Abelardo Ahumada

Vislumbres Por Abelardo Ahumada.

Estos primeros días de diciembre, tal y como comenzó a suceder en la Nueva España a partir de  1531, se ha podido constatar que, en vez de disminuir o desaparecer, crece la devoción a la Virgen de Guadalupe. Y lo más claro en ese sentido se mira en esos millones de fieles que abarrotan no sólo La Basílica del Tepeyac, en la ciudad de México, sino todas las catedrales y algunos de los templos más grandes de todas diócesis de nuestro país, en los que tradicionalmente se venera a La Guadalupana.

Doce días continuos en los que un flujo interminable de gente se mueve desde sus hogares a los dichos templos, catedrales y basílicas en busca de los bienes (terrenales y espirituales) que no hallan ni en sus casas, ni en sus trabajos, ni (lamentablemente) en lo más íntimo de sus corazones.

Gigantescas manifestaciones de carácter netamente religioso de cuyo inmenso número ya quisieran contar con una décima parte los más grandes partidos políticos que hacen su luchita por conquistar o conservar el poder. Números, sin embargo, con los que jamás llegarán a contar porque mientras que hacia La Guadalupana hay una fe en aumento, los partidos se debaten en lo más hondo de la incredulidad ciudadana.

Los motivos de la devoción.-

Pero esas grandes peregrinaciones decembrinas no son, por otro lado, tanto la manifestación alegre de una creencia que incide incluso “en la vida eterna” o “en el más allá”, sino, por el contrario, una prueba evidente de la insatisfacción que en varios aspectos de la vida cotidiana (la que se vive en este “más acá” de duración efímera) tienen la mayoría de esas personas.

Y no es por menos los estudiosos de ese tipo de fenómenos afirman que “la fe religiosa se incrementa durante las crisis”; en la medida de que no habiendo en el diario acontecer suficientes estímulos para creer que todo va a mejorar por medios humanos, los devotos acuden a las fuerzas divinas para invocar su auxilio y ver si ellas pueden ayudarlas a resolver los malestares y sufrimientos que padecen o enfrentan. Pues más allá del colorido y los rasgos folclóricos que se observan y se muestran a lo largo de estas festividades guadalupanas, lo que se ve en el fondo es una urgencia vital que lleva dichos fieles a rogar a la Virgen de Guadalupe su intercesión ante Dios para que las familias recuperen la salud, encuentren la tranquilidad y mejoren su economía. Satisfactores que muchas veces no pueden encontrar ellos mismos ya sea porque carecen de oportunidades, no tienen trabajo, o porque de plano, en su desidia e incapacidad manifiestas, las autoridades municipales, estatales y federales operan en su contra.

Viendo estos mismo fenómenos desde otra óptica, resulta que esa fe sencilla y colorida continúa expandiéndose en nuestro país y no se ven trazas de que vaya en corto plazo a disminuir, aunque analizando críticamente el caso, no deja uno de observar la grave inconsistencia de no pocos mexicanos que, siendo “guadalupanos de corazón”, son completamente ajenos a la doctrina cristiana, como los narcos, los secuestradores, los rateros y hasta los “ladrones de cuello blanco”, que se encomiendan “a la virgencita” antes de ir a cometer sus delitos.

Individuos enajenados y pervertidos que, torciendo todas las enseñanzas de Jesús, van y se postran ante una imagen de “la Morenita del Tepeyac”, o del Santo Niño de Atocha y hasta de un tal Jesús Malverde, en una capilla de Culiacán, para rogar que les vaya bien a ellos cuando hacen el mal a otros.

Informes y desinformes. –

Ahora que nuevamente son los días en que los diez alcaldes de nuestra entidad están por presentar (o han presentado) ya los segundos informes anuales de sus respectivas administraciones, tengo la impresión de que al menos la mitad de ellos están hartos de haberse metido en semejante brete, y les urge que se les llegue el plazo en que habrán de entregar el cargo a sus relevos porque, como los ratones cautivos, “ya no quieren queso sino salir de la ratonera”.

