AL VUELO

 De unos años a la fecha se ha hablado, por lo menos en México y otros países latinoamericanos en desarrollo, de la tecnocracia política, básicamente la forma en que ciencia y tecnología se entreveran con la política para crear mayor certidumbre en el estado de bienestar social. En la época del salinato mexicano, por ejemplo, se le vio como una panacea, pues la creencia de que la tecnocracia era la única vía (y ninguna otra) de acabar con la desigualdad y alcanzar mayores niveles de satisfacción social era casi irrebatible. Los tecnócratas de la política, entonces, adquirieron un valor inapreciable, pese a sus evidentes y rotundos yerros, que dejaron (lamentablemente) a los humanistas a la deriva, muchos de ellos arraigados en ideas socialistas. La tecnocracia tiene su origen más visible en aquella obra clásica del filósofo Francis Bacon titulada la Nueva Atlántida, de 1626. Como se sabe, en ella Bacon introdujo la figura del político científico que, con su alto conocimiento , consigue la utopía de la felicidad de la comunidad civil. La idea del “saber es poder” baconiana no es sino un eco de aquel ideal platónico de ser gobernados por los que más saben, sólo que mientras Platón accedía a esa dimensión a través de la reflexión sobre la Justicia y el Bien, Bacon lo hacía a través del conocimiento científico y técnico. Por eso, los tecnócratas fueron pronto considerados parte de una élite de privilegiados capaces de, a través de su saber tecnocrático, gobernar sin equívocos y asegurar el bien común. De Bacon siguió Saint-Simon, otro tecnócrata relacionado con la revolución industrial, y después Augusto Comte, quien se encargó de sepultar toda explicación metafísica del mundo para sustituirla por una interpretación puramente científica, lo que después conoceríamos como positivismo, que tanto influenció a los políticos mexicanos decimonónicos de la época del porfiriato, a los que incluso se les conoció como Los Científicos. Bacon, Saint-Simon y Comte son los tres precursores de la tecnocracia que, con el tiempo, intervendría en la forma de hacer política, en muchos sentidos, como ya lo vimos, con fatales resultados. Como en su momento sucedió con el comunismo, los tecnócratas de la política se fueron diluyendo en medio de una crisis de valores humanos de la que, a la fecha, no nos podemos recuperar. La ciencia y la tecnología, deberíamos aprenderlo, son nada sin hombres carentes de virtudes morales y humanas, seres sensibles al dolor ajeno, solidarios y compasivos, buenos y justos, como lo quería Platón. Sin esto, las sociedades contemporáneas no serán más que barcos que naufragan o aves incapaces de emprender el vuelo.

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