Abelardo Ahumada

VISLUMBRES

PRELUDIOS DE LA CONQUISTA

Capítulo 16 por Abelardo Ahumada

Desde que supe que a las colosales estatuas de la pirámide más alta de Tula algunas personas les decían “Atlantes”, me chocó la denominación, porque me pareció muy claro que, en el remoto caso de que la mitológica Atlántida hubiese existido, no pudo estar en esa región. Y creo que es menos pretensioso (pero más lógico) que se les siga diciendo, como otras personas afortunadamente les dicen: “Gigantes de Tula”.

Este otro nombre, sin embargo, como que no alcanza a ser suficiente para explicar sus extraordinarios atavíos, sus desconcertantes aspectos y sus complejos diseños. Siendo tal vez por eso que algunos otros individuos, tan o más imaginativos que este redactor, han llegado a manejar la idea de que, en algún momento de aquellos olvidados siglos, unos poderosos alienígenas llegaron al mundo, estuvieron con los toltecas, les transmitieron sus conocimientos y finalmente abordaron sus naves y volvieron a su planeta. Dando pie para que los habitantes de Tula los consideraran “dioses”, y para que los sacerdotes convocaran a los más hábiles escultores para cincelar ésas extraordinarias pilastras que, por decirlo de un modo entendible, serían sus “retratos”. Pero ¿cabría esa posibilidad? O ¿pudiese haber otra explicación más local y mundana que la visita de extraterrestres?

Yo creo que sí, y trataré de exponerla:

MAESTROS TEOTIHUACANOS, ALUMNOS “TOLTECAS”. –

En el capítulo 5 hablé de que, así como hubo un tiempo que en Europa se dijo que “todos los caminos llevaban a Roma”, hubo también, en el territorio mesoamericano, otro tiempo en el que “todos los caminos llegaban a Tula”. Pero igual mencioné que si eso llegó a ocurrir no fue “porque los toltecas hubiesen organizado otro gran imperio, sino por la admirable finura con que lograron realizar muchísimas de sus obras escultóricas, pictóricas y arquitectónicas, y por el culto que rendían a Quetzalcóatl, y que, según parece, lograron difundir entre muchos de los pueblos mesoamericanos”.

Ese culto, sin embargo, no fue algo que idearan o iniciaran los toltecas, porque, como bien lo han sabido probar los arqueólogos, a esa deidad la crearon e imaginaron los sacerdotes de Teotihuacan, y la reprodujeron, con todos sus atributos en piedra, los igualmente habilísimos escultores teotihuacanos.

Con base en lo ya dicho, y sin olvidar el dato de que, si bien los conquistadores de Teotihuacan se posesionaron de la ciudad cuando ya ésta estaba muy decaída y lograron convivir un tiempo con los teotihuacanos que aún no habían emigrado, creo que podemos muy bien inferir que los hijos y los nietos de los invasores aprendieron muchas cosas de los “lugareños”, entre los cuales debieron de persistir algunos que seguían conservando el conocimiento de la arquitectura y de las técnicas escultóricas ancestrales, así como la habilidad suficiente para enseñarlas.

Mientras más antigua sea la historia que pretendamos entender, menos datos hay para poder lograr esa comprensión, y resulta imperativo, por ende, que los investigadores traten de hallar el mayor número de piezas posibles para tratar de armar, así sea incompleto, el enigmático “rompecabezas” que semejante tarea entraña.

Menciono esto último porque, si consideramos válida la idea de que “el periodo tolteca” inició a partir “de la mezcla cultural” que se verificó cuando los conquistadores de Teotihuacán tuvieron oportunidad de convivir con los últimos residentes autóctonos, no nos queda sino imaginar cómo haya podido darse esa convivencia. Y, en ese tenor, es posible suponer que cuando cesó el acoso armado, se detuvo la guerra y volvió la paz, todavía se conservaban algunos talleres de diferentes oficios en los que con todo y razonables limitaciones derivadas del enfrentamiento bélico, continuaron operando algunos arquitectos y escultores teotihuacanos que, enfrentados a su nueva realidad, más tarde, cuando quizá estaban viejos ya, decidieron servir como maestros de algunos de los hijos y los nietos de los poderosos “recién llegados”, con tal de que sus técnicas y sus conocimientos “no se perdieran en el olvido”.

