Vislumbres

Masacote.-

El Programa General que la Feria de este año expuso el Instituto correspondiente es, como casi desde que inició el siglo, un programa tan denso y apretado que hasta cierto punto ha convertido a esa gran fiesta en un masacote de cosas, entre las que hay algunas que nada tienen qué ver con las celebraciones típicas. Pero como el propósito de este escrito no es el de cuestionar lo que allí ocurra sino otro, distinto, bien podremos admitir que haya gustos y personas para todo y que, por eso, no obstante que algunos detalles y “entretenimientos” sean metidos con calzador en dicha feria, no faltará gente que se involucre en ellos.

Un poquito de historia.-

Si las cuentas no fallan, éste preciso 2016 será el trigésimo séptimo año en que la Feria de Todos los Santos ha estado celebrándose en el sitio que para ello, con mucha visión de futuro, escogió el entonces duramente criticado gobernador Arturo Noriega Pizano. Un sitio propio al que se le ha ido enriqueciendo con mayor y mejor infraestructura en todos estos años. Un sitio que, con todo y sus defectos, no tiene punto de comparación con los espacios en que otrora se llevó a cabo.

Retrocediendo un poco en el tiempo, los paisanos que ya ronden de cincuenta años pa’rriba, podrán recordar que  desde 1958 hasta 1978 (excepto la de 1959 que no se celebró como un acto de solidaridad con los deudos de los más de mil muertos que cobró en el estado el ciclón del 27 de octubre), la feria se organizó en el espacio que hoy abarca el conjunto arquitectónico de la Casa de la Cultura, junto con las dos manzanas situadas al sur y las calles adyacentes. Siendo el espacio principal tomado de la Unidad Deportiva Ignacio Zaragoza, que existía donde hoy están el teatro, la biblioteca y los grandes patios del dicho complejo cultural. Un sitio muy reducido comparado con el de hoy, pero que bastaba para dar cobijo a una población cuyos extremos urbanizados no llegaban aún mucho más allá de la Calzada Galván por el Oriente, del barrio de Guadalajarita  por el Norte; del barrio de Fátima por el Poniente y del Parque Hidalgo y La Estación del Ferrocarril, por el Sur.

Un espacio, finalmente, que cuando se escogió para instalar ahí la feria, pareció impropio, remoto y feo a nuestros padres y abuelos, acostumbrados como estaban a esa feria más íntima y pueblerina que se realizó desde 1906 hasta 1957 en el Jardín Núñez y sus alrededores, dado que lo primero y más notable que se perdió en dicho traslado, fue la ancestral costumbre que los visitantes de la feria de Colima tenían de dar la vuelta por el jardín, las muchachas por un lado, y los hombres por otro, en perfecto sentido contrario. Realizando de ese modo rondines de coqueteo e intercambio de miradas y sonrisas que, como todavía sucede por ejemplo en las fiestas de diciembre en Comala, o en las de San Rafael, en Cuauhtémoc, hacían posible, de tanto dar chacamotas, que las muchachas identificaran a sus pretendientes y éstos confirmaran si sus aspiraciones iban por buen camino.

Tiempos de contrastes.-

Tomando en cuenta las descripciones que de la Feria (en el Jardín Núñez) dieron, por ejemplo, el profesor Ricardo Guzmán Nava, la poetisa Cuquita Morales, el periodista Manuel Sánchez Silva y el optometrista Hilario Cárdenas Jiménez, aquella feria, que desde 1936 se denominó ‘Feria Agrícola, Comercial e Industrial del Estado de Colima’, era una bonita fiesta pueblerina y “cacahuatera”, que se instalaba sobre los andenes del jardín, bajo la sombra de sus muchos árboles y en las calles laterales. Construyéndose sobre la fuente que había en el centro de la plaza, una tarima y una muy verde enramada para realizar los más suntuosos bailes, comenzando por el ya famosísimo “Baile de Coronación” de la reina en turno, y otro “muy sonado”, de beneficencia pública, que ya desde entonces se denominaba “De blanco y negro”.

