VISLUMBRES por Abelardo Ahumada

Capítulo XXI

La última vez que el patache San Lucas fue visto por los tripulantes y pasajeros de los otros navíos fue con la luz crepuscular del viernes 30 de noviembre de 1564. Cuando apenas había transcurrido una semana completa de haber iniciado la expedición.
El capitán del patache era, como se advirtió, un tal Alonso de Arellano. El piloto se llamaba Lope Martín, algo diestro en esos menesteres, y contaba con una tripulación de sólo 20 hombres.
Desplazaba un poco más de 40, toneladas medía casi 15 metros de longitud y era mucho más veloz
que los pesados galeones. De modo que, si se separó intencionadamente de los demás, resulta lógico suponer que Arellano tenía meditado un plan desde semanas antes, y que, de conformidad
con ello, se las ingenió para llenar su bodega de provisiones. Puesto que, de no ser así, él y sus marineros quedarían expuestos a fallecer de hambre en la larga y solitaria travesía que pensaba
emprender. Pero ¿por qué lo hizo? Y ¿qué era lo que pretendía lograr con eso?
Meses más tarde Arellano, acusado como desertor, se vio en la necesidad de rendir cuentas a la Corona y, antes de acudir a los tribunales, escribió una “Relación muy singular y circunstanciada”
en la que obviamente presentó su versión de los acontecimientos. En ella dice que fue debido al hecho de que su patache “encapillaba agua” al ir navegando sobre la estela que dejaba el galeón San Pedro, que decidió irse un poco delante de aquél, pero que “una fuerte borrasca lo separó de la flota” durante la noche del 1°de diciembre de 1564, y que, cuando amainó el viento y amaneció el nuevo día, trató de buscar a los otros cuatro barcos, pero que, no habiendo ni la más mínima
señal de sus velas, decidió seguir adelante. Sin embargo, sobre la segunda pregunta no dice nada.

Para que su patache pudiese llegar intacto a cualquiera de las Islas Filipinas era imperativo que Lope Martín lo condujera, ya fuese por la ruta que previamente habían descrito y recorrido Álvaro de Saavedra Cerón y Ruy de Villalobos, o por la que trazó fray Andrés el 25 de noviembre anterior.

Pero por lo que sucedió enseguida, parece que optó primero por seguir la de Urdaneta, y que, una  vez que estuvo seguro de estar cerca de donde se dirigía, luego decidió tomar la otra. Mas, como
quiera que todo haya sido, gracias a dicha “Relación” sabemos también que, el día 5 de enero de 1565, estando ellos situados a los 10° 15’ de Latitud Norte, “avistaron una treintena de [pequeñas]
islas” que jamás habían visto en su vida, por lo que se alegraron mucho. Esas islas estaban, sin embargo, deshabitadas, pero dos días después “descubrieron” otras, ligeramente más grandes, que sí tenían chozas a la vista, y el día 8, se aproximaron a una “con abundante vegetación y gente barbuda, que salió en canoas” al encuentro del patache.
Con gestos amables trataron de saludar a los isleños, y como éstos se echaban agua desde sus canoas y nadaban muy hábilmente junto a la embarcación hispana, Arellano y los suyos, la
bautizaron como “la Isla de los Nadadores”.

La “Relación” omite algunos detalles que hubiesen podido comprometer a su autor; pero cita otros que dan pie para creer que cuando Arellano aprovisionó su nave conforme a un viejo plan que tenía fraguado, también hizo lo cargar con un buen montón de llamativas baratijas (espejos, cuchillos, cuentas de vidrio, sombreros, etc.) para engatusar a los isleños, o intercambiárselas por
fruta, comida fresca, especias, perlas y cuanto más de valor hubiera. Y, en ese contexto cabe​ considerar que haya sido con aquellos isleños “barbudos” con los que realizó el primer intercambio
comercial del viaje.

Varias indagaciones se han hecho para tratar de identificar cuáles pudiesen ser hoy las islas a que hizo referencia Arellano en su relación y, gente muy experta en esto llegó a la conclusión de que algunos de los islotes e islas que él y su gente visitaron, forman parte de las Islas Marshall, situadas al suroeste de las Islas Hawái, en un punto más o menos intermedio entre éstas y Las Filipinas.
Arellano, sin embargo, no se conformó con encontrar esas diminutas islas y, habiendo, sin duda, recurrido a las copias de las cartas de marear que muy posiblemente llevaban, Lope Martín y él
reorientaron la nave para irse más derechamente a Las Filipinas. Pero durante la madrugada del 15 de aquel mismo mes y año, tuvieron un gran susto porque la quilla del patache chocó contra un fondo bajo, obligando a toda la tripulación a ponerse a trabajar con presteza para sacarlo del atolladero, prácticamente sin daños, en cuanto volvió a subir la marea.

