Al llegar la tarde de un día cualquiera, resulta tan reconfortante caminar sin prisa por el centro de ésta Ciudad maravillosa. Sentarse en una banca de un jardín que se escoge al azar, porque igual todos tienen el encanto de su magia y su belleza y tenemos tantos que es un privilegio del que no todas las Ciudades pueden disfrutar.

Sentado en una banca del jardín, cómo se transforma todo de pronto, cómo la esencia de la vida en el grado más simple de mayor magnificencia y esplendor llega a estar por un instante tan presente y tan real, al observar los pequeños grandes detalles de los que no nos percatamos por el ritmo acelerado de nuestras vidas, que gira entorno al trabajo, a las obligaciones, a tantas cosas por hacer, que dependemos de un horario, de un programa, de una agenda, del clima, de la estación del año, del signo zodiacal, del humor de otra persona, por las cosas cotidianas de nuestro diario vivir, que nos obligan a caer en la trampa mortal de una rutina burlona e incansable que nos enferma y nos asfixia, que ya no deja tiempo ni espacio para las cosas inexploradas del otro lado de la vida… aquellas que son en realidad, las más sencillas y que sin embargo tienen tanto poder que son capaces, si las dejamos, de rescatarnos del laberinto irracional e incongruente de nuestras guerras personales de todos los días.
Las aves con su arribo dócil y con su vuelo arrogante, la risa de los niños con sus rostros felices y la inocencia bendita visible y cierta en su mirada, el anciano que lleva a su espalda un costal de alegrías y de cansancios de antaño,de experiencias pasadas y de infinita sabiduría que se puede leer en su paso lento y pausado y en los surcos de su cara. El milagro en el vientre de la mujer con la sonrisa del tamaño del mundo que igual esconde un laberinto de incertidumbre como de fé arraigada, es una promesa de que existe un mañana, los enamorados y sus besos con el eco de profundos anhelos y el misterio de sus promesas de amores eternos. El vendedor de ilusiones en forma de boletos de lotería, el olor de las manzanas acarameladas que evocan la calma de los días dulces de la infancia, el color de las flores que nos habla de esperanzas renovadas, el sabor de la tuba que mitiga nuestra sed y al mismo tiempo abraza el alma, los elotes cocidos, asados, las palomitas de maíz que brotan divertidas sin cesar en medio de las horas agitadas, las paletas de coco, de tamarindo, de cacahuate, de Jamaica… Las campanas de la iglesia con su ritmo sagrado que invitan a poner nuestro corazón de fiesta, el viento en la cara manifestación directa de una caricia de Dios.
Sentado en una banca de un jardín una tarde cualquiera, con el sol de frente y todas sus promesas es una costumbre maravillosa que no deberíamos soltar ni perder, porque es una forma simple de desprendernos de situaciones graves, nocivas y arbitrarias. Es una manera de ver transcurrir la vida de manera ecuánime y precisa, mientras tienes la oportunidad de sopesar posibilidades, soluciones y alternativas y de regalarte un respiro útil y necesario para continuar con tu vida y con tu día.

 SENDY SÁMANO*Poetiza Colimense autora de “El amor y sus contradicciones” www.sendysamano.org

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