De entre ellos “El Marqués” refiere con nostalgia que fue “el gobernador Chávez Carrillo [quien] resolvió cambiar el asiento de la feria y revestirla de categoría. La trasladó al norte de la ciudad en el amplio terreno destinado originalmente a unidad deportiva […] Instalaciones metálicas, techos modernos y sólidos, escenarios monumentales y […] espacios técnicamente construidos, [con] separación racional para los aspectos agrícolas, ganaderos […] en fin […] con un desarrollo […] que responde al decoro de una capital de estado”, pero que con todo y ser la nueva feria “espectacular, grandiosa y trascendental”, carecía del encanto que tenía “la antigua, la romántica, la provinciana Feria de Todos los Santos” que se celebraba en el jardín Núñez”.

Y si todo eso lo escribió cuando la feria se cambió a la Unidad Deportiva, impactado por los contraste que halló entre uno y otro espacios, me preguntó qué dirían hoy él y nuestros padres o abuelos, cuando vieran que esta otra feria está siendo vinculada con elementos ajenos, repleta con miles de autos que invaden hasta los espacios privados de los vecinos más cercanos, y con un aire de supuesta modernidad, muy acorde con el siglo XXI, pero que desde algunos ángulos puede ser vista como más despersonalizada y más parecida a las que desde hace muchos años atrás se celebran en las ciudades del oeste norteamericano.

Elementos nocivos.-

Aunque sea una redundancia afirmar que “en gustos se rompen géneros”, también se puede afirmar lo mismo en cuanto a los elementos que pueden disgustar a los espectadores, o a los participantes de un evento tan masivo como es la Feria de Colima. Y, en ese sentido, no hay nada que en lo particular me disguste más en ella, que el ruido atronador que desde múltiples bocinas y amplificadores se difunde por todo lo ancho y lo largo de sus instalaciones, y la insalubridad que pese a todos los esfuerzos hechos por algunas autoridades para evitarla, persiste en la mayor parte de puestos expendedores de alimentos. Ruido que tal vez se debería regular para dejarlo a niveles que no dañen el oído y permitan la charla y la convivencia;  insalubridad que se va acentuando en la medida que los días de la feria transcurren y cuando ya no sólo se ve, sino también se huele la podredumbre que se acumula, a diferencia también de los olores de aquella feria del jardín Núñez, de la que no tengo yo memoria, pero que otros describen como caracterizada por el olor a fruta y canela, muy particular y especialmente a los perones traídos ex profeso de California.

Nosotros no podemos añorar lo que ignoramos, pero sí podemos aspirar a que las cosas que vemos mejoren. Así, en este estricto sentido, bueno es reconocer que las condiciones en que se tratan a los preciosos animales puestos en exhibición, han venido mejorando. Igual se puede decir de los stands. Muchos de los cuales hoy son de lujo. Como también lo son algunos de los eventos que se presentan en el Teatro del Pueblo; ese foro popular que también da pie para que los talentos artísticos de los paisanos tengan la posibilidad de exhibirse y darse a notar.

¿Cuándo fue la primera feria?-

He oído decir, y hasta me ha tocado leer, que hay quien asegura que “La Feria de Todos los Santos” se comenzó a celebrar en 1572. Yo, la verdad, nunca he podido encontrar ninguna referencia documental al respecto y, además, como en todo ese tiempo La Villa de Colima era una población sumamente pequeña, simplemente no me atrevo a creer que en ella sí haya habido una feria, cuando en Guadalajara, por ejemplo, siendo ya una ciudad comparativamente más grande, no había ningún festejo de ese tipo.

Pero como los asuntos de la historia no son artículos de fe, lo único que sí me atrevo a decir es que fueron los curas y los frailes que hubo en la Villa de Colima durante el siglo XVI, quienes impusieron a los vecinos de aquel entonces (como lo hicieron a su vez todos los evangelizadores que recorrieron los diversos pueblos de la Nueva España) la celebraciones religiosas que conocemos, y muy en particular la “de Todos los Santos”, que se celebra el 1 de noviembre.

