El aguacero caía con furia sobre la ciudad. Se pudieron haber conocido en medio de tanta lluvia. Ella esperaba debajo de un árbol, se mojaba poco en  ese refugio ya que el agua se había dejado caer una cuadra antes y ya estaba empapado su suéter negro. Tal vez si se hubiera  dado cuenta de su estado habría seguido su camino, pero ni sus  jeans ni sus botines estaban realmente mojados, y como su piel no lo sentía debajo del suéter creyó que estaba casi seca y así decidió esperar a que bajara la lluvia.

A media cuadra, él estaba sentado solo en un café. Bebía un expreso mientras observaba la calle convertida en río. En su mano tenía un libro de bolsillo y en su portada blanca con letras negras podía leerse El jinete sin cabeza y otros cuentos, Washington Irving. Lo había estado leyendo antes que se fuera la luz, pero ahora sólo observaba las calles y al fin se decidió por marcharse, pagó, tomó su libro y corrió a su coche. Cuando se fue ella seguía allí debajo del árbol.

 Esa ocasión no fue la única vez que pudieron haberse conocido. Ambos gustaban de ir al teatro. La única compañía de ella era ese viejo libro que había heredado de su padre. También era de bolsillo y siempre lo llevaba al teatro, podía leerse en su portada Bodas de sangre, Federico García Lorca. Cuando la obra iniciaba ella lo pegaba a su pecho recordando su sueño, ser una actriz reconocida en México. Por su parte, él acostumbraba ir con una chica diferente a cada función, una chica a quien le daba todas sus atenciones, hasta que anunciaban la tercera llamada. Solían sentarse en el segundo palco, al lado de palco principal, en la tercer piso pero esa noche que presentaron  Casa de muñecas, de Henrik Ibsen él iba solo, y, por primera vez observó los demás rostros del público, fijó su atención en aquella muchacha que sostenía contra su pecho un libro, y, casi inmediatamente las luces se desvanecieron, las cortinas se abrieron y aparecieron “Nora”, “Helmer”  y “El Mozo”; para el medio tiempo, él la habría olvidado que ella estaba allí sentada con el libro al pecho.

Quizá en ese otro día, el que los dos fueron al lago aquel que está para el volcán. Ella se sentó en una de las rocas y esperó el atardecer, con su perro. Él fue solo, como en sus últimas salidas, y se paró del otro lado del lago. Aunque podían verse, ninguno tuvo interés en el punto opuesto. Después de un rato, él decidió darle algunas vueltas al lago. Sí la vio, su espalda y sus curvas tras esa blusa de tirantes, pero continuó su camino. Ella solo tenía atención para el ocaso y para su perro.

Pudieron conocerse en tres ocasiones en la ciudad pero en ninguna de ellas lo hicieron. No. Ellos se conocieron en la esquina de Morelos/Juárez. Ella, segura de sí misma siguió su camino. Lo olvidó por unos segundos.

Él iba manejando en su coche cuando decidió cambiar de canción. Jamás lo imaginó, eran sólo unos segundos…

Cuando alzó sus claros ojos, éstos se encontraron con unos bellos ojos oscuros. A través de ellos se dijeron “Hola, eres tú”. Y ambos siguieron avanzando. No se detuvieron. Ella golpeó en el cofre, y salió volando. Su cabeza impactó en el concreto, y las nubes reflejadas en sus ojos se apagaron para siempre.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.