Abelardo Ahumada

PERISCOPIO

Abelardo Ahumada

. A casi ya dos semanas del domingo electoral no se observa que nuestro país, o algunos de los estados se hayan “caído”, o estén “derrumbados” como era el pronóstico de quienes hasta oraban para “salvar a México del lopezobradorismo”, y de los militantes de Morena que fueron sus candidatos a diversos cargos de elección popular y, aunque lo nieguen los más feroces detractores del primer mandatario, la mayoría de los electores ya están más tranquilos y, como él mismo lo declaró en días pasados: “hay estabilidad política, hay estabilidad económica” y, dentro de lo que cabe, agrego yo, un buen porcentaje de gobernabilidad. 

El gran temor que muchos electores no necesariamente bien informados tenían, era que si los candidatos de Morena ganaban la Cámara de Diputados, el presidente López podría alcanzar un poder desmesurado y establecer una dictadura “al estilo Hugo Chávez, el de Venezuela”, pero todo parece indicar que no es el caso, porque más allá del hecho que López Obrador no se deje presionar por las grandes cámaras empresariales, y de que les haya salido respondón a los medios institucionales, en ningún momento se ha comportado como si fuera él un dictador, pues, si se fijan bien, él no ha mandado cerrar ningún periódico, ningún canal de televisión y ninguna estación de radio de los que tan constante y duramente lo critican, y se contenta con confrontarlos cuando cree necesario hacerlo; con rebatir sus opiniones; con llamarlos “fifís” o “conservadores”, o con exhibir sus actos y tendencias “retardatarias”. Hechos que los enchilan a todos ellos, malacostumbrados como estaban a recibir pagos y prebendas a cambio de “apoyar las acciones gubernamentales”, y de difundir “los logros presidenciales”, etc.

Y ya que abordamos este interesante asunto, lo que uno ve es que les duele a los dueños y/o a los directores de los grandes medios que no los fume; le molesta a los articulistas y editorialistas que les responda, y les encabrita a todos que los exhiba. Tal vez porque creen que los únicos con derecho a ejercer la libertar de expresión y el derecho de réplica son ellos, y porque por derivación consideran que se propasa por hacer todo eso, a diferencia de los presidentes de antes que, en vez de responderles, les pagaban para que no les pegaran. Como muy explícitamente lo gritó a los cuatro vientos José López Portillo en 1976, cuando forzó el cambio de directiva y redactores del periódico Excélsior cuando precisamente sintió que le estaban “pegando”.

La mejor prueba de esto que afirmo es que muchos de los grandes consorcios informativos de antes ya no publican los logros que haya tenido, o las acciones positivas que haya realizado el presidente Andrés Manuel y, en vez de eso, se dedican a criticarle todo, a magnificar sus errores, a tergiversar sus dichos y a inventarle infundios, como el de los supuestos zapatos sucios y el traje sumamente desaliñado que vestía en el momento en que recibió en el Palacio de Gobierno a la vicepresidenta de los Estados Unidos.

Pero él en sus mañaneras (que le quisieron prohibir durante la “veda electoral” y que quisieran que ya no ocurrieran nunca), se ríe francamente de todos ellos, y les hace bulla, citando a los medios que todo eso hacen, o mencionando por nombres y apellidos a “los intelectuales orgánicos” que durante los últimos sexenios se la pasaron viviendo muy a sus anchas, gracias a los subsidios gubernamentales que se les daban, ya sea por la compra masiva de sus publicaciones, por el pago de muchos anuncios en ellas, o la subrepticia entrega de sobres muy gordos directamente entregados a plazo fijo, o por cada publicación elogiosa.

Y a todos ellos habría que agregarles ahora las verdaderas fábricas de “fake news” que se dedican echarle lodo, con el propósito de que  el “pueblo ignorante”, “la plebe” que decía la hija de EPN, o “los electores descerebrados” cambien la buena opinión que tienen del mandatario de origen tabasqueño, y que posibilita que aparezca con los más altos porcentajes de aceptación en las encuestas internacionales que se dedican a medir el grado de preferencia que los mandatarios de los países más importantes del mundo tienen entre sus gobernados.  

GRAN TRIUNFO, GRAN PROBLEMA. –

Por más que siga siendo un individuo lenguaraz y boquiflojo, Vicente Fox Quesada fue, ni duda cabe, un muy buen candidato, y se ganó la simpatía de muchos millones de electores cuando, hace 21 años, recorrió gran parte del país y, con sorna, grandes voces y porte ranchero, se la pasó prometiendo que sacaría “de Los Pinos a las víboras prietas, tepocatas y todo tipo de alimañas” que durante largas siete décadas había anidado allí.

Pero, lamentablemente, aunque ganó la presidencia de la república, le quedó muy grande el ejercicio presidencial y se portó frívolo en algunos aspectos, comenzando por utilizar a los diplomáticos comisionados ante el Estado Vaticano para conseguir que el Papa le concediera pronto el divorcio eclesiástico y se pudiera casar de nuevo “con la señora Martha”, y hacer su fiesta de bodas en el alcázar del Castillo de Chapultepec, como si se tratara de revivir el esquema “imperial” de Maximiliano y Carlota, o la afrancesada pompa a la que tan encariñados estuvieron los grandes apellidos de la época porfirista. 

Más allá de todo esto, sin embargo, en cuanto Vicente Fox recibió su constancia como presidente constitucional electo, se topó con una realidad que lo asustó: me refiero a la necesidad que tenía de cambiar el gigantesco número de personas “de confianza” (la mayoría indudablemente priistas) que ocupaban los numerosos cargos de responsabilidad no sólo en las oficinas del “despacho presidencial”, sino en todas las secretarías de estado.

