Abelardo Ahumada

Por Abelardo Ahumada.

UN “CARÁCTER ATREVIDO Y FEROZ”. –

En marzo de 2006, ya casi para concluir mi libro “La cara oscura del coloniaje, Colima, siglos XVII y XVIII”, escribí que en la época cuando el capitán Miguel José Pérez Ponce de León, el coronel Diego de Lassaga y el señor el señor cura Miguel Hidalgo y Costilla “estuvieron residiendo en Colima, la población de la Provincia era, hablando en términos demográficos, enteramente distinta de cómo había sido en los iniciales años del virreinato […] puesto que, aun cuando todavía existían algunos pueblos indígenas sin mezcla de sangre, y hubiese también unos pocos negros puros y otros pocos españoles ‘legítimos’ de ojos muy claros y de piel muy blanca, (y uno que otro filipino o “indio chino”) la mayor parte de sus habitantes eran el resultado de las múltiples cruzas de sangre y de genes”. Una población que, salvando tal vez los pocos detalles que se habían ido traspasando por la tradición, “no sólo había perdido el recuerdo sobre la vida que se desarrolló en el área antes de que llegaran los españoles”, o el de las vivencias europeas, asiáticas y africanas de sus muy diferentes ancestros, “sino que había olvidado también los detalles de la conquista y desconocía”, por ende, “cómo se fue dando el mestizaje que caracterizaba su cultura y sus referencias raciales y familiares. Una gente, empero que, aun cuando carecía de una educación institucional, estaba perfectamente adaptada a su medio y sacaba de él la mayor parte de los productos que requería para satisfacer sus necesidades, o los buscaba fuera mediante la práctica del comercio con otras provincias mayores y más pobladas. Una sociedad también que, por estar circunscrita a un estrecho ámbito territorial limitado fuertemente por el mar y por profundas barrancas, tenía una mentalidad cerrada y proclive a las supercherías; pero en la que campeaba un ánimo alegre y desenfadado propio de quienes […] se conforman con lo que la vida o el medio ambiente les dan. Una sociedad, por último, que conforme lo había descrito Ponce de León de sus primeros encuentros con ellos en 1772, seguía siendo independiente y levantisca, según lo pudo constatar el muy crítico coronel Diego de Lassaga, durante los meses de 1791 y 1792 en los que recorrió el partido colimote para levantar el censo que el virrey, conde de Revillagigedo, le había ordenado hacer”.

Croquis de la Villa de Colima que data de 1792. El original fue hecho por Diego de Lassaga y tiene el Sur puesto arriba. Para evitar confusiones y mejorar su entendimiento, lo volví a dibujar poniendo el norte como es la costumbre actual.

Observaciones que complementan lo ya dicho por el coronel en el capítulo anterior, y que gustosamente transcribo para los lectores, no sólo porque estos documentos son muy difíciles de conseguir, sino porque nos dan mucha luz sobre cómo era la vida de nuestros tatarabuelos colimotes hace dos siglos y cuarto:

“[El clima o temperamento de] todo este partido es caliente y húmedo, con escasa diferencia de unos a otros puntos, y tiene catorce pueblos, una congregación y tres recientes reales de minas… y en él todo hay ganado, mucha fruta regional, y con corto afán logran las cosechas de maíz y frijol, abundante, en términos de no conocer sus habitantes el semblante al hambre, por la cual se apuran poco, o por mejor decir nada, en conservar de un día para otro, y a consecuencia, su fatiga es corta […]

“[Pero] el carácter de los [habitantes] de este partido, es el más atrevido y feroz de todos los de la costa andada por mí, dispuestos a hechos de crueldad y a guardar poco decoro a la autoridad real y al espíritu de las leyes, pues desconocen sus brillos, de suerte que sólo un mando sostenido y activo podrá templarlos y desterrar o moderar los arrojos que están acostumbrados a ejecutar con frecuencia”.

Si usted, amigo, leyó el capítulo anterior, advertirá que las percepciones de Ponce de León y Lassaga coinciden en buena medida sobre el carácter brioso de los habitantes de Colima que a ellos les tocó conocer. Un hecho que no deja de ser extraño ya que, si tomamos en cuenta que ellos mismos reportan una relativa abundancia de “clérigos seculares y regulares” en esos mismos ámbitos, cualquiera de nosotros podría suponer que el comportamiento de nuestros antiguos paisanos habría estado basado en los valores cristianos y en las mejores costumbres.

LOS AÑOS DEL HAMBRE. –

Pero muy al margen de cómo hayan sido o no, me parece muy importante señalar que unos 17 años antes de que concluyera el siglo XVIII, dio inicio en Colima y sus alrededores un largo periodo de crisis del que a nuestros antiguos paisanos les fue muy difícil salir, y que con toda probabilidad influyó para que tuvieran actitudes no muy positivas en los años subsiguientes.

