Abelardo Ahumada

VISLUMBRES

PRELUDIOS DE LA CONQUISTA

Capítulo 31

Abelardo Ahumada

Durante las semanas que he venido escribiendo este libro, varias veces he conversado con mi mujer, y “chateado” con un pequeño grupo de amigos, sobre los avances que llevo y a propósito de cómo pudieron haberse visto y sentido los primeros frailes que, llegados a la Nueva España hablando en su lengua natal y rezando rosarios y misas en latín, de repente se vieron en la apremiante necesidad de aprender el nahua, el purépecha, el zapoteco, el maya, el otomí o cualquier otro de los idiomas o dialectos en que se comunicaban los pueblos a donde les tocó ir a evangelizar, y me pongo literalmente en sus huaraches para tratar de imaginar cómo pudieron haber sido esos momentos.

En algunas de las primeras conversaciones que tuve con mi mujer, claramente observé que llegó a creer que me estaba “deschavetando”, y lo mismo alcancé a notar con al menos dos de esos amigos, quienes al estarles participando esos juegos de la imaginación, empezaron a creer que fumaba cierta yerba o ingería “honguitos” alucinógenos. Y yo me divertía con eso, suponiendo también que más de algún lector podría creer lo mismo.

Ahorita, por ejemplo, “estoy viendo” a fray Jerónimo de Alcalá, sentado en un rústico tejaban, junto a los gruesos muros que, bajo la mirada vigilante de don Vasco de Quiroga, están levantando unos albañiles tarascos en la que será la primera catedral del Obispado de Michoacán, y es donde solía estar el templo en donde los sacerdotes de Curíaveri realizaban sus sangrientos rituales.

El fraile tiene menos de cuarenta años, pero su aspecto es enfermizo. La delgadez se adivina bajo su tosco sayal, y su rostro barbicerrado es enjuto, mortificado tal vez por los ayunos y las penitencias.

No obstante lo anterior se le mira dispuesto a trabajar y afila con una navaja tres gruesos cañutos de pluma de pato.

Un rayo de luz que se filtra por entre las tupidas ramas de los altos y frondosos árboles que pueblan el sitio ilumina el cráneo rasurado que su orden religiosa les exige llevar como distintivo y, a su derecha, sobre la rústica mesa de tablas sin cepillar, enfundado en un morral de cuero, hay un grueso legajo de papeles cubiertos con su apretada letra de trazos curvos cargados hacia la izquierda como evidente señal de que es zurdo. 

Frente a él, apoyada sobre una tabla mejor pulida, hay una hoja grande de papel dividida en dos, donde se mira, en la mitad inferior, una muy apretada serie de dibujos que parecen haber sido hechos por un niño, pero que nos muestran un conjunto de mensajes relacionados con la guerra, puesto que se ven personas macaneando, flechando o arrastrando a otras.

En la esquina inferior izquierda hay varios muertos encima de charcos de sangre, y en la inferior derecha dos grupos de cautivos atados de sus respectivos cuellos con unas sogas gruesas. Todo eso junto a las casas incendiadas de un pueblo asaltado.

El fraile, que tantas veces me ha visto acercándome con la curiosidad asomándome al rostro, me mira con alguna simpatía y me invita a acercarme sin preguntarme nunca de dónde vengo, ni qué es lo que busco allí, y me muestra que, por encima de aquel dibujo sangriento, hay una explicación manuscrita que él mismo acaba de redactar. La tinta está todavía fresca, pero su letra revela una caligrafía muy bien cuidada y un trazo muy singular en el que hasta con elegancia, podría yo decir, resaltan las “bes”, las “jotas” y las “efes”, en una especie de desplazamiento a la izquierda en el que iniciando el movimiento con la parte más delgada del cañuto, engrosa de súbito y vuelve a adelgazar, antes de rematarlas.

No hay rayas para establecer los renglones, pero todo ello están derechitos, rectos, demostrando que el fraile es un amanuense experto al que le encanta escribir. No entiendo muy bien en una primera mirada todo lo que ahí dice, porque fray Jerónimo no usa los signos de puntuación que nosotros tenemos por costumbre usar, pero en la parte media, cambiando su letra por otra más parecida a la de imprenta, al doble de grande que las demás, y con un aire un tanto gótico y sin espacios, muy claramente dice: “cuandometíanalgunapoblaciónafuegoysangre”.

“Y COCÍAN AQUELLAS CARNES Y SE LAS COMÍAN”. –

El sonido de una llamada telefónica me vuelve a la realidad actual, en la que estoy revisando aquel viejo texto para comentarles a ustedes el hecho de que, si bien el relato que los viejos de Pátzcuaro y Tzintzúntzan le hicieron a fray Jerónimo carece de fechas y ubicaciones perfectamente definidas, sí nos brinda, en lo general, una idea muy clara de cómo pudieron ser cada uno de los terribles “encuentros” que los guerreros michoaques y sus aliados, tuvieron contra los de Colima y los demás pueblos que ya traían en sus miras:

“Iban (también) a estas conquistas los de Mechuacan; los chichimecas; los otomíes que el Cazonci tenía sujetos; los matlazincas (de Taximaroa); los uetaméchas (de Huetamo); algunos chontales, y los de Tuspa, Tamazula y Tzapotlán”.

