No podría garantizar la veracidad de la leyenda. Hace ya tantos años que se la oí a mi madre, que de seguro muchos detalles se habrán borrado de mi memoria, y tantos más cuanto que me fue referida en la infancia, cuando la atención de la mente solo se fija en los relatos por la curiosidad novelesca; a mayor abundamiento han pasado por la mía muchos aluviones de dolor y de infortunio, y aunque pude rectificar con precisión la leyenda, una racha de incredulidad llevó a lejos mi pensamiento y no le di a la narración más importancia que a un hecho común y corriente de delito de sangre en que la ausencia del delincuente y lo desconocido de la víctima, despertaron las imaginaciones populares, formando al cuadro un marco de misteriosa tragedia.

Y fue el caso siguiente: Un día apareció a media de uno de los paredones que forman la barranca que limita el Estado de Jalisco y la sierra de Tonila, un hombre sostenido por los ramazones de los arbustos. El lugar en que se encontraba era inaccesible fácilmente, y con muchas dificultades pudieron llegar a donde estaba el hombre del que no sabían si estaba vivo o muerto. De pronto se le creyó muerto, y así se decía de la noticia que corría de boca en boca: está un hombre muerto en la barranca.

Pero se llegó al lugar en que se encontraba la víctima y se le encontró con vida aún, más en completo estado de inconsciencia. Se le bajó con suma dificultad. Tenía el cuerpo lleno de heridas que deben haber sido superficiales , y por su número haber agotado las energías del enfermo. Este fue atendido por mi bisabuelo don Silverio Velasco, como  médico, y ayudó a su curación como enfermera mi abuela materna.

En pueblos pequeños como Tonila  ni puede haber establecimientos de beneficencia pública, ni son necesarios, porque la escasez de la población hace que todos se vean como de la misma familia, y cuando un desconocido llega necesitado, todos le tienden la mano.

Larga y penosa fue la curación. Y cuando la conciencia volvió al herido, refirió que, estando en México en un casino jugando, perdió mucho dinero, lo que le causó un grande arrebato de ira. Que en esos momentos, casi sin saber de si, cegado por la rabia, se dirigió al w.c. y al llegar él exclamó: “Mejor me llevara el diablo” . Y no supo más de sí, hasta cuando se le tenía ya en la cama curándole las heridas, a tan grande distancia de la capital de la República….

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