Rogelio Guedea

PARACAÍDAS por Rogelio Guedea

Declaraciones como las del presidente López Obrador (quien un día antes de entrar oficialmente a fase 2 del Covid-19 se puso a invitar a salir a la gente a la calle) o la del gobernador de Puebla, Miguel Barbosa, (quien dijo que el coronavirus solo le daba a los ricos y no a los pobres como él) son tan desafortunadas como la falta de responsabilidad mostrada por un gran porcentaje  de la ciudadanía pese al llamado de la comunidad científica internacional en el sentido de que el coronavirus es una pandemia seria que está poniendo (y de seguir así pondrá) de bruces al mundo entero, un virus que no sólo dejará estragos en las vidas humanas sino también en la economía y en la manera en que tendremos que enfrentar el futuro de aquí en adelante. Los que han puesto en disyuntiva la importancia de salvar la economía sobre la importancia de salvar las vidas (ahí están las desafortunadas declaraciones de Ricardo Salinas Pliego, presidente del Grupo Salinas) deberían de escuchar lo que dijo Bill Gates al respecto: la economía es reversible, las vidas no, y luego de decirlo el filántropo informático decidió donar 100 millones de dólares para las investigaciones en torno a la búsqueda de la cura de este virus letal. Por su parte, la sociedad ha sido omisa en creer en esta pandemia y en la forma en que ha socavado los sistemas de salud pública en muchas partes del mundo, como si las noticias apocalípticas que nos llegaran del extranjero no fueran sino videos falsos o fotomontajes. Por fortuna, no toda la sociedad ni todos los gobiernos han sido tan irresponsables como para envanecerse diciendo que a nosotros no nos pasará nada porque somos una raza fuerte (como lo dijo el presidente López Obrador) y que basta con una medallita religiosa para poner contra la pared a un virus que ha cobrado ya miles de vidas y que no ha tenido ninguna reserva en cuanto a que muchas de estas vidas sean las de personas jóvenes sin ningún tipo de padecimiento previo. Yo sigo viendo en mi comunidad, por lo menos, un porcentaje importante de descreimiento de las medidas tan rigurosas que se deben de adoptar para evitar que se propague este virus de altísimo contagio, pese a que el gobierno estatal ha decretado emergencia sanitaria y ha insistido sobre la importancia del aislamiento social o del cuidado extremo que se debe tener cuando éste (por cuestiones de trabajo) no puede cumplirse. Pese a lo anterior, la vida cotidiana parece seguir a su propio ritmo, se puede ver todavía mucha gente en las calles o en los supermercados sin la más mínima protección, familias enteras en jardines o plazas (las que quedan abiertas) yendo viniendo como si no supiéramos que así precisamente estuvieron Italia o España o Estados Unidos antes de empezar a sufrir los estragos de la pandemia. Me queda claro que en este momento el debate debería ir en torno al nivel de conciencia social que poseemos no sólo los mexicanos sino cualquier otra sociedad del mundo, incluidas las más avanzadas, porque, sin duda, en esto radica el éxito o el fracaso de las medidas tomadas contra esta pandemia. Esta conciencia social alcanza, por supuesto, también a los gobernantes, muchos de los cuales hasta ahora -por lo menos en México- se han comportado con inmadurez y hasta fanfarronería. Por eso, si los gobernantes no están a la altura de la pandemia, por lo menos la sociedad -o ciertos sectores de ella- deben estarlo a fin de evitar que ésta (apoyada en el precario sistema de salud que tenemos, la pobreza, la violencia extrema y la ignorancia del Estado) convierta a nuestro país en el más grande moridero del mundo. Dios no lo quiera.

 

Rogelio Guedea

Poeta y académico

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