Abelardo Ahumada

VISLUMBRES

PRELUDIOS DE LA CONQUISTA

Capítulo 37

Abelardo Ahumada

Según diversos escritos de arqueólogos asignados al INAH, no hay ningún códice que indique la fecha  en que, por decirlo así, se “consagró” la famosísima “Piedra del Sol”, pero don Alfredo Chavero, en el Tomo I, de la monumental obra “México a través de los siglos”, dijo que esa misma piedra tiene (o tenía, pues eso lo escribió en 1884)  una inscripción calendárica que le permitió afirmar que “su construcción” habría sido concluida “el año 13 ácatl (o trece caña), correspondiente a 1479, aunque su inauguración (sic) fue dos años después, en el dos calli (dos casa), 1481”. Lo que nos da una idea de que si esas fechas no fueron exactas, sí fueron aproximadas. Y coinciden con otros datos y con la crónica del padre Durán, quien hablando al respecto, comenta que pasado algún tiempo de “la estrena” de la piedra en que se sacrificaron a miles de matlazincas, “el viejo (Tlacaélel) tornó (volvió) a hablar al (joven) rey Axayácatl para decirle: “Hijo mío, ya sabes que La Piedra del Sol está acabada y que es necesario que se ponga en alto y que se le haga la mesma solemnidad que se le hizo a la otra”. Ordenándole, sí, or-de-nán-do-le, que volviera a llamar a sus demás reyes aliados y/o subordinados, para que para una fecha equis, enviaran a México un buen número de trabajadores para realizar el arrastre de esta otra piedra monumental, y para que construyeran la base sobre la que se pondría en lo alto. Base, por cierto, que habría de ser circular y medir “veinte brazas en redondo”. 

Menciona asimismo que no sólo les ordenó que mandaran gente, sino que cada grupo trajera cargando consigo parte del “recaudo de piedra, cal y arena”. Y agrega que “vino tanta gente de Texcoco y de las demás provincias”, que en muy poquito tiempo ya estaba listo el basamento para recibir la gran roca. Misma que Durán no explica en dónde fue esculpida, pero que con base en investigaciones recientes, Felipe Solís Olguín, exdirector del Museo de Antropología, del INAH, piensa que “la roca madre” de donde se extrajo fue encontrada por los antiguos rumbos de Xochimilco o San Ángel, y que desde el punto en donde haya sido, se le llevó arrastrando mediante el uso de rodillos de troncos hasta la orilla del lago. En donde, valiéndose de alguna estrategia que no fue registrada, la habrían subido sobre una gran plataforma flotante, en la que sería desplazada por la laguna y por un canal,  unos 22 kilómetros, hasta ponerla muy cerca de donde, ya en Tenochtitlan, finalmente se colocó. Añadiendo que la tal piedra mide “3.60 metros de diámetro, 122 centímetros de grosor”, y pesa un poco más de “24 toneladas”.

Sin que sepamos pues, con exactitud, cómo fue llevada y puesta en su lugar la pesada mole, el cronista franciscano dice que trabajaron en ella los mejores canteros de México, y que tenía “esculpidas las figuras de los meses y los años, días y semanas, con tanta curiosidad que era cosa de ver”. Añadiendo que “todos los señores (que se hallaron) presentes” en el significativo momento en que se terminó su colocación, promovieron “una plática” con Axayácatl, para preguntarle de qué manera tenía pensado proceder para realizar “la celebración y estrena” de este simbólico monolito “y de dónde se habrían de traer las gentes para aquel sacrificio”.

Menciona que el rey les pidió esperar la respuesta para el día siguiente, y que, más tarde, reunido en privado con Tlacaélel, juntos “determinaron proponer a los señores la guerra con Mechuacan”.

