Aquel Jardincito de Almoloyan

·        La música de “las señoritas”

·        Un área pública que no fue pública

Yo era un niño cuando nos venimos a vivir a Colima, provenientes de Villa de Álvarez, y llegamos al barrio de San Francisco de Almoloyan, en 1968. En esos lugares habitamos unas cuatro casas distintas, tal vez por mala paga en las rentas porque nunca teníamos dinero para nada, ni para comer, mucho menos para pagar las caras mensuales de esas casas.

Recuerdo que nuestra primera llegada fue a una casita humilde de frente al jardín de San Francisco. La avenida Manuel Álvarez había sido ampliada pero estaba empedrada, y en frente había un jardincito también de piedra chica, con árboles y poco pasto. Luego seguía una cancha de basquetbol donde se hacían unos tremendos torneos de primer nivel.

Al fondo estaba el templo de San Francisco, y al lado oriente la casa del padre Jesús Dueñas, hombre chaparrito, dinámico, pero bravo para los zoquetes sabrosos. Con él vivía su hermana, que nunca se casó por seguir su camino de feligresía. Y en la loma, las ruinas de un convento donde había una gruta que a veces invadíamos porque conducía a dos rutas.

Una ruta era hacia la Normal de Maestros, y la otra, hacia la Maclovio Herrera o centro, por las que nos atrevíamos a caminar unos 10 metros, y nos regresábamos, por lo oscuro, pensando en el diablo y espantos. Hacia la esquina que cruza entre Manuel Álvarez y anillo de circunvalación estaban los jugos infantiles, en tanto al centro, una especie de jardín.

Se trataba de un área de rosales y plantas de ornato, al estilo vivero, pero no se permitía el paso porque además de tener alambre de púas, había un jardinero con cara de pocos amigos que no permitía ni siquiera curiosear las plantas; a menos que solamente se enojara con los niños por ser destroyer. Nunca lo supe, pero no era una zona pública, transitable.

Pero lo que más me llamó la atención era que por el lado oriente de la cancha de basquetbol había un estanquillo agradable, en medio de plantas, árboles y andadores, atendido por dos “señoritas” (a lo menos así nos dijeron que eran, quién sabe), donde se vendía de todo, pero además, se complacía a los concurrentes con música de su selección.

El asunto era que las damas tenían unas hojas enmicadas, como orden del menú, donde se daban a conocer más de 200 canciones románticas de esa época, y como si fuera sinfonola o rockola, la gente pedía su canción predilecta por una tarifa de 50 centavos cada canción. Los discos muy bien cuidados, difundidos por uno de esos tocadiscos de la época.

Por la Avenida de los Maestros, también empedrada, se ponían los jugos mecánicos que año con año alegraban a la gente de esa zona. El tiro al blanco, los yoyos, la rueda de la fortuna, los carros chocones, sin faltar los caballitos o los futbolitos, pues se trataba de un área baldía, olvidada, mientras que por el ladro de enfrente, poteros y solares abandonados.

Por esos tiempos mi madre cargo con todos nosotros a vivir con parientes a México, y entonces el barrio de San Francisco quedó grabado en mi mente, y a los 5 ó 6 años después que regresé, el lugar había cambiado a la fisonomía que tiene hoy, como uno de los jardines atractivos de Colima, borrando de un plumazo aquel jardincito romántico de mis recuerdos.jardin almoloyan

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