En la parte oeste del pueblo de Coquimatlán a tres cuadras del jardín principal de la cabecera, corren las aguas de un arroyo que lleva por nombre “Tecolotero”, es ahí donde inicia el llamado “Callejón del Charro”.

Este sombreado trayecto lleva a quienes lo recorren hasta las márgenes del Río Armería, pasando por huertas de mango, tamarindo y plantaciones de maíz, además de cruzar el canal Juárez que irriga los plantíos que se desarrollan en este entorno; precisamente ahí, en las inmediaciones del Canal Juárez se encuentra una frondosa ceiba, de la cual cuenta la leyenda surge el misterioso charro vestido de negro montado en un corcel de pelaje azabache que relincha al cruzar el sórdido paraje e iniciar su transitar por el mencionado callejón.

Existen muchas versiones acerca de la identidad del misterioso jinete, la mayoría de ellas coinciden en que se trata del “amigo”, del “pingo”, del mismísimo Mefistófeles, en fin del demonio en persona, ya que según cuentan en cierta ocasión un trasnochado borrachín perdido entre los humos del alcohol recorría este callejón cuando fue alcanzado por un jinete vestido de negro del que sobresalía la plateada botonadura que adornaba dicho traje, al cruzarse con el borrachín lo invitó a montar el negro corcel para acercarlo a las inmediaciones del pueblo de Coquimatlán y ahorrarle un rato de cansado recorrido a pie entre las coliguanas y demás enredaderas que crecen a la vera del callejón, a lo presuroso accedió y aceptó el generoso ofrecimiento, buscando arribar en menor tiempo al caserío de Coquimatlán; sin embargo, nunca se imaginó que apenas subir al negro corcel este pareció elevarse por la oscura noche y al observar sobre su hombro vio que volaban por encima de las copas de los árboles del callejón, lo cual cortó de tajo el etílico estado de bisoño jinete, más aun cuando retumbó en su cerebro la prolongada carcajada del charro cuando descendía al borde del arroyo en las orillas del caserío.

Dicen los que vivieron de cerca esta situación que desde ese día el borrachín dejo de empinar el codo para siempre volviéndose abstemio de tajo y contaba a sus ex compañeros de parranda lo que le ocurrió en el callejón del charro una noche de borrachera tratando de que dejen el vicio al igual que lo hizo el.

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