LOS MEXICAS RECONOCÍAN QUE LOS MICHOAQUES ERAN SUS PARIENTES. –

Y señala que en la mañana inmediata, hicieron llamar a Nezahualcóyotl, rey de Texcoco, y a Totoquiuaztli, rey de Tacuba, y a “todos los señores de la Chinampa, Chalco y de Tierra Caliente”, que habían aportado trabajadores y pernoctado también allí, para informarles de la resolución tomada.

Sobre este punto en particular imagino a Tlacaélel, viejísimo ya, sentado en su icpalli (o “asentadero real”), junto al joven Axayácatl, sentado en otro muy cerca, frente a una parte de su corte y a los reyes y señores mencionados. Todo eso antes de que el propio Axayácatl, instruido previamente por el astuto viejo, les dijera que, según informes que venían desde sus antepasados, algunos de “los de (habitantes y gobernantes de) Mechuacan eran sus parientes… de la parte mexicana”. Y que él quería “probar el valor de los tarascos y experimentar sus fuerzas, (para ver) si igualaban con las de los mexicanos” que él regía. Pero que “la principal causa por (la) que se quería probar con ellos, era para (…) hacer la estrena de su piedra, que era de la semejanza del sol, y ensangrentar su templo con la sangre de aquellas naciones”.

Interesante es saber que Axayácatl y los suyos tenían plena conciencia de que un grupo de sus antepasados se habían quedado a vivir en Michoacán, y se habían relacionado con los antiguos isleños para dar vida así a los belicosos tarascos, que hasta ese momento los tenochcas no habían intentado conquistar.

Pero continuando con el relato del cronista, vemos que ninguno de los grandes “señores” se extrañó al escuchar semejante propósito y que, por el contrario, dijeron que “enhorabuena, y que estaban puestos y aparejados para enviar sus gentes al socorro y ayuda de los mexicanos”.

Tlacaélel, entonces, les fijó una fecha para que volvieran a reunirse ya con su gente armada y, así, en cuanto concluyó la asamblea, cada uno regresó a sus dominios y, operando a la par que ciertos comisionados de Axayácatl, “mandaron pregonar la guerra”.  

FALLECIMIENTO DE TZITZICPANDÁCUARE Y ENTRONIZACIÓN DE UN “PRINCIPE HEREDERO”. –

Todo ese movimiento debió alertar a los espías matlazincas, y a los que por su parte tenía el cazonci apostados en los pueblos y las ciudades más cercanas a la inestable frontera que reconocían ambos “reinos”. Y esto último lo expreso porque, de conformidad con las fuentes michoacanas que desde temprana época consultó el padre Diego Basalenque, el cazonci Tzitzicpandácuare fue prontamente informado de las intenciones expuestas por su rival mexica y se previno para hacerle frente.

En “La Relación de Michoacán”, con todo y sus muy notables omisiones calendáricas, está escrito que una vez durante el reinado de Tzitzicpandácuare, que correspondía con en “el tiempo del abuelo de Motezuma (se refería a Axayácatl), vinieron los mexicanos a Taximaroa y la destruyeron”. Pero que posteriormente “Tzitzicpandácuare la tornó a poblar…” 

Si nosotros nos fijamos bien en esto, la destrucción  de Taximaroa coincide con la ya descrita guerra que Axayácatl promovió en contra de los matlazincas en 1476; y el segundo punto se refiere a que, cuando ya en 1479 la Piedra del Sol había sido terminada, Tzitzicpandácuare tenía poblada de nuevo dicha ciudad y, estaba a la expectativa de lo que pudiera suceder ahí.

Pero aconteció algo que nunca mencionan las crónicas mexicanas, pero que sí notó el padre Basalenque, y comentaron después don Eduardo Ruiz y don Nicolás León. Y me refiero al dato de que Chimal, el rey de los matlazincas,  y los señores que continuaron siéndole fieles, calificaron como traidores a sus paisanos que, como se dijo antes, le solicitaron asilo al cazonci, y se establecieron en Charo (o Chararo). Motivo por el que, antes de que los canteros terminaran “La Piedra del Sol”, dichos matlazincas realizaron “varias incursiones (…) en el territorio de Mechoacan” con el ánimo de castigar a los traidores. Propiciando así “una acerba enemistad con los tarascos”. Quienes ya para entonces se disponían a someter a Chimal y  su gente, tributarios entonces de los tenochcas o mexicas.