Ahora bien, conociendo algunos documentos de la época, sabemos que “los domingos y fiestas de guardar” se celebraba en la Plaza Real de la Villa de Colima un gran tianguis, y que a ese tianguis concurrían, a comprar o vender, numerosos indígenas procedentes de todos los pueblos de los alrededores. Por lo que no es de dudar que al ser sucesivas las fiestas de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos, el tianguis fuera mayor, y más si esas fechas caían, por así decirlo, en vísperas o inmediatamente después del domingo.

Por otra parte cabe señalar que las palabras también evolucionan, desaparecen o cambian de significado, y que la palabra feria también cambió, porque en aquellos años, feria era, simplemente, día de mercado. Dato que coincide con lo que acabábamos de mencionar.

Otros elementos en el festejo.-

Si tomamos en cuenta que la mayor parte de nuestros ancestros se dedicaba a la agricultura y la ganadería, y que el transporte de todos los productos de aquellos años se realizaba a lomo de bestias de carga, nada nos impide considerar entonces, que los ganaderos que llevaban sus hatos a vender al gran tianguis de Colima durante aquellos días, y que los arrieros que traían mercancías a él, se entretuvieran, o pasaran el rato realizando carreras de caballos, corridas de toros y peleas de gallos, del mismo modo que ocurría también  en muchos pueblos de la antigua y de la Nueva España.

Carreras, corridas, peleas, que seguramente, poco a poco, se fueron amenizando o aderezando con cantantes, bailadores, músicos e incluso tahúres profesionales, que andaban “de función en función”. Entendiendo como “funciones” las principales fiestas dedicadas a los santos y santas patronas de todos los pueblos de la Nueva Galicia y la Provincia de Colima.

Punto final.-

Hace 19 años, el ingeniero José Levy Vázquez rescató una investigación que hiciera y publicara en 1963, en un diario local, el profesor Felipe Sevilla del Río, en el que se indica que, en noviembre de 1824, por mandato explícito del Ayuntamiento local de Colima, don Leandro Bravo, “el segundo de nuestros diputados federales”, hizo un viaje especial a la ciudad de México, y que habiendo llegado allá, probablemente a mediados del mes, el día 21  presentó ante el Congreso (y la Presidencia de la República entonces naciente), una solicitud formal para que les concedieran a sus representados “la gracia de efectuar una feria al año en la ciudad de colima, de 8 a 10 días”.

En respuesta a dicha solicitud, un año y medio después, el 21 de abril de 1826, el presidente de la república, don Guadalupe Victoria, emitió su dictamen en un decreto que dice:“… Se concede a colima una feria anual que durará quince días contados del cinco al veinte de marzo, con libertad de todos los derechos por diez años”.

La organización de esa primerísima fiesta con carácter oficial parece haber sido de carácter municipal, y tuvo como escenarios “la plaza mayor de esta ciudad”, donde se realizó “el comercio principal”; “la plazuela que se halla a espaldas de la cárcel” (actual jardín Torres Quintero), donde se ubicarían “las figoneras o cocineras”, y la Plaza Nueva (hoy Jardín Núñez) “para sólo los arrieros que lleguen con carga o sin ella”.

Esa primera feria inició el 5 de marzo de 1827, pero “no arrojó ventajas económicas notables a Colima”, porque se interponía con las fiestas patronales de San Felipe de Jesús (realizadas la primera semana de febrero), y con el traslado en masa que un buen número de pobladores realizaba cada año a las salinas costeñas.

No obstante lo anterior, se realizó, según Sevilla, diez años, hasta que se abandonó. Mientras que, por su parte, la gente, aprovechando que en noviembre ya había  maíz para piscar y expectativas para vender sus productos agropecuarios, volvió a concentrarse en el gran mercado que se reunía en las fiestas de Todos los Santos y Día de Muertos. Siendo éste, entonces, con mayor probabilidad, el más antiguo antecedente que se conoce acerca de nuestro máximo festejo estatal.

Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

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