Abelardo Ahumada

Vislumbres por Abelardo Ahumada.*

 

El nombre de la enfermedad es muy conocido y casi todos sabemos que su incidencia es muy alta en nuestra sociedad, pero como somos muchos los afortunados ciudadanos a los que (¿aún?) no nos aqueja, no tomamos nota ni preocupación de la misma hasta que le pega a un familiar o amigo cercano. Y entonces sí duele.

Pero igual podríamos decir de cualquier otra enfermedad terminal porque los casos conocidos como estadísticas realmente no nos impactan, y sólo nos cimbran cuando advertimos que ya es su víctima alguien a quien uno ama. Y entonces sí nos ponemos a reflexionar o a darnos de topes en la pared preguntándonos: “¿Por qué a ella? ¿Por qué a él?”, o cuando definitivamente se trata de uno, “¿por qué a mí?” Surgiendo la pregunta desde nuestro muy natural egoísmo, cuando la vida, la naturaleza, o Dios, pudieran muy bien devolvernos la pregunta “¿Y por qué no a ti? ¿Acaso eres tan especial que nada de esto te debiera suceder?”

En cuanto a este redactor concierne, sólo han muerto cerca de mí, y de cáncer, dos tíos, dos tías y una prima mía muy querida. Pero aun cuando el proceso de mi prima no lo vi, porque ella vivió sus últimos años en una ciudad de los Estados Unidos, creo que me dolió más porque era menor que yo. Mientras que, aun habiendo visto cómo, en su turno, cada uno de esos cuatro tíos se iban  consumiendo por la enfermedad, sus familiares cercanos aceptamos con más realismo lo  inminente, tal vez porque todos ellos enfermaron después de los 65 años y ella no. ¿Pero qué tal cuando la enfermedad se presenta en un niño o en una jovencita?

Mi mujer tuvo, en la última escuela que trabajó, una compañera con la que muy pronto simpatizó y se hizo amiga. La maestra, sin embargo, ese mismo año se enfermó casi de muerte y, en consecuencia, estuvo yendo al Centro Estatal de Cancerología (que entonces estaba por la avenida San Fernando).

Allí, a fuerza de tanto ir, de tanto tener que esperar las consultas y los tratamientos, comenzó a darse cuenta de muchísimos otros casos de personas enfermas, varias de las cuales eran pobrísimas y venían del medio rural, no nada más del estado de Colima, sino de los ranchos y pueblos de Jalisco y Michoacán, algunas veces solos, otras con acompañantes, pero sin dinero para comer, para hospedarse o para pagar, a veces, ni, los boletos de regreso a sus casas.

La maestra sufría, pues, por su enfermedad, y mi mujer la visitaba en su casa cuando podía, y así fue cómo, a través de Vicky, supo de las enormes dificultades que debían enfrentar dichos enfermos y sus acompañantes.

Durante su proceso de recuperación la maestra tuvo oportunidad de interactuar con otras pacientes locales en el Centro Estatal de Cancerología, quienes más tarde se dieron cuenta de que, así como ellas, había otras mujeres más (de las que varias eran sobrevivientes del cáncer) que, caritativas, ya se habían organizado para beneficiar, en la medida que les era posible, a los enfermos más pobres que acudían a buscar su curación allí.

La Maestra Vicky logró finalmente superar ese trance, pero quedó “tocada en el alma” por lo que vio y vivió. Y algo muy parecido les sucedió a otras señoras de Colima y Villa de Álvarez, con las que hizo amistad, quienes, solidarizándose, decidieron tratar de “hacer algo” por aquellas pobres gentes y, luego de buscar una asesoría, optaron por abrir un albergue donde les pudieran  proporcionar camas, baños y algunos alimentos a los enfermos foráneos y sus acompañantes de más escasos recursos.

Cuando estaban con esa intención, buscaron otros apoyos, y entre otros encontraron el de mi mujer, que tenía ganas de ayudar en lo que pudiera, e inicialmente, con muchas penurias y dificultades, aprovechando cada una sus relaciones, consiguieron algunos muebles, despensas, ropa de cama, algo de dinero y rentaron una casa más o menos cerca del nosocomio, que comenzaron a ofrecer a quienes más lo necesitaran.

Ya son cerca de 13 años que llevan en eso y, aun cuando algunas compañeras desistieron de seguir apoyando, otras se incorporaron después y unas y otras siguen sacando fuerzas no sé de donde, porque para mí es casi imposible entender cómo llevan a cabo semejantes esfuerzos, pese a tener, la mayoría de ellas, casas, familias, trabajos por atender.

Respecto a esto recuerdo muy claramente que, cuando estaban ellas apenas iniciando sus labores en el albergue y realizaban también visitas domiciliarias para brindar apoyo a los pacientes, un sábado, tempranito, mi esposa me pidió que la acompañara hasta Tecomán a visitar “una enfermita” y accedí con gusto. Me llevé un plano de la ciudad y anduvimos buscando la calle donde se ubicaba aquella humilde vivienda: la casa, piso de tierra con muros de ladrillo sin enjarrar y techo de láminas de asbesto (que debió de ser un horno al medio día), estaba protegida un tanto del sol por dos grandes almendros que sombreaban su banqueta y su fachada, y allí, con la puerta abierta, en el primer cuarto, sentada en un viejo sillón “reposet”, que alguien seguramente le había donado, estaba una joven mujer de sólo 28 años, delgadita, de rostro anguloso, casi sin pelo, con los ojos hundidos en sus cuencas, carente de fuerzas, pero que sin embargo sonrió a Olga cuando la vio, y luego me sonrió a mí cuando supo que era su esposo.

