Abelardo Ahumada

Vislumbres por Abelardo Ahumada.

En el amanecer del domingo 19 de julio de 1914, los habitantes de la pequeña ciudad de Colima se levantaron en tensión. Desde el viernes 17 se había sabido que el poderoso ejército del Noroeste, comandado por el general Álvaro Obregón, se dirigía a esa ciudad procedente de Guadalajara,  y se temía que, por haber estado gobernada por un militar fiel al usurpador, Huerta, el asalto a la Ciudad de las Palmeras se realizara a sangre y fuego.

Las campanas de los templos llamaron sin embargo a las acostumbradas misas “de gallo” (5 de la mañana), y los feligreses que concurrieron a ellas oraron porque nada que fuese muy grave ocurriera ese día.

Preocupado por el avance triunfal de Obregón, pero alentado por el posible refuerzo que le significaría el próximo arribo a Manzanillo de un contingente huertista que venía desde Guaymas, por barco, el gobernador Antonio Delgadillo (militante del mismo bando) mandó una comisión conformada por tres importantes hacendados, a encontrarse con el general Obregón, y con el propósito de hacerle creer que entregaría la plaza sin pelear para que, mientras las cosas se apaciguaban en la capital del estado, los refuerzos procedentes de Guaymas arribaran sin impedimentos al puerto colimense.

Obregón, sin embargo, que había sido advertido en Ciudad Guzmán, Jal., en el sentido de que unos subordinados del general Delegadillo lo estaban esperando ocultos en la barranca del Río Naranjo, con la intención de volar los túneles y los puentes del ferrocarril, para aislarlo o abatirlo en aquel profundo precipicio, se  bajó del tren en Zapotiltic, Jal. y, habiendo conseguido  guías de confianza, se dirigió a Colima por las veredas del antiguo Camino Real.

Un día después se encontró en El Cóbano con dos de los emisarios del gobernador (porque uno no se presentó) y escuchó sus propuestas, pero percibiendo la posibilidad de que en todo ello hubiese un ardid oculto, tomó prisioneros a los asustados mensajeros y, en previsión, mandó al coronel Jesús Trujillo para que, con 400 soldados yaquis y un grupo de revolucionarios maderistas de la región, que se le habían sumado para la toma de Guadalajara, se aproximaran a la ciudad y entraran en ella divididos en dos contingentes: uno por el camino de la barranquilla del Río Colima y otro por la calzada Galván, que prolongaba por el oriente al dicho Camino Real. Todo ello con la precisa instrucción de irrumpir violentamente en las calles hasta encontrarse de nuevo en la Plaza de Armas.[1]

Los espías que el general (y gobernador) Delgadillo había mandado colocar en puntos estratégicos del Camino Real, muy pronto le hicieron saber que dos grupos considerables de gente armada venían a buen paso, aprovechando las últimas sombras de la noche. Sabido lo cual, en vez de detenerse a organizar la defensa de la plaza, el general huertista optó por evitar el combate y  salir de Colima con rumbo hacia Coalcomán, Michoacán, donde había un destacamento de su facción, al que pensó unirse.

Congregados, por su parte, en el Palacio de Gobierno del Estado de Colima, los funcionarios delgadillistas esperaban a que llegara su gobernador y a que, conforme las instrucciones que llevaban los comisionados ante Obregón, las fuerzas revolucionarias entraran en paz por las calles de la ciudad. Pero al ver que el gobernador no aparecía, comenzaron a ponerse nerviosos y a sospechar lo peor. Unos minutos después les llegaron dos noticias inesperadas: una, que el gobernador se había largado de allí; otra, que, muy al contrario de lo previsto, las tropas de Obregón se dirigían a la ciudad con aspecto amenazador. Por ende, tuvieron miedo y decidieron escapar también, yéndose hacia la estación del ferrocarril, donde, por si las dudas,  ya había un tren preparado.

Su idea, desde luego, era trasladarse hasta Manzanillo para refugiarse allí o embarcarse posteriormente a puerto seguro. Alguien, sin embargo, le informó al coronel Trujillo acerca de la huida del gobernador y del movimiento de la estación, puesto que, en vez de irse hacia la Plaza de Armas, se apresuró a llegar hasta el Paseo Progreso, junto a las vías del tren, donde, para desfortuna de los que querían huir, no estaba lista aún la máquina.