En función de eso, pues, y sin sospechar siquiera que ese mismo año se habrían de enfrentar contra estos últimos, a principios de 1479 Tzitzicpandácuare instruyó a su Capitán General para que  convocara a todos sus reyezuelos aliados o sometidos, indicándoles que en cierta fecha, todos ellos deberían presentarse con su gente de guerra en Tzintzuntzan.

Pero cuando apenas se estaban alistando “numerosos escuadrones en todos los pueblos del imperio (…) para reunir un formidable ejército”, sucedieron dos inesperados acontecimientos que en Mechoacan cambiaron el rumbo de las cosas: el primero fue que los espías del cazonci se percataron de que los mensajeros de Axayácatl empezaron a “pregonar la guerra” contra los tarascos, quienes, como ya se dijo, estaban preparándose para ir a castigar a los matlazincas que habían incursionado en su territorio. Y, el segundo, que cuando los mensajeros reales volvieron a los pueblos, no fue para anunciar “el día de la partida”, sino para informar que “el anciano rey Tzitzicpandácuare” estaba pisando “los escalones del sepulcro”. Aviso que obligó a los caciques de todos esos pueblos a encaminarse rápidamente a Tzintzuntzan para rendir los últimos honores al rey moribundo, y para ver quién habría de sucederlo.

Eduardo Ruiz explica que cuando el aguerrido Tzitzicpandácuare finalmente murió, ya se tenía la certeza de que la guerra contra los mexicas era inevitable, y que una vez realizadas sus exequias, el consejo de ancianos se reunió para certificar quién habría de suceder al rey, designando al “valiente y altivo príncipe heredero Harame”, cuyas “primeras órdenes fueron llamar al ejército para defender la independencia de la patria” (sic).

De ser cierto todo esto (y parece que sí lo fue), debemos consignar el dato de que no fue Tzitzicpandácuare el que enfrentó a Axayácatl en su campaña de 1479, sino Harame, su príncipe heredero, quien acababa de asumir el trono. De manera que, todavía de conformidad con los datos que aportó Eduardo Ruiz, al enterarse Harame de los preparativos que hacía el rey mexica para organizar una campaña en contra del pueblo tarasco, se entusiasmó de que “su primera campaña tuviese por objeto medir sus armas contra los belicosos y temidos mexicanos”. Y urgió a sus generales para reunir a sus guerreros.

EL DESTACADO PAPEL DE LOS ESPÍAS. –

Pero al leer lo que al respecto escribieron los tres historiadores michoacanos, noté que la crónica que les sirvió de base para describir lo que sucedió en ese encuentro bélico no fue otra más que la que redactó fray Diego Durán, al que sin embargo no le dieron crédito, pero como yo también la seguiré, desde ahorita señalo que el crédito de esta reseña se le debe a él. Quien para esos efectos inicia diciendo que, una vez que fueron realizados los pregones correspondientes, “se juntó mucha cantidad de soldados de todas las naciones” aliadas o sometidas a los mexicas, y que, estando integrados todos los escuadrones con “soldados viejos” y con “bisoños” que apenas iban a aprender, cierto día empezaron a llegar hasta las inmediaciones de la ciudad de México, bien provistos cada uno “con todo lo necesario de armas y bastimentos”. Hasta sumar, ya junto con los propios mexicas, 24 mil guerreros en total.

