Abelardo Ahumada

Vislumbres por Abelardo Ahumada.

Es claro que en materia de seguridad (pero sobre todo de inseguridad) todos los niveles de gobierno deben de involucrarse y coordinarse, pero ¿se involucran y coordinan?

Desde la perspectiva de un simple observador ciudadano, uno tiene la impresión de que los distintos cuerpos policiacos, más que coordinarse se estorban y hasta se pelean. Ya sea porque algunos de ellos son cómplices de las mafias que los tienen en sus nóminas, o porque la mirada chata de quienes los mandan ven a los otros policías como sus contrincantes, en vez de verlos como sus aliados.

En razón de lo anterior y de que en nuestro estado la criminalidad sigue operando a sus anchas, no nos pareció de ningún modo descabellado que los diputados locales decidieran a principios del mes convocar a los diez alcaldes para que, cada uno durante un tiempo prudente, dijera qué tanto ha hecho o dejado de hacer en su respectivo ámbito de competencia. Pero sí fue raro que no convocaran para eso al gobernador, quien en su caso sería el primer responsable de la seguridad en el estado. ¿Por qué? No lo sabemos, pero hubo varios indicios después en el sentido de que, una de dos, o que sus diputados afines lo habrían querido eximir de su responsabilidad, o que buscaban el modo de trasladar una parte de aquélla a los diez ediles  para que, compartiéndola, se diluyera un poco la del titular del Ejecutivo. Tal como lo declaró el alcalde municipal de Cuauhtémoc un día después de su comparecencia: “Citan a los diez alcaldes, menos al gobernador [y] les hacen pregunta tras pregunta como si ellos (los diputados) fueran expertos en seguridad” [tal parece con el propósito de] “exhibirnos y decir que la culpa de la inseguridad es de los alcaldes”.

Dentro de este contexto los ediles fueron citados en orden alfabético respecto a los nombres de sus municipios, y desde luego inició, la mañana del martes 16, el de Armería, quien dijo lo que tenía que decir y pasó sin mayor problema el examen de los diputados asistentes, porque, para variar, no todos fueron. Pero la bronca se le vino encima la tarde de ese mismo día a Héctor Insúa, alcalde capitalino, porque se atrevió a decir que según lo establece la Constitución local, no es a él, sino al gobernador, a quien le competen los temas de la seguridad en la capital del estado.

¿Por qué lo comenzaron a tundir primero en el Congreso y luego en toda la prensa oficialista  si todo eso que dijo es cierto y deriva de la legalidad vigente?  Analizado muy friamente las cosas cualquier lector perspicaz puede entender que todo eso le está ocurriendo hoy a Héctor Insúa es  porque apenas hace unos poquitos días recibió, incluso de muchos priístas ya no muy convencidos del liderazgo de JIPS, numerosos elogios y reconocimientos por la organización y la realización del Segundo Festival Internacional del Volcán. Hecho innegable que puso en alerta a sus enemigos políticos, porque lo vieron con un gran potencial electoral para el año que viene. Aunque taimados como suelen ser digan a esto que no.

Otro tipo de seguridad.-

Y para que los lectores vean que también nos gusta resaltar lo bueno, quiero comentarles una nota positiva del gobierno estatal que me llamó muy poderosamente la atención, publicada este martes 23, en Diario Ventanas, que hace alusión a una tarea importantísima y muy poco conocida que cotidianamente realizan algunos elementos de la Secretaría de Salud y Bienestar Social del Gobierno del Estado, a través de la Comisión Estatal para la Protección Contra Riesgos Sanitarios (Coespris).

La tarea a que me refiero consiste en subir a bordo de los barcos que atracan en Manzanillo antes de que descienda de ellas cualquier tripulante o pasajero, para indagar si no traen consigo  alguna enfermedad contagiosa, como viruela, poliomielitis, influenza, cólera, fiebre amarilla o cualquier otra enfermedad epidémica.

En dicha nota se informa que tan solo el año pasado se revisaron mil 888 buques de todos tipos y calados, y que posteriormente se les permitió descender al puerto y calles de Manzanillo a 47 mil 200 tripulantes y 20 mil pasajeros “que no representaban ningún riesgo sanitario asociado a la propagación de alguna enfermedad infecto contagiosa”, como lo tiene previsto el Reglamento Sanitario Internacional vigente. Una labor, como dije, importantísima que hasta el momento ha impedido que cunda por nuestra región otra epidemia mortal, como la de la peste amarilla que asoló a casi todos los puertos del Pacífico entre los meses de julio y agosto de 1883.

Cincuentenario.-

Este próximo jueves 26, el municipio de Armería cumplirá 50 años de haber sido erigido. Siendo, en consecuencia, el municipio más joven de toda la entidad.

