Abelardo Ahumada

Vislumbres del 19 de mayo de 2021.

VISLUMBRES

PRELUDIOS DE LA CONQUISTA

Capítulo 46

Abelardo Ahumada

La experiencia nos demuestra que con el correr de los años el olvido va venciendo a la memoria. Pero igualmente nos dice que de cuando en cuando hay algunos ancianos excepcionales a los que parece que no se les olvida nada, y todo indica que de esa calidad eran los seis que “los alcaldes y señores principales de la Provincia de Amula” designaron para que les fuera aplicado el muy largo cuestionario que el Real Consejo de Indias elaboró en 1577.

Los dos ancianos de Zapotitlán que dieron sus testimonios ya estaban bautizados como católicos, y cuando a mediados de agosto de 1579 se presentaron a la entrevista, fueron registrados así: “don García Padilla (78 años) e don Baltasar (‘ochenta largos años’), principales e indios antiguos e hijos de los señores antiguos desta provincia”. Y luego asistieron, por turnos de dos, los de Tuxcacuesco y los de Cuzalapa.

Pero antes de exponer lo que respondieron a las preguntas que trataban de indagar sobre sus guerras, debo decir que, después de leer TODO LO QUE ELLOS DIJERON, consideré necesario cotejar sus testimonios con los que eventualmente habrían dado los ancianos indígenas de los pueblos tecos y michoaques que también participaron en esa misma serie de entrevistas, y así lo hice, encontrándome con un gran cúmulo de opiniones coincidentes, por lo que llegué a la conclusión de que entre todos ellos estaban dando indubitables pruebas testimoniales de que la guerra teco-tarasca fue totalmente cierta, aun cuando la motivación que los michoaques hayan podido tener para continuarla no haya sido la de apropiarse de los salitrales de las lagunas de Zacoalco y Sayula.

¿De dónde, entonces, habría surgido la idea de que ése fue el motivo de la confrontación bélica que algunos historiadores denominaron “La Guerra del Salitre”?

Ya les había comentado que ninguno de los historiadores de Jalisco y Colima que hasta entonces me había tocado leer tuvo el tino de mencionar la fuente de donde obtuvieron los datos de tan sangrientos sucesos. Pero lo que no les he comentado aún es que, durante la época en que inicié mis indagaciones, varias veces me tocó escuchar y leer el nombre de un moderno historiador jalisciense que, según versiones, negaba esos hechos. Me refiero a José María Muriá, cabeza visible de un grupo de arqueólogos e historiadores profesionales a los que, usando una frase muy suya, a partir de ahorita los mencionaré como los de “La Nueva Tradición”.

Un caso parecido estaba sucediendo en nuestro estado cuando Humberto Silva Ochoa, rector entonces de la Universidad de Colima, decidió importar a “verdaderos historiadores” para implantar en ella la licenciatura y la maestría de Historia Regional, trayéndose, entre otros, a Pablo Serrano Álvarez y a Servando Ortoll, quienes en su momento se presentaron “partiendo plaza” en la universidad y sus medios, pavoneándose con sus trajes de luces, minimizando a todos los aprendices de historiadores que formábamos parte de la Sociedad Colimense de Estudios Históricos, y a los recordados paisanos que, ya muertos entonces, mucho contribuyeron para desentrañar algunos de los misterios de la historia de Colima, y para colocar las pistas de otros enigmas que necesariamente tendrían que seguir desentrañándose.

No sobra decir que los más viejos y eruditos de mis compañeros se sintieron un tanto ofendidos y vilipendiados por los desplantes que escenificaron las nuevas adquisiciones de la Universidad de Colima, pero como tampoco viene al caso detallar lo que sucedió en torno a eso, debo volver al tema, mencionando lo que los integrantes de “La Nueva Tradición” escribieron en el Tomo I de su voluminosa “Historia de Jalisco”:

UNA “PATRAÑA DAÑINA”. –

Ese tomo abarca “desde los tiempos prehistóricos hasta fines del siglo XVII”, pero inicia con un “Prólogo” general para toda la obra, redactado por Muriá, quien aparece como su director.