Son muchos los detalles que el peculiar cronista brinda sobre tales hechos, pero como no quiero cansar más a los lectores, los resumiré lo mejor que pueda, cuidando no perder la ilación que él dio a su narrativa, empezando por señalar que Axayácatl y sus generales consideraron al momento que aquellos 24 mil hombres “era suficiente exército (sic) para sujetar a Mechuacan” e incluso a otra “mayor provincia” que pudiese existir. Y que una vez que se convencieron de lo anterior, el rey dio la orden de marchar, señalando a los capitanes de cada pueblo y escuadrón que se dirigieran a “los términos (o fronteras) de los matlatzincas” con Mechuacan y que, situándose un poco más allá del Valle de Toluca, muy cerca ya de Tlaximaloyan (o Taximaroa), donde había por cierto una laguna donde no tendrían dificultad para conseguir agua, allí se levantara su campamento. Señalando a continuación que las tiendas se construían con una especie de juncos muy livianos, y que la tienda para Ayaxácatl era muy amplia, y estaba “muy entapizada de mantas galanas y de muy galanos asientos para los señores que con él venían”.

Nada dice este cronista respecto a la participación de Chimal y su gente al lado esta vez de Axayácatl, pero como la guerra debía realizarse en su territorio, muy bien podemos suponer que así fue. Y nada dice, tampoco, ninguna crónica mexica de cómo haya podido organizarse y desplazarse a su vez el ejército michoaque, pero, a reserva de puntualizar este dato, sólo diré que el cuerpo de espías organizado anteriormente por Tzitzicpandácuare funcionó muy bien, y que, habiendo nutrido a Harame con la más abundante información, éste se adelantó y, tomando consejo de sus generales más experimentados, acomodó a su ejército en un llano situado al otro lado de un cerro boscoso, en donde de momento no pudo ser visto por los invasores, mientras que éstos sí estaban siendo observados por los espías michoaques, ocultos entre la densa fronda.

Pero Axayácatl tenía también los suyos y no eran torpes, por lo que, valiéndose de algunas astucias, poco a poco empezaron a reunir datos, hasta caer en la cuenta de que los guerreros michoaques eran 40 mil, y estaban muy bien armados y guarecidos.

Dice Durán que cuando el rey Axayácatl escuchó tal informe “no le plugo” (no le agradó) y llamando a los viejos del Consejo, les dijo: “Sabido he que este tarasco trae cuarenta mil hombres, todos gente robusta, alta y valiente, y nos sobrepasan con dieciséis mil. ¿Qué os parece que debemos hacer?”

Algunos de aquellos señores aconsejaron no combatir y retirarse discretamente, pero otros de “los grandes” que también estaban bajo la sombra de la tienda real, al ver que el joven rey estaba a punto de ordenar la retirada, le dijeron que: “Nunca la nación mexicana había temido multitud de gente que sobre ellos viniese, ni había huido el rostro a las armas, ni a otros pertrechos de guerra de mejor calidad”. Y que si ahora lo hacían, las demás naciones lo tomarían a burla, y sólo les quedaba, en consecuencia, “acometer y probar la ventura de morir o vencer”. 

Axayácatl entonces reflexionó y, cambiando de parecer, indicó que los combates deberían iniciar con las primeras luces de la mañana siguiente. 

Continuará.

PIES DE FOTO.-

  1. Más allá de su perfección artística y del simbolismo que indudablemente tiene La Piedra del Sol, impresiona la enorme dificultad que por sus 24 toneladas implicó transportarla en aquella época.
  2. Tlacaélel y Axayácatl decidieron que para la “consagración” de tan significativa escultura rociarían el templo con sangre michoacana.
  3. La noticia de que Axayácatl pensaba atacar a los tarascos llegó hasta Tzintzúntzan cuando el ya muy anciano Tzitzicpandácuare estaba a punto de fallecer, pero su hijo Harame no se amilanó y organizó un poderoso ejército.
  4. Los purépecha no eran ajenos a la práctica de los sacrificios humanos. Como se mira en esta otra lámina de la Relación de Michoacán. 

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