Abelardo Ahumada

Primera parte.

Por Abelardo Ahumada.

“¡LLEGÓ EL LECHERO!”. –

Por más que los noticieros se esfuercen en destacar los hechos de “la nota roja” que ocurren en Ciudad Juárez, también es muy cierto que esta población fronteriza es un gran mosaico pluricultural debido a que durante ya más de un siglo han llegado a vivir allí cientos de miles de personas procedentes de todo México y de no pocas otras partes del continente y del mundo. Una ciudad, tal vez, marginal y marginada, en la que sin embargo muchísima gente laboriosa ha podido encontrar las oportunidades y los satisfactores que en sus lugares de origen no pudieron conseguir.

Y, hablando en ese mismo orden de ideas, hoy quiero compartirles la historia de un hombre sencillo y cordial que llegó a dicha ciudad a finales de la década de los años 30as, y que me tocó conocer allí casi cuarenta años después:

Se llamaba Félix Cárdenas González. Vivía en la calle Miguel Ahumada # 1391, de la Colonia Chaveña; era un señor chaparrito, de pelo cano, rostro chapeado y ojos azules, que había nacido en un rancho del pequeño estado de Colima.

Lechero de oficio, tenía su propio corral de ordeña en la parte trasera de su domicilio. Y, en abril de 1960, siendo ya viudo, se volvió a casar con una tía mía, de 50, que se llamaba Carmen Ahumada Salazar, originaria también de Colima.

Don Félix y doña Carmen junto a su Chevy 1949, en el corral de la ordeña.

Mi tía era la hermana mayor de mi papá y cuando yo era niño ella vivía con nosotros en Colima, pero como se casó con ese señor y se mudó a Juárez, durante un buen rato la dejé de ver. Siete años después, sin embargo, nosotros nos mudamos para allá también, y como nos tocó vivir muy cerca de ellos, y yo la quería mucho, solía ir con frecuencia a visitarla.

En el transcurso de las primeras visitas descubrí que ambos eran muy platicadores y me contaban cosas que me despertaban un gran interés.

Me gustaba ir también a su corral, donde, recordando mis experiencias infantiles en otros corrales de mi pueblo, de vez en cuando me acomedía para ayudarles a ordeñar una vaca o dos.

Por razones de necesidad aprendí a manejar muy pronto, y cuando cumplí los 15, mi padre, firmando como responsable de los daños que yo pudiese causar, me consiguió mi primera licencia de conducir.

Para ese tiempo ya estaba cursando el bachillerato en “la Prepa de El Chamizal” en el turno matutino, y me quedaba las tardes libres. Así que acepté una invitación de don Félix, y me convertí en su chofer repartidor en el turno vespertino, quedándose en el de la madrugada don Pedro Cárdenas González, un hermano de don Félix algunos años menor que él.

El carro que manejábamos era un viejo Chevrolet modelo 1949, con más de 20 años de uso, pero que todavía funcionaba suficientemente bien. Y en él nos íbamos a repartir las botellas de “leche bronca” (recién ordeñada) en las casas y en las colonias a donde don Félix tenía “entregos” acordados.

Al término del recorrido casi siempre me invitaban a beber una taza de café, y a disfrutar unos frijolitos fritos con crema o queso que doña Carmen fabricaba. Así que, si yo no tenía alguna tarea escolar muy pesada, aceptaba con gusto y me quedaba un buen rato para disfrutar igualmente de sus amenas pláticas llenas de recuerdos y nostalgia, y que muchas veces giraban sobre sus vivencias infantiles y juveniles en nuestra querida tierra.

El autor de estas líneas montado en una vaca mansa de las de don Félix Cárdenas.

LA HACIENDA DE SAN ANTONIO. –

En una de aquellas ocasiones don Félix me platicó que había nacido en 1896, en un rancho de Villa de Álvarez, Colima, y que, desde niño, él, sus papás y dos hermanos se habían ido a vivir a una grande y hermosa hacienda cafetalera en el municipio vecino de Comala, que se llamaba San Antonio, y en donde nacieron posteriormente la mayoría de sus hermanos menores.