Prólogo que en sus primeros renglones da la impresión de ser un reconocimiento “a la pluma de Luis Pérez Verdía”, autor de la “Historia Particular de Jalisco”, publicada “entre 1910 y 1911”, pero que más adelante se va revelando como una mofa para “el historiador porfirista”, a quien acusa de que casi nunca “consultó los archivos, prefiriendo el encierro entre los numerosos libros de su propiedad”; que fue muy subjetivo y que, por tanto, su obra es “obsoleta”. 

Con esos antecedentes por delante, entiende uno el trato displicente y burlón que los redactores del Capítulo IX: “La Nueva Tradición”, les dieron a los historiadores de la, por ende, “Vieja Tradición”, a los que mencionan como “apologistas de la Confederación Chimalhuacana”. Viejos historiadores a los que los “nuevos” pretendieron refutar con siete argumentos que aparecen en las páginas 255 y 256 del mencionado tomo. Y en los que afirman – con obvio consentimiento del director de la obra- que la “confederación” fue una “patraña (…) particularmente dañina al entendimiento del pasado indígena del Occidente, así como al conocimiento de los problemas subyacentes al momento de la Conquista española”. Tema, por cierto, al cual, luego de estar hablando de la arqueología y de mencionar las armas encontradas en las tumbas de tiro, saltaron inmediatamente, sin mencionar una sola frase sobre la vida, la obra, la identidad y los logros de quienes habitaron la región desde la segunda fase del “Posclásico Occidental” o “Postclásico Evolucionado”, que ellos denominan y ubican entre el 1200 y el 1350, hasta principios del siglo XVI, como si en esos casi dos siglos no hubiera habido historia en toda esta amplia región, y como si la Guerra del Salitre y el “Reino de Coliman”, de los que con tanta enjundia hablan los historiadores de la vieja tradición, no hubiesen existido. 

Complementando su tesis, arguyen también que “ninguna de las fuentes primarias de los siglos XVI y XVII” hablan de los “hueytlatoanazgos”, o de la existencia de una “alianza mayor” en materia de guerra. No obstante que en la página siguiente aparece un mapa, cuyo pie de foto dice: “Extensión y conquistas del estado Tarasco”. Mapa que me indica que alguno de los autores, traicionado tal vez por su subconsciente, quiso contradecir a los demás, señalando que sí se llevaron a cabo las guerras  entre tecos y tarascos.

Otro pequeño detalle que debo mencionar consiste en que él (y/o sus compañeros) afirmaron que, si los michoaques invasores pelearon en contra de los pueblos de la zona lacustre de la Provincia de Xalisco, sólo lo hicieron contra “tropas locales” y nunca unificadas y menos “confederadas”, ya que, según sus muy sesudas apreciaciones, lo que prevaleció en esos pueblos situados al occidente de Michoacán fue un conjunto de “asentamientos dispersos”, en donde sus habitantes lo máximo que podían hacer era el tratar de irse acomodando, o adaptando a los requerimientos que les planteaba el “medio ambiente”.

Consideraciones que me parecieron de lo más errado, puesto que todo ello querría decir que los habitantes de todos esos pueblos eran muy primitivos, e incapaces, por tanto, de comunicarse y comerciar, por ejemplo, entre sí, cuando lo cierto era que los ancianos a los que hace rato hice referencia, hablaban de otros detalles que estos estudiosos tal vez ignoraban, o decidieron pasar por alto.

En este punto cabe, creo, disculparlos, porque en la época que ellos escribieron su libro no se tenía noticia de los hallazgos que más tarde se dieron en “Almolonia, La Campana, o como cada quien le quiera decir”. Pero como fue tan displicente el trato que los integrantes de “La Nueva Tradición” le dieron a los historiadores de “La Vieja”, traté de encontrar más elementos para dilucidar quiénes podrían tener la razón o no; pero como “la carga hace andar al burro” y yo tenía la urgente necesidad de aportar “pa’l chivo” de la casa, tuve que dedicarme a muchas otras labores y durante 25 años pospuse esa indagación. No siendo sino hasta que la plaga del Covid 19 se declaró también en nuestra tierra cuando, debiendo estar forzosamente enclaustrados en nuestras casas, tuve oportunidad de retomarla, con miras a redactar los primeros capítulos de este libro “semanal”.

