VISLUMBRES

Docentes indecentes.-

Antes de entrar en materia quiero enviar desde aquí un par de saludos y un par de felicitaciones: el primer par (un saludo y una felicitación) son para Armando Zamora González,  responsable del Órgano Superior de Auditoría y Fiscalización Gubernamental en el Estado de Colima, el hombre que más noticias y comentarios interesantes ha propiciado con su trabajo en lo que va del mes. Mientras que el segundo par va dirigido a Diario Avazada, en lo general, y a su reportera Heidi de León Gutiérrez, en particular, por publicar ayer la noticia: “Osafig detecta aviadores dentro de [la Secretaría de] Educación”, que como ahora dicen los chavos, “se volvió viral”.

Ahí se menciona la existencia de “cerca de 500 personas que cobraron sueldos en Educación”, no obstante que “sus horarios no coinciden con los otros trabajos que reportaron y en los cuales también recibieron pagos considerables”. Tan considerables que con facilidad algunos sobrepasan el millón y medio de pesos.

En este sentido es vieja la fama y muy antiguo el sentir de que la SE, más que explanada para estacionar coches, lo que requería era una espaciosa pista para que aterrizaran sus numerosos “aviadores”; pero todos allí (y en las demás oficinas del gobierno) se hacían los disimulados para no meterse en mayores líos. Siendo la nómina de este gigantesco organismo educativo guardada como un secreto de estado. No fuera a ser que conociéndose su contenido, se destapara la cloaca en que muchos quedarían, por ende, embarrados.

No creo, por otra parte, que todo lo que el Osafig señala en este sentido tenga absoluta certeza, ni que todos los docentes que su lista incluye puedan ser catalogados como individuos que se prestaron a malos manejos con tal de recibir dos o tres jugosísimos sueldos, pero sí pienso que todos los involucrados deben aclarar sus percepciones si no quieren quedar inscritos en la ya muy abundante lista de indiciados que en nuestra entidad existen por presuntos desvíos o sustracciones de fondos públicos. Aclaración que debe incluir cómo es que ellos se han vuelto tan capaces como para trabajar (y cobrar), simultáneamente, en dos o tres lugares. Ni que tuvieran el poder de la bilocación, o más aún el “don de la ubicuidad”. Dones que, según sé, la Iglesia Católica reconoce a sólo un puñado de hombres y mujeres entre los que ubica a los más santos de los santos. Y no creo, la verdad, que ninguna de “las cerca de 500 personas” que el Osafig menciona aparezca también en el Santoral Cristiano.

Hablando de cloacas y letrinas.-

Ahora mi felicitación es para nuestro buen amigo y compañero periodista-escritor, Pedro Zamora, por haberse metido a bucear en las 155 páginas que conforman el Informe Especial que el Osafig entregó a la Cámara de Diputados el fin de semana anterior, y por haber localizado allí que dentro “de la auditoría excepcional practicada a la administración de Mario Anguiano Moreno, sobre el periodo fiscal del 1 de enero de 2013 al 30 de agosto de 2015”, se detectan al menos “un desvío de recursos por mil 867 millones de pesos, pago de nómina no presupuestada, infraestructura y obra pública no real ni ejecutada, registros contables falsos, gastos injustificados y desaparición de combustibles donados por Pemex al gobierno estatal”, entre otros presumibles delitos.

Notas ambas (la de Pedro y la de Heidi) que no sólo nos demuestran el profesionalismo con que se desempeñan estos dos compañeros periodistas, sino que exhiben, por contraste, a otros reporteros y articulistas que, pecando contra la veracidad, y tal vez por estar “maiceados” en alguna oficina gubernamental, gastan su tiempo y sus plumas (eso es un decir) escribiendo loas para los mandamases, o defendiendo lo indefendible de sus erratas, incurriendo así en complicidad.

Temor fundado.-

Ya para cerrar, por hoy, el tema del Osafig (y los subtemas que generó), quiero mencionar que hay varios amigos míos, con los que comenté esas notas, que tienen temor fundado de que algunos de los ciudadanos expuestos en esas listas de presuntos delincuentes asociados con MAM, o con la Secretaría de Educación, estén muy molestos con el auditor Armando Zamora González.

Es de entenderse que varios de ellos estén realmente ardidos, pero esperamos que no vayan a cometer una trastada con él, pues lo único que este hombre está haciendo es cumplir con su trabajo, cosa que no han hecho nunca quienes dentro de los sucesivos gobiernos estatales han ostentado el cargo de contralores. O ¿me van a decir que sí ha habido alguno de ellos que durante su desempeño haya hecho algo parecido a lo que hoy hizo Armando Zamora González?

