Rogelio Guedea

PARACAÍDAS

La salida de Luis Videgaray del gabinete del deslucido presidente Peña Nieto ocasionó varias hecatombes en diversos frentes políticos. El que nos interesa, por su cercanía, es el relacionado con nuestra entidad, pues si a alguien le debe el gobernador Nacho Peralta la posición que hoy ostenta (incluso la Subsecretaría previa) es al músculo del ahora ex secretario de Hacienda. Otro habría sido el destino del mandatario Nacho Peralta de no haber contado con la suerte de esa circunstancia política. Su solo capital no le habría bastado más que para los cargos que ostentó como secretario de Estado en Colima y, posteriormente, como presidente municipal, jamás para una gubernatura que requería un apoyo político de mayor envergadura que pudiera reemplazar su poca rentabilidad electoral y, por extensión, su poca aceptación social, como quedó demostrado en los pasados comicios, donde el PRI perdió las elecciones a la gubernatura tanto en el conteo ordinario como en el extraordinario, habiendo sido ambas, dicho sea de paso, elecciones de Estado.

Caído, pues,  Luis Videgaray, el gobernador Nacho Peralta se queda prácticamente en la orfandad política, con una crisis de credibilidad que nunca logró –ni logrará- superar y con un entorno de colaboradores (cercanos y no tanto) dividido entre una generación de viejos políticos (principalmente de corte fernandista) y otra generación de jóvenes funcionarios que, si bien están preparados profesionalmente, cuentan con poco o nulo oficio político, de ahí que los viejos lobos de mar (a través del Diario de Colima y, entiendo que en breve, del Ecos de la Costa, del que se posesionarán) no dejan de tundirlos un día sí y otro también.

Entre este fuego cruzado está un gobernador más bien absorto, alejado totalmente de las problemáticas profundas del estado (la crisis financiera y la inseguridad, el desempleo y la pobreza, el saqueo constante y la doble moral) y sin lograr darle dirección a su propio liderazgo, que se lo tienen cooptado los grupúsculos que, por la espalda, le mordisquean el trono o le sacuden las riendas, lo mismo da. Lo del reemplacamiento es una muestra clara no sólo de la crisis financiera que no ha podido solucionar la gestión nachoperaltista (aun cuando haya declarado un ahorro de 600 millones de pesos), sino, peor aún, de las decisiones erráticas con las que está ya definiéndose su forma de gobernar. Y hay que aclararlo: con respecto al reemplacamiento el gobernador no fue sensible a las necesidades de la población, no, el gobernador tuvo que claudicar ante su rabioso reclamo, que es muy distinto. En su tratado sobre política, Baltasar Gracián, filósofo español, decía que las grandes y dificultosas monarquías piden príncipes grandes en la capacidad y en el valor, lo que podría aplicarse muy bien a nuestro estado, que padece grandes y difíciles momentos pero que no parece contar con un gran y valeroso gobernante que pueda llevarlo a buen puerto. La crisis del gobierno es tan delicada que al mandatario ya no sólo le basta con desdecirse (como en el caso del reemplacamiento), ahora ya ni siquiera es capaz de cumplir su propia palabra: ¿no aceptó que, de no haber resultados, se iría el Procurador a los seis meses? El tiempo fatal se cumple, pero la palabra, contante y sonante, parece que, otra vez, no.

Rogelio Guedea

Poeta y académico

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