Vislumbres por Abelardo Ahumada.

Diario Avanzada acaba de notificar que cada uno de nuestros 25 flamantes y respetabilísimos diputados locales se va a embolsar en diciembre un cuarto de millón de pesos por concepto de “dieta mensual, 45 días de aguinaldo, el Fondo de Ahorro, y el dinero que se les otorga por presidir una comisión”. Y en cuanto supe esto me dio por buscar unos antiguos datos referidos a lo que cada uno de los 12 diputados constituyentes de hace 100 años ganaba también, y me volví a encontrar con la novedad de que ganaban “200 pesos al mes cada uno”. Una cantidad que hoy nos podría parecer increíblemente ridícula, porque nos daría el equivalente a sólo seis pesos con 66 centavos diarios. Pero que en su tiempo no dejaba de ser algo jugosa, si consideramos por ejemplo que el médico que fungía como director del Hospital Civil (único nosocomio que operaba en 1917) ganaba a su vez exactamente la mitad que aquellos: es decir, 3.33 pesos por día (100 pesos mensuales).

En efecto, y por increíble que hoy nos pudiera parecer, ya desde entonces los diputados se habían comenzado a “despachar con la cuchara grande”, aunque no tanto como el ciudadano gobernador quien se embolsaba sin rubor 25 pesos al día. Suma que contrastaba evidentemente con los pocos profesores “de banquillo” que había entonces, y hasta con los ya muy especializados de la Normal, donde el que daba clases de “Metodología General y Lengua Nacional para los tres cursos”, ganaba 3.75 ¡por jornada!

En aquel tiempo no había Universidad, pero el director de la Normal ganaba 5 pesos diarios; en tanto que el “Profesor de Aritmética” ganaba 3; el de Historia de México 3.50; el de Ejercicios Físicos 1.50 y el conserje igual.

En ese contexto socio-económico, los trabajadores más mal pagados eran (¡Y por eso peleó Zapata!), los jornaleros, que ganaban desde 37 a 50 centavos diarios, trabajando de 6 de la mañana a 6 de la tarde, aunque recibiendo aparte la comida, que no pasaba de ser, sin embargo, frijoles, chile y tortillas en la mañana; o sopa de arroz, cocido aguado, chile y tortillas en la tarde.

En el poder judicial no estaban tan fregados como podría uno suponer, pues el juez ganaba exactamente lo mismo que un diputado, pero el secretario del Juzgado de lo Penal ganaba sólo 3 pesos diarios, y “un escribiente”, 2.

Por otra parte, y para finalizar este comparativo salarial, resulta que aquel año había ¡en toda la nómina estatal!, sólo seis profesores pensionados que recibían 600 pesos cada uno ¡al año! Y ya se tenían contemplados otros 3 para jubilarse en 1918.

Otra “novedad”, diríamos, en comparación con nuestro tiempo, es que en aquel entonces ni siquiera se conocía el pago de los “aguinaldos”, y que el presupuesto del Gobierno Estatal para todo el año de 1918 (que tengo frente a mis ojos) sumaba $278 mil 432 pesos con 95 centavos. Es decir, apenas unos 28 mil pesos más de los que numéricamente recibirá este próximo diciembre cada uno de nuestros amadísimos representantes populares.

Cien años de la Constitución local.-

Y ya que nos metimos en estos comparativos históricos, creo que les resultará muy interesante saber que 1917 fue, para nuestros bisabuelos y tatarabuelos un año más o menos esperanzador, porque por primera vez desde 1911 (y luego de treinta y tanto años que duró el Porfiriato) se volvió a pensar en la democracia, en la medida de que tendrían que llevarse a cabo las primeras elecciones estatales y municipales.

Ese año, como si fuera un “regalo de Reyes”, don Venustiano Carranza, en su papel de “primer jefe del Ejército Constitucionalista” publicó una convocatoria para llevar a cabo unas elecciones extraordinarias en las que los varones mexicanos con mayoría de edad habrían de elegir un presidente de la república y los integrantes del Congreso (diputados y senadores). Poniendo como plazo el domingo 11 de marzo, y estableciendo como el principal objetivo, el de “restablecer el orden constitucional” que se había perdido desde casi cuatro años atrás, con el asesinato del presidente Francisco I. Madero y del vicepresidente José Ma. Pino Suárez.

En Colima el gobernador era el general Juan José Ríos, quien, cumpliendo con el decreto de don Venustiano, consideró a su vez que todo Colima era un solo distrito electoral federal, porque de conformidad con el Censo de 1910, aquí habían existido en ese año 77 mil 704 habitantes, y el decreto en cuestión decía que sólo podría elegir un diputado federal por cada 60 mil habitantes, o por una fracción que, en su caso, pasara de 20 mil. Que evidentemente no se completaban.

