El burladero por Fernando Herrera

La semana pasada la libertad se ha visto triunfante ante el vil intento de imposición, en el cabildo del municipio de Puebla se ha votado en contra de un dictamen que de forma inquisitorial pretendía restringir la realización de las corridas de toros en la entidad, afortunadamente gracias a la razón y a la voluntad política y social dicha intentona se ha venido abajo.

En las sociedades del siglo XXI la premisa básica debe de centrarse en la diversidad de los pueblos, tradiciones y pensamientos, lamentablemente la globalización de la cultura influenciada por un occidente anglosajón sigue su marcha para construir un pensamiento único, cuadrado y gris que en afán inquisitorial trata de aplastar todo aquello que su distinción no concuerde con los parámetros monótonos que se empestilla en implantar. La deformación de las realidades que se ha venido fraguando nos arrastra cada vez más profundo en la cueva para que solo observemos sombras y nos olvidemos del mundo real, nos estamos distanciando del ambientalismo para centrarnos en un animalismo retorcido creador de ilusiones en las cuales la muerte no existe si no la vemos.

La tauromaquia es y será siempre la rebeldía del pensamiento, es en esta donde distintas escuelas, corrientes artísticas e ideológicas se han encontrado para compartir una pasión en común, esto ha sido gracias a los confrontamientos dentro de la misma fiesta que le han impedido estancarse al lograr que sus cánones sean continuamente reinventados con éticas y estéticas propias logrando mantener constante al toro bravo como eje central y corazón de nuestra fiesta rememorando su interpretación y esencia que trasciende de lo terrenal a lo mitológico e incluso llegando a lo divino.

No podemos concebir una tauromaquia sin el culto al toro, a la fortaleza que representa, al recordatorio que nos hace de cómo el humano como especie e individuo puede sobreponerse ante los retos que la naturaleza nos pone y al mismo tiempo como la naturaleza puede detenernos y hacernos recordar que somos parte de ella, en conjunto formamos un ciclo en el que los balances existen y en el que la vida no se puede entender sin la muerte porque a lo largo de nuestro existir esta ultima estará siempre presente y tendrá la palabra final.

La fiesta del toro solo podrá morir cuando se olvide del toro, cuando el aficionado, ganadero y empresario la comiencen a ver como la fiesta del hombre centrándose en los aspectos más banales de su cotidianeidad abandonando su espiritualidad y las remembranzas que ha dejado en los anales de la historia, sin embargo, con la esperanza en que eso no suceda, es impensable que la fiesta muera de forma vituperable a causa de la intolerancia y una ambición que solo puede ser concebida como fascista al no respetar la libre determinación de los pueblos y la salvaguarda de su identidad tanto comunal como individual.

Es ante esta grande necedad de inconscientes que desconocen los aspectos básicos de uno de los animales más respetados y venerados en la historia sobre la cual debemos continuar permanentemente firmes, si bien celebramos la victoria de la libertad también reconocemos que esta siempre será defendida hasta el último palpitar que tengamos.

Fernando Herrera

Licenciado en Ciencia Política y Administración Pública por la Universidad Autónoma de Guadalajara y Secretario de la Peña Libre “Tomás Abaroa”.

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