La saludé con una inclinación de cabeza, pero no hablé, me mantuve discretamente alejado y comencé a escuchar lo que platicaban: la joven madre tenía tres hijitos, menores todos de los diez años, y una inmensa preocupación por lo que les podría pasar cuando ella muriera. Para mí quedó muy claro que la enferma sufría horrores por el dolor que no le quitaban ni los analgésicos más potentes, pero más que su propio y terrible dolor lo que le angustiaba eran sus niños, y yo, cobarde, no soporté más ver y oír todo aquello, me salí a la calle y me metí al coche para que no me vieran llorar.

A partir de entonces, Olga me ha ido platicando de otros muchos casos más, que me siguen estremeciendo y convenciendo de que la vida es incomprensible, sobre todo cuando me habla de niñitos o personas muy jóvenes a los que de muchísimos modos la perniciosa enfermedad ataca y destruye. Pero como mi espíritu no está capacitado para enfrentar tal cúmulo  de sufrimiento, sólo le brindo mi respaldo sentimental y la animo para que ella, junto con  Vicky, Carmelita, Gloria, Olivia y unas cuantas compañeras más les sigan brindando a esos enfermos (y sus familiares) el apoyo que algunos los cobardes les escatimamos.

Añejos datos censales.-

La semana pasada no tuve casi tiempo para leer las noticias de los periódicos, porque me metí a buscar una información que necesitaba. Pero en el ínterin me encontré con una vieja tabla comparativa que elaboré hace años y habla de los movimientos de población que hubo en el estado de Colima y sus municipios, durante la primera mitad del siglo pasado. Una serie de datos numéricos que hoy, queridos lectores, les quiero compartir para que se den una idea de cómo eran Colima y sus pueblos en aquellos lejanos años:

Entre los datos más notables y curiosos que dicha tabla muestra, está el de que el Censo que debió haberse realizado en 1920 sólo pudo llevarse a cabo al año siguiente, y que la población total de nuestra entidad en 1921 fue de 91 mil 749 habitantes ¡en todo el estado! Casi siete mil habitantes menos de los que tuvo Villa de Álvarez en el Censo del 2010, cuando se registraron allí 97 mil 701 paisanos.

Nueve años después, el Censo de 1930 registró una muy notable disminución en la suma de habitantes de todo el estado, pues sólo fueron contabilizados 61 mil 923, debido a que hacia el final de esa década se llevó a cabo en Colima la Rebelión Cristera que, aun cuando físicamente no eliminó a las casi 30 mil personas que por decirlo así “desaparecieron del Censo”, sí mató a unos cuantos cientos y motivó a muchas más a irse de aquí, huyendo, a Guadalajara, México y otras ciudades. Con lo que nuestro estado no sólo perdió la tercera parte de su población, sino el incremento que en condiciones normales debió de haber tenido.

Como caso muy relevante quiero comentar que, según el mismo Censo de 1921, casi todo el muy extenso municipio de Manzanillo estaba despoblado, pues sólo había en él 2 mil 998 habitantes. Mismos que comparados con la extensión oficial que tenía entonces (y que incluía casi la totalidad del actual municipio de Armería) no llegaba a tener ¡ni siquiera dos habitantes por kilómetro cuadrado! Mientras que según el Censo de 2010 ya había logrado sobrepasar, por primera vez, la población del municipio capitalino, sumando 161 mil 420 habitantes.

Al cabo de dos décadas la población total del estado no había podido recuperarse aún, porque el Censo de 1940 registró únicamente 78 mil 806. Casi 13 mil menos que en 1921. Pero entre 1940 y 1950 no sólo se recuperó, sino que dio un verdadero salto, al contabilizarse en el Censo del Medio Siglo 112 mil 321 habitantes. Una década en la que todos los municipios crecieron, pero  Manzanillo y Tecomán más que el resto, registrando, respectivamente 13 mil 006 el primero y 7 mil 207 el segundo.

Ahora bien, al tratar de indagar en las causas que motivaron el crecimiento de la población de todo el estado, entre 1935 y 1950, la primera parece haber sido la creación de numerosos ejidos, a partir del gobierno del presidente Lázaro Cárdenas (1934-1940). Ejidos a los que sus beneficiarios estuvieron invitando a sus parientes de otros estados a participar. Como fue extremadamente notable en los ejidos aledaños al diminuto pueblo de Armería que, habiendo registrado en 1921 sólo 299 habitantes, en 1950 ya había alcanzado los 3 mil 322. Incrementándose la presencia de numerosas familias campesinas, procedentes en su mayoría de los estados vecinos de Jalisco y Michoacán.

En cuanto al crecimiento más notorio de Manzanillo se ha mencionado que, aparte también de la expansión agrarista y la aparición de numerosos ejidos, el puerto se comenzó a convertir en un polo de atracción turística tras la edificación, por ejemplo, de Hotel Anita en la playa de Santiago, y el incremento de la pesca del tiburón que se derivó de la creciente demanda que la Marina de los Estados Unidos estuvo haciendo, durante los dos últimos años de la Segunda Guerra Mundial, para fabricar complementos alimenticios para sus soldados. Motivando que mucha gente de Manzanillo y de otras partes se dedicara a ella. Y, ya por último, en cuanto a Tecomán, el motivo fue la venta, baratísima, de gigantescas extensiones de tierra virgen y la apertura de dos canales de riego que lo comenzaron a convertir en “un ejemplo de desarrollo regional”, según escribió el profesor Juan Oseguera Velázquez.

Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

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