Vislumbres

“Honor a quien honor merece”. Y nuestra visión crítica no nos debe impedir el reconocimiento de que así como han existido (y hay) priístas cuyas vidas son ejemplos de los más lamentables. Así también existen y han existido otros cuyas trayectorias vitales son dignas de tomarse en consideración. Como lo fue el caso de don Ismael Aguayo Figueroa, fallecido el domingo 31 de julio, en la ciudad de Colima.

Don Ismael, en efecto, fue un hombre  que con dignidad, inteligencia y dedicación dignificó, como pocos lo han hecho en nuestra tierra, no sólo la labor magisterial que desempeñó desde la primaria hasta la universidad durante varias décadas consecutivas, sino la literaria, la del cronista y la del historiador, legando para todos nosotros (y para quienes nos sigan) frutos suculentos extraídos de muchísimas horas de investigación y escritura arrebatadas al descanso y al sueño.

Aun cuando don Ismael no nació en nuestra entidad, sino en un pueblito jalisciense ubicado en la orilla de la gran laguna seca de Zacualco-Sayula,  que coincidentemente lleva el nombre de San Miguel Cuyutlán, fue uno de los más notables colimenses que por adopción hayamos conocido.

En la fecha de su muerte, el profesor Aguayo tenía 95 años y poco más de un mes de haber visto la primera luz, aunque, para su tristeza y la de su familia, llevaba ocho años enfermo. Ocho años de los que los últimos 6 pasó desafortunadamente en cama y con sus facultades mentales cada vez más disminuidas no obstante haber sido él, como dije, un hombre inteligente y activo que cultivó también la política en el mejor sentido de la palabra.

Nació, pues, en aquel Cuyutlán remoto el 17 de junio de 1921, y fue traído a vivir acá (muy cerca del Cuyutlán del mar) cuando aproximadamente tenía siete años. Llegando a radicar en una casa modesta del barrio de la Sangre de Cristo, al que, ya siendo adulto, dedicó uno al menos de los 63 sonetos clásicos que publicó por primera ocasión en 1984, dentro de su evocativo libro Retrato nostálgico de una ciudad: “Viejo barrio adoptivo, larga historia/ de párvulas vivencias desvaídas/ hojas de calendario, desprendidas/ de la pátina gris de la memoria”. 1

Obra que vale la pena resaltar porque si bien en Colima han sido muchos los poetas que han logrado construir algunos sonetos perfectos, son sólo dos (doña Griselda Álvarez y él), quienes lograron forjar suficientes para integrar con ellos preciosos volúmenes de su autoría.

Siendo por eso que, valorando dicho trabajo, don Juan Macedo López, otro los entrañables paisanos nuestros del siglo anterior, redactó la siguiente frase tras de haber leído el libro de Aguayo que ya mencioné: “Te viertes y te reviertes [Ismael] en las vivencias de la ciudad que nos es grata y desde la altura de tu experiencia y conocimiento, abarcas la triangular dimensión física de Colima y su entorno moral”.

Apreciación con la que yo humildemente coincido, y creo que coincidirán ustedes, amables lectores, cuando terminen de leer “Ofrenda”. Otro de los preciosos sonetos que dedicó precisamente a nuestra capital: Ciudad de mis amores, con tu venia/ quiero tomar, en apretado cerco/ los suaves litorales de tu cuerpo/ con ansia secular y primigenia/. Deja que el alma, en suave calistenia/ te penetre en el lapso que me acerco,/ y que el ensueño, de arrebatos terco/ te cante el verso que el amor ingenia/. Ciudad florida en estación de nardos:/ me tienta la embriaguez de ser tu dueño/ con el son de mariachis y petardos,/ perderme en tu rumor como en un sueño/ y arropar en noctámbulos retardos/ los párpados cansados del ensueño.

Dije, renglones arriba, que durante su larga y productiva trayectoria laboral, don Ismael transitó también por la política. Pero mucho antes de ello sólo fue uno de tantos jefes de familia numerosa, que vivió muchos años preocupado por completar el gasto diario. Tal y como se revela en este otro alegre cuarteto de un soneto dedicado a la quincena cobraba como ‘profesor de banquillo’: “Por línea de paterna burocracia/ conocí tu pasión y tu calvario,/ y el exiguo caudal de tu salario/ regido por ubérrima autocracia./  Burócrata de ayer que nunca sacia/ sus quincenas vencidas el erario,/ hambre y deudas de fijo calendario/ sorteadas con valor y con audacia”.2

Gracias a sus probadas dotes de poeta, nuestro homenajeado obtuvo algunos primeros lugares en los Juegos Florales de Colima y Tecomán; ganó el  premio nacional de poesía Fray Junípero Serra, entregado por el gobierno de Nayarit.

