VISLUMBRES por Abelardo Ahumada.

500 AÑOS. –

Hoy, tratando de pasar por encima de la gran cantidad de basura pseudoinformativa que diariamente nos llega a través de las redes sociales, quiero hacer notar a nuestros (pocos o muchos) lectores, que este próximo viernes 8 de noviembre se cumplirán cinco siglos exactos de que los españoles encabezados por Hernán Cortés entraron, por primera ocasión, a gran ciudad de México-Tenochtitlan. Un hecho muy singular que provocó una larguísima e intrincada trama de acontecimientos que hasta la fecha y con muy diferentes modos siguen impactando el acontecer de nuestro país y, que, sin darnos acaso cuenta, se reflejan incluso nuestra propia vida.

No quiero, por otra parte, aturdirlos con una larga lista de fechas y sucesos colaterales, sino presentarles, en primer término, un interesantísimo testimonio indígena sobre dicho acontecimiento, que refleja, como dijera el maestro Miguel León-Portilla, la abrumada y asombrada “visión de los vencidos”. Y obsequiarles también un resumen de lo que sobre tal fecha escribió el conquistador.

El testimonio indígena al que me refiero fue, al parecer, recogido oralmente en náhuatl de un agudo observador de la nobleza tlatelolca, y pasado después al castellano por uno de tantos alumnos brillantes que tuvieron los franciscanos en el colegio de Santiago Tlatelolco. Dicho testimonio revela la enorme impotencia que los guerreros mexicas experimentaron cuando, pese a saber que eran suficientes fuertes como para haber podido destruir a los invasores en el momento en que se los hubiesen ordenado, nunca recibieron, sin embargo, la orden esperada, y tuvieron que tragarse su coraje porque Moctezuma, más sacerdote que guerrero, decidió no usar armas en su contra.

Refleja también, sin ocultarla, la enorme admiración que el propio testigo tuvo al ver desfilar, por decirlo así, a los cinco cuerpos en que Cortés dividió a sus hombres para marchar sobre la calzada que, atravesando una porción del lago de Texcoco, unía a Iztapalapa con México-Tenochtitlan. Y nos muestra del mismo modo, con indignación y coraje, la actitud temerosa (“temor reverencial” han dicho algunos autores) que el usualmente “terrible Moctezuma” tuvo ante “la llegada de los dioses”, y muy concretamente ante la presencia de Cortés, a quien confundió con el legendario Quetzalcóatl (presunto semidios) que algún tiempo atrás había interactuado con los toltecas, prometiéndoles un día volver, por el mar, desde el oriente.

Las partes más importantes del testimonio a que me refiero aparecen desde el capítulo XIV hasta el capítulo XVIII del llamado Códice Florentino, pero como el documento fue redactado conforme a la usanza del siglo XVI, su lectura puede ser un tanto difícil para quienes no han incursionado en tan diferentes modos de escribir. De ahí que, para facilitar su lectura y comprensión, me permití “actualizar” el relato, incorporándoles algunos datos complementarios, cuidando siempre no violentar su sentido original.

Todo ello sin haber comentado aún que quien lo refirió a su posterior amanuense, debió de haber sido un observador experto que, o estuvo allí empujado por su propia curiosidad, o fue enviado ex profeso por sus superiores.

INFORME SOBRE LA LLEGADA DE LOS DIOSES A MÉXICO TENOCHTITLAN . –

“Hacia la media mañana del Día del Itzcuintli (Día del Perro), del Año Uno-Caña (correspondiente al 9 de noviembre de 1519), quienes estábamos en la calzada de Iztapalapa, comenzamos a ver que, cubriendo sus ocho pasos de ancho, venía a lo lejos el ejército de los teules (dioses) acompañado por varios miles de totonacas, tlaxcaltecas, huejotzincas, chalcas, texcocanos y xochimilcas que se les habían unido. Miles y miles de mexicanos también se habían arremolinado allí, sobre las azoteas de las casas y los edificios, en canoas sobre la laguna, o dificultosamente alineados en ambas orillas de la calzada.

Al rato, anunciado por sonidos del caracol guerrero, se abrió paso hasta la garita, muy cerca de donde nosotros nos encontrábamos, un tlacatécatl mexicano con los ocho mil hombres de que contaba su sección del ejército o xiquilpilli. Expulsó de inmediato a la gente curiosa para que se recorriera hacia el lado de México y formó una gran valla doble que abarcaba desde el punto llamado Xoloco, hasta el mismísimo palacio de Axayácatl, que fue donde finalmente Moctezuma  hospedó a los teules.

