De Gabriel Macías Becerril.

Más solo que un estudiante reprobado de esos cuyo futuro no le promete nada a nadie, sin tener a su lado legisladores federales o locales ni ningún alcalde de su misma filiación política, con un gabinete más gris que el otoño, el gobernador de Colima, al igual que muchos de sus colegas del resto del país, está por ingresar a un espacio político totalmente ajeno a los escenarios que hicieron posible su ascenso al poder. Un buen político acude siempre a solucionar sus disyuntivas con la certeza de lo que posee. A veces es el apoyo de estructuras organizadas de poder, a veces, de una forma más simple y llana, es el claro y evidente respaldo de sus electores. Pero, rara vez, un político llega a un territorio adverso sin nada para ofrecer o intercambiar. Desarmado, ignorado, minimizado, así se presenta el gobernador de Colima frente al recién electo presidente López Obrador. Estéril cosecha de tres años dilapidados.

La nueva era cuyo inicio se señala con el ascenso al poder de MORENA encuentra a un Ignacio Peralta pasmado en medio de la ausencia del interés ciudadano en su gobierno que él mismo propició. Los colimenses, por él, aprendieron a vivir sin gobernador. El titular del ejecutivo significa para los colimenses la débil referencia a un individuo del que se sabe que en los últimos tres años se la ha pasado de fiesta, aunque casi nadie sabe en donde ni con quien, pero siempre fuera de Colima, ajeno a las causas, intereses y preocupaciones comunes de los habitantes de este Estado.

Lo que le suceda a Nacho Peralta con el nuevo gobierno federal a casi nadie le importa. Que pena por él y que pérdida de tiempo para la historia y las expectativas de Colima, tener que esperar tres años más para que se puedan articular mecanismos de cooperación entre gobierno y sociedad para impulsar el desarrollo del Estado, tan olvidado, tan rezagado, tan irresponsablemente abandonado.

 

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