Abelardo Ahumada

VISLUMBRES

Levantamiento armado.-

Ayer, miércoles 5 de abril de 2017, se cumplieron años exactos 104 años de que “vio la primera luz” en un sanatorio de Guadalajara, Jal., una bebita que andando el tiempo se habría de convertir en maestra, poeta y política de altos vuelos. Me refiero, por supuesto, a doña Griselda Álvarez Ponce de León.

Ese mismo día, unos 270 kilómetros al sur de Guadalajara, ya en territorio de Colima, muy concretamente en el playón del Río Grande, por el lado que mira al pueblo de Juluapan, municipio de Villa de Álvarez, se llevó a cabo un primer y único combate entre las fuerzas armadas del gobierno estatal, encabezado por el gobernador J. Trinidad Alamillo, y un pequeño contingente de revolucionarios colimotes (alrededor de 50) que apenas un par de días antes se habían pronunciado en Comala, lanzando gritos de “¡Muera el mal gobierno!”

Dicho movimiento estuvo encabezado por el profesor comalteco J. Cruz Campos, quien por aquellos días era algo así como el “líder moral” del magisterio local (magisterio que, sin embargo, no estaba organizado, sindicalizado o cosa por el estilo), y por un joven e inquieto médico-escritor lleno de ideas románticas que se llamaba Miguel Galindo Velasco.

En la madrugada de aquel 5 de abril de 1913, previa denuncia que habían hecho las autoridades comaltecas, salió de Colima un fuerte destacamento con rumbo del Cerro Grande y,  pasada la media mañana, cuando “los guachos” se disponían a cruzar por el puente del ferrocarrilito que había construido la Colima Lumber & Co. sobre el Río Grande, escucharon algunos disparos de carabina y trabaron combate con los alzados, con tan mala suerte para estos últimos, que el profesor Cruz Campos y otros cinco jóvenes fueron muertos allí mismo, mientras que el doctor Galindo y otros compañeros lograban huir; en tanto que fueron capturados media docena de revolucionarios más y un jovencito villalvarense también que, impulsado por ideas de similar romanticismo, se había convertido en reportero de un periodiquito local, y fungía en ese lance como un presunto “corresponsal de guerra”.

El movimiento tal cual habría quedado nada más en eso, de no ser porque los prisioneros fueron trasladados con una cuerda atada al cuello hacia Colima. Punto, sin embargo, al que nunca pudieron llegar vivos porque, obedeciendo algunas órdenes que les habría dado el gobernador, el oficial que jefaturaba  el grupo decidió fusilarlos al pasar por el cementerio de Villa de Álvarez, utilizando como paredón el ruinoso muro de adobe que allí existía de frente al camino, y de no ser, también, porque en el colmo de la crueldad del milite, o acaso por dar señal de escarmiento a otros posible “revoltosos”, los cuerpos de aquellos incipientes revolucionarios fueron atravesados sobre los lomos de algunas mulas, y llevados desde allí, por todo Villa de Álvarez, hasta Colima, provocando la repulsión de quienes tuvieron la mala suerte de observar tan macabro desfile.

No conformes con lo anterior, al llegar hasta el centro del actual Jardín Libertad, los militares se vieron en la penosa necesidad de atender otra orden que se les dio: colgar los cuerpos exangües de los fierros superiores que daban forma al kiosco del jardín. Acto nefando que la gente tranquila de Colima criticó acremente al gobernador Alamillo. Gente que más tarde, azuzada también por los enemigos del régimen, se manifestó en contra del “mal gobierno” de Alamillo, provocando que unos días después, el mismísimo presidente usurpador, Victoriano Huerta, decidiera retirarle el cargo y desterrarlo provisionalmente a Guadalajara.

Griselda y su formación.- 

Volviendo al tema del nacimiento de doña Griselda, no pretendo insinuar que dicho evento bélico, acaecido el mismo día que nació, la haya marcado de por vida, sino que lo pongo de antecedente para imaginar  qué tipo de pláticas pudo haber escuchado Griseldita cuando ya iba creciendo en la casa y en la hacienda de su padre, quien junto con tu tío Higinio Álvarez, era un individuo muy metido en la política de aquellos años, y le tocó igualmente gobernar.

Y hablando a propósito de esto mismo (y de la gubernatura que también ejerció brevemente su bisabuelo Manuel Álvarez Zamora, primer gobernador de Colima), en 1992, doña Griselda, usó un símil de los herraderos anuales que se realizaban en la hacienda de Chiapa, para afirmar que ella había quedado también “marcada con el fierro de la política”.1

No obstante lo cual, cuando ya estaba muy anciana en México, y retirada del mundanal ruido, dentro de sus Sonetos Terminales aportó uno, titulado Opción, en el que muy bellamente dice que, una vez llegada a la madurez de su vida, aceptó convertirse en candidata a la gubernatura del estado, casi nada más para “pasar a la Historia”, porque como lo explicaría en otros textos y entrevistas, su preferencia vital nunca fue la política, sino la poesía, la literatura.

Por eso, y tras considerar que sería muy útil que en este aniversario suyo algunos de nuestros paisanos se enteren cómo pensaba esta inteligente mujer, se los presento hoy aquí, como un homenaje de mi parte:

“Me dieron a escoger: hogar o gloria/ y en mis manos pusieron el mandato/ seis años nada más, que es un buen rato/ para abrirme las puertas de la Historia. /No sé si fue una pírrica victoria/ que ahora reflexiono y aquilato/ metí amor y familia en un retrato/ y fue el poder la línea divisoria./ El eco del aplauso es mi cortejo/ hoy el pueblo me baña de sonrisas, / ‘me porté bien’, quizá soy un consejo./ Adentro angustia pero afuera risas. / No es nostalgia es historia, no me quejo,/ mientras que lento Cronos me hace trizas”.

Dentro de ese mismo contexto, la culta y polifacética mujer todavía precisó más la índole de sus preferencias:

“De mis tres personalidades: la escritora, la política y la educadora, la que me agrada más es la de escritora […] En el hombre persiste el deseo de trascender, pero ¿de qué manera? La política, por ejemplo, no es el camino, pues en ese terreno lo que se queda grabado en la memoria colectiva son los errores y, así, han existido demasiados perros llamados Nerón. La poesía que logra convertirse en un magnífico texto sobrevive en una biblioteca, en una antología o en una calle”.2

Un párrafo que al menos a mí me parece magistral, y del que podrían sacar varias lecciones aquellos que con tanta pasión se inclinan por la política y la efímera fama que eventualmente ésta genera.

(* Texto sintetizado de otro que titulé Griselda Álvarez Ponce de León, la mujer más allá de la política).

Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

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