Abelardo Ahumada

VISLUMBRES por Abelardo Ahumada

Segunda parte

¿FUE MOCTEZUMA UN COBARDE? –

Tal y como se puede deducir de la lectura de las diversas fuentes autóctonas que hacen referencia al carácter de Moctezuma, su propia gente más que quererlo le temía, y la de los pueblos que tenía sujetos tanto le temían como le odiaban, porque les imponía pesados tributos y les exigía que anualmente le entregaran cierto número de muchachas y muchachos que destinaba a la esclavitud o a los sacrificios humanos.

Por otra parte, en su propio entorno era tan riguroso el ceremonial que regía la vida de su palacio, que no permitía que nadie lo mirara directo a la cara y no admitía que ni los más encumbrados militares y funcionarios, o los más poderosos nobles de la ciudad y sus alrededores, entraran a su sala calzados. Obligándolos, además, a inclinar su cabeza hasta casi “besar la tierra”, cuando querían saludarlo y cruzar algunas palabras con él.

Menciono todo lo anterior para que entendamos cuál era la fama que tuvo ese hombre hasta unos seis o siete días después de que aquel 9 de noviembre de 1519 entraron a la ciudad de México-Tenochtitlan, junto a los trescientos y pico soldados de Cortés, varios cientos (o miles) de totonacas, tlaxcaltecas, huejotzincas, chalcas, texcocanos y xochimilcas. Mismos que de otro modo no hubiesen podido entrar jamás.

El muy temido hijo de Axayácatl contaba con un muy funcional servicio de espionaje y desde abril sabía, por ejemplo, que los totonacas y los cempoaltecas se habían aliado con Cortés para ya no seguir pagando los tributos que Tenochtitlan les demandaba. Sabía, igualmente, que luego de algunas batallas que terminaron perdiendo, los tlaxcaltecas habían hecho lo mismo, y que unos pocos días atrás, los caciques de varios otros pueblos se habían hecho presentes en el campamento que Cortés había hecho instalar al otro lado de los volcanes, para manifestarle “sus respetos”. Pero si él lo sabía, la mayoría de sus súbditos lo ignoraban, y por eso les extrañó que aquella mañana, al llegar hasta cierto cruce de la calzada de Iztapalapa, Moctezuma descendiera de las andas en que unos nobles lo cargaban, y se fuera ¡a pie!, al encuentro de Hernán Cortés y los suyos, quienes en ningún momento se inclinaron hacia su persona ni bajaron la mirada, sino que lo veían de arriba abajo con – para los mexicas- irreverente curiosidad y hasta con descaro.

En virtud de lo que los súbditos de Moctezuma sabían de su modo de ser, no es descabellado pensar que, al presenciar semejante escena, no pocos de ellos se hayan preguntado con enorme asombro: “¿Por qué el gran tlatoani tolera ese trato que en otros castiga tan rudamente? ¿Por qué no dio a los caballeros tigre y a los caballeros águila, la orden para que los desbarataran antes de que siquiera hubiesen podido poner un pie en el territorio que gobernaba? ¿Cómo es que él mismo, tan altivo siempre, se haya decidido a salir de sus lujosos aposentos para venir en persona a recibir al jefe de los apestosos recién llegados? ¿Será que éste tiene más poder que él mismo?”

Las preguntas estaban allí, pero las respuestas no, y han muerto sin saberlas millones de mexicanos, y hay todavía muchos a los que ni siquiera les han preocupado nunca, pero yo sé que a varios lectores inteligentes “les brinca” ese tema en sus ilustrados cerebros, y es por eso que les quiero seguir compartiendo al menos una parte de mis indagaciones en los antiguos libros, que nos muestran muchísimo más de lo que, de manera extremadamente superficial y abreviada, nos enseñaron en la primaria y en la secundaria:

BAJO EL INFLUJO DE LOS AUGURIOS. –

Diego Durán “nació en Sevilla en 1537”, pero “a la edad de seis o siete años, hacia 1543”, fue traído a México y radicó en Texcoco, junto con su familia. Habiendo pasado allí, “en íntimo contacto con el mundo náhuatl”, el resto de su infancia y toda su adolescencia. Hechos por los que algunos investigadores que han podido escudriñar su obra afirman que tal contacto “lo marcó para siempre”, y citan una frase de él que me parece muy reveladora: “Pensarán algunos que alabo mis agujas en decir bien de Texcoco, [pero] ya que no me nacieron los dientes allí, [conviene que sepan que] los vine allí a mudar”.