En ese ambiente, pues, las ambiciones de los políticos de aquel entonces (igualito que sucede hoy, pero con la diferencia de que en la actualidad participan mujeres) comenzaron a desatarse y, bueno, muchos comenzaron a organizarse y a movilizarse para llegar a ser, configurándose al menos seis pequeños partidos estatales: La Unión Liberal de Colima, el Club Maclovio Herrera, el Partido Socialista, el Partido Vallista, el Centro Democrático Liberal y el Partido Independiente.

Las elecciones federales concitaron, sin embargo, a menos de cinco mil electores, de los que 4 mil 274 se habrían inclinado por don Venustiano Carranza para la presidencia; casi la mitad, para el primer Senador Propietario: profesor J. Concepción Rivera; y un poco menos por el segundo: Ramón J. de la Vega. Mientras que el único diputado, Salvador Saucedo, habría recibido unos poquitos más que el primer senador.

Pero venían las elecciones para gobernador y para los diputados locales que se habrían de convertir en “Diputados Constituyentes”, y entonces sí que afloraron los intereses que les comenté.

Para la primera magistratura estatal el Partido Vallista registró al Profr. Felipe Valle; mientras que la Unión Liberal Colimense (posterior Partido Independiente) postuló al hacendado Miguel Álvarez García, dueño de Chiapa.

Estando tan frescos los recuerdos de algunos malos hacendados, Álvarez García no logró ganar las simpatías de los electores varones, como dicen que sí tenía la de no pocas mujeres y perdió esa primera vez. Siendo electos, por su parte, el domingo 3 de junio, 12 diputados propietarios, la mayoría integrantes de “las mejores” o de las más encumbradas familias de las municipalidades de donde procedían: Lic. Mariano Fernández, Lic., J. Jesús Ahumada, Elías Arias, Clemente Ramírez, Zenaido Jiménez, Leonardo Yáñez Centeno, J. Jesús Guzmán, Salvador V. Ruvalcaba, Miguel Valencia, Enrique Solórzano, Luis G. Sánchez, Nicanor Diego y Juan García. Diputados todos que, a propósito de lo que les comenté al principio, en la sesión del 24 de agosto de 1917, se pusieron a pelear precisamente por el monto de sus dietas.

Según las páginas del “Diario de los debates”, el diputado Fernández propuso que el presidente y los secretarios de la cámara ganaran 250 al mes y 200 los demás diputados; pero el diputado Jesús Ahumada (que ignoro si era mi pariente, aunque supongo que sí) dijo que eso era demasiado y propuso que ganaran 100 al mes y por parejo, pero la mayoría no aceptó y, para no seguir debatiendo más, llegaron a la salomónica decisión de que todos ganaran 200.

Ese mismo día iniciaron sus trabajos para la redacción de la Constitución Local, y una vez concluida, ésta fue promulgada por el Gobernador Felipe Valle, el 20 de octubre de ese mismo año. Es decir, hace 100 años, un mes y dos días.

La actualidad del ayer.-

Sin ánimos de hacer mofa de nadie, quiero comentarles que la mañana de este martes 21, tras leer en las páginas de un rotativo local el resumen (o la interpretación) del discurso que el gobernador Peralta pronunció con motivo del CVII Aniversario del inicio de la Revolución Mexicana, me quedé lelo por algo que lo que dicho mandatario expresó en algunos de sus párrafos, pero me concretaré en dos detalles: Iniciando por la parte que dice que habiendo transcurrido 107 años del inicio de la Revolución aún “es posible advertir una estrecha correspondencia entre los ideales nacidos de dicho acontecimiento” y los supuestos o presuntos “esfuerzos que realiza(n) Colima y el país por cumplir su papel frente a los Objetivos de Desarrollo Sostenible”. O como aquello otro de que “hoy como ayer se continúa trabajando por poner fin a la pobreza, erradicar el hambre, garantizar la salud y el bienestar, alcanzar una educación de calidad, reducir las desigualdades, así como en consolidar la paz y la justicia”.

Tales palabras (si las dijo él o las interpretó el reportero, que no les puso comillas) no parecerían tener ningún error y son, en efecto, algo muy actual por lo que se punga, sólo que en aquellos lejanos años no había nadie que hablara ni soñara con “los Objetivos del Desarrollo Sostenible”, o con la idea de “alcanzar una educación de calidad”, ya que lo prioritario en este sentido era que la mayoría de la gente supiera contar, leer y escribir aunque fuera de la manera más elemental, porque al término del Porfirismo, de 13 millones de habitantes, 10 millones eran analfabetas. ¿Cuál, pues, “educación de calidad”? Y en el otro tenor, lo que la mayoría de mexicanos quería entonces era comer aunque fuera dos veces diarias, tener siquiera dos cambios de ropa, un jacal en donde meterse y que dejaran de explotarlo “de sol a sol” por un pago miserable. ¿Cuáles “objetivos de Desarrollo Sostenible”? Por favor, que alguien le ayude al gobernador a no decir tantos sinsentidos. Y que corra, pero ya, al que le redacta esos desfasados discursos.

Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.