, derrotados, huyeron hacia los Estados Unidos, llevándose consigo importantes caudales que habían sido sustraídos a varios bancos para subsidiar los gatos de la rebelión.

A principios de mayo de aquel convulso año de 1929, el jefe Calles comisionó a Eulogio Ortiz para que se trasladara a Colima con numerosas fuerzas, con el objetivo de acabar con los cristeros a como diera lugar, pero…

LA MADRE CONCHITA, LA PRIETA Y LA PRISION DE LAS ISLAS MARÍAS. –

Alrededor de un mes antes, las fuerzas federales, la policía montada estatal y hasta los rudos “cuicos” de las nueve alcaldías existentes, se pusieron de acuerdo para presionar a los alzados, buscando y atacando a su base civil, para disminuir los apoyos que les brindaban y hacerlos padecer mayores necesidades de las que ya de por sí padecían al hallarse encaramados en el volcán y los cerros, malcomiendo y durmiendo a la intemperie.

Viéndose así acosados, don Virginio García Cisneros, Jefe Civil del movimiento cristero en Colima, decidió no seguir exponiendo a su familia y se retiró junto con ella hasta el cuartel general del volcán, mientras que la persecución sobre algunas de las integrantes de la Brigada Femenina se intensificó.

Hablando sobre esta etapa, el profesor Antonio Magaña Tejeda, cronista municipal de Cuauhtémoc, Col., cuenta, por ejemplo, que su paisana Adela López García, a quien apodaban La Prieta, desde un principio participó en la Brigada Femenina, “destacando en el movimiento como espía, correo, proveedora de armas, municiones y provisiones”. Que su “trabajo fue muy eficaz para la causa, [pues] realizó actos de sobresaliente audacia y auténtica valentía, reconocidos por sus compañeros de lucha y jefes superiores que le concedieron el grado de Capitana de los ejércitos cristeros”, y que, para encubrir su nombre real, operaba entre los suyos, con el nombre de “Rosita”. A quien “la policía le siguió los pasos, hasta localizarla y tomarla prisionera, infraganti en la estación del ferrocarril de Guadalajara”. Desde donde fue trasladada “al Cuartel Colorado, y más tarde recluida en la prisión de Escobedo”.

Complementando ese relato, el padre Enrique de Jesús Ochoa escribió también que “desde antes de Semana Santa” estaban en esa prisión “las señoritas colimenses Adela López, Ma. Trinidad Preciado y Ma. de Jesús Vargas”, capturadas en la estación tapatía cuando les llevaban “a los libertadores, correspondencia y municiones”. Prisioneras que, durante la jornada del 9 de mayo de 1929, fueron trasladadas a la estación del ferrocarril, para ser metidas en un vagón de carga, donde los federales traían a decenas de cristeros (hombres y mujeres), para ser trasladados al puerto de Manzanillo, desde donde deberían ser embarcados para ir al penal de las Islas Marías.

Ambos narradores coinciden en que en ese mismo tren viajaban la Madre Conchita y otros “condenados”, a los que el gobierno mexicano envió a las mencionadas islas para purgar diferentes penas bajo los cargos “de rebelión, sedición y acopio de armas”, entre otros.

No deje usted de leer el capítulo final de esta interesante trama.

Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

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