Un amigo que vivía en una esquina de la calzada del Iztapalapa, nos permitió subir a la azotea de su casa y desde allí pudimos ser testigos de toda la serie de acontecimientos: La llegada de los teules fue algo tan impresionante como los más grandes actos de la magia y la hechicería. Venían alineados como si fueran surcos, encabezados por cuatro de ellos montados en sus gigantescos venados (en realidad caballos). Los cuales iban dándose vueltas sobre sí mismos, con sus jinetes atisbando hacia todas partes, entre las casas, en las terrazas.

Junto a ellos venían también sus grandes perros, jadeando, olfateando incesantemente… Después, solo, separado de los demás, venía otro hombre montado cargando un estandarte, erguido como si fuera un escorpión dispuesto a picar.

Enseguida, portando sus espaldas de metal, que centelleaban con los rayos del sol, venían otros a pie, cargando sobre sus hombros escudos de cuero y madera.

Más atrás, formando un segundo grupo, venían más venados cargando a otras personas cubiertas con gruesas cotas de algodón, con escudos de cuero y largas lanzas de metal. Sus venados tenían numerosos cascabeles que no dejaban de tintinear, mientras emitían ruidos muy agudos, fuertes, como si dijeran ji, ji, jí. Sudaban mucho, y su sudor hacía espuma blanca. Son tan fuertes esos animales que por donde pasaban sonaba el piso, restallaban sus pisadas, soltaban las piedras del suelo, hacían pozos en él.

 En el tercer grupo venían los portadores de poderosos arcos de metal con sus carcajes llenos de flechas de metal también y cubiertos con gruesas cotas de algodón, impenetrables a nuestras flechas, resistentes a nuestras lanzas … Sus cabezas iban cubiertas con cascos de metal, adornados con plumas multicolores.

En el cuarto grupo venían más venados y sus montadores parecidos a los demás; pero en el quinto, a pie, iban los que llevaban las trompetas de fuego manuales, llamadas matlequiquiztli; mismos que las hicieron estallar cuando hubieron entrado al palacio, provocando una gran conmoción. La gente se asustó terriblemente por sus estallidos y luego se sofocó con el humo acre y pestilente que arrojaban.

Al final de ese conjunto, cerrando la marcha de los teules, venía su comandante principal, considerado por ellos como su tlacatécatl, o jefe guerrero, rodeado de guardianes, hombres muy fuertes, bravos, que lo vigilan y cuidan con mucha atención.

Finalmente, detrás de todos ellos, venían las gentes de Tepoztlan, las de Tlaxcala, las de Tliliuhquitépec, las de Huexotzinco, las de Chalco, las de Xochimilco, las de Tecpan y las de Coyoacan.

El tlacatécatl de Moctezuma los hizo detenerse a todos cerca de un lugar llamado Tocitlan, porque allí cerca aguardaban el propio Moctezuma y los reyes de Texcoco y Tacuba.

Cuando el comandante de los teules vino hacia Moctezuma, éste bajó de las andas en que lo llevaban y se fue a su encuentro, precedido por grandes señores que barrían el piso por donde iba a pasar. Vi que todos los señores iban descalzos y sólo Moctezuma llevaba unos cactli o huaraches con suelas de oro.

Me fijé que ninguno de esos señores, salvo sus cuatro más cercanos y sus sobrinos, osaban mirar al hueytlatoani directo a la cara y siempre que se dirigían a él lo hacían con la mirada baja.

El jefe de los teules vino a querer abrazarlo, pero el tlacatécatl y otro se lo impidieron, y él se tuvo que conformar con darle un collar con piedras transparentes como el agua, pero de colores diversos. Moctezuma, por su parte, le obsequió otro collar que tenía cuatro chacalis o camarones de oro, como de un geme de largo cada uno; una joya preciosísima como la que no he podido ver otra igual.

Después de eso se fueron a un salón cercano y se pusieron a platicar con la intermediación de una mujer parecida a las nuestras y de un hombre que parecía español, pero que tenía agujereadas las orejas y la nariz al estilo de los mayas. Ignoro de qué platicaron, pero luego les dieron por casa el palacio de Axayácatl y les mandaron un montón de cocineras y cocineros para que les hicieran y les dieran de comer”.

LO QUE REFIRIÓ EL CONQUISTADOR. –

Con una óptica totalmente distinta a la que tuvo en tan histórico momento el informante tlatelolca, el testimonio de Hernán Cortés es el de un protagonista principal y casi único, que, no obstante la osadía que lo caracterizaba, y hablar siempre en primera persona, no había perdido aún su capacidad de asombro:

“Y [el 8 de noviembre] aquellas personas que conmigo iban de Mutezuma (sic) me dijeron que […] fuese a otra ciudad que se dice Iztapalapa […] y así lo hice… Y llegando a esta ciudad, me salió a recibir, algo fuera de ella, su señor (hermano de Mutezuma) y otro de una gran ciudad que está cerca […] Y otros muchos señores que me estaban esperando, y me dieron [en oro, el equivalente a] tres mil o cuatro mil castellanos, y unas esclavas y ropa, y me hicieron un buen acogimiento.

