Palabras Prohibidas

Por Fernando Castillo

Por más funesta que parezca, la pandemia del Covid-19 está lejos de ser lo peor que vamos a vivir en los próximos años. Si bien es cierto, es más el número de personas que han librado la enfermedad que aquellos que han perdido la vida. Y en gran medida se debe a las acciones que han tomado muchos países, sobre todo, pese a los efectos secundarios [leves en su mayoría], a las vacunas y quienes han decidido aplicársela.

Estamos a poco más de un año y medio desde que la ola de contagios puso en suspenso al mundo y nos orillo a pensar en una era apocalíptica y de barbarie, así como las que Hollywood suele vendernos. Y aunque ya casi se disipan las teorías de conspiración sobre la enfermedad, los males que le rodean aún permanecen vigentes en el imaginario colectivo.

El primero, la ignorancia. Es cierto que el Covid-19 nos tomó desprevenidos, no solo a los ciudadanos sino a quienes deciden nuestras políticas públicas. Para ejemplos… México, que, desde el inicio, comenzó con la desacertada declaración del presidente, quien aseguró que “los mexicanos, por nuestras culturas somos muy resistentes a todas las calamidades”.

Con esto se veía venir no sólo una ola de contagios sino el empoderamiento de mensajes de figuras del espectáculo que no creen en el Covid-19. Además, de una estrecha relación entre lo que pudiera pasar en el contexto político electoral de México 2021 y los desfalcos económicos que han salido a la luz en medio de la entrega-recepción de las administraciones.

Lo que actualmente atravesamos es un problema que debería ponernos los pies sobre la tierra y no “ponernos bajo tierra”. Esto ya lo veíamos venir, el colapso del sistema de salud de México era algo inminente. Y si, es cierto que no hay camas para internar y atender a decenas de personas que dan positivo al Covid-19 y que no pueden respirar más sin un ventilador. Pero, la falta de espacios en cualquier hospital no es el problema sino la responsabilidad de cada uno de nosotros en seguir las restricciones al pie de la letra y no a medias. ¿A qué me refiero? Hablando desde mi experiencia y de quienes me rodean, he visto desde quien no cree en la enfermedad; quien no se va a vacunar porque ya le dio o porque siente que la vacuna afectará más su salud, hasta aquel que pide prestado una mascarilla médica, usada, por cierto, para entrar a una tienda. ¡Así no funcionan las cosas!, estimado lector.

Es muy fácil responsabilizar al sistema de salud por no tener una cama y ventilador disponible cuando una persona se debate entre la vida y la muerte; pero se han puesto a pensar que los hospitales no están diseñados para atender a toda la población a la vez. En ningún país del mundo, ni el mas desarrollado lo puede hacer. Así de sencillo. En todo caso, a quién hay que darle las gracias es aquel que nos dio la libertad de salir y entrar del país sin medidas sanitarias y a quien no toma las medidas profilácticas necesarias en su negocio para recibir a sus clientes. Porque sí nos sabemos las medidas profilácticas como la tabla del uno, pero no las llevamos a cabo: mascarilla, sana distancia [con todo y personaje ficticio, como niños] gel desinfectante, tapete “sanitizante”, etc.

Y esto no es el único mal que ha desatado el Covid-19 sobre nosotros. Sumémosle la frágil economía que va dejando a su paso la serie de restricciones que han impuesto la élite política. ¡Ojo! no es contradicción, estimado lector, es la realidad. Aunque parezca duro la mayoría de los funcionarios sigue “anestesiando con paracetamol” a la población; metiendo miedo e irracionalidad en la empobrecida mente del ciudadano promedio, disfrazadas de restricciones y medidas sanitarias. Porque, por un lado, tenemos iglesias cerradas por el Covid-19 y, por el otro, centros nocturno y lugares de ocio [pertenecientes a funcionarios de gobierno] abiertos con “limitados aforos”, según dicen; escuelas cerradas y clases a distancia, pero con familias completas cada fin de semana pasando un buen rato en la playa o el río. Si esto suena vergonzoso porque lo es.

Entonces, ¿Cuándo va a parar la ola de contagios? Nunca. Y sólo hay un “destino final” al que estrepitosamente nos aproximamos [como Annie Edson Taylor, dentro de un barril en las cataratas del Niágara]. Ese final se llama “sesión de psicoterapia”. Quitemos la fe cerrando las iglesias, quitemos la libertad y el ocio, cerrando los centros de esparcimiento y sólo nos queda una habitación de 4 paredes llamada “home office”, rodeada de problemas de convivencia familiar, parejas conyugales que exhalan reclamos e hijos [adolescentes o no] con una reducida convivencia, libertad y, además, TODOS con una limitada satisfacción sexual [aunque suene a broma].

¡Choque de excesos! Al fin y al cabo, ¿Qué más nos queda? Elegir ¡De los males… el menos peor!

Fernando Castillo

*Licenciado en Lingüística. Productor de Noticias de ZER Informativo Colima, director general de información de El Centinela MX, colaborador de la revista Vida & Mujer, Colima XXI y El Comentario Semanal. Envíame tus comentarios a fernando_castillo@ucol.mx. También puedes consultar mis columnas en www.palabrasprohibidas.com

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