Abelardo Ahumada

Por Abelardo Ahumada.

Aun cuando no hayan nacido ahí, en Ciudad Juárez han surgido y se han desarrollado algunos grandes artistas, como Germán Valdez, Tin-tán; Alberto Aguilera Valadez (Juan Gabriel) y Francisco Avitia Tapia, mejor conocido como “El Charro Avitia”, un cantante de poderosa voz, sobre cuyo origen hoy quiero comentarles algo:

“El Charro Avitia”, para quienes no lo conozcan, fue muy famoso en las décadas de los 40as, 50as y 60as. Y llegó a salir en varias películas alternando con gente como Luis Aguilar, Pedro Armendáriz, Fernando Casanova, Flor Silvestre y doña Sara García. Y está, por supuesto, guardado en el corazón y en los recuerdos de los mexicanos que nacimos o crecimos por aquellos años:

Hacia finales de los 60as, cuando mis padres nos llevaron a vivir a Ciudad Juárez agarré el hábito de leer el periódico “El Fronterizo”, en donde, equis día, cuando yo era apenas un adolescente de 14 años, en dicho periódico se publicó una nota en la que un reportero que se dedicaba a escribir temas de la farándula, salió con la novedad de que, contra lo que yo había supuesto hasta entonces, “El Charro Avitia” no había nacido en Jalisco sino en un municipio extenso y desolado al norte de Parral, Chihuahua, en el que, a pesar de estar muy cerca del Río Conchos, hasta el 2015, según el INEGI, vivían menos de dos habitantes por kilómetro cuadrado. Un sitio por el que yo pasé por primera vez en autobús en 1968 y volví a pasar, manejando, en los primeros días de agosto de 2019, al que se le conoce como el Valle de Zaragoza.

Durante varios años tuve la creencia de que Francisco Avitia Tapia, mejor conocido como “El Charro Avitia” era un paisano de Jalisco. Pero resultó que no.

Decía aquel periodista que Francisco Avitia Tapia nació en ese desértico lugar en algún día de 1915, y que, hacia 1921, siendo apenas un pequeño, como de seis años, fue llevado por sus padres a vivir a Ciudad Juárez, en donde según eso habitaron en una muy humilde casa ubicada muy cerca del Arroyo Colorado. Casita desde donde, movido por la necesidad y porque llevaba la música por dentro, hacia los nueve o diez solía salir a las calles del centro para dedicarse a la cantada, “cobrando cinco centavos” por canción.

En su adolescencia aprendió a tocar guitarra y fue así como ya de joven continuó llevando serenatas o cantando en bares y restaurantes “de la avenida Juárez y de la calle Mariscal” en esa ciudad. hasta que a sus 19 o 20 le dieron oportunidad de cantar en la primera estación de radio que ahí se instaló, y desde donde, como se dice, habría iniciado su carrera hacia el estrellato.

Sus biógrafos dicen que en su juventud se la pasaba cantando con su guitarra en los bares y los restaurantes de la Ave. Juárez y la calle Mariscal.

El reportero en cuestión comentó que fue en un bar de cierta categoría en la muy céntrica calle Vicente Guerrero, en el que, según dijo, él mismo había oído cantar, varios años atrás, al charro chihuahuense. Pero en el tiempo en que leí aquella noticia ese bar ya era un feo tugurio venido a menos, y estaba frente al “Rondín”, como le decían entonces al patio trasero del edificio de la vieja Aduana.

No recuerdo cómo se llamaba esa cantina, pero la nota sobre el nacimiento de Avitia en un páramo chihuahuense me dejó momentáneamente confundido, ya que, hasta entonces yo había creído que él, siendo charro, habría nacido en algún lugar de Jalisco. Y es de eso de lo que les quiero platicar:

Hasta donde mi recuerdo da, la primera ocasión en que oí cantar al Charro Avitia, yo era también un niño de cuatro o cinco años, y vivía en un pueblo salinero ubicado en las costas de Colima, que se llama Cuyutlán. Y éste era un pueblo chiquito de calles arenosas y casas de madera, o con muros hechos con varas y techos de hojas de palma o palapas. Un pueblo cuyas primeras casas están sobre unas dunas desde las que se miran olas altas y kilométricas que, luego de reventar con sordo estruendo, van a desplegar su espuma sobre la arena negra de una gigantesca playa frente al mar abierto. Un pueblo que se caracteriza porque su calle principal sólo tiene siete y ocho cuadras de largo, y en la que casi todas sus casas, tiendas, oficinas y comercios prolongan sus techos con portales de teja sobre las anchas banquetas para protegerse de la resolana y del calorón que ahí hace al medio día.

Cuyutlán es un pequeño pero bello pueblo salinero ubicado junto a una gigantesca playa en el litoral colimote.