Y es que, según he podido platicar con algunos paisanos que fueron alcaldes (y ya no lo son), llega para ellos el momento en que descubren que ser presidente municipal no tiene ningún parecido con lo que habían soñado o imaginado, y que una cosa es “ver los toros desde la barrera y otra estar en el ruedo”, porque el alcalde es, como el torero, no sólo quien se expone a los filosos cuernos del astado, sino a la eventual furia y reprobación del público cuando no puede realizar sus faenas con elegancia y finura.

En esas pláticas con ex alcaldes es fácil advertir que llegó también para ellos otro momento en que calificaron a sus gobernados como desagradecidos porque aun habiendo ellos hecho, a veces, grandes y dificultosos esfuerzos para gestionar o conseguir los recursos para realizar tal o cual obra, al final no quedan bien con nadie, y resultan hasta criticados.

Tanto que cuando les pregunté si les gustaría volver a ser postulados, casi me mientan mi progenitora porque – dicen-: “Haber querido ser presidente municipal es el más grave error que cometí en mi vida”.

Frente a tamaños testimonios, y sabiendo perfectamente que ya van muchos años en que todas las alcaldías están lastradas tanto por las deudas que les dejaron los antecesores como por las nóminas súper-infladas con las que se enfrentaron desde la primera quincena de sus administraciones,  francamente no entiendo cómo es que hay, todavía, tantos paisanos ingenuos que luchan y se debaten por ser los próximos presidentes municipales. Como si serlo fuera estar pisando algo así como la antesala del Paraíso.

Por otra parte, al platicar también con algunos de los alcaldes hoy en servicio y preguntarles cuáles son las mayores dificultades con que se han enfrentado en su administración, casi todos coinciden con los ex, al afirmar que la mayor de todas es “la plantilla laboral heredada”. Pues ésta representa un gran lastre al que se le tienen que destinar alrededor del 85 por ciento de los menguados recursos con que las alcaldías llegan a contar cada año para sus ejercicios. Y que la segunda de las más grandes dificultades la constituyen las deudas públicas también heredadas. Deudas que se ven obligados a pagar sin haberlas ellos contratado.

Todo esto sin dejar de lado el dato de que entre los trabajadores sindicalizados hay, por ejemplo, algunas cuadrillas de servicios públicos, integradas por cuatro o cinco elementos, que no son capaces de realizar en una jornada lo que normalmente haría un jardinero particular o un par de chalanes bajo contrato, a sabiendas de que no hay nadie que les pueda llamar la atención ni decirles “mi alma”, porque si se les reclama algo tienen al sindicato para que los defienda.

En este contexto, y sin soslayar algunas evidentes omisiones y “malhechuras” que algunos han llegado a cometer, más lástima que envidia me dan esos pobres alcaldes constantemente vapuleados por otras plumas más críticas o insidiosas que la mía, porque sabiendo, aparte, las dificultades que asimismo enfrentan con los gobiernos estatal y federal “los de la oposición”, tienen que tratar de salir adelante remando contracorriente.

No soy alguien, por último, que conozca los detalles administrativos que enfrentan en sus respectivos ámbitos los siente alcaldes varones y las tres presidentas municipales que a la fecha existen, pero teniendo un leve conocimiento de cómo es que se manejan las cosas en los cabildos y en los sindicatos municipales, creo que les tendríamos que dar por bueno lo poco que hayan podido hacer en este par de difíciles años. Aunque no por ello tendríamos que aplaudirles que a la hora de informar se pongan a “dorar la píldora” respecto a lo que no han podido hacer, o han dejado pendiente en sus comunidades. O cuando también traten de engañar a la ciudadanía con cifras y presuntos hechos que sencillamente no cuadran con la realidad.

 

Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

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