Interesada enseñanza que podría servir para explicar el hecho de que, cuando posteriormente se comenzaron a construir los edificios de Tula (que fue la primera ciudad ya típicamente tolteca), gran parte de esos edificios contuvieran elementos copiados hasta cierto punto de Teotihuacan. Entre los que estarían el mencionado culto a Quetzalcóatl y una velada, pero efectiva alusión a los presuntos “dioses” que, desde la perspectiva tolteca, habían construido Teotihuacán, representados -creo- en las esculturas de “Los Gigantes de Tula”, puestas intencionadamente como columnas del techo de templo que seguramente hubo sobre la plataforma de la más alta de sus pirámides que ahí existen.

Ésta es una opinión muy personal que tal vez no sea del agrado de los historiadores y de los arqueólogos más “puristas” y “formales”, pero es lo que yo he logrado conjeturar, y con eso me quedo por el momento.

DUDAS QUE SE DISIPAN Y DUDAS QUE PERMANECEN. –

Antes de finalizar el análisis sobre lo que se afirma respecto a la muy grandiosa y espectacular ciudad de Teotihuacan, y su posible relación con la Almoloyan colimota, quiero señalar algunos detalles que me parecen muy importantes: en primer término es necesario precisar que, aun cuando en México y en todo el mundo Teotihuacan es conocida con ese nombre, lo cierto es que originalmente no se llamó así, y que aun cuando fue muy poderosa y dominó a muchísimos pueblos durante largos siglos, un día, sencillamente, murió el último individuo que recordaba su verdadero nombre y que, tal y como sucedió con otras muy grandes y antiguas civilizaciones, llegó el infausto momento en que, finalmente, ya nadie habló más de ella, ni de lo que habían logrado construir sus anónimos y ya también olvidados moradores. Habiendo sido necesario que, en otra fecha muy posterior, otros hombres que deambulaban por el enorme y desolado valle, descubrieran aquellos extraños “cerros” de formas inusualmente regulares, quedando maravillados al observar que, según lo evidenciaban algunas superficies no cubiertas por la maleza, había ahí algunas construcciones tan colosales y bien hechas que, de acuerdo con su mentalidad algo primitiva, sólo hubiesen podido construir y habitar “los dioses”, y la bautizaran, por ende, Teotihuacan.

El segundo asunto que quiero comentar es el de las posibles causas que pudieron haber propiciado el despoblamiento de ambas ciudades. Un enigma sobre el que, al menos en el caso de Teotihuacan, se han expuesto diversas hipótesis y que, sumadas, tal vez nos puedan servir para explicar ese fenómeno. Porque una es, diríamos, de carácter ecológico; otra de carácter político-administrativo y, una más de carácter bélico:

Para hablar de la posible causa ecológica tendríamos que considerar que, habiendo llegado Teotihuacan a tener los 200,000 habitantes que dicen los arqueólogos ahí hubo, debieron de existir entre 20 y 30 mil fogones (cuando no más) para cocinar, caldear viviendas y edificios e iluminar parte de sus noches. Por lo que, siendo requerida tanta leña, hubo de llegar el día en que ya no fue posible conseguirla en los terrenos aledaños, debiendo, posteriormente, tener que salir a conseguirla en los bosques situados un poco más lejos, y luego en otros todavía más retirados, hasta que se les hizo casi imposible conseguirla.