Temporada ciclónica.-

Todo parece indicar que el Huracán Seymour, ubicado este martes a más de 800 kilómetros mar adentro, en el Pacífico, no afectará al país, y sólo podrá provocar algunas lloviznas en nuestra entidad. Pero eso nos hace recordar que este próximo jueves 27 se cumplirán 57 años de que el Huracán Linda entró (sin previo aviso) a nuestra entidad, golpeó sus costas entre Cuyutlán y Campos, atravesó todas las tierras de Manzanillo, y acabó por disolverse al ir chocando contra las montañas de Minatitlán.

Ese día, aun cuando yo sólo tenía cinco años ocho meses de vida, quedó firmemente grabado en mi memoria porque, viviendo junto a una huerta (hoy ya desaparecida) de las muchas que había entonces en ambas márgenes del arroyo de Pereira, en Villa de Álvarez, vi cómo desde aproximadamente las cinco de la tarde, empezó a soplar un viento tan fuerte, que hacía doblarse las altísimas palmas que había del otro lado de nuestra barda, ladeándose tanto con sus penachos de palapas como si se fueran a quebrar. Al rato comenzó un lloveral que duró hasta la madrugada del día siguiente, y desde esas horas tan tempranas yo podía escuchar desde mi casa, situada a media cuadra del arroyo que mencioné, los tumbos que iban dando las grandes piedras que arrastraba la creciente, golpeando de tanto en tanto los soportes del único y muy antiguo puente curvo que desde finales del siglo XIX existía para cruzarlo.

Deben de haber sido entre las cinco y las seis de la mañana cuando al menos en La Villa cesó de llover. Con la curiosidad que me daba el oír la creciente me levanté antes que mis padres. La cocina y una recámara que estaban más bajas que el comedor y la recámara donde yo dormía, estaban ligeramente inundadas. El agua del río seguía pasando por encima del puente e inundaba también una porción de nuestra calle, amenazando con penetrar en los zaguanes de las casas de mi tíos José Cabrera Ahumada y José Cabrera Gaitán, uno primo de mi abuelo, otro primo de mi abuela.

La mayoría de las palmas de la huerta de María Luisa Gaitán, finalmente no se cayeron, pero varias quedaron despenachadas, y muchas quedaron sin sus racimos.

Yo, en tanto que niño, no tenía la más mínima idea de lo que hubiese podido pasar en alguna otra parte de nuestra entidad, pero esa tarde escuché a mi tío Felipe Ahumada Salazar, gerente del Banco Ejidal de Manzanillo, que le decía a mi padre, su hermano, que temía lo peor sobre Armería y el puerto, porque nadie le contestaba el teléfono allá, y porque, para empezar, varios puentes de la carretera estaban destruidos, comenzando por uno que estaba bajando desde la Loma de Fátima hacia Los Asmoles y, obvio, tampoco se podía cruzar.

Un día después de que había cesado el ciclón, nuestro cielo, de ordinario callado y silencioso, comenzó a llenarse de ruidos de aviones, avionetas y uno que otro helicóptero que, luego se supo, ya estaban participando en el salvamento de las gentes de las comunidades rurales que habían quedado aisladas.

Las partes montañosas de Comala y Villa de Álvarez (Juluapan, Zacualpan, El Mixcoate, etc.) quedaron totalmente incomunicadas y hubo muchos muertos en las rancherías cuyas construcciones estaban situadas muy cerca de las márgenes de los ríos Grande y San Palmar. La zona céntrica de Coquimatlán (La Esperanza, La Magdalena, etc.), igual. Pero peor estaban las tierras altas de Manzanillo y prácticamente todo Minatitlán, aunque aún no se podía saber la magnitud de la catástrofe:

Después, poco a poco, se comenzaron a difundir noticias con mayor y más precisa información, y como a los cinco días mi padre tuvo el tino de pedirle a su hermano que nos llevara, a él y a mí, en su camioneta a Manzanillo. Me fui sentado casi todo el trayecto hacia Periquillos en las piernas de mi papá. Pasamos los arroyos de Los Asmoles y La Salada (con sus puentes rotos) por desviaciones improvisadas, y vimos, desde Tecolapa y un poco más adelante, todas las huertas de plátano completamente estragadas; mangos y limoneros con las ramas rotas, cientos de palmas ladeadas, unas sin sus penachos, otras arrancadas desde la raíz y la mayoría de los entonces numerosos ranchos sin tejas, sin techo, inundados, llenos de lodo, en fin.

Pero lo impresionante fue que, para poder pasar el pasar el Río Armería, cuyo gigantesco puente se habían llevado las aguas embravecidas, tuvimos que dejar la camioneta de mi tío en la orilla contraria de Periquillos, y trepar a un camión de volteo que con muchísimas dificultades de por medio, estaba haciendo el servicio de pasar a los pasajeros y un poco carga de un lado a otro del río, cruzando sobre la gigantesca pedreguera que había dejado expuesta la creciente.