En dicha finca, enclavada en las muy verdes faldas del majestuoso Volcán de Colima, había una maestra que, pagada por el hacendado (un rico inmigrante alemán que se llamaba Arnoldo Voguel), le enseñó a leer, escribir y contar, del mismo modo como lo hizo con los hijos de otros trabajadores de la finca.

Vista del Volcán de Colima desde algún potrero de la ex hacienda de San Antonio, municipio de Comala.

En la época que él me platicó yo no había llegado hasta allá, pero hoy les puedo decir que el ámbito de San Antonio es uno de los más hermosos lugares naturales que me ha tocado conocer, y que por eso entiendo mejor el tamaño de las nostalgias que sentía don Félix al ponerse a platicar del sitio en donde creció y tuvo su primer amor. Y para que ustedes, lectores, entiendan igual esas nostalgias, he aquí un par de fotos: una muy antigua y otra más reciente que nos presentan dos aspectos de la referida hacienda:

Mozos y cortadores de café a principios del siglo XX.

Ex hacienda de San Antonio hacia 1988.

En otra de aquellas tardes, ya picado entonces por la curiosidad, le pregunté cómo había sido su vida en aquel hermoso lugar y a qué se había dedicado.

Los ojos se le nublaron, y aun cuando las lágrimas no llegaron a salir, se quitó los lentes, humedeció los cristales con el vaho de su boca, los limpió con un “kleenex”, se los volvió a colocar, se quedó unos segundos pensando y dijo:

“Yo llegué a vivir allí cuando estaba muy chavalito. Mi padre, que se llamaba Ramón Cárdenas Zamora, consiguió a principios del siglo un empleo ahí, en la casa grande. Mi madre se llamaba Prisciliana González, nacida en Comala. Y ella, dos de mis hermanos y yo nos tuvimos que ir con él, por difícil brecha que iba por entonces para allá. Mi mamá y hermanitos se fueron trepados en una carreta de la hacienda, jalada por cuatro mulas, que iba de regreso de Colima a San Antonio; mi papá montado en su caballo y yo sentado en ancas, jalando la soga de dos mulas cargadas con los pocos enseres que llevábamos.

Recuerdo que llegamos muy cansados casi de noche allí, y que por el momento nos dieron oportunidad de acomodarnos a dormir bajo el gran portal de la casona, pero después nos tuvimos que acomodar en uno de los muchos jacales hechos con muros de varas, techo de paja o zacate y piso de tierra que había en los alrededores.

Uno de los pocos ranchitos que aún quedan por los rumbos del predio de El Borbollón.

La hacienda era entonces un lugar muy próspero, había mucho trabajo allí, pero como tenía varios miles de hectáreas y no era conveniente que los trabajadores gastaran mucho tiempo para ir desde la finca hasta donde tenían que realizar las diferentes tareas que se les encomendaban, los patrones dividieron el gran predio en partes, y en cada una decidieron instalar otros ranchos más (algunos de varias casas), en donde, dependiendo de lo que les tocara hacer, sus moradores lo hicieran sin perder demasiado tiempo, porque la mayoría se trasladaban a pie.

Y, así, todos se dedicaban a realizar diversas tareas para el sostenimiento de la hacienda y su gente. Unos, por ejemplo, se dedicaban a cultivar y procesar caña de azúcar; otros a criar ganado, a ordeñar y hacer quesos y mantequilla; otros más a cortar la madera que se iba necesitando, o a cultivar el maíz y el café; a limpiar y ordenar la casa de los patrones; pero en todos los ranchos había gente que criaba sus propios puerquitos, sus gallinitas, sus chivitos y todos tenían derecho a cortar leña para sus fogones.

Los arcos del acueducto.

