Vislumbres

¿Lucha secreta?

Cualquier buen observador sabe que la ocurrencia (y la difusión) de un hecho aislado no demuestra ni explica gran cosa, y que es necesaria una sucesión de hechos para entender que algo anda bien o mal  en un proceso.

Menciono lo anterior porque en estos momentos es perfectamente notorio que algo muy grueso está sucediendo al interior del gabinete económico del presidente Enrique Peña Nieto, y que éste, aun estando enterado de la situación,  no sabe qué hacer para remediarla.

La primera idea que hoy quiero esbozar tiene que ver con hace tres meses Luis Videgaray, primer secretario de Hacienda del sexenio peñanietista, se vio obligado a renunciar a su puesto, siendo que hasta ese momento había sido considerado como el individuo más influyente en la toma de decisiones del gran tlatoani de Los Pinos, y con que hace apenas cinco días, Agustín Carstens, gobernador del Banco de México desde hace siete años, anunció también que dejará su cargo ¡en julio de 2017! Lo que no deja de ser una extraña manera de proceder, porque ningún funcionario de ese tamaño anuncia el abandono de su responsabilidad con tantos meses de anticipación.

Y la segunda idea, evidentemente ligada con la otra, es que en medio del maremágnum macro y microeconómico que en estos precisos momentos existe en nuestro país, hay una lucha interna, secreta, y casi como quien dice a muerte entre los colaboradores de Peña Nieto que tienen algo que ver con las cuestiones administrativas. Un espacio del gobierno en el que, usando palabras de El Peje, se debaten, por decirlo de algún modo, “dos diferentes proyectos de nación”: uno con evidentes reminiscencias y modos de proceder de los gobiernos priístas de antaño, anteriormente representado por el ex secretario Videgaray, y hoy representado por Idelfonso Guajardo Villareal, Secretario de Economía; frente a otro, representado por Agustín Carstens, Gobernador del Banco de México, y Antonio Meade Kuribeña, actual secretario de Hacienda, que (al parecer) tiene muchísimo más que ver con una administración más razonable, prudente y honesta, hasta donde tales cualidades puedan ser posibles en el manejo del erario público.

Así que, sólo para fundamentar el dato recordemos que la renuncia de Luis Videgaray Caso se atribuyó al hecho de que él fue quien convenció a Peña Nieto de lo muy conveniente que sería invitar a Hillary Clinton y a Donald Trump, como candidatos, a venir a México, para conversar con él. Y que si se le forzó a renunciar fue porque la candidata demócrata no aceptó venir y el candidato republicano sí lo hizo. De lo que derivaron tantas y tan abrumadoras críticas para Peña Nieto, que éste tuvo que pedirle a su amigo la renuncia.

Antes, sin embargo, de despedir a Videgaray, es obvio que Peña Nieto buscó un sustituto con suficientes luces que pudiera sustituir a su muy cercano colaborador,  encontrándose con José Antonio Meade, economista de 47 años, graduado con honores en Economía en el ITAM (donde también estudió Nacho Peralta) y doctorado en lo mismo en la Universidad de Yale, quien ya había sido secretario de Hacienda ¡al final del sexenio de Felipe Calderón!

Pero lo más extraño de dicho acontecimiento no fue que dicho secretario hubiese sido colaborador de Calderón, porque desde al principio del sexenio peñanietista quedó incluido en su gabinete, sino que el recambio de titulares se diese justo un día antes de que la mencionada Secretaría (¿en disputa?) tuviera que presentar al Congreso la propuesta de presupuesto para 2017.

Al referirse al cambio de estafeta, EPN dio a entender que Meade Kuribeña tendría la encomienda de sacar adelante el paquete económico de 2017, y que aun cuando ello implicará la búsqueda de la consolidación de las finanzas públicas, “ni habrá nuevos impuestos, ni aumentarán los existentes y sí se hará un ajuste del gasto público”. Por lo que será “al gobierno, y no a los ciudadanos  ni a los empresarios (sic) al que le tocará apretarse el cinturón”.

Ese anunció fue terrorífico para mí, porque me hizo recordar los sexenios devaluatorios y de hiperinflación de José López Portillo y Miguel de la Madrid Hurtado, quienes precisamente fueron los primeros presidentes de la república en mencionar apretones de cinturón.

Desde la renuncia de Videgaray han transcurrido sólo noventa días, pero contra lo que se esperaba, ganó Trump las elecciones presidenciales de los Estados Unidos y, cosa ¿curiosa?, apenas se supo que el candidato republicano había resultado triunfador cuando Agustín Carstens y Antonio Meade, evidentemente de acuerdo, citaron a los periodistas relacionados con las cuestiones económicas ¡a las siete de la mañana!, para darles la noticia de que el primero estaría abandonando su puesto ¡en julio de 2017! ¿Por qué tanta prisa por anunciar un hecho al que le faltan casi ocho meses para que ocurra?