Tendrá esta ciudad de Iztapalapa doce o quince mil vecinos, la cual está en la costa de una laguna salada, graNde […] Tiene el señor de ella unas casas nuevas […] que son como las mejores de España [… con] muchos cuartos altos y bajos, jardines muy frescos de muchos árboles y rosas olorosas, asimismo albercas de agua dulce muy bien labradas […] una huerta muy grande como de cuatrocientos pasos […] y dentro de la alberca hay mucho pescado, y muchas aves…

Otro día […] me partí, y a media legua andada, entré por una calzada que va por medio de dicha laguna dos leguas hasta la gran ciudad de Temixtitan (por Tenochtitlan) que está fundada en medio de dicha laguna. La cual calzada es tan ancha como dos lanzas y muy bien obrada. Tanto que pueden ir por toda ella ocho caballos a la par. Y así seguí […pero] a media legua antes de llegar al cuerpo de Temixtitan, me topé con el cruce de otra calzada que viene de tierra firme […] en donde hay un muy fuerte baluarte almenado […] Y aquí me salieron a ver y hablar hasta mil hombres principales, ciudadanos de la dicha ciudad, todos vestidos ricamente, según sus costumbres, con una manera de hábito, para “besar el suelo” y hacerme ceremonias (o salutaciones).

Tardé una hora ahí, recibiendo esas ceremonias, y ya junto a la ciudad, estando sobre un puente de madera como de diez pasos de anchura, vimos [un cortejo que se aproximaba]. Y pasada esta puente (sic) nos salió a recibir aquel señor Mutezuma con hasta doscientos señores, todos descalzos, pero vestidos con otra ropa buen rica a su uso [… Caminando] en dos procesiones, muy arrimados a las paredes de la calle, que es muy ancha, muy hermosa y derecha […] Y el dicho Mutezuma venía por medio de la calle con dos señores, el uno a la mano derecha y el otro a la izquierda, descalzos también, excepto Mutezuma que iba calzado.

Y yo me apeé (bajé del caballo) y le fui a abrazar solo, pero aquellos dos señores que con él iban me detuvieron con las manos, para que no le tocase, y ellos y él hicieron la ceremonia de besar la tierra [para saludarme].

Y al tiempo que yo llegué a hablar al dicho Mutezuma, quiteme un collar de margaritas y diamantes de vidrio y se lo eché al cuello […] y vino un servidor suyo con dos collares de caracoles colorados, que ellos tienen en mucho [valor], y de cada collar colgaban ocho camarones de oro de mucha perfección tan largos como un geme, […] Y él me los echó al cuello.

Y luego le ordenó a su hermano (el de Iztapalapa) que se quedase conmigo y me llevase del brazo, mientras que él, con el otro señor, se fue un poquito adelante…. Hasta llegar a una casa muy grande, hermosa y bien aderezada, que tenía para aposentarnos… Y [nos metimos] me tomó de la mano y me hizo sentar en un estrado muy rico que para él lo había mandado hacer. Y me dijo que lo esperase ahí, y se fue. Pero al poco rato, ya que toda la gente de mi compañía estuvo asentada, volvió con muchas y diversas joyas de oro, plata y plumajes… Y ordenó que nos dieran de comer y todo aquello que necesitáramos…”

Pero la historia no terminó ahí. Los dos testimonios que he resumido siguen describiendo lo que pasó enseguida. Y eso que sucedió inmediatamente después no fue, sino el comienzo -ahora lo digo yo-, de una catástrofe social de muy grandes proporciones.

Continuará.

Pies de foto. –

1.- Los conquistadores pasaron por en medio de los volcanes y, sorprendidos, miraron a lo lejos y a sus pies la muy poblada zona lacustre, en la que destacaba la gran ciudad de México-Tenochtitlan.

2.- En casi cada lugar que llegaban se presentaban los grandes señores de los pueblos y ciudades cercanas para “darse de paz” y llevarles regalos.

3.- Cortés, joven aún, muy osado, atrevido e incluso cruel, puso e hizo todo lo que estuvo de su parte para llegar a México y atemorizar a Moctezuma.

4.- Algunos historiadores poco reflexivos acusan a Malinali (La Malinche o Doña Marina) de traidora por haber servido de intérprete. Pero ¿qué favores o lealtad le tenía esa mujer a Moctezuma y su gente?

 

Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

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