AL VUELO – Rogelio Guedea

La impunidad que alienta el cinismo político es su consecuencia más devastadora. El cínico miente, tergiversa y, si se le apura, agrede,  todo en beneficio de su propio interés. Ser cínico es lo contrario a ser incluyente. Por eso, la política cínica es aquella que se olvida de la sociedad y sólo piensa en obtener dividendos para sí misma, ocasionando una relación anómala en la vida pública. El político cínico, pues, se aleja de los ciudadanos y, al alejarse, pierde sensibilidad y sentido de responsabilidad social, lo que lo lleva a cometer actos reprobables y vergonzosos. Esta falta de castigo a la desvergüenza de la clase política, o mejor aún, este premio y aplauso a la misma, se ha convertido en la principal motivación de este cinismo que, además, sostiene otro de los grandes males del quehacer político reciente: la corrupción. Atrás quedó la enseñanza de los antiguos filósofos griegos (Diógenes, el más grande de todos) que alentaban una vida simple, desmaterializada y en estrecha comunión con la naturaleza, aunque en ciertos ámbitos sus acciones fueran igualmente indignantes.  Entre más se promueva en una nación la impunidad, mayores serán sus niveles de corrupción y de cinismo, y el cinismo, lo dijo con lucidez el reconocido político estadounidense Henry Lewis Stimson, “es el único pecado mortal que conozco”.  Lo contrario es alentar un estado de Derecho que nunca esté subordinado al poder político, para entonces reducir al mínimo los niveles de impunidad y, por extensión, hacer desaparecer el cinismo que urde, hoy por hoy, las heridas más profundas de nuestra actual actividad política.

Rogelio Guedea

Poeta y académico

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