Hasta antes de lograr quedarse con la candidatura presidencial de su partido, muchos de los más afamados y más encumbrados panistas no creían que el rancherote Fox pudiese ganar la contienda y, para protegerse de la derrota que vislumbraban, la mayoría de ellos se fue a conseguir diputaciones y senadurías, de preferencia plurinominales, dejando solo en su campaña al exgobernador guanajuatense.

Pero como resultó triunfador y levantó a muchos otros panistas con “la ola” con que arrastró a los candidatos del PRI y del PRD, él ya no quiso, tampoco, llamarlos a colaborar y, viendo que como quiera que fuese tendría que asignar los cargos que quedarían vacantes cuando él tuviera que sustituir a Ernesto Zedillo Ponce de León, recurrió a su experiencia empresarial y, como si el gobierno fuera también una empresa, contrató a unos “head hunters”, o “cazadores de talentos” para que le ayudaran a encontrar la gente más idónea con la que integraría  él su equipo de gobierno.

Cumpliendo con su encomienda para lograr un “reclutamiento especializado” las agencias de “head hunters” que el cocacolero Fox contrató, publicaron convocatorias con ofertas de trabajo, invitando a quienes creyeran ser los individuos “más talentosos del país” a que llenaran sus solicitudes y presentaran sus currículums, sin importar que tuvieran o no experiencia en cargos de gobierno.

No quiero decir más al respecto, pero saco todo eso a colación porque, guardando las proporciones, Indira Vizcaíno Silva fue también una muy buena candidata y, contra todo lo negativo a que se enfrentó, resultó ser ganadora en la contienda por la sucesión gubernamental en el estado de Colima. Estado en el que desde 1933 no había logrado alcanzar un triunfo similar un alguien que no estuviese vinculado con el partido que fundó Plutarco Elías Calles.

Fue éste, pues, un gran triunfo electoral de Indira, pero, desde mi perspectiva, si ésa fue una tarea muy ardua y pesada, ahora viene lo más difícil aun, y me refiero a que, como Fox entonces, a la morenista le toca encontrar la suficiente gente capaz para cambiar la totalidad de los puestos “de confianza” que actualmente operan en el organigrama del gobierno estatal, y que suman cientos de personas que, mal que bien, tienen alguna experiencia en sus cargos.

El problema no es imposible de solucionar, porque entre la sociedad colimota ya hay muchísima gente preparada para eso y más. Pero el trabajo va a ser hallarla, y saber que se puede confiar en ella, porque, aparte, y esto hay que subrayarlo, algo que no debe hacer la gobernadora electa, será dejar en dichos cargos “de confianza” a la gente que esté vinculada con JIPS. Y no porque todos ellos sean pillos ni tengan fama de ladrones o cosas así, sino porque le conviene iniciar su gobierno libre de gente que pudiera quedarse allí nada más a estorbarle.

Más que por ley por costumbre, a los trabajadores sindicalizados “no los puede tocar”, y tendrá que cargar con ellos aunque no quisiera tal vez que eso sucediera, pero desde que fue presidenta municipal de Cuauhtémoc, sabe qué puede y qué no puede hacer con ellos, y al menos de momento, tendrá que buscar el modo de contemporizar, de hablar con sus líderes, y de convencer a los empleados del gobierno de que si están trabajando allí no es para servir al partido al que muy probablemente le deben la chamba, sino para servir al pueblo, que es, finalmente, el que les paga la raya, aunque sean otros los que firmen los cheques.

UN RETO MAYOR. –

Detrás de ese primer reto viene otro mayor: se trata de que siendo ella la primera persona que logró ser electa como gobernadora sin pertenecer al PRI, deberá tratar de hacer un gobierno ejemplar, distinto al actual, y distinto a todos los anteriores, sin que por eso tenga que desbaratar o desconocer todo lo que hayan podido hacer más o menos bien y esté funcionando.

Ella (Indira), en una declaración que dio en un evento que se realizó en el patio interior de la ex hacienda de Chiapa, casona en donde vivió su niñez Griselda Álvarez Ponce de León, dijo, palabras más, palabras menos, que tenía cabal conciencia de que si ganaba la gubernatura la iban a comparar con la maestra Griselda como gobernadora, y que estaba convencida por ello de que tendría que hacer el mayor de sus esfuerzos para lograr ser como ella. Pero yo al menos le digo que tener ese referente por delante sería, de entrada, un error, no sólo porque cuando doña Griselda asumió el cargo duplicaba la edad de la joven cuauhtemense, sino porque doña Griselda era una gran mujer de letras, que había viajado mucho, que se había cultivado de la mejor manera y que se había relacionado con grandísimos y verdaderos talentos de la literatura universal del siglo XX. Méritos y cualidades que la gobernadora electa no tiene, aunque tenga otros, como el de su juventud, su simpatía, su inteligencia y sus ganas de hacer bien las cosas.

A Indira, pues, les conviene no tener como meta o aspiración el llegar a ser como doña Griselda, ni el de querer parecérsele como gobernadora. Pues eso, que no es necesario, podría ser equívoco. Y lo que sí le conviene hacer, es integrar, como dije, un excelente equipo de colaboradores, ser auténtica, actuar sin soberbia y sacar lo mejor del potencial que ella misma y quienes la rodeen puedan tener.

Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

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