El esfuerzo que realizaron rindió sus frutos, la nave se desatoró y el 17 ya estaban junto a otra isla más poblada que las anteriores, perteneciente a las Carolinas. Botaron allí una lancha remera para  tratar de ir a conseguir provisiones, pero “numerosas canoas con isleños armados” y con gestos amenazantes, los hicieron huir sin nada.
Entre los marinos hispanos de aquella época estaba muy clara la idea de que había algunas islas pobladas por antropófagos o caníbales, de tal manera que no les resultaba muy cómodo acercarse a grupos como ése. Pero dos días después, urgidos quizá, de agua, llegaron al “atolón de Pulap”, formado a su vez con una tercia de pequeñas islas pobladas. Se detuvieron a observar la reacción de los nativos y, como aquéllos no dieron muestras de ser hostiles, les sugirieron, mediante señas, un intercambio de sus espejos, listones de colores y demás por agua y comida.

Los isleños aceptaron el trato, pero cuando tal vez descubrieron que las chucherías que los  españoles les dieron no les servían para nada, se aproximaron con sus canoas hasta el patache y,
respondiendo tal vez a una señal de su jefe, lo intentaron asaltar.

Sus armas, sin embargo, eran muy primitivas y, cuando comenzaron a tronar los mosquetes y los arcabuces de los europeos, los nativos saltaron al agua, asustadísimos, pero se llevaron consigo a dos españoles que ya no les fue posible a los otros rescatar. Por lo que muy bien podemos nosotros creer que, aun cuando se salvó la mayoría, esos dos pasaron a ser comidos en una posterior fiesta comunal.

PASAJE EN EL QUE SE NARRA LO QUE LE SUCEDIÓ AL GRUESO DE LA FLOTA. –
Pero mientras todo lo que acabo de mencionar le ocurrió a la pequeña nave de Arellano, cabe referir ahora lo que le sucedió al resto de la flota. Y en ese sentido habría que dar las malas noticias
que se empezaron a producir en algunas de esas naos: y me refiero con esto a la muerte que padecieron algunos de los pasajeros que iban en ellas y que, tal vez porque habían navegado poco,  o no habían navegado nunca, no pudieron acomodar sus estómagos al constante movimiento de  los barcos y sucumbieron al terrible “mareo”.

Casi cuatro años atrás fray Andrés había propuesto al rey y al virrey que el astillero de Navidad se cambiara al puerto de Acapulco, dado que, desde su perspectiva, el de Navidad estaba situado en una “tierra malsana” en donde que “caían muchos enfermos antes de embarcar”, y morían, en consecuencia, “muchos después en la mar”. Así que, como varias de aquellas personas pasaron los meses de lluvias en el puerto colimote, es posible deducir que, aquejadas como pudieron estar por
el paludismo y las diarreas del verano, fueron algunas de ellas las que no resistieron las muy precarias condiciones en las que viajaban y sucumbieron en el trayecto. Colateralmente, en el libro de “Historia y Arqueología Marítima”, hay un artículo firmado por Osvaldo Sidoli que se titula “Los Galeones”, en el que de manera genérica se habla acerca de las
características que aquellos barcos tuvieron y de las prácticas que, a través de los años, tanto sus  capitanes como los dueños de los navíos, solían tener, según fuera el propósito de sus viajes.
Y respecto de los recorridos tan largos como el que estamos tratando de describir, dice que “las cantidades de alimentos que se llevaban eran abundantes. En principio se pensaba que serían suficientes para abastecer a toda la tripulación durante dos años”. Pero que, “de todos modos, según algunos testimonios […] debido a que muchos de los bastimentos habían sido hechos con
mucha antelación”, se echaban a perder y provocaban, a los hambrientos comensales que los consumían, intoxicación o fuertes malestares estomacales e intestinales que eventualmente los llevaban a morir.

Por otra parte, si tomamos en cuenta el hecho de que el mayor de los cuatro barcos sólo medía sólo unos 45 metros de largo y unos 12 de ancho, e iban en él aproximadamente unas 200 personas (sin tomar en cuenta la carga y los animales que también llevaban), muy bien podemos imaginar las difíciles relaciones que, luego de diez o quince días de navegar se debían tener en ése
y los más pequeños barcos. Y más cuando los días que se convertían en semanas, en las que, desesperados, sólo podían ver, “azul y más azul” por todos los rumbos a donde miraran.

Hubo otras causas de padecimientos que mortificaron a los integrantes de la flota, pero antes de referirme a ellas, quiero mencionar el dato de que, comparando sus respectivas velocidades, en el
primer día de 1565, el San Lucas ya les llevaba, a los barcos grandes, casi una semana de ventaja, y que, por tal motivo, cuando el 14 de aquel enero, los miembros de la tripulación de los dos
galeones avistaron la misma isla de “Los Barbudos”, los tripulantes del patache ya les llevaban nueve días de ventaja. Pero al observar este detalle surge una nueva pregunta. ¿Por qué si Arellano
llegó primero a “Los Barbudos” no espero allí a los demás? ¿Y por qué, también, en vez de seguir desde allí el derrotero marcado por el fraile se dirigió varios grados al sur?

