Abelardo Ahumada

Por Abelardo Ahumada.

RAYÓN, TORRES Y VERDUZCO. –

Los historiadores oficiales no han tratado por parejo a todos los líderes y/ protagonistas del movimiento insurgente, dándoles la preeminencia a unos y prácticamente ninguneando a otros.

Por ese motivo en parte hay algunos individuos que, no obstante haber desempeñado un gran papel durante la gesta, es muy poco (y a veces casi nada) lo que se sabe de ellos.

Al observar esta especie de discriminación histórica, varias veces me he puesto a pensar en el porqué de semejante “olvido”, y he llegado a creer que otras posibilidades por las que casi no se hable de esos líderes pudieran estar relacionadas con el hecho de que, o no fueron muertos durante la lucha, o tuvieron conductas contradictorias, o porque, porque, por decirlo así, “cometieron el pecado” de sobrevivir a la lucha y terminaron por morirse viejos.

Y uno de esos personajes fue, precisamente, el licenciado Ignacio López Rayón, del que comparado con lo que ha escrito de Hidalgo, Allende y Morelos, es mínimo lo que se conoce, aunque, como algunos ya lo saben, y otros lo sabrán en los renglones siguientes, su papel fue crucial en la organización del que pretendió ser el primer gobierno de la América Septentrional.

El licenciado Rayón, como simplemente se le conocía y nombraba en aquellos años, nació en 1773 en el actual “pueblo mágico” de Tlalpujahua, que de conformidad con la división geográfico-política de nuestro tiempo, se encuentra situado en la parte nororiental del estado de Michoacán, colindando ya con el Estado de México. Era 20 años menor que don Miguel Hidalgo, y fue su alumno en el Colegio de San Nicolás, en donde también conoció a José María Morelos y a José Sixto Verduzco (otro prohombre de aquella gesta), a quien, por decirlo de algún modo, casi se le ha expulsado de la historia.

Morelos nació, como bien se sabe, en Valladolid (que hoy se llama Morelia precisamente en su honor), en 1865, y Verduzco, en Zamora, en 1770. Ambos estudiaron juntos en el mencionado colegio, y e iban tres grados más adelante que el estudiante Rayón, pero Rayón se salió del Seminario y se trasladó hasta la ciudad de México, donde se inscribió en el Colegio de San Ildefonso (antecedente de la Universidad Nacional de México), para graduarse como abogado.

Mientras que Rayón estudiaba Leyes en México, Morelos y Verduzco continuaron estudiando Teología en Valladolid y fueron ordenados juntos en 1797. Pero después de que José Sixto se ordenó, y precisamente por las dotes intelectuales que tenía, fue enviado también a la ciudad de México, donde en la Real y Pontificia Universidad se especializó en Retórica y, el 16 de diciembre de 1801, obtuvo el doctorado en Teología.

Vuelto luego en Valladolid siguió prácticamente los mismos pasos del Padre Hidalgo, puesto que primero se convirtió en vice rector del Colegio de San Nicolás Obispo, y más tarde en rector. En tanto que, por la experiencia vital que había tenido antes de ser seminarista, el obispo decidió que el padre Morelos ocupara sucesivamente diversos curatos. De los que el último fue Cuarácuaro.

En algún momento posterior el padre Verduzco decidió convertirse también en párroco y compitió por oposición por la parroquia de Tuzantla, ubicada en algún punto intermedio entre Zitácuaro y Cuarácuaro, Y en ella estaba cuando el antiguo maestro de los tres mencionados lanzó “el grito de Independencia” en la parroquia de Dolores. La cual, aun cuando hoy se halle dependiendo del Obispado de Guanajuato, en aquel momento dependía del gigantesco Obispado de Valladolid.

Y si menciono todo esto es para resaltar el dato de que tanto Hidalgo como estos otros tres personajes de la Guerra de Independencia, no sólo estudiaron en el mismo colegio de Valladolid, sino que se conocían muy bien e interactuaron junto con otros compañeros suyos, para organizar y dar continuidad al movimiento, como sería el caso también del padre José Antonio Díaz, nativo de Zapotlán el Grande y párroco de San Francisco, Colima, del que hablaremos un poco más adelante. Relación de amistades y estudios que me veo obligado a resaltar porque la mayoría de los historiadores oficialistas, o no se han percatado de ella, o intencionadamente han querido ocultarla o minimizarla.

LA DESMORALIZACIÓN DE LOS INSURGENTES Y EL PAPEL QUE JUGÓ EL LICENCIADO RAYÓN. –

Ignacio López Rayón, pues, fue designado en Saltillo como comandante superior del Ejército Insurgente. Pero, pero NO DE TODO EL EJÉRCITO INSURGENTE, sino de la porción que, por decirlo de algún modo, habría de operar en “el Centro” de la Nueva España, mientras que Allende siguió como jefe (aunque sólo lo fue por algunos días) del ejército que según su decir se haría fuerte en Tejas, (operaría por ende en el norte) y tendría como sede el pueblo de [San Antonio] Bejar; en tanto que el padre Morelos ya era el jefe también del Ejército Insurgente del Sur, en las Intendencias de Valladolid y México, correspondientes, geográficamente hablando, a los actuales estados de México, Morelos, Guerrero y Michoacán.