Este niño sevillano-texcocano, pues, resultó ser, con el tiempo, no nada más un gran conocedor del náhuatl, sino un gran estudioso de esa cultura, gracias a que ingresó al convento “de Santo Domingo de México”, a los 17, en donde llegó a convertirse en un cura y en un intelectual de primer orden. Un intelectual que tuvo la oportunidad de conocer e interpretar todos los códices que dominicos y franciscanos habían logrado rescatar de la destrucción. Entre los que había uno, escrito originalmente en náhuatl, y que al parecer posteriormente se perdió, al que él mismo nombra “Historia Mexicana”, pero que por no saber quién fue su autor, ocasionalmente menciona, también, como “la Crónica X”. Crónica cuya transcripción al castellano él realizó, y que, junto con la lectura de los varios otros códices, le sirvió para escribir su propia “Historia de las Indias de Nueva España y de las islas de Tierra Firme”.

Una historia en la que muy al principio, y en resumen dice que, siendo Nezahualpilli, en 1508, “rey de Texcoco”, llegó a visitar sin anunciarse a Moctezuma, y que sabiendo éste que su vecino tenía fama de ser “adivino y hechicero”, se sorprendió al saberlo, y salió a recibirlo, sólo para enterarse de que el sabio monarca texcocano le fue a decir que “por permiso y voluntad del Señor de los Cielos, de la noche y el día y del aire, ha de acontecer en tu tiempo [una gran calamidad]. Por lo cual debes estar avisado y advertido y con mucho cuidado, porque yo he alcanzado [a discernir y entender], por cosa muy verdadera, que de aquí a muy pocos años nuestras ciudades serán destruidas y asoladas, nosotros y nuestros hijos muertos y nuestros vasallos apocados y destruidos, y de esto no tengo duda”.

Advertencia profética que llenó a Moctezuma de grandes temores.

Hay muchísimo más que referir al respecto, pero sólo cito esto como fundamento para tratar de entender el hecho de que si el terribilísimo e irascible Moctezuma, se comportó con tanta humildad ante la presencia del conquistador, fue porque pese a todo lo que le habían explicado sus informantes respecto a que los españoles eran hombres y no dioses, él continuó creyendo que sí lo eran. Creencia supersticiosa que Cortés captó desde los primeros meses, y de la que supo aprovecharse cabalmente para lograr los fines que se había propuesto.

Cabe señalar, también, que los conocimientos geográficos que tenían aún los más ilustrados maestros del Calmecac y del Telpochcalli (los dos grandes colegios de México-Tenochtitlan) se reducían a una parte de la masa continental, y tenían muy vagas noticias de la existencia de pobladores en algunas islas de lo que hoy se conoce como el Golfo de México. Por lo que para ellos sólo eso era el mundo. Así que, si para ellos no había más tierras, tampoco podría haber más hombres y, en consecuencia, los que llegaron ¡tenían que ser “teules”! Que en castellano quiere decir “dioses”.

Y no es por menos que enterarse de la llegada de los barcos de la tercera expedición (la encabezada por Cortés), el redactor del Códice Florentino, haya escrito que Moctezuma “reunió a sus príncipes […] y les dijo:

“¡Vengan, valientes jaguares, vengan! Se dice que finalmente surgió nuestro señor, vayan a su encuentro, escuchen bien lo que vaya a decir […] deberá ser recibido cumplidamente”.

