Palabras Prohibidas

Por: Fernando Castillo.

Vivimos en una era que idolatra el acceso a la información, pero que a su vez está sumergida en un oscurantismo voluntario. Y para muestra un botón. Sólo pregunta a la persona más próxima a ti ¿Cuándo y cuál fue el último libro que leyó? Espera la respuesta, y acto seguido, pregunta ¿Cuándo y cuál fue el último video viral que vio? ¿Qué le ha costado menos nombrar? ¡Exacto!

Hace mucho tiempo que una buena lectura no suena en los temas de conversación con mis amigos; no he escuchado decir a alguien “ya leíste este libro, ¡Está buenísimo!”. Tal vez te excusarás diciendo “¡no hay tiempo por tanto trabajo!” o “¡los hijos son ahora una prioridad!”. Ninguna de ellas es una justificación aceptable, en serio. Y en parte, esto es lo que estamos legando a las futuras generaciones: priorizar la estupidez que enmarca un video de “equis segundos” por sobre una buena lectura que enriquecerá su bagaje cultural.

¿A qué viene todo esto? Hace una semana me tocó leer una publicación del periodista Leonardo Haberkorn titulada Con mi música y la Fallaci a otra parte. El texto fue publicado originalmente el 3 de diciembre de 2015 [aunque la “viralización” de su contenido diga lo contrario] y justo ahora cobra mucha más relevancia que en ese entonces por la forma en la que están “aprendiendo” las nuevas generaciones. El periodista y catedrático señala que simple y sencillamente perdió la batalla contra los celulares inteligentes. Pero ¿por qué?

En mi época universitaria, la efervescencia de los teléfonos celulares comenzaba a migrar hacia los teléfonos con sistema operativo iOS o Android. En ese entonces, a los profesores les era difícil prohibir su uso en el aula por aquello de las “llamadas de emergencia” y sólo pedían ponerlo en modo “vibrar”. Recuerdo que, si te descubrían usándolo, te llamaban la atención y lo guardabas desesperadamente por “temor” [palabra clave, por cierto]. Leonardo Haberkorn dice algo muy cierto: “muchos de estos chicos no tienen conciencia de lo ofensivo e hiriente que es lo que hacen”, y agregó “no tienen temor a ser vistos en clase, usando el teléfono inteligente.

A parte de ofensivo e hiriente, el daño que le están haciendo a estas generaciones es muy grande: estudian sin siquiera tener el más mínimo interés en los preceptos básicos de las licenciaturas que cursan. Y como dije líneas arriba, idolatramos el acceso a la información y empoderamos a nuestros jóvenes con un dispositivo inteligente al que difícilmente nosotros tuvimos acceso en nuestros años escolares de nivel básico. A primera vista, esto es justificado inmediatamente por el Covid-19 [sí, otra vez el covid-19], pues nos ha orillado  a estudiar y trabajar a distancia. Pero ¿realmente están aprendiendo?, es decir, ¿realmente se retiene la información?

Dejemos para después el análisis de la estupidez del video de equis segundos para centrarnos en la manera de educar a las generaciones futuras. Podemos llenar de grandilocuencia los avances tecnológicos, pero apuesto lo que quieran a que, casi nadie puede responder un examen de conocimientos si se le retiran todos estos artilugios. Parece algo tan insignificante como anticuado, pero leer y escribir en papel aporta más de lo que pensamos, irónicamente. ¿Será que simplemente no podemos sustituir esta práctica por un dispositivo electrónico? Hay quienes afirman que retienen más información al leer en papel o escribir sus ideas de “puño y letra” que a través de dispositivos electrónicos.

Y aunque pareciera que la tecnología amenaza el uso del papel, esta no es la primera vez que una práctica se siente amenazada por otra más nueva. Hace más de 25 siglos, Sócrates veía la palabra escrita como una amenaza para la oratoria y el poder de la memoria. Por eso la lectura estaba reservada para unos pocos. Incluso hace apenas 2 siglos, no muchos sabían leer. No es algo nuevo.

Antes de decir algo por lo que me vayan a “crucificar”, tengo que diferenciar entre dos tipos de personas: los que aprendimos a usar la tecnología en la adolescencia y aquellos que lo hacen incluso antes de aprender a caminar. Al final de cuentas, el punto medular de cómo se aprende está en nuestro cerebro en blanco, que es tan flexible, porque, si lo pensamos bien, tampoco viene “entrenado” para leer.

Lo que sí es cierto [y puedo dar fe de ello] es que la tecnología merma nuestra capacidad de retener información. Sólo basta con pensar ¿Cuántos números telefónicos tenemos memorizados? Quizás sólo el nuestro [y hay quienes ni eso]. Lo mismo sucede con las matemáticas, ¡Oh las benditas matemáticas! La práctica y el uso de la calculadora, para la resolución de hasta la suma más sencilla, ha ido limitando esa capacidad que tenemos para realizar operaciones.

Entonces, sin ir a los extremos, hagamos un punto medio entre el uso de la tecnología como auxiliar para aprender y lo que es esencial ejercitarlo en papel. ¡Ejercitemos la capacidad de retención de información para no morir en el intento!

Fernando Castillo

*Licenciado en Lingüística. Productor de Noticias de ZER Informativo Colima, director general de información de El Centinela MX, colaborador de la revista Vida & Mujer, Colima XXI y El Comentario Semanal. Envíame tus comentarios a fernando_castillo@ucol.mx. También puedes consultar mis columnas en www.palabrasprohibidas.com

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