De conformidad con los datos que consiguió reunir el padre Florentino Vázquez Lara, y que  desarrollé en el libro que mencioné al principio: “Las dificultades comenzaron en 1783, cuando comenzó a llover en la provincia en forma desmesurada. Crecieron entonces los ríos y arroyos, el río Grande de Nahualapan (hoy Grande o Armería) volvió a salirse del cauce y se generaron miles de pesos en pérdidas en pueblos, haciendas y ranchos de toda la zona central y costera, destacando las tierras de Coquimatlán y de Tecomán, donde la creciente […] arrasó ‘palmares y sembradíos’.

“Lo segundo fue que en 1784 se presentó en Colima una severa sequía que impidió que algunos pudiesen cosechar siquiera para subsistir. Y lo tercero fue que 1785 se presentó como año catastrófico; pero no sólo en Colima sino en una región más amplia. Al respecto dicen las crónicas que ese año inició en circunstancias aparentemente propicias y que cuando llegó el verano las lluvias se presentaron puntuales y suficientes, como preludiando un buen temporal, pero que durante los días 27 y 28 de agosto (un mes que en Colima es siempre caluroso),  cayeron, sin embargo, en casi todo el inmenso territorio de la Nueva España, insólitas e impredecibles heladas, con lo que se perdieron casi todas las siembras y se recrudeció la falta de maíz, frijol, calabaza y otros productos alimenticios. Hecho que provocó que en la ya muy maltrecha Colima hubiese muchas personas que “andaban como cadáveres ambulantes”, y no teniendo más que comer “mezclaban olotes [molidos] con [el poco] maíz [que lograban muy caro conseguir] para aumentar el rendimiento de las tortillas”.

El principal ramo del comercio de la Provincia de Colima era entonces la producción salinera.

“Cuando llegó 1786 y tampoco llovió en la región, aquello fue el acabose, porque con la extendida sequía ya no hubo cosecha que levantar y la hambruna se hizo presente”. Habiendo sido por eso que, años después, cuando ya se había recuperado algo de la normalidad, muchos paisanos de las provincias de Colima, Guadalajara y Valladolid se referían a 1786 con el descriptivo nombre de el año del hambre”.

LOS CUERPOS YA NO CABÍAN EN LOS CAMPOSANTOS. –

“Un poco para que se valoren los alcances de esta catástrofe veamos por ejemplo lo que ocurrió en la vecina Guadalajara, ciudad sede del obispado que […] por aquellos años pugnaba por incorporar a su grey las parroquias de Colima. Allí el hambre de generalizó hasta adquirir tintes dramáticos, pues cuando de comprobó que ese año no habrían de levantarse sino muy pocas cosechas en las tierras más húmedas, en la medida de que prácticamente no llovió, muchos campesinos de la provincia comenzaron a emigrar a la ciudad en busca de lo que en sus ranchos no hallaban, pero Guadalajara no estaba preparada para recibir a tanta gente y una gran cantidad de personas comenzó  a recorrer sus calles, tocando de puerta en puerta para solicitar por caridad algo para comer, siendo que los residentes de los mismos hogares en donde tocaban comenzaban a sentir los estragos del hambre. Por eso, con la población citadina terriblemente aumentada y con los víveres casi a punto de agotarse del todo, la gente comenzó a morir de inanición en tan gran número como si se hubiese suscitado una mortífera epidemia. En razón de ello, fray Antonio Alcalde, obispo de la diócesis, promovió el 15 de septiembre una junta de notables, en donde les informó que, a consecuencia de las muertes normales y de las provocadas por el hambre, ya no había espacios en la ciudad para sepultar más cadáveres: “Desde principios del mes de marzo hasta  hoy, se han enterrado en la iglesia [catedral] y [demás] cementerios [anexos a los templos] de Guadalajara veinticinco cadáveres por día, uno con otro de párvulos y adultos, que suman cinco mil [o] poca diferencia”.

En Guadalajara se contemplaron escenas dantescas durante “El año del hambre”: los muertos ya no cabían en los camposantos de la Catedral y todas las demás iglesias.

Siendo muchísimo más descriptivo que el señor Obispo, el presidente de la Audiencia de Guadalajara pintó en esa misma reunión un cuadro dantesco cuando explicó que ya no era posible seguir enterrando cadáveres en los templos y sus anexos, proponiendo que se buscara un terreno para sepultarlos y evitar así: “El horror y el peligro de encontrarse, como ahora en el atrio de Guadalupe, amontonados a las puertas de los otros templos cada mañana los cuerpos que se llevan durante la noche, dejándolos desnudos enteramente, sin que se pueda saber quiénes son, su estado y su patria”.

