Abelardo Ahumada

Por Abelardo Ahumada.

TESIS A FAVOR, TESIS EN CONTRA. –

Si tomamos en cuenta que don Miguel Hidalgo, don José María Morelos, don Mariano Matamoros y muchos otros colegas suyos que participaron en el movimiento insurgente eran sacerdotes católicos, no existiría ninguna contrariedad con el título que he puesto a este trabajo.

Pero si consideramos, por otra parte, que al iniciar la lucha armada por la Independencia de México hubo un arzobispo y algunos obispos que no sólo se opusieron a las proclamas de los curas insurgentes, sino que pretendieron expulsarlos e la Iglesia y publicaron en su contra sendos “Edictos de Excomunión”, no nos quedaría más que admitir que el encabezado de este capítulo es inexacto e incurre en una generalización inadmisible.

El asunto, sin embargo, es que yo creo que este título corresponde con la realidad y voy a tratar de explicar por qué:

Basándose en el contenido de los mencionados edictos, y en las expresiones que se manejan en algunas de las “Cartas Pastorales” que emitieron el arzobispo y algunos de los obispos de aquella época, varios historiadores mexicanos llegaron a creer que “el alto clero” condenó la lucha independentista y “el bajo clero” la apoyó. Pero si uno revisa con más calma y profundidad las noticias que entonces se difundieron y aun se pueden cotejar, resulta que dichas afirmaciones tampoco son precisas, incurren asimismo en una inaceptable generalización y tampoco pueden admitirse por ciertas, debido sobre todo a que así como hubo muchos “curas de pueblo” (o del “bajo clero”) que se sumaron al bando insurgente, hubo otros del mismo nivel que militaron en el bando realista y combatieron a los primeros.

¿Por qué, pues, insisto en afirmar que la Iglesia Católica de la Nueva España se convirtió no sólo en una involuntaria sino en una excelente promotora de la Guerra de Independencia?

Para responder a esta pregunta remito a los lectores a un capítulo previo en que señalé que el padre Hidalgo mencionó “la facilidad con que lo” siguieron los pueblos a la guerra, y al desconcierto que esa frase provocó en mí, ya que durante los días en que aquél dio su famoso “Grito”, no había medios de comunicación masiva, los correos viajaban a caballo y la mayoría de la gente se desplazaba en bestia o a pie.

Ante tal duda, pues, pero verídicos los documentos que hablan sobre las muchedumbres que inicialmente siguieron al cura y a sus “comisionados”, entendí que debería de haber un precedente que nos pudiera servir para entender todo eso, y me puse a buscarlo, pero no lo encontré tal cual, sino insinuado en uno de los tres aspectos que se perciben en “El Grito de Dolores”, y que concretamente dice “¡Viva Fernando VII!”

En relación con esto último es innegable el hecho de que la mayoría de los más grandes cronistas e historiadores mexicanos de la primera mitad del siglo XIX tuvieron noticias de que cuando Napoleón invadió España a principios de 1808, el pueblo español se empezó a encorajinar y terminó rebelándose en su contra a partir del 2 de mayo de ese mismo año. Y que como resultado de aquella rebelión (o para aplacarla o poner un escarmiento) el emperador francés aprisionó a Fernando VII el día 10 de ese mismo mes, y lo mantuvo bajo vigilancia, relativamente cerca de él, en calidad de “preso de lujo”, hasta marzo de 1813.

Ésa era, en resumidas cuentas, la versión más conocida del antecedente franco-español para la Guerra de la Independencia de México. Pero a mí me interesaba saber cómo y por qué las muchedumbres mencionadas siguieron al padre Hidalgo con tan aparente “facilidad”, así que seguí buscando otra explicación, bajo el supuesto de que, como acabo de expresarlo, pudiese estar detrás de la expresión “¡Viva Fernando VII!” que el cura de Dolores incluyó con toda intención en su inicial proclama.

El resumen de esas pesquisas fue expuesto en los tres capítulos anteriores a éste. Pero independientemente de que quienes lean éste (y de que hayan leído o no los otros tres), quiero subrayar el dato de que por más que todas noticias que se produjeron en España en el invierno de 1808 hayan tardado dos meses en llegar a la capital de la Nueva España, y otras semanas más para ir desde ahí a todas las demás ciudades y pueblos donde hubiese gente emparentada con “La Madre Patria”, lo cierto fue que al principio provocaron una gran confusión, puesto que hasta esas fechas muchos de los habitantes novohispanos creían que Napoleón era un importante aliado del rey de España, y no llegaban a entender por qué lo tomó preso.