Así que, ya estando trabajando en eso, y llevando ya publicados seis o siete capítulos, en uno de esos “pandémicos” días le hablé por teléfono a mi buen amigo y compañero cronista, José Salazar Aviña, miembro también de la SCEH, quien, habiendo ya leído lo que yo llevaba publicado, “vislumbró” hacia dónde me dirigía y me hizo saber que, unos pocos días atrás, cuando como buen marino cibernético navegaba en el mar virtual de la Internet, se encontró con un librito que tal vez me podría servir para mis propósitos, y esa misma noche me lo envió por correo electrónico:

EL ORIGEN DE LA SUPUESTA “PATRAÑA”. –

El título del documento es: “La Confederación Chimalhuacana y las fuentes históricas”, del sacerdote jesuita José Bravo Ugarte, nacido en Morelia, Michoacán, en 1898 y muerto en la ciudad de México el 13 de octubre de 1968, un día después de la inauguración de los XIX Juegos Olímpicos.

Este hombre, que obtuvo el doctorado en historia en la Universidad de Georgetown, en los Estados Unidos, que dio clases de historia en el Seminario de Montezuma, Nuevo México y fue miembro de número de la Academia Mexicana de Historia, anotó en su opúsculo que la existencia de dicha “Confederación” constituyó un “PROBLEMA COMÚN DE LA historia prehispánica de Nayarit, Jalisco, Colima y Michoacán (…) Nacido al parecer, como explicación sencilla, intrascendente, rutinaria, de la historia antigua de Jalisco, dada en su clase por un profesor de Guadalajara y difundida por él con su texto escolar entre varias generaciones”.

Hecho que “no pareció”, en un principio, “problema a sus contemporáneos” y que, aun cuando fue una “verdadera innovación histórica en cuanto al nombre, territorio, miembros y estructura” política de la Provincia de Xalisco, “se dio por supuesta, sin discutir sus fundamentos históricos”.

Añade que el autor de la “innovación” fue el “Lic. don Ignacio Navarrete (1837-1880) oriundo de Guadalajara y catedrático de Historia en el Liceo de Niñas del Estado”, quien en 1872 publicó “en su ciudad natal un Compendio de la Historia de Jalisco, hecho en forma de catecismo”, sin que lamentablemente citara fuente alguna de la que pudo haber tomado esa información. 

Información que según el padre Bravo no aparece “ni (en) los documentos indígenas, ni (en) los (que redactaron los) conquistadores, ni los cronistas primitivos, ni los historiadores que precedieron a don Ignacio”. 

Presentando enseguida los importantes datos que le dieron pie para concluir que, así como no existió ningún Chimalhuacán en la Nueva Galicia; tampoco hubo alguna organización local que pudiera ser considerada como una “unidad geográfica”, y menos como una “unidad política”.

Tomando en cuenta, pues, la abundante y bien documentada argumentación del padre Bravo Ugarte, entendí cuál fue el origen y quién fue el autor de la “innovación” histórica a la que poco más de cien años después Rulfo quiso desmentir “de una vez por todas”, y a la que los historiadores de “La Nueva Tradición” calificaron como “patraña dañina”. Pero igualmente capté que ninguno de quienes argumentaron en contra de la “Confederación Chimalhuacana”, negó, atacó o trató de desmentir la temporalidad y las acciones que tan prolijamente describió el profesor Navarrete al referirse a la denominada “Guerra del Salitre”. Hecho que me llevó a pensar que, aun cuando contradijeron la existencia de la “confederación”, nunca pudieron negar los hechos de la guerra. 

Pero ¿qué fue, entonces, lo que explícitamente escribió al respecto al profesor Navarrete?  – Eso es lo que voy a tratar de resumir ahorita, quitándole todo “el ropaje” de la referida “confederación”: 

Su desarrollo de tal tema inicia con una pregunta: “¿En qué tiempo hubo esa guerra y por qué causas?” Y su primera respuesta brinda un muy apretado resumen de los antecedentes que en ya muy largos capítulos hemos expuesto aquí: 

“Desde tiempos remotos había continuas disputas entre el Reino de Michoacan” y los pueblos dueños “de las salinas de Tzacoalco; pero en todas las batallas”, la victoria – dice- fue de éstos últimos.