Y como su transportación necesariamente se tenía que hacer a pie, es válido suponer, también, que debieron de haber existido muy numerosos leñadores, y una gran cantidad de tamemes que se dedicaban a cargar y llevar leña (y tal vez carbón) durante espacios de tiempo cada vez más largos, incrementando por supuesto el costo de esa actividad y esos combustibles. Debiendo llegar el momento en que muchísimos teotihuacanos ya no pudieron afrontar el gasto, y se vieron en la imperiosa necesidad de emigrar a otros sitios en donde sí hubiera leña y su vida pudiera ser más llevadera. Habitantes a los que, con toda probabilidad, los siguieron otros, dejando cada vez más vacía la que llegó a ser una muy populosa ciudad.

En cuanto a la causa de carácter político-administrativo, algunos arqueólogos han dicho que hay suficientes indicios como para creer que hubo un momento también en el que, la casta sacerdotal, que tan eficaz había sido para lograr que miles de personas participaran en la edificación del imponente “escenario” religioso en que realizaban sus “grandes representaciones divinas”, empezó a ser una carga muy pesada de sostener, tanto para los habitantes de la ciudad, como para los pueblos que les pagaban tributos. Dando pie para que, aprovechando la inconformidad generalizada, surgieran algunos gobiernos “civiles” que, a la postre, sin anular del todo a los sacerdotes, los relegaron a segundo o tercer término. Generando, como rebote, que poco a poco también la ciudad fuera perdiendo su carácter “sagrado” y ya no fuera atractiva ni para los peregrinos.

En cuanto a la causa bélica, no pocos arqueólogos afirman que “entre 650 y 700”, cuando en Teotihuacán ya sólo quedaban unos 60,000 habitantes muy poco hábiles para la guerra, esa ciudad fue “incendiada, invadida y saqueada” por hordas de gente semisalvaje que tampoco han logrado identificar, pero que, como quiera que fuese, tales actos contribuyeron para acelerar el declive de la gran ciudad. A tal grado que – afirman- muchos de los edificios incendiados ya no fueron reconstruidos jamás, y “las huellas del incendio final (¿es que hubo otros más?) permanecen claras hasta nuestros días en muchos de los templos a lo largo de la Calzada de los Muertos”.

Las causas, pues, fueron varias y se encadenaron. Y es de suponer que, cuando finalmente fue conquistada por los predecesores de los toltecas, los pocos teotihuacanos que aún residían allí, ya casi no tuvieron medios para defenderse y terminaron sucumbiendo.

En cuanto a las causas que asimismo hayan podido provocar la súbita o paulatina despoblación de Almoloyan, creo que no debieron ser muy diferentes a las que se acaban de exponer, aunque tomando en cuenta las circunstancias locales, también pudieron haber intervenido algún terremoto devastador, una gran sequía o uno de los pavorosos ciclones que de tanto en tanto penetran varios kilómetros tierra adentro y hacen, como se dice, “de las suyas”.

Colateralmente me atrevo a decir que, habiendo sido tan antigua, tampoco se sabe su nombre original, y que si se le puso Almoloyan fue porque, en el tiempo en que llegaron los conquistadores españoles (unos 1,750 años después de que aquélla) había comenzado a existir, así se denominaba un pequeño caserío indígena junto al actual Arroyo de Pereira, en el extremo sur de lo que abarcó la ciudad sepultada.

OCHO AÑOS han transcurrido desde que entrevisté a la doctora Ana María Jarquín, y no he vuelto a conversar con ella, ni he sabido, tampoco, que haya otros especialistas estudiando los restos que quedaron ocultos en las más de 130 hectáreas que ella y su equipo no lograron explorar. Así que, como lo dijera mi amigo, el arqueólogo Fernando González Zozaya, “hay más preguntas que respuestas” en torno a este sitio arqueológico, y no soy yo la persona indicada para responderlas.

Pero lo que sí me queda claro es que, si la gestación de la antigua Almoloyan inició al finalizar la fase Capacha, y su desarrollo abarcó “las fases cerámicas de Ortices, Comala, Colima y Armería”, entre el año 100 a. C., hasta el 1,150 d. C., ésa pudo haber sido LA PRIMERA CIUDAD QUE VIERON EN SU CAMINAR, LOS PARTICIPANTES DE LAS “PEREGRINACIONES DE LAS SIETE TRIBUS NAHUATLACAS” cuando se vieron forzadas a pasar por esta hermosa región.