Pero en el tiempo del que estoy hablando en Cuyutlán no habían llegado aún los cables de la energía eléctrica y la mayor parte de la gente iluminaba sus noches con “aparatos” de petróleo, aunque un pequeño e industrioso empresario había adquirido un gran motor de Diesel que tenía dos funciones básicas: la de accionar el motor que desde las cuatro o cinco de la madrugada servía para moler el nixtamal del que las mujeres del pueblo sacaban la masa para cocer las tortillas en sus comales. Y la de iluminar por las noches unas cuantas de aquellas casas y dos o tres hotelitos de los que estaban situados a la vera de la calle principal.

Calle principal del pueblo salinero de Cuyutlán, Colima, aproximadamente en 1950.

Debido a lo anterior, y a que aún no llegaban a Colima los radios portátiles de baterías y transistores, casi nadie oía la radio, y mucho menos la televisión, porque ésta no había ni siquiera en la capital del estado.

Así que la primera vez que me tocó escuchar la potente voz de Pancho Avitia fue en un antiguo tocadiscos conectado a un acumulador, y que en aquel momento constituyó, no sólo para mí, sino para toda la gente del pueblo, una insólita novedad que pasó más o menos así:

Mi mamá tenía una farmacia en la ya mencionada calle principal de Cuyutlán (que para variar se llama Hidalgo), y en la banqueta de enfrente, haciendo esquina con la calle lateral en donde se instalaba un cine al aire libre, estaba la tienda de un señor apellidado Camacho, al que le gustaban los negocios y la música…

Camacho llegó un día de aquéllos con un tocadiscos que había comprado tal vez en Guadalajara, y que, como dije, funcionaba con la energía de un acumulador grandote como el que usaban los camiones de volteo de la Cooperativa de Salineros de Colima. Junto con el tocadiscos llevó unas cajas de cartón que contenían tres bocinas en forma de trompeta. Bocinas que, valiéndose de un mozo muy hábil para trepar, hizo que se colocaran en un poste de la esquina.

Junto con las cajas de las bocinas y del tocadiscos iba otra cajita de la que Camacho sacó un micrófono muy parecido al que solía utilizar para dar sus sermones el señor cura de mi pueblo. Yo estaba realmente chiquilistrillo cuando pasó todo eso, pero como vivía enfrente y como la chorcha junto al mostrador de la tienda de Camacho se fue haciendo cada vez más grande, ni modo de no mirar.

A mediados de la foto, a la derecha, todavía se ve un letrero de la tienda de Camacho.

El caso fue que en otro envoltorio aparte Camacho llevó también un montón de discos de acetato de los de 33 revoluciones por minuto, en los que cabían cinco o seis canciones por cada lado. Y con eso completó el negocio. Porque en cuanto instaló su moderno aparato y logró conectarles el micrófono a las bocinas, tocó la primera canción que se oyó en toditito el pueblo, y la gente, azorada, salía para ver de dónde llegaba esa música, suponiendo que los húngaros (gitanos) que llegaban cada año al pueblo a leer la suerte y a pasar unas películas con un proyector accionado con una planta de luz portátil ya habían llegado esa vez. Pero no eran los húngaros, era el tocadiscos de Camacho, con el que, como dije, comenzó a hacer negocio, pues mediante el micrófono dedicaba canciones a quienes tuvieran con que pagarle un tostón. Y así todo el pueblo se enteraba de cuando cierto fulano andaba despechado, o de cuando tal otro estaba haciéndole la ronda a sutanita de tal, porque Camacho, desde detrás de su mostrador, y con el micrófono en mano, anunciaba a todo volumen y “a los cuatro vientos”: “La siguiente melodía está dedicada por el apuesto joven Equis, a la guapa señorita Ye”, y luego salían canciones como “Perfidia”, “Nosotros”, “Farolito”, “Cielo Rojo” y otras por el estilo.

Camacho, pues, tuvo el mérito de haber llevado, como quien dice, la música de moda al pueblo salinero, y fue en ese tocadiscos suyo en donde también escuché cantar al “Piporro”, a Cuco Sánchez, a Lola Beltrán, a Amalia Mendoza y a numerosos tríos de la época. Aunque por más variados que fueran los discos de Camacho, eran realmente pocos, así que en una semana muy bien podría él repetir todo su cancionero diez o más veces. Mientras que uno, hasta sin querer y sin ponerles atención, se las iba aprendiendo. Y fue así como me aprendí, por ejemplo: “Amarga Navidad”, “Ando volando bajo”, “Llegó borracho el borracho”, “Tú”, “Cuatro caminos”, “El Jinete”, “Cerca del mar”, “Vereda tropical”, “Mil noches”, y muchas más.