Hasta un día antes de esa fecha, tanto Armería, como Cuyutlán, Zorrillos (hoy Los Reyes) y una gran parte de la laguna salada de Cuyutlán habían pertenecido al entonces muy extenso municipio de Manzanillo, mientras que las hacienda de El Banco y Cuastecomatán, junto con algunos otros ranchos,  ubicados en lo que hoy es la parte norte del municipio, pertenecían a Coquimatlán. Pero como la población de Armería se incrementó primero a raíz del maremoto de Cuyutlán, y luego a raíz de la conformación de importantes y muy productivos ejidos, el Congreso, por iniciativa el profesor Juan Oseguera Velázquez, y de común acuerdo con el gobernador Francisco Velasco Curiel, decidieron, en mayo de 1967, convertir a ese girón de tierras colimotas en el municipio número 10.

A mí me tocó (porque mi papá era el jefe administrativo de la Sociedad Cooperativa de Salineros de Colima) vivir unos años en el pueblo salinero de Cuyutlán, y acudir con cierta frecuencia al vecino pueblo de Armería, constatando que, en efecto, su gente era muy dinámica y productiva, y estaba convirtiendo a todas esas planas tierras aptas para el riego en un verdadero emporio agrícola, en el que prevalecía la producción de coco, limón y plátano, casi con la misma intensidad con que los producían los agricultores del vecino Valle de Tecomán. Por eso me da mucho gusto saber que Armería cumplirá este próximo viernes 26 su primer medio siglo como municipio, pese a no ignorar que las condiciones de vida de sus pacíficos pobladores están siendo violentadas principalmente por fuereños ambiciosos que carecen de moral y no tienen consideración alguna por la vida y los derechos de los armeritenses y demás paisanos.

Centenario.-

Muy en otro tenor quiero comentar también que, de haber vivido hasta la fecha, el pasado martes 16 habría cumplido cien años de su nacimiento Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno,  famoso escritor jalisciense mejor conocido como Juan Rulfo. Un individuo que nació en el pueblo de Sayula, Jal., pero que desde temprana edad fue llevado a vivir al entonces remoto, incomunicado y casi desconocido pueblo de San Gabriel, en la zona noroccidental del Nevado de Colima, muy cerca de una región muy seca y despoblada que desde varios siglos atrás fue conocida como “El Llano Grande”, y a la que al niño Rulfo le tocó varias veces atravesar a pie o en bestia, cuando iba de vacaciones con sus parientes de Apulco y Tonaya.

Inspirado en esos paisajes áridos, desolados y casi totalmente desérticos, luego, Rulfo, cuando ya vivía en Guadalajara y era un lector vicioso, comenzó a escribir una serie de cuentos que, retomando el tono y las variantes dialectales de los viejos de la región, recrean un ambiente de pobreza, desolación, delirios y desesperanzas. Mismos que poco a poco fue publicando en la década de los 40as, en la revista “Pan”, donde también colaboraba como ilustrador el joven pintor y dibujante colimote, Alejandro Rangel Hidalgo, quien a la postre se hizo amigo del sayulense y le ilustró, entre otros, Luvina, un cuento magistral, de ambiente un tanto tétrico, pero no exento de un humor corrosivo y filoso, narrado en la voz de un viejo profesor rural muy dado a la bebida, que durante sus primeros años de servicio tuvo la mala suerte de haber sido enviado a trabajar allá, enterrándose, como quien dice, en las frías tolvaneras de Luvina, a dar clases a niños cuasi fantasmales, para ofrecerles algo de comer a los propios.

Con 17 de esos cuentos (en los que, insisto, se ventila el habla de los viejos de nuestra región), el Fondo de Cultura Económica le publicó a Rulfo el volumen El Llano en Llamas, que tomó el título de uno de esos relatos. Y dos años después publicó Pedro Páramo, una pequeña y extraña novela que “mundializó”, por decirlo así, el nombre de Comala. Un pueblo que, sin embargo, no era nuestro verde Comala colimote, sino una especie de cementerio en el que por azares de la vida (o por mejor decir de la muerte) todos los enterrados ahí seguían teniendo oportunidad de conversar  por medio de murmullos.

Casi sobra decir que estos dos únicos y no extensos libros, bastaron al escritor para adquirir fama mundial, y para orientar la mirada de los lectores de muy diversos idiomas al Llano Grande, a San Gabriel y, por supuesto, tanto al Comala mítico, como al Comala nuestro.

Sobre esto último quiero finalmente comentar que el sábado 21 de los corrientes nos tocó asistir (junto con un grupo de inteligentes amigos), al XX Festival Cultural 2017, desarrollado en San Gabriel, Jal., habiendo tenido la oportunidad de presenciar la presentación de un volumen colectivo titulado “[Los] Comalas de Jaliscolimán”, coordinado y editado por José Fernando González Castolo, director del Archivo Histórico del Municipio de Zapotlán El Grande, Jalisco, y por Enrique Ceballos Ramos, miembro de la Sociedad Colimense de Estudios Históricos. Libro cuya presentación concitó la presencia de un público numeroso y diverso, procedente de Guadalajara, Ciudad Guzmán, Colima y otras ciudades y pueblos de la región en la tierra de Juan Rulfo. Y que será un libro de consulta para todos los amantes de la literatura rulfiana.

Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

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