En la crónica del piloto Rodríguez se comenta asimismo que “los vientos [alisios] del nordeste” estuvieron casi constantemente empujando a las cuatro naves restantes, llevándolos a razón de 30 leguas diarias en promedio. Por lo que si el 9 de enero cuando Urdaneta y sus compañeros “avistaron las primeras tierras”, podemos calcular que en los casi 50 días que duró esa primera
parte del recorrido, recorrieron cerca de 1,500 leguas. Lo que nos daría alrededor de 7 mil kilómetros.

En la “Relación” escrita (o dictada) por López de Legazpi se consigna que el día 23 de enero llegaron una isla más grande y poblada que las anteriores, en donde decidieron hacer una breve escala para aprovisionarse de agua fresca y algunos víveres frescos también. Y explica que, como ninguno de los pilotos y capitanes que iban en esta otra expedición la conocía, se consideró  necesario propiciar otra reunión en la nao capitana con todos ellos, para tratar de dilucidar qué isla  pudiera ser, y en qué latitud pudiera estar, para, a partir de allí, conservar o modificar el rumbo.

Hasta ese momento la tripulación y los viajeros ya habían observado que los nativos eran engañosos y truculentos, porque, la hora de tener intercambios comerciales con ellos, “les daban
espuertas (o canastas)” supuestamente llenas de arroz, pero que “llevaban debajo una capa de arena”, o porque entre varios recipientes supuestamente “llenos de aceite coco” iban varios llenos
de agua.

Al enterarse de esa divertida historia, fray Andrés creyó recordar que había leído un apunte similar en una de las viejas bitácoras que le gustaba coleccionar. De tal modo que, con esa evidencia por
delante, y con las señales que el cielo le daban, cuando la junta se realizó, según lo afirma Legazpi: Los pilotos decían ser [ya] tierra de las Filipinas [… y] sólo el padre fray Andrés de Urdaneta decía
que podían ser las Islas de los Ladrones”. Afirmación que se comprobó después, y que le valió un  gran reconocimiento de los pilotos y los demás viajeros y tripulantes.

La misma nota sigue y nos hace saber que hicieron escala unos días allí, y que el 26, “fray Andrés celebró una misa” y que el propio Legazpi, sin tomar nota de que esas tierras estuvieran habitadas
y tuvieran, por ende, antiguos dueños, tan abusivamente como Colón, Cortés y otros conquistadores lo hicieron en sus momentos, “tomó posesión de las islas en nombre de su Majestad”.

DOS GRANDES Y BELLAS ISLAS. –
Cuatro días después, en la madrugada del 30 de enero, Arellano y su gente vieron recortarse, contra el fondo azul oscuro del horizonte, el perfil de una gran y hermosa isla. Se trataba de
Mindanao, la segunda más extensa de todo ese archipiélago, hacia la que felizmente se dirigieron en busca de una rada o bahía en la cual pudiesen conseguir agua fresca y anclar.

Mientras que, en algún momento del 13 de febrero inmediato, a Urdaneta y los suyos les haya tocó ver una imagen similar, pero no frente a Mindanao, sino frente a otra isla un poco menor, que se llamaba Ybabao (hoy Samar), como a 300 kilómetros al noreste, La travesía inicial, pues, con todos sus peligros e incomodidades había quedado atrás, y muy bien podemos inferir que la mayoría de aquellas personas debieron de experimentar una especie de alivio y una dosis de felicidad al volver a pisar tierra en unas costas tan llenas de vegetación y
hermosas playas. Pero ése era apenas su primer paso, y faltaba encontrar un sitio propicio para fundar una población y establecer las bases de un gobierno español en las islas. ¿Podrían todos
ellos, siendo tan pocos, dar inicio a tan enormes tareas?
Continuará.
P

PIE DE FOTO. –
1.- Las primeras islas e islotes que los expedicionarios vieron estaban llenas de cocoteros y pertenecen actualmente a las Islas Marshal.
2.- Si la bahía en donde echaron anclas aquellos navíos fue tan bella como ésta, ya nos podemos  imaginar la felicidad de la gente que tan difícilmente viajó hasta allá.
3.- Está documentado que fue el 26 de enero de 1565, probablemente domingo, cuando fray Andrés de Urdaneta celebró la primera misa en una de las islas Guam.
4.- Abajo, a la derecha, está Mindanao, la isla a donde llegó Arellano. Y al centro, también a la derecha, Samar, a donde arribó Urdaneta.

Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

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