EL HUMO DE LOS FOGONES. –

Antes, sin embargo, de tratar de fundamentar la aseveración que acabo de hacer, quiero referir un hecho relacionado con la posible “causa ecológica” de la despoblación de Teotihuacan y Almoloyan:

En el momento en que estoy redactando estas líneas ya sobrepasé los 66 años y he visto y oído cosas de las que nuestros hijos y nietos no tienen la más vaga idea, pero que mis contemporáneos y gente aún mayor puede corroborar. Como sería del hecho de decir que nuestra niñez transcurrió cuando la mayoría de la población de nuestro país habitaba en el medio rural, y que para cocinar sus alimentos y calentar sus casas, utilizaba leña. Y que lo mismo pasaba en casi toda nuestra entidad, donde, cuando mucho en Colima, Manzanillo y Villa de Álvarez había unas cuantas casas que, hacia finales de la década de los años 50as del siglo pasado, usaban estufas de gas.

Esas pocas estufas modernas estaban sólo en unas cuantas casas de las familias pudientes, pero aún en ellas, cabe decir, no faltaban los fogones de leña o las hornillas de carbón, puesto que no era muy fácil conseguir la reposición de los cilindros de gas y, cuando éste faltaba, los fogones y las hornillas se volvían a encender.

En ese tenor, casi todos los miembros varones de las familias campesinas tenían como obligación y costumbre, cuando salían a trabajar, la de cargar un machete (o un “guango”) e ir viendo las ramas secas que había en los caminos, o en los potreros para que, cuando les tocara regresar, hicieran acopio de ellas y se llevaran de regreso a sus casas “un tercio de leña”.

Colateralmente, como siempre había empleados, oficinistas, tenderos, amas de casa y gente de muy variados oficios que no podía ir al campo por su propio combustible vegetal, había también varias personas que se dedicaban a vender, en burros, cargas de leña o costales de carbón, casa por casa, o con “entregos fijos”.

Y todo esto lo menciono porque, cuando en las vacaciones de verano, mi madre nos enviaba, a mis hermanos y a mí, a pasar unos días en un rancho que un tío abuelo nuestro tenía muy cerca de la comunidad indígena de Suchitlán, veíamos desde allá, cuando íbamos a la ordeña muy de mañanita, nubes azules muy bajas sobre Comala, Villa de Álvarez, Colima y Coquimatlán, y que no eran otra cosa más que la suma del humo que ascendía desde los numerosos fogones activos en cada una de esas poblaciones.

Y este recuerdo me lleva a imaginar que, de no haberse multiplicado el uso posterior de las estufas de gas, también aquí se hubiera vuelto imposible conseguir la leña de que venimos hablando. Con lo que le doy la razón a quienes manejan esta hipótesis como una posible causa del despoblamiento de algunas ciudades prehispánicas.

Continuará.

PIES DE FOTOS. –

1.- Con el paso del tiempo hubo un momento en que la única entidad que se hizo cargo de los abandonados espacios de Teotihuacan fue la naturaleza, que poco a poco la fue cubriendo con polvo, pasto y árboles.

2.- Yo tengo la particular impresión de que los “Gigantes de Tula” son, por decirlo de algún modo, los “retratos” de los supuestos “dioses” que, según creencia tolteca y mexica, habrían construido Teotihuacan.

3.- Es de suponer que las causas de la súbita, o paulatina despoblación de la antigua Almoloyan hayan tenido que ver, o con una guerra, o con causan naturales, como una sequía muy prolongada, como un devastador terremoto, o como el azote de un gran ciclón.

4.- El uso de miles y miles de fogones en aquellas antiguas ciudades primero agotó la leña que se podía conseguir en los alrededores, y después ya no se pudo conseguir sino yendo muy lejos y a pie.

Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

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