En la medianía del pasado siglo, cuenta la leyenda que había una familia de Coquimatlán que contaba con un viejo camión adaptado para el transporte de personas de la cabecera a la capital y a la segunda comunidad más grande del municipio: Pueblo Juárez. El camino era sinuoso y de tierra, cruzaban en alguna de sus partes el otrora caudaloso río Armería y parte del cerro del Nahual; los encargados de transportar a los clientes tenían fama de tacaños y de “no dar agua ni al gallo de la pasión”, como reza conocido refrán.

Uno de tantos días en que recorrían el terregoso camino, al pasar en las curvas del Nahual, el camión comenzó a elevarse por los aires mientras se escuchaba tenebrosa carcajada, a lo que presumían en dicha acción intervenía el mismísimo demonio a manera de castigar la tacañería del conductor, ante dicho suceso éste prometió construir una capilla en honor a la virgen si lo salvaba de este trance, a lo cual parece fue escuchado y su pedimento concedido, el camión comenzó a descender y veloz se alejó del lugar de inmediato y cumpliendo su promesa mandó construir con sus propios medios una ermita que desde entonces adorna estas curvas que ahora se les conoce con el nombre de “curvas de la ermita”.

Dicen los que por ahí transitan que en ciertas noches de luna llena actualmente, puede observarse en las cercanías de la ermita a una mujer de la que no ven sus facciones; peinar una larga cabellera bajo los rayos de la luna, hay quienes aseguran que es una presencia maligna que espera que pase alguien cuya alma tenga un alto cúmulo de pecados para hacerse presente y darle un escarmiento y una oportunidad de redimirse.la ermita

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