Junto a la casa grande estaban los arcos de un bonito acueducto hecho todo de piedra que muchos mozos estuvieron acarreando en burros desde los arroyos cercanos de El Cordobán y La Lumbre. Eran unas piedras volcánicas, prietas y sólidas, pero algo porosas y más livianas que las demás, que había por montones en las riberas de dichos arroyos, y que, arrastradas por las crecientes que provocaban las tormentas de los meses de lluvias, bajaban rodando desde las faldas del gran coloso.

La construcción de ese acueducto y de la acequia que lo alimentaba se llevó a cabo, según llegué a oír en pláticas sueltas, como diez años antes de que yo naciera, y estuvo dirigida por un ingeniero francés que se llamaba Arturo L. Haribel, que fue el primer dueño extranjero que compró esas tierras tanto a los indios de Suchitlán, Colima, como a los de Zapotitlán, Jalisco.

Ese señor se hizo después socio de don Arnoldo Voguel y de otros dos alemanes. Aunque al último don Arnoldo les compró sus acciones a los demás y se quedó con todo.

A mí siempre me impresionó el acueducto, que estaba muy bien diseñado y hacía escuadra con la capilla y con el casco de la hacienda, construidos también por el ingeniero francés y con el mismo tipo de piedra. Pero lo que más me llamó la atención fueron los túneles que se tuvieron que abrir con pequeños trozos de dinamita, y se tuvieron que afinar a golpes de marro y cinceles, en un pequeño cerro que separa a la “Laguna Escondida” de la “Laguna María”.

El agua que iba por esa acequia llegaba, en efecto, desde la “Laguna Escondida”, en la que según parece había un venero al que nunca de le acababa el líquido. Y al final del acueducto caía convertida en un chorro muy poderoso que servía para mover una máquina despulpadora de café, que según eso habían traído en partes desde Alemania, por barco hasta Manzanillo, y desde ahí en mulas muy grandes hasta Colima y San Antonio, junto con un técnico especializado que la armó completita en el lugar que le señalaron, quedándose varios años a trabajar en la hacienda, mientras que unos muchachos que ahí nacieron se enseñaban a moverla y a meterle mano cuando se descomponía.

Aparte de las lagunas que ya mencioné, en los grandísimos terrenos de la hacienda había otras dos, muy bonitas: una que se llama “Laguna del Jabalí” y otra que nombran “Laguna del Epazote”, pegaditas a las faldas del Volcán, cuatro en total, rodeadas por arboledas tupidas, en las que abundan las aves silvestres, como los chonchos, o pavos salvajes; las chachalacas, las mirlas, los jilgueros, los zenzontles y muchos otros pájaros más.

Los ranchos en que se dividía la enorme hacienda tenían sus propios nombres. Y algunos de los que todavía recuerdo son: Salsipuedes, El Borbollón, La Cruz, El Tecuán, La Mesa, La Yerbabuena, La Barranca del Agua y El Jabalí.

Junto a la hacienda pasaba un camino de herradura que conectaba los pueblos de Colima con los del Sur de Jalisco. Unos pueblos muy nombrados como el de Comala y Suchitlán, en Colima, y San José del Carmen, Zapotitlán, Tolimán y Tuxcacuesco, en Jalisco.

Actual plaza de San José del Carmen, Jal.

La gente que vivía en la hacienda y sus ranchos se levantaba con el primer canto del gallo y se retiraba a dormir casi en cuanto cerraba la noche.

Para que se alumbraran todos los jacales y la finca había algunos trabajadores especializados que tenían la obligación de ir a rajar ocote a las faldas del Volcán y del Cerro Prieto. Y aunque el ocote no era caro, los habitantes de los jacales tenían prohibido desperdiciarlo, así que la mayoría nos teníamos que ir a dormir casi en cuanto empezaban a brillar las primeras estrellas.

Pero ahora que hablo de estrellas, a ti te consta que debo madrugar. Así que otro día te seguiré platicando”.

Fin de la primera parte.

Nota. Todo este material corresponde al Capitulo 11 de “La Chaveña”.

Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

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