Pero como la información seguía llegando e iba siendo cada vez más clara la trama que había urdido el emperador francés para posesionase de España, poco a poco dejaron de sentir la admiración que habían tenido por “El Pequeño Corzo” y transformaron su sentimiento en otro de repulsión en su contra, llegando a considerarlo un hombre pérfido y traidor, “enemigo del Rey, de la Patria y de la Religión”.

La pista, pues, ya estaba ahí, pero nos faltaba saber cómo y cuándo habría ocurrido esa interesante transformación anímica de los novohispanos en contra de Napoleón, y qué fue lo que resultó de eso.

Al seguir hurgando entre los viejos libros, hace no mucho me encontré con la “Causa instruida contra el Generalísimo Don Ignacio Allende”, en la que sobre aquellos hechos aparecen testimonios de primera vista y, bueno, hoy quiero compartirles a ustedes un resumen de lo que allí hallé:

INTERESANTES “NOVEDADES” EXPUESTAS POR DON IGNACIO ALLENDE. –

Al revisar las declaraciones iniciales del “Generalísimo Allende” nos encontramos con algunos interesantes datos a los que ningún historiador conocido había hecho referencia.

La recopilación en donde encontré todos estos datos apareció con el título genérico de “Voces Insurgentes”, y con el subtítulo “Declaraciones de los Caudillos de la Independencia”. Fue publicada en 2010 por el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM), y el responsable de la ésta fue Raúl González Lezama, Subdirector de Investigación Histórica de dicha institución. Así que no estoy inventando nada.

En la Introducción general a dicha colección de documentos, Lezama dice que fue un señor llamado “Juan N. de Urquidi, quien en 1848 o 1849 encontró en Chihuahua en manos de particulares la declaración de Ignacio Allende”, y que “su primer impulso fue remitirla al Supremo Gobierno o enviarla para su estudio a la Academia de San Juan de Letrán”. Pero que al terminar de leerla decidió no hacerlo, puesto que “consideró que su publicación podría perjudicar la memoria de los héroes de nuestra Independencia”.

Hecho por el que no debe juzgarse al señor Urquidi, puesto que no sólo algunas de las declaraciones que hizo Allende en el juicio que se le siguió “desentonan” con las ideas que sobre “los héroes” nos han transmitido los redactores de la historia oficial, sino varias otras que en su momento emitieron también, en sus respectivos juicios, próceres tan importantes como Aldama, Hidalgo y Morelos.

Pero volviendo al caso de Allende y viéndolo tan falible y temeroso como cualquier otro ser humano, “escuchemos” lo que él expuso con relación al tema que nos ocupa:

Allende confesó que en enero de 1810 había tenido una conferencia con el Virrey Francisco de Lizana y Beaumont, en la que comentaron sobre la posibilidad de que “el Reino de la Nueva España fuera tomado por los franceses”.

Sus iniciales interrogatorios “se efectuaron los días 10 y 11 de mayo de 1811”, y aun cuando después hubo otras sesiones, fue en una de las primeras cuando él declaró que, habiéndose trasladado el día 15 de septiembre por la mañana “desde San Miguel el Grande al pueblo de Dolores, como una de tantas veces que solía hacerlo”, llegó “allí, a cosa de las seis de la tarde, apeándose en la casa del cura Hidalgo”, y que más al rato se pusieron a comentar, entre otras cosas, “del riesgo a que estaba expuesto el Reino [de la Nueva España] de ser entregado a los franceses”, porque en el concepto de ambos “toda […] España estaba inclinada, o por mejor (decir), decidida por Bonaparte, y que la Península estaba perdida, excepto Cádiz”.

En otro de sus párrafos señala que de lo mismo habían platicado Hidalgo y él “en otras ocasiones”, coincidiendo ambos en que como esta parte del reino estaba indefensa, podría caer igualmente en manos de los franceses. Agregando enseguida que meses atrás se habían enterado de que, “para remedio de este riesgo”, algunas otras personas habían desarrollado “ocultamente un plan […] “que les parecía bien”, en el sentido de que sería conveniente “reunir en México cierto número de sujetos de distintas clases” que tuviesen una entrevista con el “Virrey para que [haciéndole presente la necesidad…] solicitasen la formación de una Junta compuesta de regidores, abogados, eclesiásticos y demás clases con algunos españoles rancios”, tal y como ya estaba ocurriendo en muchas partes de la Península. Agregando que dicha “Junta debía tener conocimiento en todas las materias de Gobierno”, y que sería bueno también que el Virrey se ocupara de nombrar “una comisión de americanos en Veracruz, que recibiesen las correspondencias de España, porque se temía que se interceptaba y no se manejaba bien la fe pública, y […] no se manifestaba el verdadero estado de las cosas”.