“Y enviaba el Cazonci (por delante) con toda esa gente (a) su capitán general y aquél llevaba un teniente. Y encomendaban a (todos los cargadores o ganapanes) que llevasen las vituallas, y los arcos y las flechas y los escudos (de repuesto), así como la harina (maíz molido), el pan de bledos (o amaranto) y las ofrendas para los dioses que iban a la guerra”.

“Y (por delante muchos trabajadores) iban abriendo un camino real muy ancho para la gente y los señores que iban de Mechuacan, y la gente de todos los pueblos por donde pasaban les sacaban al camino mucha comida”.

“Y antes de que llegasen a donde habían de sentar el real (o poner su campamento) se juntaban todos, se entiznaban y se ponían sus diferentes pinturas, cada pueblo por sí, y se ponían también sus diferentes penachos, de garzas, de águilas, de papagayos colorados, según sus (respectivas) costumbres. Y sacaban también sus banderas”.

“Y llegada toda la gente a donde estaba el pueblo que tenían trazado, concertábanse todos los escuadrones… cercaban al pueblo y acometían a una señal, pegándole fuego, y tomaban toda la gente: varones y mujeres, muchachos y niños de las cunas, y contábanlos”. 

“A los hombres (y a las mujeres sanas y atractivas) se los llevaban cautivos hasta la ciudad de Mechuacan, donde sacrificaban a los guerreros en los cúes de Curícaveri y Xaratanga. A los muchachos guardábanlos y criábanlos para su servicio y para cultivar sus sementeras. (Pero) a los heridos y a todos los viejos y viejas, niños (pequeños) los apartaban (y) los sacrificaban antes de que partiesen (de vuelta) y cocían aquellas carnes y comíanselas”.

LA SUPUESTA “GUERRA DEL SALITRE”. –

Y si bien todos esas esas descripciones corresponden a cómo realizaban los michoaques sus guerras en lo general, intentemos ahora indagar cómo, cuándo y por qué se llevó a cabo la que emprendió Tzitzicpandácuare en su época.

En este sentido debo confesar que no fue “La Relación de Michoacán” el libro que me dio la primera pista a seguir, sino uno, bastante menos conocido, que publicó, en 1923, el doctor Miguel Galindo, con el título “Apuntes para la historia de Colima”, en donde a la letra dice: 

“Varias veces los tarascos habían intentado apoderarse de las salinas de Tzacoalco, y el último intento fue hecho en tiempo de Moctezuma Xocoyótzin, antepenúltimo rey de Méjico, y de Tangáxoan II, último rey de Michoacán. Los mexicanos habían atacado a los tarascos en el reinado de Axayácatl, y habían sido derrotados; en tiempos de Moctezuma había sucedido otro tanto, y quizá por ello los tarascos se creyeron en aptitud de sojuzgar a los pueblos cercanos; pero fracasaron  en su intento y dieron lugar a la hegemonía colimense de Chimalhuacán del Sur”.

En los días en que me tocó leer este párrafo yo era, como ya lo dije antes, totalmente ignorante respecto a la historia de Colima y, por ende, no podía refutar o negar lo que Galindo escribió y continué su lectura:

“El rey tarasco Tangaxoan II mandó dos cuerpos de ejército para que atacaran simultáneamente a Tonalan (hoy Tonalá, junto a Tlaquepaque) y Tzaolan (hoy Sayula, entre Ciudad Guzmán y Guadalajara). Fueron sangrientos los combates en uno u otro lugar. El cacique de Tzaolan, Cuantoma, y su súbdito Tzitlali, que había venido en su auxilio, fueron completamente derrotados en Acatlan (hoy Acatlán de Juárez), por lo que tuvieron que retirarse a Cocolan (Cocula). Por otra parte los de Tonalan y Tlaxomulco (actual zona conurbada del sur de Guadalajara) eran también vencidos por los tarascos, que llegaron hasta Yahualulco, incendiando el pueblo”.

El escenario geográfico me era sí, bastante conocido, por lo que el relato que estaba haciendo Galindo me parecía fundado y con lógica, por lo que seguí leyendo:

“Los chimalhuacanos estaban casi vencidos y próximos a someterse, cuando el rey de Coliman se presentó en su auxilio. (…) atizando el patriotismo o solidaridad que habían tenido los chimalhuacanos, logró reunir a los caciques Cuantoma, Tzitlali, Calicentli, Cuitlaxili, Minotlacoya, Opochlti y otros, y se presentó con un ejército numeroso en Tzacoalco, en donde esperó a los tarascos”.

“La actitud del rey de Coliman alentó a los de Tonalan, que a su vez se reorganizaron, formándose otro grande ejército al mando de Cóyotl, con las tropas de los capitanes Atóloch, Pitaloc, Pilili, Totoc, Chachi y Coaxicar, que volvieron sobre los tarascos, derrotándolos en Tlaxomulco, a la vez que igual cosa les sucedía en las playas de Tzacoalco con el ejército que mandaba el rey de Coliman”.

