Vislumbres

Primera parte

Aniversario muy deslucido.

Al valorar el tamaño y los alcances de los eventos que tanto la Secretaría de Educación, como las direcciones de cultura de los ayuntamientos colimotes realizaron el domingo 20 para conmemorar el inicio de la Revolución Mexicana, volvimos a constatar que éste es un capítulo ya casi totalmente olvidado; y que cuanto aconteció en Colima durante esa época es muy poco conocido.

Con base en lo anterior, y dado que tampoco hay mucho qué comentar sobre las noticias actuales, salvo el fallecimiento del padre Sergio Castillo, a quien dedico estas páginas, invito a nuestros lectores a que se tomen unos minutos para que conozcan un poco al menos de cuanto aconteció en Colima durante ese lapso convulso:

¡Ahí viene el tren!

En mayo de 1908, cuando gobernaba en nuestra entidad don Enrique O. de la Madrid, tatarabuelo (o tío-tatarabuelo, por cierto, de José Ignacio Peralta Sánchez, actual gobernador), se supo que ya estaban abiertos casi todos los túneles de la vía del ferrocarril, en los tramos de Atenquique-Alzada, y de Coquimatlán a Caleras, siendo posible que los últimos rieles que faltaban se podrían colocar antes de que comenzaran las lluvias.

Dicha noticia causó alboroto entre nuestra antigua parentela, porque ello significaba que, a partir de que llegara al tren a Colima, se iba a poder viajar entre esa ciudad y Manzanillo en sólo unas pocas horas, y que el trayecto a Guadalajara se pudiera realizar también en medio día, en vez de las casi cinco dificultosas jornadas que, en bestia o a pie, normalmente se gastaban por las veredas de lo que había sido el Camino Real.

Pero si aquella era una perspectiva de progreso para las clases adineradas, representaba en cambio la inminente crisis de los arrieros y, no daba motivo, tampoco, para incrementar la esperanza de los peones de las haciendas que, sujetos como estaban al pesado trabajo de las salinas, las yuntas, los trapiches y el corte de caña, sobrevivían apenas, y por supuesto no podían viajar. Pues contra lo que algunos historiadores se han atrevido a decir, también en Colima las clases sociales eran muy diferentes, predominando las bajas, en las que, como casi siempre, se colocaban los dichos peones, los obreros de algunas pequeñas fábricas y talleres, los empleados de mostrador y los numerosos sirvientes de la clase más encumbrada. Constituida ésta por los más grandes comerciantes, unos cuantos industriales y los hacendados que casi por igual detentaban el poder político y el poder económico. Poderes que recaían, en consecuencia, y se repartían y heredaban unas cuantas familias emparentadas entre sí, más por sus intereses que por sus amores. Todo ello al amparo (y con el consentimiento) del presidente Porfirio Díaz, de quien se replicaban en la entidad las mismas prácticas reeleccionistas que desde casi 30 años atrás él había impuesto en la figura presidencial, por lo que, dependiendo de la clase social a la que se pertenecía, se le amaba y odiaba a la vez.

Algunas dificultades técnicas enfrentadas en la construcción del último de los túneles de la vía impidieron que el esperado tren llegara a Colima en junio, y su anhelado arribo se retrasó hasta diciembre. Habiéndose programado para el día 12 de ese mismo mes, el arribo de “un tren especial”, en el que insólitamente vendrían, para inaugurar la gran obra, nada menos que don Porfirio Díaz Mori, eterno presidente de la República, y el famoso político colimote Miguel Ahumada Sandoval, dos veces gobernador de Chihuahua, y dos veces también, hasta entonces, gobernador de Jalisco.

Casi sobra decir que la ciudad de Colima se puso en estado de fiesta, y que desde mucho antes que llegara el día 12 hubo una gran expectación en nuestra capital y en el puerto de Manzanillo, puesto que el viaje de don Porfirio concluiría allá, para inaugurar asimismo, las obras complementarias del ferrocarril en el playón y en el muelle del puerto.

Era todavía temprano cuando arribó el tren especial a la estación de Colima, se disparó allí una salva de 21 cañonazos, se pronunciaron los obligados discursos, pero el tren continuó su recorrido hasta el puerto, donde de algún modo se repitió la misma escena. Volviendo la comitiva en la tarde para participar en un excelente banquete nocturno en Colima, en cuyo Palacio de Gobierno estaba, distribuida en el patio y los balcones y corredores, y la crema y nata de la sociedad colimota.

Don Porfirio regresó a su vagón provisto de cómodas camas y volvió de inmediato hacia Guadalajara. Pero a partir del día siguiente, los colimotes que tenían con que pagar los boletos, inmediatamente se dispusieron a estrenar el tren y viajar hacia Manzanillo o Guadalajara casi nada más para darse el gusto de vivir para contarlo.

Pero había otros gustos, sin embargo, que ni siquiera los muy ricos se podrían dan en otras materias, por cuanto que, por ejemplo, aun cuando “las actividades políticas no las prohibía ninguna disposición gubernativa, ningún ciudadano colimense podía entregarse, ni con la expresión oral en conversaciones entre amigos o reuniones públicas, al ejercicio o discusión libre en forma independiente”.1

Lo que equivale a decir que nuestros bisabuelos o tatarabuelos colimenses preferían (o tenían que) permanecer callados para no comprometerse o ser denunciados. Todo ello sin mencionar aún que muchos de los miembros de la clase popof  exigían de sus peones y sirvientes el tratamiento de amos, asumiendo éstos delante de aquéllos una actitud patriarcal, muy similar a la que asumía también don Porfirio respecto de sus gobernados.