La estación fue rápidamente rodeada por el grupo yaqui y se estableció un combate en medio de los gritos de miedo y dolor que lanzaban las mujeres y los niños de la gente del gobierno. Duros y efectivos, los soldados sonorenses coparon a la escasa guarnición que custodiaba al tren y a los pocos funcionarios que tuvieron el atrevimiento de disparar sus armas. La rendición fue total, pero no perdonaron aquéllos y de inmediato fusilaron a quienes  habían intentado escapar.

                Nuevos informes alertaron a Trujillo de que, muy cerca de ahí, pasando el puente del Río Colima, en el casco y las instalaciones de la hacienda de La Albarradita, estaba otro pequeño destacamento conformado por cerca de 100 soldados federales a la espera del paso del tren.[2]

Trujillo volvió a concentrar a sus hombres en  la estación, preguntó cuál era la posición de La Albarradita  y, con la misma ferocidad de antes, ordenó a su gente que rodearan el casco de la hacienda y dispararan siempre a matar.

Como los soldados federales habían escuchado los disparos que abatieron a los defensores de la estación, y no había faltado tampoco quién les llevara la información de lo sucedido allá, pensaron mejor rendirse que exponerse a una derrota total, pero les fue peor, porque aun cuando presentaron sus banderas blancas y se entregaron a los yaquis en calidad de soldados rendidos, comenzaron a recibir el más inmisericorde de los tratos, pues, cruel, sádico y sin tener la más mínima consideración a sus prisioneros de guerra, el coronel Trujillo ordenó el fusilamiento de todos los soldados federales y, así, sin que se sepa que lo haya consultado con su superior también, en masa, fueron pasados todos por las armas, y dejados ahí a merced de los zopilotes que ennegrecían las ramas de las higueras en las inmediaciones de los arroyos de Pereira y Colima.

Una vez cumplida su sangrienta comisión, el coronel ordenó a la tropa que se encaminara hacia el centro de la ciudad, en tanto que unos mensajeros salían corriendo al galope a llevar los partes informativos al general Obregón.

Los mensajeros y el general se encontraron cerca de El Trapiche. El general mandó entonces picar espuelas y se vino a Colima bajando por el Camino Real.

A las doce, o muy cerca de las doce, un grupo de atemorizados civiles vio llegar al sonorense y sus casi 2000 hombres hasta la garita de junto al Salatón de Juárez, y desde ahí lo vieron bajar por la calle Diagonal hasta la capilla de la Sangre de Cristo.

Muchas puertas y ventanas permanecían cerradas ante el evidente temor de que, por manifestarse acaso muy curiosos, les pudiese ocurrir a los vecinos lo que les ocurrió a la gente de la estación y a los soldados de La Albarradita.

Como hombre de acción que era, una de las primeras cosas que hizo el general fue introducirse a Palacio y comenzar a revisar ahí la más reciente información.

Sus soldados, entre tanto, se fueron a recorrer las calles, arrasaron con todo lo que en el mercado y las tiendas cercanas había, tomaron algunos “préstamos forzosos”, utilizaron la plaza como campamento, armaron fogatas, destazaron reses y se comportaron, en fin, como se comportan todos los militares que en tiempos de guerra entran  triunfantes a un pueblo. Todo ello un rato antes de que se hicieran las tres de la tarde y ya tuvieran tiempo para ir, por turnos, a bañarse al río.

La noticia del aniquilamiento de los funcionarios del gobierno de Antonio Delgadillo atrapados en la estación del ferrocarril en las primeras horas del domingo 19 de julio de 1914, cundió como reguero de pólvora entre la población atemorizada que escuchaba la balacera. Luego, cuando más al rato se supo que los mismos soldados habían pasado por las armas a los más de cien federales que se habían entregado sin pelear en la hacienda que ya mencioné, el miedo afloró sin rubores y, quienes pudieron hacerlo, optaron por retirarse hacia  Villa de Álvarez, Comala, Coquimatlán y otros lugares más apartados, mientras pasaba el furor de los atacantes.