La inicial canción que oí del Piporro se titula “El Taconazo”; y la del Charro Avitia fue el Corrido de Jesús García, un corrido cuya historia hizo mella en mi corazón:

Para quienes no hayan tenido la oportunidad de escuchar ese corrido, les comento que inicia diciendo: Maquina 501/ La que corrió por Sonora/ Por eso los garroteros/ el que no suspira llora. / Era un domingo señores/ Como a las 3 de la tarde / Estaba Jesús García/ acariciando a su madre. / Dentro de pocos momentos/ Madre tengo que partir/ Del tren se escucha el silbato/ Se acerca mi por venir. /Cuando llego a la estación/ El tren ya estaba silbando / Y un carro con dinamita se les estaba quemando…” Etc.

En el “Corrido de Jesús García” se menciona la famosa “Máquina 501”, de la que esta réplica aun se exhibe en la estación de Nacozari, Sonora.

Y si afirmo que ese corrido (que también se conoce como “Máquina 501”) hizo mella en mi corazón fue porque la casa en donde vivíamos en Cuyutlán estaba situada a sólo cuadra y media de otra estación del ferrocarril, en la que paraban los trenes de carga y de pasajeros que viajaban regularmente entre Guadalajara, Colima y Manzanillo. Una estación rodeada por muy verdes y altos palmares de cocoteros a la que, por las tardes, cuando no íbamos a la escuela, o cuando no estábamos en la playa, los niños del barrio la convertíamos en nuestro campo de juegos; entre los que hacíamos, por ejemplo, equilibrios caminando sobre un solo riel, o brincando sin caernos de un riel al otro.

Aunque no sea ésta la “Máquina 501”, así me la imaginaba yo. Llegando a la estación de Cuyutlán, entre palmares.

En ese contexto, como las acciones que se describían en el corrido de Jesús García sucedieron en una estación de ferrocarril, yo, niño ignorante de la geografía, no podía saber que la estación de Nacozari, Sonora, está en un desierto, y me imaginaba que el vagón de dinamita que finalmente explotó, lo habría hecho también junto a un palmar similar a los que yo veía diario, y que los cuerpos carbonizados de él y los garroteros habían quedado como a un kilómetro de allí, yendo para Manzanillo.

El autor de estas líneas junto a la estación del tren en Cuyutlán, 1960.

Para completar mis creencias infantiles, resulta también que fue en ese cine al aire libre que les digo, en donde vi igual, actuando y cantando al “Charro Avitia”. Aquel cine, rural y rústico, estaba cercado con “venas” de palapa, tenía piso de arena y troncos de palma puestos a lo largo sobre el suelo para sentarse, y en él pasaban casi puras películas tipo “Allá en el Rancho Grande”, “Cartas marcadas”, “Los tres García” o “Hasta que perdió Jalisco”, en las que lo que aparecía eran charros o hacendados a caballo, mariachis tocando en fiestas rancheras, campesinos con sus yuntas y arados, vaqueros lazando o jineteando, corrales de ordeña y paisajes campiranos (muchos de ellos de Jalisco, que son muy parecidos a los de Colima), por lo que yo veía en las películas era casi lo mismo que en la vida real.

Otra vez el autor de estas líneas, en la misma estación, con unos amigos, en la actualidad.

En esa línea de ideas, los escenarios de la película “Primero soy mexicano”, en la que Pancho Avitia llevó un papel casi estelar, junto don Joaquín Pardavé, Luis Aguilar y Flor Silvestre, entonces muy joven y bella, nos muestra una vieja casona de techos y corredores de teja, noria y patios empedrados muy similares a los ranchos colimotes. Y aunque no recuerdo en cuáles otras películas lo vi actuar, me queda muy claro que en el tocadiscos de Camacho lo escuché muchas veces entonando una muy alegre canción que en su estrofa inicial dice: “Llegaron los camperos con sus guitarras cantando alegres, vienen por los esteros, y entre el zacate verde luego se pierden por los potreros”. Tema y señales locales que me llevaron a creer, igual, que si el Charro Avitia no era paisano nuestro debería ser al menos nativo de Jalisco. Porque en mi tierra era cosa frecuente oír “vamos a campear” y porque las salinas de Cuyutlán están precisamente junto a unos esteros, y muy cerca de grandes palmares, llenos de zacate verde, etc.

Avitia (de pie) formó parte del elenco estelar en la película “Primero soy mexicano”, filmada en 1950.

Pero mi creencia, pues, se cayó al suelo cuando, como les dije arriba, me tocó leer en el periódico “El Fronterizo”, que el Francisco Avitia Tapia no había nacido donde yo creía, y que se había iniciado como cantante y artista precisamente en Ciudad Juárez.

Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

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