Una vez hecha esta precisión, cabe mencionar que el 16 de marzo de 1811, Rayón recibió no sólo la comandancia descrita, sino la importantísima comisión de dar continuidad [en “el centro”] al movimiento iniciado exactamente medio año antes.

Pero el ejército que recibió estaba desmoralizado, se hallaba muy al norte de donde era oriunda la mayoría de sus integrantes y carecía de suficientes recursos como para regresar con bríos a Guanajuato, Guadalajara o Valladolid, y para hacerle frente al Ejército Realista, cuya estima estaba muy alta desde que el general Félix María Calleja derrotó en la Batalla de Calderón “al maldito partido de la insurrección”.

Entre los jefes insurgentes más populares, pero menos conocidos está José Antonio Torres, “El Amo”, del que no existe una buena descripción.

Al ponderar todo eso es muy posible que cualquier otro individuo que hubiese sido menos idealista que Ignacio López Rayón se hubiera desmoralizado, pero él estaba tan convencido de la necesidad de la lucha que, en cuanto tuvo noticias del “grito”, inmediatamente dejó atrás a su esposa (con la que tenía muy poco de haberse casado), a su querido pueblo y la muy cómoda posición de criollo acaudalado, para incorporarse al movimiento. Tal y como lo había hecho también el mariscal insurgente, José Antonio Torres, “El Amo”, oriundo de la hacienda de Piedra Gorda, en el actual estado de Guanajuato. Quien estaba también en Saltillo, jefaturando a una parte de las fuerzas que se posesionaron de Guadalajara tres meses atrás, y bajo cuyas órdenes estuvieron militando otros notables guerrilleros que no mucho tiempo después darían mucho de que hablar en la región del Bajío, y en la conformada por los actuales estados de Michoacán, Colima y Jalisco.

Aparte de la desmoralización y la falta de recursos y armas que hemos comentado, el ejército de Rayón debía volverse cuando menos a la región que acabamos de mencionar, pero para eso, lo primero que debería intentar sería vencer el cúmulo de dificultades que, en las condiciones en que se encontraban, implicaría hacer marchar a tanta gente por el gigantesco y desolado espacio que aún hoy existe entre Saltillo y Zacatecas.

Los pocos datos que se tienen sobre ese accidentado recorrido fueron recogidos y expuestos por don Lucas Alamán y don José María Luis Mora, historiadores de a mediados del siglo XIX, y nos hacen saber que la gran muchedumbre que acompañó a Rayón (3500 soldados, más sus soldaderas e incluso niños) salió de Saltillo en bestias, en carretas y a pie, el 26 de marzo de 1811; que en algún tramo de aquel difícil trayecto (de aproximadamente 85 leguas, equivalentes a unos 385 kilómetros) los alcanzó un correo  que llevaba noticias de la captura de los caudillos insurgentes en Acatita de Baján; que se enfrentaron a los realistas posesionados de los aguajes en dos cruentas batallas; que padecieron muchísimas muertes a causa del hambre y la sed, y que luego de superar increíbles dificultades, los sobrevivientes del ejército llegaron a las inmediaciones de Zacatecas el 14 de abril, lo que equivale a decir tras casi 20 días de penosísima marcha.

LA PRIMERA “TOMA DE ZACATECAS”. –

Para fortuna de ellos no había una guarnición muy grande y pertrechada allí, y habiéndose enterado de las ubicaciones de las fuerzas que vigilaban la periferia de la ciudad, “El Amo” Torres y varios charros, aprovechando la oscuridad de la madrugada del 15, treparon por uno de los costados de el “Cerro del Grillo”, en donde estaba apostada una buena parte de la artillería realista, sorprendieron a sus guardianes, se posesionaron de sus cañones y favorecieron la entrada del resto del ejército a la ciudad.

Hablando en sentido estricto, la Guerra de Independencia no hubiese podido continuar sin el liderazgo que ejercieron algunos de los más notables estudiantes del Colegio de San Nicolás.

El doctor José María Luis Mora calificó el traslado de la fuerza insurgente entre Saltillo y Zacatecas como “la retirada de mayor nombradía en la historia de México”, y muy bien se puede decir que esa gran hazaña determinó en buena medida que la lucha pudiera continuar, porque, como se recordará, cinco días antes de que Rayón y su gente pudieran partir de Saltillo, la porción del ejército que había sido dirigida por Allende quedó totalmente descabezada.

Dos semanas permanecieron en Zacatecas para reponerse, hacer acopio de víveres y volver a caminar, esta vez en dirección al territorio que Rayón y su gente conocían mejor: vale decir, a los alrededores de Valladolid, atravesando todo lo que hoy son los estados de Aguascalientes y Guanajuato, y partes importantes de Michoacán.

