Abelardo Ahumada

PERISCOPIO

Abelardo Ahumada

Muy a pesar de que el temporal de lluvias haya iniciado con unas buenas tormentas en el Occidente de México, lo cierto es que, estadísticamente hablando, al menos desde que se toman registros pluviométricos en esta parte del “Pacífico Mexicano”, y concretamente en nuestra entidad, las precipitaciones pluviales que nos ha tocado presenciar en este preciso mes de junio NO SON LA NORMA SINO LA EXCEPCIÓN, con lo que les quiero decir que, comparado con otros años, este sexto mes del 2021 ha sido insólitamente llovedor en nuestra región, puesto que no es lo usual que así suceda.

Colima, en cuanto tal, no ha tenido una historia negra de sequías prolongadas, pero sí han existido años catastróficos en los que casi no ha llovido y, aparte, tenemos abundantes datos a la mano que, dándonos fe y razón de la violencia y los daños que como sociedad hemos cometido en contra de nuestro medio ambiente, nos advierten que estamos próximos a enfrentar una fuerte sequía y padecer, por ende, ante la insuficiente cantidad de agua, problemas que ni siquiera imaginamos. 

Sabemos muy bien que, así como hay más personas que han venido tomando consciencia de los daños ecológicos y de los problemas que de ello derivan, sigue habiendo otras (entre las que lamentablemente se pueden enlistar a muchos que han tenido, cargos de gobierno y responsabilidad pública) a las que dichos problemas los dejan indiferentes y si nada hacen para cerrar el grifo de sus lavabos cuando se cepillan los dientes, menos se ponen a pensar en los mantos freáticos abatidos, o en la existencia de ríos y arroyos secos.

CIUDADES ABANDONADAS. –

Para ejemplificar un poco de lo que nos pudiera pasar si se diera el caso de que tuviésemos que padecer un largo periodo de sequías, quiero decirles que una de las más bien sustentadas hipótesis que se han elaborado para explicar el abandono de muchas ciudades prehispánicas, ha sido, precisamente, la de que sus habitantes tuvieron que salir de ellas, ya fuere porque se acabaron la leña disponible en muchos kilómetros a la redonda, o porque, como derivación de la deforestación que cometieron, dejó de llover en sus lugares, o llovió pero sólo en cantidades mínimas durante un buen lapso de tiempo.

En el caso específico de Colima estaríamos hablando de las ciudades de Almolonía (o Almoloyan, ubicada al norte de la cabecera de Villa de Álvarez), y El Chanal, a seis kilómetros al norte también de la capital del estado. Dos de las más grandes y antiguas ciudades autóctonas que “inexplicablemente” fueron abandonadas por sus habitantes, pese a haber sido construidas junto a los arroyos que todavía hoy conocemos Pereira y Colima.

A muchos de los que nacimos en Colima al promediar el siglo XX, nos tocó ir con baldes y cántaros a proveernos de agua para beber en ambas corrientes de dichos arroyos, y a mucha gente paisana de Comala, Coquimatlán, Cuauhtémoc, Minatitlán y demás municipios le tocó hacer justamente lo mismo, en los ríos y arroyos que les quedaban más cerca. Pero como después ya logramos tener tener “agua de la llave” en nuestras casas, nos empezamos a malacostumbrar y nos olvidamos de que a los ríos y a los arroyos hay que cuidarlos muchísimo más que al oro, puesto que el agua que todos ellos nos brindan “es vida” y es totalmente indispensable para realizar nuestras actividades cotidianas.

De ése problema ni siquiera están enterados nuestros hijos y nuestros nietos, porque ellos siempre han tenido agua en los fregaderos, las regaderas y los excusados. Y ni siguiera saben o se imaginan desde dónde y de qué manera les llega el agua a sus manos.

Por otra parte, como que la mayoría de la gente piensa que, si ya no hay agua superficial de dónde agarrar, se pueden cavar pozos cada vez más hondos. Y todo eso con el agravante de que, como derivación del “progreso” del que tanto nos jactamos, los ríos, arroyos y otros “cuerpos de agua” hoy están sumamente contaminados.

