Rogelio Guedea

PARACAÍDAS por Rogelio Guedea.

Hace unos días llegaron a mi whatsapp dos videos: uno era sobre el lamentable accidente de Turla, donde perdió la vida una familia entera al ser literalmente aplastada por un mortífero contenedor, y el otro era sobre un sicario que había asesinado a unos policías, allá en Guerrero, y que se había tomado la osadía de mostrar al mundo su sanguinario resultado. Ninguno de estos videos abrí, aunque supe de su contenido por terceras personas y además pude imaginarlo. He dejado de abrir muchos otros videos de este tipo, a decir verdad, incluidas imágenes y memes, todos con contenidos de violencia que considero preocupantes. Así como circulan este tipo de videos, imágenes y memes en whatsapp, así también circulan en el resto de las redes sociales (si acaso algunas veces con un poco de menos amarillismo). Tomando en cuenta esto, más el comportamiento ciudadano en la realidad diaria (la de las calles y las instituciones), más la programación televisiva en cadena nacional (no se diga la privada), el saldo de los niveles de violencia que consumimos los mexicanos diariamente me parece excesivo, sobre todo si consideramos que muchos de estos videos, imágenes, etcétera, es consumido por la población infantil y juvenil, la cual –como en cualquier adicción- pedirá cada vez más para poder satisfacer sus expectativas. Antes un crimen (urbano o rural) nos causaba indignación y esta indignación permanecía en nosotros por mucho tiempo. Hoy, de tan acostumbrados que estamos a la barbarie, nos dura tan poco que da la impresión que estamos preparados (y, peor aún, necesitados) de algo todavía más “intenso”. Si hubiera indignado y dolido realmente en lo profundo la muerte de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, y estoy hablando incluso del Estado mismo, habría habido cambios radicales e igualmente profundos en nuestro sistema político y social y tal vez no hubiésemos llegado jamás a escuchar la noticia reciente que nos dio cuenta de que tres estudiantes de cine de Guadalajara fueron asesinados y disueltos en ácido. Quizá lo peor de todo es que en nuestro fuero interno no nos hemos advertido, primero, que son excesivas las cantidades de violencia que consumimos todos los días y, en segundo lugar, de que a mayor demanda de este consumo se crea per se una mayor oferta, de tal modo que si antes los medios de comunicación amarillistas estaban encapsulados en dos o tres (el más emblemático era  la famosa Alarma), ahorita ya todos los medios de comunicación se han convertido en apologistas de la violencia, y en esto se incluyen a noticieros televisivos, cuya programación contiene ya más del 80% de noticias con contenidos de violencia altamente nocivos para la ciudadanía. Estoy seguro que si un noticiero decide presentar una programación sin este tipo de contenido, fracasaría en menos de una semana, de ese nivel es la forma en que estamos permeados por este dañino consumo. El discurso mismo de muchas personas es, ¡sin que ellas ya se den cuenta!, violento, o bien discriminatorio o bien pendenciero o bien burdamente sexual o bien transgresor de las normas éticas o legales, etcétera. Lo más preocupante, como dije, es que los niños y jóvenes están desprotegidos en este ámbito, y no parece que exista forma (ni voluntad) para normar sobre una situación así por la simple y sencilla razón de que nadie ve nada malo en esto, mucho menos en sus consecuencias a largo plazo. Ojalá empiecen a haber pequeñas resistencias (como ésta misma), pequeños brotes aquí y allá, desde diferentes trincheras, para que se erija con firmeza un contrafuerte que sirva para frenar esta alta demanda en el consumo de violencia que tenemos los mexicanos (y en especial Colima, aún la ciudad más violenta del país), a fin de poder esperar en el futuro contar con una sociedad más sana y con mayor índice (en lo individual y en lo colectivo) de bienestar.

  rguedea@hotmail.com

Rogelio Guedea

Poeta y académico

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