Tras lo que les ordenó entregarle, entre otras vestimentas y joyas preciosísimas, “el atavío de Quetzalcóatl”, consistente en “una máscara de serpiente labrada con turquesas; una armadura ritual de plumas de quetzal; un collar de jade trenzado con un disco de oro colocado en el centro; y un escudo cruzado en oro […] con una franja de plumas de quetzal […] y un espejo dorsal, hecho como escudo de turquesas, tapizado” con esas bellas piedras “y rosarios de jade con cascabeles de oro”, etc.

El solo hecho de mencionar que deberían entregarle “el atavío de Queztalcóatl” fue más que suficiente para los grandes personajes que fungieron como emisarios, para entender que habían recibido el indudable privilegio de ir a encontrarse nada menos que con el dios del que tanto se había hablado desde la época de los toltecas. Y no por menos, al ver sus barcos, “parecióles cosa más divina que humana” (sic.)

A nosotros tal vez nos pueda parecer muy triste lo que a continuación sucedió, pero muy bien podemos suponer que para quienes estaban en el barco de Cortés en aquel momento fue cosa de risa, porque una vez que “una india que traían, y que hablaba y entendía su lengua”, les señaló a Cortés como el jefe de todos, los más altos emisarios de Moctezuma se aproximaron a él, y el de mayor rango “se postró [como ante un dios], y le presentó todas las joyas y piedras preciosas y plumajes que traía” [de obsequio].

Cortés tuvo el tino de no ponerse a reír al recibir tal acto de pleitesía, y no necesitó fingir que se sentía muy contento con semejantes regalos. Pero no resistió la tentación de jugarles dos pesadas bromas: en primera instancia les devolvió a cambio, como él mismo y Bernal lo dicen, un montón de baratijas, al tiempo que les ofreció algunos vasos de vino que al principio los emisarios no querían beber, pero que una vez ingerido, como jamás habían bebido nada que tuviese tanto alcohol, los hizo sentir eufóricos. Y mientras todo eso acontecía, Cortés preparó la segunda broma y, antes de que los emisarios terminaran de emborracharse, a una señal suya los cañoneros apuntaron sus armas hacia la playa llena de gente y encendieron las mechas de tal modo que, casi al unísono, se escuchó el pavoroso estruendo que producían, haciendo caer en cubierta a los asustadísimos dignatarios mexicas, y haciendo gritar de susto a los pobladores de la costa, sobre cuyas cabezas pasaron las pesadas balas tronchando ramas y troncos.

Esos pobres emisarios, que los únicos truenos que habían escuchado antes eran los de los rayos, brincaron como pudieron del barco, se treparon o colgaron de las chalupas y se fueron lo más rápido posible hacia la orilla, para llevarle a su huyetlatoani, casi sin descansar, los informes de las tremendas experiencias que acababan de vivir, y las pinturas que cuidadosamente los tlacuilos habían elaborado a modo de reseña gráfica.

EL CUMPLIMIENTO DE LAS PROFECÍAS. –

Siguen diciendo las mismas fuentes que, al escuchar todo eso, Moctezuma quedó “como fuera de sí y empezó a llorar y angustiarse lo más del mundo”. Y que más tarde reunió a todos los hombres más sabios, entre los que algunos, muy ancianos, le comentaron que todo eso ya había sido profetizado.

Cayó entonces Moctezuma en cuenta de todo lo que le había advertido el gran Nezahualpilli. Lo relacionó con lo que acababan de informarle y, fue por eso que, cuando finalmente llegó Hernán Cortés al mencionado cruce de la calzada de Iztapalapa, descendió de sus andas, caminó a su encuentro y al tratar de darle la bienvenida al “dios” (o a su representante), le brindó al ambicioso conquistador europeo la grandiosa oportunidad para “llenarse de gloria” y para que se escribieran “grandes cosas” de él:

“¡Oh, señor nuestro! – le dijo Moctezuma con gran reverencia y acato-, has pasado por muchas fatigas, estás cansado, he aquí que llegaste a […] tu ciudad de México, he aquí que viniste a descender a tu estera, a tu sitial, que por el momento yo te he cuidado, que te he conservado [… como lo hicieron] tus gobernadores, los señores soberanos, Itzcóatl, Moctezuma el viejo, Axayácatl, Tízoc, Ahuíztotl [que …] por poco tiempo vinieron a cuidar tus bienes”.