En este contexto de advertencia un tanto apocalíptica, la historia nos muestra que, así como fueron abandonadas muchas ciudades prehispánicas por la falta del vital líquido, así han sucedido, ya más cercanas a nuestro tiempo, otras catástrofes similares; como la que ocurrió en una buena parte del vértice geográfico que forman los estados de Jalisco, Colima y Michoacán, hace poquito más de 23 décadas, en unos años aciagos a los que nuestros tatarabuelos y sus padres recordaban como…

“LOS AÑOS DEL HAMBRE”. –

De conformidad con los datos que originalmente descubrió el padre Florentino Vázquez Lara, y con otros que posteriormente yo localicé, los hechos ocurrieron más o menos así:

Corría el año de 1783, y lo primero que se observó fue que “comenzó a llover en la provincia en forma desmesurada. Crecieron entonces los ríos y arroyos, y el río Grande de Nahualapan (actualmente Grande o Armería) volvió a salirse del cauce”, arrasando con cantidad de huertos y sembradíos, y lo mismo aconteció en las cuencas del Marabasco y del Coahuayana, por lo que se generaron miles y miles de pesos en pérdidas en pueblos, haciendas y ranchos de toda esa gran área. Propiciando con eso que las pocas cosechas que se levantaron fueran sumamente pobres y no hubiera suficiente maíz para sembrar en el año inmediato.

Lo segundo fue que en 1784 se presentó en Colima una severa sequía que impidió que algunos pudiesen cosechar siquiera para subsistir. Y lo tercero fue que 1785 se presentó como año catastrófico; pero no sólo en Colima sino en una región más amplia. 

Al respecto dicen las crónicas que el temporal de 1785 inició (como este 2021) en circunstancias aparentemente propicias y que cuando llegó el verano las lluvias se presentaron puntuales y suficientes, como preludiando un buen temporal, pero que “durante los días 27 y 28 de agosto (un mes que en Colima es siempre caluroso),  cayeron, sin embargo, en casi todo el inmenso territorio de la Nueva España, insólitas e impredecibles heladas, con lo que se perdieron casi todas las siembras y se recrudeció la falta de maíz, frijol, calabaza y otros productos alimenticios. Hecho que provocó que en la ya muy maltrecha Colima hubiese muchas personas que “andaban como cadáveres ambulantes” y no teniendo más que comer “mezclaban olotes [molidos] con [el poco] maíz que lograban muy caro conseguir, para aumentar el rendimiento de las tortillas”. Según lo registro también el doctor Miguel Galindo en sus “Apuntes para la historia de Colima”. De tal modo que, “cuando llegó 1786, y tampoco llovió en la región, aquello fue el acabose, porque con la extendida sequía ya no hubo cosecha que levantar y la hambruna se hizo presente” […]

En Guadalajara, sede del obispado al que por entonces pertenecían las parroquias de Colima, “el hambre se generalizó hasta adquirir tintes dramáticos”, pues cuando los campesinos y los rancheros de muy diversas partes advirtieron que tampoco eso año habrían de levantarse buenas cosechas, y sólo se levantarían unas pocas “en las tierras más húmedas”, ellos y sus familias “comenzaron a emigrar a la ciudad en busca de lo que en sus ranchos no hallaban, pero Guadalajara no estaba preparada para recibir a tanta gente y una gran cantidad de personas comenzó  a recorrer sus calles, tocando de puerta en puerta para solicitar por caridad algo para comer, siendo que ya los mismos hogares en donde tocaban comenzaban a sentir los estragos del hambre. Por eso, con la población citadina terriblemente aumentada y con los víveres casi totalmente agotados, “la gente comenzó a morir de inanición en tan gran número como si se hubiese suscitado una mortífera epidemia”. 

“En razón de ello, fray Antonio Alcalde, obispo de la diócesis, promovió el 15 de septiembre una junta de notables, en donde les informó que, a consecuencia de las muertes normales y de las provocadas por el hambre, ya no había espacios en la ciudad para sepultar más cadáveres”. Y muy triste les dijo que “desde principios del mes de marzo hasta” esa fecha se habían enterrado, tanto en los camposantos de la Catedral y los demás templos de la ciudad (porque para entonces no había cementerios civiles), aproximadamente cinco mil personas. Dándose la tristísima circunstancia de que, durante las noches, aprovechando la oscuridad, muchas personas llevaban hasta dichos espacios a sus muertos, y los dejaban allí, desnudos y amontonados, para que no se supiera quiénes eran y no les cobraran a ellos siquiera por enterrarlos. Hecho que ratificó el presidente de la Audiencia de Guadalajara cuando pintó en esa misma reunión un cuadro dantesco, al explicar que ya no era posible seguir enterrando cadáveres en los templos y sus anexos, proponiendo que se buscara un terreno para sepultarlos y evitar así: “El horror y el peligro de encontrarse, como ahora en el atrio de Guadalupe, amontonados a las puertas de los otros templos cada mañana los cuerpos que se llevan durante la noche, dejándolos desnudos enteramente, sin que se pueda saber quiénes son, su estado y su patria”.