“Ocupaba felizmente el cetro de los aztecas a principios del siglo XVI, Moctezuma Xocoyótzin, y el Reino de Michoacan Tangaxoan Bimbicha (sic). Ambos monarcas extendieron sus dominios a costa de los Estados colindantes. Hasta que los dos se encontraron en los campos de Taximaroa. Los ejércitos aztecas al mando de Tlahuicole, el tlaxcalteca, y los tarascos dirigidos probablemente por Vehechilze o Wichilze (re-sic), dieron una sangrienta batalla, quedando la victoria para Michoacan”.

Dando a entender que mientras los ejércitos de Moctezuma se recuperaban y emprendían otras conquistas, el cazonci “quiso someter definitivamente” a los pueblos propietarios “de las disputadas salinas; lo cual consiguió, aunque por breve tiempo”. Explicando enseguida lo que según él sucedió: 

Los pueblos de las lagunas se hallaban – dice- “desunidos y prevaliéndose de esa oportunidad (el cazonci) mandó dos columnas: una hacia Tonalan (Tonalá) y otra hacia Tzaulan (Sayula) (… apoyada) por el gobernador (teco) de Xaconan.

“En los primeros encuentros los tarascos salieron vencedores. Cuantoma (señor de Tzaulan) salió derrotado, y Tzitlali (su tributario) abandonó Acatlan (Santa Ana Acatlán) para fundar Cocolan (Cocula) en la cumbre de un cerro.  

“La columna norte también salió victoriosa y llegó esparciendo terror hasta Yahualulco (Ahualulco), cuya población redujo a cenizas…

“Después de estos contratiempos”, los pueblos vencidos “estaban desalentados y próximos a someterse, cuando el rey de Coliman (se hizo presente en la zona y) se encargó de levantar los ánimos (de sus vecinos, tecos también) y poniéndose a la cabeza” (de algunos de aquellos caciques), logró reunir “dos cuerpos de ejército”, con los que “atacando” a los invasores “cambió la suerte” y el resultado de aquella guerra.

A continuación, Navarrete añade que, aun cuando se ignora el nombre del “Rey de Coliman”, tuvo éste la fama de ser un hombre “prudente, justo y valeroso”, y que tal vez por esa fama, pudo lograr que se unificaran para pelear varios caciques más: Zoma, de Xallan (Jala) que había marchado junto con él desde la costa colimota; Capaya, que llegó procedente del lejano Autlan (Autlán); Cuitzaloa, de Tochpan; Ciutlaxilli (o Cuitlaxilli) de Tzapotitlan; Xitómatl, de Cotzalan; Calizentli de Tlamazollan; Opochtli de Chapalan y “el intrépido Minotlacoya, señor de Tzapotlan”. Quienes, unidos quizá por esa única vez, y encomendándose a un dios al que llamaban “Ixtlacatéotl, dios encubierto”, recompusieron sus armas y atacaron a los invasores por el rumbo de Tzacoalco.

Mientras que, varios otros pueblos, circundantes en su mayoría del Lago de Chapalac, lograron unificarse también, bajo el mando del “capitán Cóyotl, súbdito del rey de Tonalan”. 

Ofreciendo muchos otros datos más, de los que, lamentablemente, voy a tener que hablar en el próximo capítulo.  

PIES DE FOTO. –

  1. Para mí es un hecho incontrovertible que varios integrantes de la Sociedad Colimense de Estudios Históricos han contribuido a desentrañar algunos de los misterios de la historia regional.
  2. En 1980, un grupo de arqueólogos e historiadores encabezados por el Dr. José María Muriá, publicaron una nueva “Historia de Jalisco”.
  3. En el primer tomo, que supuestamente habla “desde los tiempos prehistóricos hasta fines del siglo XVII”, se saltaron sin averiguaciones desde mediados del siglo XIII hasta los inicios de la conquista española.
  4. Y, sin embargo, publicaron este mapa con la leyenda: “Extensión y conquistas del estado Tarasco”.
Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

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