Desde el despacho del gobernador ausente, Obregón hizo telegrafiar a Guadalajara la noticia del triunfo total de su tropa en la toma de Colima, y ordenó por el mismo medio, a su lugarteniente allá, el rápido envío del tren que se había quedado en Ciudad Guzmán, así como un segundo convoy desde La Perla Tapatía con dos poderosos cañones de 88 milímetros que necesitaría para atacar el puerto de Manzanillo. Como la telegrafía era entonces transmitida por un simple alambre sostenido por una larga hilera de postes, es muy probable que los soldados que el ya ex gobernador Antonio Delgadillo había dejado cuidando los puentes y túneles del ferrocarril en las cercanías de Tuxpan, Jalisco, lograran escuchar el mensaje y, viéndose en notoria desventaja, prefirieran tomar el primer atajo expedito para salir de la barranca del río y huir también hacia Coalcomán, Michoacán. Inferencia que consideramos válida porque ningún obstáculo encontraron los dos convoyes obregonistas en su tránsito desde Ciudad Guzmán a Colima.[3]

Mi abuelo Nicasio Ahumada Ponce, le platicó a mi padre, Miguel Ahumada Salazar, y éste me lo refirió a mí, que esa tarde, él (mi abuelo), y los pocos paisanos que se decidieron a rondar por la plaza de armas de Colima,  se enteraron de que el general sonorense nombró a su compañero Juan Cabral, como gobernador provisional del Estado, y su lugarteniente en la ciudad, y vieron, asimismo, espesas parvadas de auras y zopilotes revoloteando en círculo sobre las huertas del sur, donde algunas  gentes caritativas buscaban (en la estación y en La Albarrada) los cadáveres de los muertos conocidos y preparaban el traslado de los desconocidos hacia la fosa común.

Hasta antes del aquel fatídico domingo del 19 de julio de 1914, la ciudad de Colima había vivido en una especie de limbo en cuanto al movimiento revolucionario toca, aunque recibiendo sí, las noticias que se generaban al respecto en otras regiones del país, y viendo uno que otro pequeño zafarracho en sus alrededores pero sin participar realmente en La Bola. De modo que cuando los actos brutales de la guerra  llegaron con toda su crudeza hasta sus otrora tranquilas calles,  la población estaba conmocionada.

Por la tarde, ya lo dijimos también (y según los testimonios invocados), la tropa tuvo un descanso, los soldados y sus “galletas” (nombre que por acá se les daba a las mujeres que los acompañaban) fueron a bañarse al río, cargaron con todo lo útil y comestible que había en las huertas ribereñas, incautaron algunas reses, gallinas y cerdos de los corrales aledaños y, cuando la noche llegó, los pocos vecinos que tuvieron la curiosidad y el arrojo suficiente para abrir sus puertas o subir a sus azoteas, vieron la plaza de armas y sus calles adyacentes iluminadas por las fogatas de los cerca de 2000 hombres que comandaba el sonorense.

Obregón, sin embargo, parecía un remolino que no comía ni dormía y, antes de disponerlo todo para partir de madrugada hacia Manzanillo, ordenó el cateo de las casas y los negocios de los ciudadanos que, según le habían informado algunos soplones, brindaron en su momento apoyo a las autoridades huertistas, haciéndose de ese modo con un cuantioso botín.[4]

En la madrugada siguiente (lunes 20), pertrechados con los dos poderosos cañones que durante la noche habían llegado, Obregón envió a cuatrocientos soldados  hacia Manzanillo en un primer tren, con las instrucciones precisas de que repararan los daños de la vía en donde los hallaran, y de que lo esperaran a él en la estación de Campos, última antes de llegar al puerto, y separada de éste por la laguna salada de Cuyutlán. Pero éste es un capítulo que por lo pronto quedará hoy sin contar…

[1] Ricardo B. Núñez, La Revolución en Colima, Gobierno del Estado, 1973, p. 94.

[2] Ibídem, p. 95.

[3] José Miguel Romero de Solís, Breve Historia de Colima, FCE, México, 1994, p. 175.

[4] Núñez, p. 95, dice que el puro “préstamo forzoso”, llegó a los 300 mil pesos.

Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

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