Meade, hay que recordar también, es un economista de 47 años, graduado con honores en Economía en el ITAM (donde igualmente estudió Nacho Peralta) y doctorado en lo mismo en la Universidad de Yale (donde estudió Ernesto Zedillo). Agustín Carstens, por su parte, es otro economista de 58 años, doctorado en la Universidad de Chicago, que también fue el primer secretario de Hacienda de Felipe Calderón, y que tuvo como su coordinador de asesores nada menos que a Meade Kuribeña.

Hoy recae en ambos ex colaboradores de Felipe Calderón la responsabilidad de hacer que en México las cosas vayan bien en cuanto a las finanzas nacionales se trata, y eso no ha de ser muy grato a los priistas que hicieron campaña por el mexiquense Peña Nieto, pero ¿por qué renuncia El Gordo si sabe que su puesto de gobernador bancario abarcaría tres años más del siguiente sexenio?

Carlos Fernández-Vega, un analista de La Jornada dice que Carsens no es tonto y que, por lo mismo, sabiendo “que la situación financiera del país está a un tris (sic) de convulsionarse […] teme que la bomba le estalle en la cara” y organizó “su exilio dorado”, yéndose a radicar en Basilea, Suiza, ciudad en donde está la sede del Banco Internacional del Pagos, del que será gerente a partir de octubre de 2017, y donde recibirá “una beca igual de jugosa que maravillosa”.

Coincidiendo sobre esto último, otro articulista del Grupo Reforma dice: “Vaya salto que está dando Agustín Carstens al primer mundo”, porque “de acuerdo con un reporte anual del Banco Internacional de Pagos”, ganará en él algo así como 15 millones y cuarto de pesos al año. Suma que no gana aquí ni el Presidente de la República.

Es obvio que don Agustín tiene todo el derecho para mejorar sus ingresos y aumentar su currículum, pero si ya de por sí las finanzas y el mercado de valores en México andan más convulsos y temblorosos que un teporocho crudo, resulta que el puro aviso de su renuncia no sólo contribuyó a desestabilizar las finanzas nacionales, sino que ayudó (o sirvió de pretexto) para que nuevamente se devaluara el peso y arrastrara consigo al salario y el poder de compra de los mexicanos. ¿Qué no piensan esos señores el mal que hacen sólo con hacer anuncios tan precipitados?

 Salario en picada.-

Relacionado con eso mismo, un amigo muy inteligente y madrugador me envió este lunes, tempranísimo, una imagen comparativa del salario que se comenzó a pagar desde el 1 de diciembre de 2015, y del que se aprobó apenas hace una semana, confirmándose una vez más que el gobierno federal y los más grandes patrones del país, quieren, de nuevo, no sólo darle atole con el dedo a los trabajadores, sino engañarlos mediante ya muy utilizadas argucias.

En dicha gráfica comparativa se precisa que si bien el 1 de diciembre de 2015, el salario que se comenzó a pagar era de $73.04, y el que se aplicó a partir hace apenas seis días es de $80.04, ello no significa que haya existido un aumento real, porque debido a los malos manejos macroeconómicos del gobierno federal, al depreciarse el peso frente al dólar, hace un año dicho salario representaba 4 dólares con 40 centavos, y el de hoy sólo representa 3 dólares con 90. Por lo que realmente, el salario mínimo general, en vez de subir bajó. Y ello no sólo lo saben, sino lo sufren cabalmente los trabajadores que a duras penas sobreviven en las ciudades mexicanas fronterizas. Porque es en ellas donde con mayor crudeza se manifiestan las diferencias en la correlación peso dólar.

Extraño a Fox.-

Frente a esta situación (que mucho nos recuerda los períodos gubernamentales de Luis Echeverría Álvarez, José López Portillo y Miguel de la Madrid Hurtado), yo, que no voté por Vicente Fox y nunca confié en su capacidad para ser buen gobernante, puedo afirmar que lo extraño, no sólo porque ese gigantón botudo y dicharachero pagó gran parte de la deuda externa que se había acumulado durante los presidentes acabados de mencionar, sino porque sostuvo una mejor paridad peso-dólar y no hubo devaluación significativa mientras estuvo al frente del gobierno. Ya que si en 2001 el peso se cotizó a 9.68 por dólar, en 2006 se cotizó a 10.55 pesos.

¿Qué pueden decir hoy, para defender la capacidad administrativa de Enrique Peña Nieto quienes votaron por él para la presidencia de la república?

Las encuestas que últimamente se han estado publicando demuestran que, al iniciar el quinto año de su des-gobierno, el mexiquense se halla en el punto más bajo de aprobación, aceptación, reconocimiento o popularidad que se haya encontrado jamás. Sin que aparentemente lo sepa o lo reconozca, porque en vez de dar un vigoroso golpe de timón para nivelar la nave, todo parece indicar que continuará con el mismo, fallido derrotero.

En noviembre de 2012, cuando EPN tomó su protesta como presidente la relación peso-dólar era de 12.93 pesos por cada billete verde. Hoy ya está cerca de los 21 por dólar. ¿En cuánto habremos de parar hacia el final del sexenio?

Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.