Expresiones todas que nos permiten constatar que Allende, Hidalgo y sus más cercanos “contertulios” no sólo estaban bastante bien enterados de lo que estaba ocurriendo en la España dominada por Napoleón, sino de lo que habían tratado de hacer en contra de aquél los integrantes del Ayuntamiento de la Ciudad de México en septiembre de 1808, y que seguían temiendo que las autoridades españolas coludidas con “El Corzo” (promovidas inicialmente por Manuel Godoy) estuvieran actuando de común acuerdo con el emperador y coaligándose para que la Nueva España cayera también en sus manos.

LA ENTREVISTA CON EL VIRREY. –

Al explayarse sobre estos aspectos, Allende comentó algo que me parece sumamente importante, y sobre lo cual no parecen haber tomado ni una sola nota la mayoría de los historiadores que han abordado el tema: se trata de que cuando el juez Abella le preguntó si “el año anterior” (1810) había hecho dos viajes desde San Miguel el Grande a México, Allende respondió que sí, uno en enero y otro en febrero. Precisando que el viaje de enero lo realizó por haber sido llamado, en su condición de Capitán de Granaderos del Regimiento de la Reina, por el “excelentísimo Señor Virrey” don Francisco de Lizana y Beaumont (que también era Arzobispo de la Nueva España) para dar cuenta de ciertos asuntos, y que, cuando estaban conversando el prelado le preguntó qué tan cierto era que él (Allende) y otras personas habían estado “moviendo a algunas gentes [para] que estuviesen prontas para defender la Patria”. Señalando el militar que la pregunta no le sorprendió porque dedujo que lo habían denunciado. Y que al responder le dijo que sí, pero que lo hacía, al igual que otros, “porque se decía que este Reino iba a ser entregado a los franceses”. Añadiendo que “su excelencia le replicó: “¿Pues que me cree vuestra merced capaz de hacerlo?” Pregunta asimismo a la que Allende dijo que no, pero advirtiéndole el arzobispo que había otra gente que “trataba de sorprender a su excelencia”.

Allende confesó que en enero de 1810 había tenido una conferencia con el Virrey Francisco de Lizana y Beaumont, en la que comentaron sobre la posibilidad de que “el Reino de la Nueva España fuera tomado por los franceses”.

En ninguno de los ya numerosos textos que han pasado ante mis ojos jamás vi a ningún historiador que hiciera alusión a tan singular e interesante encuentro, pero al enterarme de él por la boca misma del Generalísimo Allende, entendí que lo había minimizado, y que en realidad él tenía muchas más relaciones (e información) de lo que yo hubiese creído antes.

Pero para concluir este punto, quiero señalar que cuando Allende terminó de decir esto, el inteligente juez Abella le preguntó si no se había dado cuenta de “lo bien dispuesto que estaba el espíritu público a no consentir” la presencia de los franceses en la Nueva España, y si había notado que “la principal nobleza de México estaba poseída de este mismo espíritu”.

Allende le respondió que sí, pero entonces Abella le reviró preguntándole que, si todo eso le constaba, “¿por qué andaba en pasos tan reservados para apalabrar gente?”

El oriundo de San Miguel pareció sorprenderse ante tal pregunta, pero enseguida explicó que, si había actuado de esa manera fue por dos motivos muy fuertes: el primero porque no tenía “la satisfacción necesaria para franquearse con ninguno de los individuos de la nobleza de México en materia tan delicada”. Y el segundo, porque cuando se masificó, digamos, la conspiración de Querétaro empezó a relacionarse con algunos “sujetos de tan poco carácter que apenas le eran conocidos”, y con algunos más que, según supo, “eran de reprobada conducta” y no debía brindarles su confianza.

Pero muchísimo más allá de tan desconocidas expresiones, el dato que más me impactó y me interesa destacar no tiene nada que ver con las personas con que finalmente se relacionó Allende, sino con el hecho de que el propio juez señaló “lo bien dispuesto que estaba el espíritu público” para “no consentir que el Reino fuera entregado a los franceses”.

Si para el Arzobispo y para el entonces Capitán Allende quedaba muy clara la posibilidad de que Napoleón decidiera invadir la Nueva España, podemos inferir que lo mismo suponían Hidalgo y muchos de los habitantes de ese territorio.

Frase, asimismo, que ningún historiador parece haber citado nunca, pero que me brinda una parte de la explicación que yo andaba buscando: A Hidalgo y Allende los siguieron “con mucha facilidad los pueblos” porque los habitantes de la Nueva España ya estaban muy bien alertados contra la idea de que su “reino” pasara al poder de Napoleón. Pero ¿Quién o quiénes? ¿Cuándo y de qué medios se valieron para predisponer así al mencionado “espíritu público”?

De eso tendremos que hablar en la próxima colaboración.

NOTA. Todas estas notas corresponden al Capítulo 9 de “Mitos, verdades e infundios de la Guerra de Independencia de México”.

Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

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