Malinali, casi como quien dice en medio de ellos, estaba traduciendo del náhuatl al maya, y muy cerca de ella, Jerónimo de Aguilar, traducía del maya al castellano. Pero ¿qué pensaría Cortés en aquel insólito momento en el que un poderoso señor, temido y reverenciado por decenas de miles de personas, le decía, a dos o tres cuartas de su propia cara, “todo esto que ves es tuyo, que bueno que vienes a tomar posesión?”

Existe actualmente (pero desde hace mucho tiempo) el dicho “¿a quién le dan pan que llore?” Y Cortés, como bien sabemos, no lloró esa vez…

LOS PRIMEROS DÍAS EN TENOCHTITLAN. –

Los testimonios que aportaron Hernán Cortés, Francisco López de Gómara y Bernal Díaz del Castillo no hicieron sino confirmar lo que habían expuesto el inteligentísimo observador tlatelolca, y el redactor indígena de la “Crónica X”, pero sí aportaron algunos elementos que nos permiten hoy, 500 años después, entender con mucho mayor amplitud lo que sucedió antes de concluir aquel 9 de noviembre de 1519.

Y tal como lo habíamos comentado al final del capítulo anterior, el antiguo estudiante salmantino (de la Universidad de Salamanca), dijo sin ocultar su felicidad, que: “cuando ya toda mi gente estaba aposentada, volvió [Moctezuma] con muchas y diversas joyas de oro, plata y plumajes… Y ordenó que nos dieran de comer y todo aquello que necesitáramos…”

Luego “se sentó en otro estrado que le hicieron junto al que yo estaba”, y desde esa posición expresó el párrafo siguiente, que yo [Abelardo] me permití “actualizar” para su mejor comprensión, pero es Moctezuma el que habla: “Gracias a que hemos revisado nuestras escrituras (léase códices) desde hace muchos años sabemos que nuestros antepasados no nacieron en estas tierras y provenimos en consecuencia de partes muy extrañas… Sabemos, asimismo, que a ellos los guio (y los trajo) un señor al que le servían, que un día se fue, pero que anunció su regreso desde donde sale el sol… Ustedes han venido hablando que ese gran señor los envió acá […así que] todo lo que yo tengo lo tendrán ustedes cuando me lo pidan, estás en tu casa y en tu naturaleza [o calidad de enviado de aquel gran señor]”.

Dos párrafos más adelante, “colgándose” literalmente de aquel equívoco digamos teológico, Cortés le informó al rey que, seis días más tarde, aprovechando una visita que Moctezuma y una docena de grandes señores de la nobleza que gobernaba los demás pueblos del lago, le hicieron al mismo palacio que el monarca mexica les había brindado como aposento, sorpresivamente los hizo aprehender, a él y al señor Itzcuauhtzin, soberano de Tlatelolco, para tenerlos a mejor resguardo.

Al observar la desvergonzada traición, y el silencio manifiesto de su antes venerado y valeroso tlatoani, dice el informante tlatelolca que: “Cacamatzin, soberano de Texcoco, y los demás grandes señores que iban con él”, se mostraron sorprendidos y, no sólo corrieron para impedir que a ellos los atraparan también, “sino que lo abandonaron con rabia”.

Continuará.

PIES DE FOTOS. –

1.- “El gran Moctezuma” vivió casi todo ese tiempo bajo el influjo de “los augurios”, creyendo que era Quetzalcóatl el que había vuelto.

2.- He aquí una de las muchas bellas ilustraciones que ha inspirado el momento histórico del que en estos días se están cumpliendo 500 años.

3.- Malinalli (o La Malinche) jugó, tal vez realmente ella saberlo, un papel preponderante en ese encuentro. Pero no creo que, en justicia, se le pueda considerar una “traidora”, como algunos han llegado a considerarla.

 

Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

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