Rayón hubiese querido ir hasta Tlalpujahua, su pueblo de origen, pero tres “detallitos” se lo impidieron: lo primero fue un nuevo combate contra los realistas en un punto conocido como El Mamey, cerca de Teocaltiche, del que se pudo astutamente librar mientras que algunos de sus subordinados, aprovechando la escaramuza, se llevaron las carretas con “los caudales” que llevaban para el sostén de la tropa y, una vez que se los repartieron, se dispersaron por diferentes caminos y hacia diferentes lugares, dejando a Rayón casi sin gente y sin dinero para pagarles o para comprar alimentos por donde iban pasando; otro detalle fue que, al adentrarse finalmente en la región de El Bajío, Rayón se enteró de que el gobierno virreinal había puesto precio por su cabeza y estaba vigilando a los demás miembros de su familia, y aunque pretendía dirigirse hacia La Piedad, cuya guarnición realista estaba bajo el mando del comandante Anastasio Brizuela (nativo de Colima), tuvo que optar por trasladarse hasta la parroquia de Tuzantla, donde se afirma que conversó con su antiguo maestro, el padre José Sixto Verduzco, con el ánimo de que se sumara también a la causa. Mientras que, por su parte, luego de pasar por Zamora, don José Antonio Torres logró instalarse con una fuerza menor provisionalmente en Pátzcuaro.

LA “DESPARRAMUZA”. –

Pero para entender mejor lo que ya para entonces estaba sucediendo en la primavera de 1811 en toda esa parte de la Nueva España, convenie retroceder un poco para tratar de averiguar qué fue lo que les pasó a los numerosísimos seguidores de Hidalgo que ya no pudieron (o ya no quisieron) seguirlo hasta el norte tras la derrota de Calderón:

Idílica representación de Hidalgo dirigiendo su última, y desastrosa batalla.

En este sentido cabe recordar que, según los datos aportados por los mismos caudillos insurgentes, cuando su ejército salió de Guadalajara, eran como 97 mil personas las que iban acompañando el larguísimo “tren de mulas” (y burros) que llevaba los cañones, los víveres y demás enseres necesarios.

Colateralmente, no es ocioso recordar que durante la tarde de aquel fatídico 17 de enero de 1811, cuando ya parecía que el ejército de Hidalgo estaba a punto de derrotar al de Calleja, en el campo insurgente estalló un carromato que llevaba pólvora y municiones, por lo que al desparramarse el chisperío y, estando ya muy seco el zacate, se produjo un terrible y súbito incendio en toda la ladera, obligando en un “¡sálvese el que pueda!”, a correr desesperadamente a muchos de los que estaban más cerca, provocando una especie de estampida entre la numerosísima “plebe” que ni siquiera se enteró por lo que empavorecidos corrían.

Al observar desde su parapeto y con su lente de largo alcance lo que estaba sucediendo, “Calleja ordenó a su clarín de órdenes tocar ‘a degüello’, y la caballería” realista se lanzó entonces sobre los que huían, dejando el Camino Real y los potreros aledaños cubiertos de cadáveres.

En coincidencia con eso, se habla de que el general Manuel de Flón Tejada, “Conde de la Cadena”, que había sido intendente de Puebla, ciego de coraje y deseoso de cobrar una venganza personal, se fue persiguiendo y matando a muchos de aquéllos pobres indios hasta Zapotlanejo, en donde finalmente unos que no quisieron huir más, lo tumbaron de su caballo y le dieron muerte a machetazos.

¿Pero qué pasó con los que lograron salvarse de la persecución, y que tras de la huida de los jefes insurgentes hacia Zacatecas, quedaron literalmente “al garete”?

Varios historiadores coinciden en afirmar que la “desparramuza” (esta palabra la pongo yo) fue generalizada y sin orden, pero mentiría si dijera que conozco algunas de las historias personales que se generaron a causa de verse abandonados a su propia suerte.

Pese a lo que acabo de decir no hay nada que nos impida (ni a usted, lector, ni a mí) ponernos a considerar que, viéndose en semejantes circunstancias, la mayor parte de ellos hayan debido sentirse motivados para volver a sus respectivas querencias, ubicadas por cierto en muy diferentes poblaciones, ranchos y rancherías de los actuales estados de Guanajuato, Michoacán, Jalisco y Nayarit.

A más de 200 años después, y como mudo testigo de aquel terrible acontecimiento, el Puente de Calderón todavía existe unos pocos kilómetros al norte de Zapotlanejo, Jalisco.   

Hay, por ahí, sin embargo, algunos datos sueltos que se han podido entresacar de los partes militares, cartas de curas y algunos otros documentos rescatados del olvido, que nos permiten tener una idea más o menos consistente de lo que pasó en términos muy generales con una parte al menos de esa abigarrada muchedumbre, pero también queda claro en ellos que cuando muchos de ellos, en su mayoría iletrados, llegaron a sus lugares de origen, fueron tomados presos y “pasados por las armas” porque las autoridades realistas de sus pueblos o sus cabeceras ya los tenían reportados como infidentes, y merecedores de la pena de muerte.

Otros, sin embargo, se alcanzaron a salvar de ser capturados, pero como estaba en las listas negras ya no pudieron hacer más que buscar otro lugar u organizarse en pequeños grupos y empezar a pelear para sobrevivir.

Pero de eso no podré hablarles hoy, sino hasta la próxima colaboración.

Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

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