SOLUCIONES Y RESTRICCIONES. –

Por aquellos años, el capitán Ponce de León no estaba encargado del gobierno de la Provincia de Colima, sino un señor llamado Bernabé de Riaza y Velasco, quien, siguiendo las “Ordenanzas” que el 8 de marzo de 1786 promulgó el virrey Bernardo de Gálvez, el 15 de abril mandó  pregonar en la Villa de Colima, sus pueblos, salinas y reales de minas un bando de gobierno que decía: “Por el presente mando que todos los indios forasteros salgan de ésta mi jurisdicción dentro del preciso término de tres días; y asimismo las demás gentes forasteras”.

Todo ello con el fin de evitar “que los pueblos [de donde eran originarios] se queden desiertos y a las haciendas no les falten sus gañanes”.

Advirtiéndoles a esas personas que, si no hacían caso de dicha orden y si se les encontraba todavía en tierras de Colima, se procedería en “contra [de] ellas con el mayor rigor, pues según las providencias dictadas por la superioridad, cada uno debe de tener en su tierra el necesario alimento”.

Y, por su parte, los integrantes del Cabildo colimote determinaron también: “Que no se extraiga [de Colima] ningún maíz, bajo pena de perderlo y que quede éste a beneficio y común de los pobres, y que su precio no pase para éstos de veinte reales fanega, menudeado, siendo de advertir que al vecino que teniendo maíz se lo niegue a los pobres por el dicho precio, se le obligará con el mayor rigor a que lo ejecute, mediante que no tiene la villa acopio de semillas, ni ninguno ha ayudado a facilitar otras”…

Muy compadecidos por esta situación y no habiendo sido tan afectados por la misma, el obispo de Michoacán y el deán de la diócesis decidieron hacerles “préstamos sin intereses a trece parroquias del obispado”, entre las cuales figuraban Caxitlan, Ixtlahuacan, Almoloyan y Colima, “para, principalmente, ayudar a fomentar los regadíos”.

Pero como las carencias y calamidades continuaron todavía en 1787, el cabildo de Colima solicitó un préstamo de 6000 pesos al Obispado de Michoacán para comprar maíz en donde lo hubiere y, como por otra parte abundaron el algodón y la sal con las secas, las recuas que salían de Colima cargadas con estos productos regresaban cargadas con maíz y frijol”. Pero como tampoco falta “alguien que quiera hacer negocio con la necesidad de los otros, el novísimo ‘alcalde ordinario’ de Colima, de nombre Esteban Gervasio Escudero, comenzó a acaparar el maíz que llegaba y le puso su propio precio, llegando al extremo de encarcelar a quienes supo que trataban de venderlo ‘por su cuenta’.

En este contexto de tristeza y penurias volvió Ponce de León a encargarse de la alcaldía mayor de Colima, pero por sólo un bienio más, pues como ya se advirtió en el capítulo precedente, en mayo de 1789 tuvo que entregar el cargo.

DE CUANDO MANZANILLO NO EXISTÍA. –

Mucho se ha escrito sobre la existencia del Camino Real que iba desde la Villa de Colima a Guadalajara y a México respectivamente, pero es muy poco, casi nada, lo que se ha publicado sobre los ramales que aquél tenía para ir desde Colima hacia los pueblos del Llano Grande (Tolimán, Zapotitlán, Tuxcacuesco, etc.), o desde Colima hacia las costas. Y en este sentido quiero hacer mención de que, de conformidad con las investigaciones realizadas (y con los testimonios recogidos) por el hoy ya difunto presbítero, filósofo e historiador, Roberto Urzúa Orozco, y con las pesquisas que como derivación de aquéllas me tocó emprender, puedo afirmar que ninguno de los tres ramales que hacia finales del siglo XVIII iban desde dicha villa hacia las que hoy son las costas de Colima, Michoacán y Jalisco, llegaba hasta lo que hoy es Manzanillo.

Aun cuando hoy nos pueda parecer increíble, a finales del siglo XVIII existían en la Provincia de Colima “14 pueblos”, de los cuales ninguno era Manzanillo.

Existen, aparte, cuatro muy interesantes y coloridas descripciones que hablan sobre la Provincia de Colima durante la segunda mitad del siglo XVIII, y ninguna habla tampoco de Manzanillo como puerto, aun cuando las dos más recientes sí mencionan un sitio despoblado conocido como “La Manzanilla”, cuya ubicación coincide poco más o menos con el ancón de la bahía, o por decirlo de manera más fácil de entender, “con el muelle de los pescadores”, en la parte más vieja del puerto. Siendo ésta una curiosidad histórica a la que, por decirlo así, le tendremos que dedicar algunos párrafos al regreso de las vacaciones.

Continuará.

NOTA. Todas estas notas corresponden al Capítulo 12 de “Mitos, verdades e infundios de la Guerra de Independencia de México”.

Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

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