Decenas de árboles, que habían sido muy grandes, estaban sobre el lecho del río, con sus ramas rotas, sin hojas, y con sus raíces al aire, demostrando así qué tan poderosa y tan alta había sido la creciente que provocó el ciclón.

Del otro lado del río abordamos otro vehículo, y en ése nos fuimos hacia Manzanillo, observando una vez más la destrucción de innumerables ranchos, palmares, huertas y plataneras. Pero desde la entrada del caserío manzanillense la cosa se veía peor, porque aparte de los pavorosos vientos que habían soplado durante las horas más arduas del lloveral, se notaba cómo habían descendido por las laderas verdaderos torrentes que se llevaron a su paso multitud de casitas, chozas, animales domésticos y aún gente que las habitaba.

En la bahía había muchas embarcaciones hundidas: recuerdo un barco de guerra hundido muy cerca de la carretera que iba a San Pedrito; otro, ladeado junto al Rompeolas, y muchas lanchas dispersas cuyas ataduras se habían roto como pavilos con la fuerza impetuosa del viento y del oleaje.

En la calle México había aún escombros de las casas que se habían destruido en los cerros, y allá por el lado en donde ahora se hallan la zona militar y la unidad deportiva, que por ese tiempo eran zona despoblada, las láminas que habían cubierto los techos de los hangares del pequeño aeropuerto manzanillense, estaban tiradas y retorcidas como gigantescas charamuscas, a varios metros de los muros que ayer cubrían.

Luego, en unos días de ésos, el Diario de Colima comenzó a publicar unas notas interesantísimas que iba redactando el licenciado Ismael Aguayo Figueroa, a quien le tocó ir con una brigada de ayuda, en una avioneta hasta la devastada población de Minatitlán. Y a él se le deben también las fotografías donde se ve cómo, casi dos partes del pueblo fueron arrasadas, o quedaron cubiertas de lodo, ramas, piedras y demás.

Hubo una mortandad allí, y otra en Manzanillo. Tiempo después, cuando yo ya estaba viviendo en esa ciudad y cursaba el sexto de primaria en la escuela Benito Juárez, tuve un compañero que me platicó que su papá fue pescador, y que él y su familia vivían en una casita situada a media ladera del Cerro de la Cruz, subiendo por la calle que quedaba al norte del antiguo mercado municipal. Me dijo que durante la madrugada previa al ciclón, su padre y otros pescadores habían salido a realizar sus faenas, como de costumbre, sin poder saber lo del ciclón que ya venía, porque en ese tiempo no había ninguna oficina o dependencia que advirtiera de tales fenómenos a la población, y los agarraban a todos muy desprevenidos.

Nunca volvieron a ver a su padre ni a sus compañeros, pero le fue peor aún porque, ya en la tarde, cuando los vientos y el lloveral eran más fuertes, el techo de su casita se desprendió. Su mamá los hizo meterse entonces, a él y a su hermanito menor, debajo de la única mesa que tenían, casi nada más para que no les golpeara la intensa lluvia de lleno, pero que, un rato después, habiéndose  formado en lo más alto del cerro muy fuertes torrentes que comenzaron a descender por los senderos que habían ido construyendo los moradores de esas laderas, uno de esos torrentes rompió la puerta que daba para la parte alta de la ladera, entró por la habitación, envolviéndolos a los tres. “Mi mamá nos abrazó a los dos, pero el agua logró abrir la puerta que daba hacia abajo, formó un como remolino que se hizo en forma de embudo y nos jaló hacia él, pero mi mamá se detuvo en la orilla, me agarró a mí, y no pudo agarrar a mi hermanito, que se fue con el agua hacia abajo. Lloramos durante varias horas y cuando por fin se calmó el diluvio, poco a poco comenzamos a bajar hacia las calles, también inundadas, a ver si encontrábamos el cuerpo de mi hermanito. Había alguna gente remando en sus lanchas por la calle México. Pero ni a mi padre ni a mi hermanito los volvimos a ver jamás”. Una de tantas, terribles historias.

En septiembre de este 2016 se registraron 48 asesinatos dolosos, mientras que en septiembre de 2015 hubo 21 asesinatos.

Además el 2015 cerró con 167 asesinatos, sin embargo en este año, hasta septiembre suman 434 homicidios dolosos, es decir que entre un año y otro el incremento es de alrededor de 400 por ciento.

Este año ha sido el más violento de Colima en los últimos 20 años. Además de los homicidios dolosos, los delitos del fuero común es decir, robos a casa habitación, negocios o a transeúntes se han incrementado de forma considerable, por ello, por lo menos cuatro colonias de la Capital del Estado decidieron implementar su propia estrategia de seguridad denominada “Vecino Vigilante”, la cual consiste en interceptar a cualquier persona que transite por su colonia a determinadas horas de la noche.

Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.