En medio de tan terribles circunstancias, que se habían extendido a otras regiones de la Nueva España, en donde ya se experimentaba también una “enorme escasez de víveres”, el 8 de marzo de 1786, el virrey Bernardo de Gálvez, decretó unas ordenanzas especiales mandándole a la gente se regresara a sus respectivos “pueblos y casas”, especialmente “los indios, para que los pueblos no se queden desiertos y a las haciendas no les falten sus gañanes”. Ordenanzas que trató de cumplir el alcalde mayor de Colima, don Bernabé de Riaza y Velasco, el 15 de abril de 1786, cuando emitió un bando que hizo pregonar en la Villa de Colima, sus pueblos, salinas y reales de minas, y que a la letra decía: “Por el presente mando que todos los indios forasteros salgan de ésta mi jurisdicción dentro del preciso término de tres días; y asimismo las demás gentes forasteras”.

“Advirtiéndoles que, si no hacían caso de dicha orden y si se les encontraba todavía en tierras de Colima, se procedería en ‘contra [de] ellas con el mayor rigor, pues según las providencias dictadas por la superioridad, cada uno debe de tener en su tierra el necesario alimento”. Agregando que los señores del Cabildo, habían determinado también: “Que no se extraiga [de Colima] ningún maíz, bajo pena de perderlo y que quede éste a beneficio y común de los pobres, y que su precio no pase para éstos de veinte reales fanega, menudeado, siendo de advertir que al vecino que teniendo maíz se lo niegue a los pobres por el dicho precio, se le obligará con el mayor rigor a que lo ejecute, mediante que no tiene la villa acopio de semillas, ni ninguno ha ayudado a facilitar otras”… 

Como las carencias y calamidades continuaron todavía en  1787, el cabildo de Colima solicitó un préstamo de 6000 pesos al Obispado de Michoacán para comprar maíz en donde lo hubiere y, como por otra parte abundaron el algodón y la sal con las secas, las recuas que salían de Colima cargadas con estos productos regresaban cargadas con maíz y frijol pero, como no falta siempre alguien que quiera hacer negocio con la necesidad de los otros, el novísimo alcalde de Colima, de nombre Esteban Gervasio Escudero, comenzó a acaparar el maíz que llegaba y le puso su propio precio, llegando al extremo de encarcelar a quienes supo que trataban de venderlo “por su cuenta”.

Y no fue sino hasta el año siguiente cuando, habiéndose normalizado el temporal lluvioso y contándose con la semilla que habían conseguido en la región de El Bajío, Colima y Jalisco volvieron también a la normalidad. Quedando en el recuerdo de muchos de nuestros ancestros los tristes y dolorosos recuerdos de los sufrimientos que en sus familias y en sus poblaciones causaron las sequías, las heladas y los ciclones alternados.

CONCLUSIÓN. –

No estoy pronosticando que en este 2021 vaya a ocurrir lo que sucedió en 1784. Pero sí señalar que ésa siempre será una posibilidad, y que, para prevenirnos estamos a tiempo, no tanto para empezar a hacer algo, porque ya mucho se ha hecho, sino para ver qué más podemos hacer en beneficio de nuestro ambiente y de todos:

Miren, hasta la fecha contamos con dos grandes presas de almacenaje (“Trigo Mil”, y “Las Piedras”) construidas respectivamente en el Sur de Jalisco, sobre los cauces de los ríos Ayuquila y Tuxcacuesco, con cuyos caudales se forma después el Río Grande o Armería, que atraviesa de norte a sur nuestro estado, y con dos presas derivadoras sobre dicho cauce que sirven para irrigar más de 20 mil hectáreas en los municipios de Villa de Álvarez, Colima, Coquimatlán y Tecomán. Se cuenta también con la “Presa Trojes”, que almacena las aguas del arroyo El Guayabo y las del río Barreras, en las confluencias de Jalisco y Michoacán, y con cuyas aguas se irrigan miles de hectáreas de Coahuayana, Mich., y de de Ixtlahuacán y Tecomán, Col. Pero si nos volviera a pasar que durante dos o tres años seguidos no lloviera lo suficiente para llenarlas ¿de dónde más podríamos sacar el agua para regar y sobrevivir?

Aparte de todo, y como les consta a muchas personas de mi edad y más, son muchos los ríos y arroyos que se nos han secado en todo el territorio estatal. Así que el problema está allí, latente en una parte, y visible en otra. ¿Nos vamos a quedar cruzados de brazos y sin hacer nada antes de que, “el destino nos alcance”, o volvamos a padecer otros tres o cuatro “años del hambre”?

Las autoridades estatales y municipales que muy pronto se irán NO HICIERON NADA PARA ENFRENTAR Y RESOLVER DICHOS PROBLEMAS. Esperemos que a las que están por asumir las riendas del estado y sus municipios “les caiga el veinte”, y que se organicen ellos y organicen a la sociedad para que todos, en conjunto, asumamos la responsabilidad individual que en éste y en otros graves asuntos nos toca.

Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

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