“Debiéndose notar – decía Galindo por último- que esto pasaba en vísperas de la conquista española, por lo que este reino de Coliman fue efímero para la historia”.

El asunto, sin embargo, era que el facultativo no citó nunca la fuente de la que obtuvo esa información y, bueno, a mí eso me pareció un defecto y me llevó a buscar más autores que hablaran sobre ese tema. Así las cosas, en Colima encontré al profesor Juan Oseguera Velázquez (Historia gráfica de Colima), al doctor Jesús Figueroa Torres (El remoto pasado del Reino de Coliman), al licenciado Ricardo Romero Aceves (El señorío de Coliman y la Nueva España)  y al profesor Ignacio G. Vizcarra (Cartilla histórica de Colima) escribiendo básicamente de lo mismo. Mientras que don Luis Páez Brotchie (Jalisco, historia mínima), don Luis Pérez Verdía (Historia Particular de Jalisco) y varios más, apuntalaban, con ligeras variantes, similar temática. En tanto que, allá en Michoacán, el muy famoso y erudito Nicolás León (Los Tarascos) y don Eduardo Ruiz, hacían lo propio. Aunque muchas veces, la mayoría de ellos, igual que lo hizo Galindo en su momento, no citaban tampoco las fuentes en que se basaron.

Pero como quiera que fuese, poco a poco vine entendiendo que las citas databan de mucho más atrás, remitiéndose, por ejemplo a fray Diego Basalenque, agustino, famoso catedrático del “primer Colegio de Estudios Superiores de América”, sito en Tiripetío, Michoacán, en su obra “Historia de la Provincia de San Nicolás Tolentino de Michoacán”, escrita durante la quinta década del siglo XVII, pero publicada por sus compañeros en 1673, y a fray Pablo de la Purísima Concepción Beaumont, franciscano éste, en su “Crónica de la provincia de los Santos Apóstoles S. Pedro y S. Pablo de Michoacan”, escrita al parecer hacia 1770. Y otras, relativamente más recientes, entre las que podríamos mencionar la de don Manuel Orozco y Berra: “Historia antigua y de la Conquista de México”, publicada entre 1880 y 1881, en la que en una de sus muchas páginas dice:

“El Reino de Coliman confinaba al Norte con señoríos independientes (sic); al Este y al Sur con el reino de Michoacán, al Oeste con el mar Pacífico (re-sic). Tenía como subordinados en tiempos de la conquista (española) cuatro jefes: Zoma, rey de Xicotlán; Capaya, rey de Autlán; Minotlacoya, rey de Tzapotlán, y el señor de Sauyula, quien tenía capitanes de armas en Pizictlán, Tuxpanm Tamazula, Cocula, Teculotán, Tzuchimilco, Tuito, Chacallan, Xiquilpan, Acatlan, Amecan, Tchalutla y Amacueca. En toda aquella demarcación se hablaba la lengua nahua, y todo el reino comprendía el actual territorio de Colima, más una fracción de Jalisco (y otra que ahora es de Michoacán)”.

La información era, pues, era ya más abundante, y las fuentes de referencia que yo podía tener al alcance eran muchas y muy antiguas, por lo que, las fui buscando y, leyéndolas en los ratos que pude robar al sueño, poco a poco fui acopiando datos, hasta que estuve en condiciones de notar que lo que había expresado nuestro muy estimado y admirado doctor Miguel Galindo (y cité aquí arriba) no era cabalmente cierto, pues había revuelto los hechos, incurriendo en los mismos errores que básicamente habían cometido todos los historiadores de Jalisco y Colima que habían comenzado a escribir desde alrededor de 1880 a la fecha.

Las pistas, sin embargo, ya estaban allí, y lo mejor que yo podría hacer para desentrañar el misterio era seguirlas con mucha paciencia, pero ¿por dónde empezar?

La muy coincidente repetición del nombre de Axayácatl me marcó la dirección a seguir. Y hacia sus hechos dirigí la búsqueda.

Continuará.

PIES DE FOTO. –

1.- En Morelia se considera que el templo de San Francisco y su convento puedan ser los edificios más antiguos de la ciudad, y en ellos vivió y trabajó fray Pablo Beaumont, gran cronista de Michoacán.

2.- En la crónica del padre Beaumont hay una lámina en la que se hace un claro honor a fray Jerónimo de Alcalá y don Vasco de Quiroga, quienes aparecen junto al templo que fue la primera catedral del Obispado de Michoacán, en Pátzcuaro.

3.- He aquí un retrato del padre Basalenque, fraile agustino del Convento de Tiripetío, quien escribió la “Historia de la Provincia de San Nicolás Tolentino de Michoacán”. Otra gran fuente de consulta.

4.- En julio de 2006 nos tocó, a varios compañeros de los municipios de Colima, participar en los trabajos del Congreso Nacional de Cronistas que durante todo un día se realizaron en el antiguo Colegio de Estudios Mayores de Tiripetío.

Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

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