Pero ligando su potencial poético con los trabajos docentes y burocráticos que alternadamente realizó, el maestro Ismael todavía encontró, ya casado y con hijos, tiempo para inscribirse en la escuela de Derecho, incursionar en las lides políticas y en la tarea periodística.

Como periodista, caracterizándose por su estilo siempre cuidado y ameno, publicó durante unos 25 años, en el Diario de Colima de El Marqués, la columna En Tres Minutos. Sencillos pero interesantes textos que, si alguien los pudiese hoy ver en su conjunto, notaría que  son un detallado y puntal registro de los acontecimientos de toda una época en nuestra entidad.

Querida entidad, por cierto, que se vio cimbrada el 27 de octubre de 1959, cuando se avalanzó sobre nosotros,  un poderosísimo y devastador ciclón. Del que con todo lujo de detalles él hizo una crónica muy puntual, y que años más tarde reproduciría en otra apretada síntesis en un soneto que precisamente lleva por título esa fecha: “Negra noche de horror, sangrienta espada/ por turbión asesino poseída/ cósmica garra cruel, embravecida/ hundiéndose en la carne victimada/. Monstruo inicuo de cólera endiablada/ titánica espiral enardecida,/ rabiosa catarata enfurecida/ en mártir geografía sacrificada”.3

Antes de incursionar de lleno en la política, el profesor Aguayo Figueroa dio clases y fue incluso director de la escuela primaria José María Morelos, de Villa de Álvarez, en la que a mí, después, me tocó ser alumno.

Estando allí, si no me equivoco, se convirtió en el Oficial Mayor de la Cámara de Diputados, siendo el presidente de la XXXVI Legislatura, el Profr. Ricardo Guzmán Nava. Actividad política, pues, en la que no sólo participó como un priísta crítico y propositivo, sino como un muy atento observador, tal y como se muestra en el muy interesante, y a veces divertidísimo Anecdotario Político Colimense, que también rubricó.

El profesor Aguayo Figueroa desempeñó otras múltiples tareas de las que no me voy a ocupar, pero en 1973 logró concretar otra faceta: la del historiador, al haber sido convocado por el gobierno de don Pablo Silva a ser uno de los participantes del ambicioso proyecto editorial que se denominó Colima en la Historia de México, que habría de aparecer en seis tomos. Habiéndole tocado a él la redacción del Tomo V, correspondiente al período de La Reforma, y compartiendo otro espacio también con el profesor Ricardo Guzmán Nava, a quien le tocó redactar el Tomo III, correspondiente al período de La Colonia; con don Ricardo B. Núñez, a quien le tocó desarrollar el tema de La Revolución en nuestra entidad; así como con el Dr. Jesús Figueroa Torres, quien abordó el tema del Remoto Pasado del Reino de Coliman. Sin que se haya publicado jamás el tomo sobre La Independencia.

En La Reforma, Aguayo Figueroa tuvo oportunidad de desplegar un cúmulo de nuevos conocimientos y la indudable calidad redaccional que acrecentó con la práctica.

En este libro nos refiere la última etapa de Colima como Territorio de la Federación, su transformación en Estado, las elecciones del primer gobernador y la de los integrantes de la primera legislatura, así como el asesinato de don Manuel Álvarez, y el infortunado inicio de la serie de gobernadores jaliscienses que, impuestos por el general Pedro Ogazón, jefe militar de la región y gobernador de Jalisco, mal gobernaron Colima hasta que en febrero de 1867, el general Ramón Corona devolvió la gubernatura a don Ramón de la Vega.

Como político fue dos veces diputado local y presidió al Partido Tricolor. Aparte de haber sido miembro de la Sociedad Colimense de Estudios Históricos, de la Asociación Colimense de Periodistas y Escritores, de la Asociación de Cronistas de Pueblos y Ciudades del Estado de Colima, y presidente de la Asociación Nacional de Cronistas de Ciudades Mexicanas. Pero como a todos nos tocará en un momento especial, él ya se retiró de aquí, aunque su recuerdo continuará en muchos de nosotros; sus genes en sus descendientes y sus frutos en sus numerosas obras. Descanse en paz.

Sin título

Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

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