Un suceso que convulsionó al estado

Buen rato estuvo don Enrique O. de la Madrid disfrutando el recuerdo de los grandes momentos en que participó junto con don Porfirio, pero tres meses después, en marzo de  1909 (unas pocas semanas antes de que en la ciudad de México se constituyera el Club Antireeleccionista, en el que habría de figurar don Francisco I. Madero), ocurrió en Colima un triste acontecimiento que colocó al estado en los titulares de todo el país, y puso en entredicho la fama del gobernador la Madrid. A ese episodio se le conoció nacionalmente como El Crimen de Los Tepames. Que en esencia se concretó a lo siguiente:

“Los crímenes fueron perpetrados en el pueblo del mismo nombre el 14 de marzo de 1909, en las personas de Bartolo y Marciano Suárez, por Darío Pizano con una sección de la Policía de Colima, en complicidad con Mauricio y Fermín Anguiano, tomando como pretexto una orden de aprehensión dictada en contra de Bartolo Suárez por el delito de violación… Los enemigos políticos del Gobernador Lamadrid (sic) explotaron el crimen de Tepames en contra de su administración; aunque éste afirma (re-sic) que los Suárez sí hicieron resistencia a la Policía cuando fueron a aprehenderlos y que hubo bajas por parte del cuerpo policiaco”.2

Pero describiendo el acontecimiento con un poco de mayor detalle, otro redactor anotó:

“En Tepames, frente al jardín y a unos cuantos pasos del curato está la casa de la familia Suárez, donde la mañana del 14 de marzo de 1909 penetraron por las bardas el comandante de la policía de Colima, Darío Pizano, y los hermanos José, Onofre y Mauricio Anguiano, quienes con lujo de crueldad asesinaron a Bartolo Suárez en los brazos de sus afligida madre, hiriendo a la vez a su hermano Marciano, quien chorreando sangre, casi agonizando corrió al curato para confesarse con el P. Daniel Negrete, pero hasta allá penetraron los asesinos y sobre el padre que lo confesaba e imploraba por él, lo mataron a balazos, hiriendo a la mamá del mismo padre. Así empezó una serie de crímenes que había de aniquilar a las familias Suárez y Anguiano, dándole a la vez a Tepames una triste celebridad, dividiendo a […] a todo el pueblo y relajándolo en su vida religiosa y moral”.3

Este funesto acontecimiento sirvió para que la prensa contraria al gobernador atizara la hoguera de la inconformidad. Destacando en esa tarea J. Trinidad Alamillo, periodista villalvarense, dueño de La Gaceta en Guadalajara. Periódico que se dedicó a concitar el odio de una buena parte de la ciudadanía colimota, que había visto al cuerpo de la policía estatal cometer ése y otros desmanes. Con la consecuencia de que se comenzaron a caldear los ánimos y se pensó en un cambio de gobierno.

La memorable visita de El Chaparrito Madero

Y sobre ese cambio de gobierno les vino a hablar, ya para finales de diciembre, aquel entusiasta coahuilense que andaba recorriendo el país para presentar su libro sobre La Sucesión presidencial de 1910, y en el que manejaba su ya famoso lema “sufragio efectivo, no reelección”.

Madero llegó a Colima en el tren el 27 de diciembre de 1909, “acompañado de su esposa Sara P. de Madero, del licenciado Roque Estrada y Elías de los Ríos, su mecanógrafo […] hospedándose en el Hotel Cosmopolita, propiedad de don Ezequiel Campuzano”,4 ubicado en la esquina suroeste del cruce de las calles conocidas entonces como Principal y De los Once Pueblos (hoy Madero y Ocampo, respectivamente).

Sus escasos simpatizantes de Colima habían solicitado el Teatro Santa Cruz para que pronunciara su discurso allí, pero se les negó, e igual ocurrió con el kiosco de la Plaza de Armas, por lo que El Chaparrito Madero tuvo que irse al mercado de El Rastrillo durante la mañana del día 28 (¡Día de los Santos Inocentes, para acabarla de amolar!), y subirse en una mesa que le prestaron, para desde ella pronunciar las palabras revolucionarias que iba difundiendo por el país y que sólo unos 150 colimenses oyeron. Entre ellos un joven integrante de la policía montada llamado Eugenio Aviña. Quien un año y medio después habría de tomar las armas e iniciar la insurrección aquí.

Las elecciones presidenciales estaban previstas, pues, para el primer domingo de julio de 1910, pero como ya era costumbre, desde abril, el gobernador y su gente comenzaron a organizar:

“la farsa electoral haciendo los empleados y los allegados y amigos una campaña subterránea a favor del general Díaz, campaña que a la postre resultó tal como se tenía planeada; es decir, que resultó electo el general don Porfirio Díaz para presidente de la República y don Ramón Corral para la Vicepresidencia”.5

Dando al traste con todas las expectativas de cambio democrático que había despertado en el país Madero con su gira.

Continuará.

Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

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