Abelardo Ahumada

VISLUMBRES

PRELUDIOS DE LA CONQUISTA

Capítulo 49

Abelardo Ahumada

Dando continuación a los testimonios que brindaron los ancianos más memoriosos de “la Provincia de Amole”, déjenme decirles que “la segunda cabecera” de dicha provincia fue el pueblo de Tuxcacuesco, Tuscacuesco o Tuchacacuexco, según aparece escrito en diferentes documentos del siglo XVI. Y que la parte más antigua de ese pueblo está fincada, todavía hoy, en la ribera norte de un hermoso río que allá lleva ese mismo nombre, y que cosa de unos 15 kilómetros hacia el sureste se une, en un punto conocido como Paso Real, con la corriente del Río Ayuquila, para formar entre ambos el que se conoce como Río Grande o Armería, que atraviesa todo el estado de Colima, de norte a sur.

He estado al menos ocho veces allí. Y de las ocho tuve oportunidad de acampar y pernoctar en tres junto a ese hermoso río. Por lo que sé muy bien que las tierras adyacentes al pueblo, ubicadas en un nivel más bajo que las tierras sequísimas del Llano Grande, son muy productivas, y suelen dar hasta tres cosechas al año, pues son irrigadas por tan precioso fluido y gozan de un clima caliente y húmedo en el que las milpas, las sandías, los melones y casi todo lo que allí se planta crece con más rapidez.

Entiendo que hacia finales del siglo XVI aquél no debió ser un entorno muy diferente, y por eso podemos imaginar que, bajo la sombra de un árbol muy copudo, o bajo la techumbre de zacate del jacal más grande de aquella comunidad, un día equis del lluvioso mes de septiembre de 1579, empezaron a reunirse “los principales del pueblo”, para escuchar las palabras del alcalde mayor de la provincia.

Y sabiendo cómo crece aquel río desde julio hasta noviembre, quiero agregar el dato de que, instalados en donde haya sido, hasta ellos llegaba el rumor de la creciente, mientras que un nublado espeso los libraba del rayazo del sol, y les brindaba un poco de frescura en aquel lugar en que, encajonado como está entre el gran llano y los cerros, suele hacer bastante calor. Pero leamos mejor lo que redactó el escribano en los párrafos introductorios:

“En el pueblo de Tuxcacuesco, segunda cabecera desta provincia de Amula, estando el dicho señor Alcalde Mayor en él para hacer las diligencias y averiguaciones que su Majestad manda, hizo (com)parecer ante sí a los alcaldes y principales de él; a los cuales, estando presentes, su merced mandó que con toda rectitud declaren y digan qué personas hay en esta dicha provincia más antiguas, que puedan decir y declarar, clara y abiertamente la verdad de lo que les fuere preguntado, conforme a la dicha instrucción”.

“Los cuales dijeron que un Luis de Ávalos, de edad de ciento y veinte años, poco más o menos, y otro indio llamado Juan Gaspar, de cien años, poco más o menos; a los cuales, estando presentes, se les mandó prometer que ansí lo harían. E dijeron que sí, en todo lo que supieren, sin fraude (…) mediante lengua de intérprete”. 

Al llegar a este punto me saltaré casi la totalidad de las respuestas, para seleccionar sólo algunos aspectos que se relacionan con el tema general que estamos tratando de desarrollar, debiendo resaltar que don Luis Ávalos y don Juan Gaspar le dijeron al escribano que “el asiento desta cabecera está en una hoya entre sierras y riscos, y no está al descubierto”, ni a la vista desde el llano.

Y que, sin embargo, tenían sujetos, o sometidos a ellos, a los pueblos de San Pedro, “a dos leguas de dicho pueblo de razonable camino”, Tezontla, que quiere decir “piedra de tezontle” (o piedra volcánica), Tonayan, Tenango y Zoyacapan.

Agregando que antiguamente tuvieron como “su señor principal a un indio que se llamaba Istequtle”, que cargaba consigo una piedra filosísima que cortaba como navaja,” al que tributaban “mantas de algodón, maíz y gallinas”. Aunque en realidad se referían a los guajolotes, porque allí todavía no llegaban “las gallinas de Castilla”, traídas por los españoles.

Y sobre el punto concreto de la guerra, ninguno de los dos ancianos hizo referencia a que la gente del Cazonci haya llegado hasta allí, y sólo comentaron que solían “ir a guerrear con los indios de la provincia de Autlán” y a “munchas otras partes fuera desde provincia”.

Colateralmente, los dos ancianos de Cuzalapa, se llamaban Juan Álvarez, como de 80 años. Y Antón de Luna, como de 100.

Este otro pueblo está remontado en la Sierra de Manantlán, y pertenece al municipio de Cuauhtitlán de García Barragán, Jalisco, colindante con el de Minatitlán, Colima. Estaba en un paraje de muy difícil acceso, y aun cuando a finales del siglo XIX, por orden de un Obispo de Colima lo cambiaron a siete kilómetros de su sitio original, aún hoy resulta muy trabajoso llegar hasta allá.

Ellos dos dijeron que Cuzalapa estaba poco más o menos a medio camino entre la Villa de Colima y la Villa de Purificación, como a diez leguas de distancia de cada una de esas dos primeras villas españolas que hubo en esta región. Dijeron asimismo que siendo la “tercera cabecera de la provincia (…) tenían sujetos a los pueblos de Ayotitlán, Chacala, Quautitlán, Tachichilco y Apango”. Que no debe confundirse con el Apango que está entre Sayula y San Gabriel. Y que estaban bastante más cerca de Autlán que de Colima o de Purificación.

Se expresaban, según eso, en idioma “otomita”, y conforme a su dicho, dijeron que su señor más antiguo era “un indio llamado en su lengua otomita Erearpe, que quiere decir ‘pulga que pica mucho’”. Tampoco hicieron referencia a la invasión michoaque. Y lo que sí dijeron era que solían “guerrear unos con otros” con los pueblos vecinos. Pero no más, y con esto concluimos que, al oeste de los volcanes, la gente del Cazonci sólo llegó a conquistar, y por muy corto tiempo, Amole, Zapotitlan y los pueblos que éstos tenían sujetos.

A diferencia de los informes que brindaron los ancianos de Tuxcacuesco y Cuzalapa, hubo varios otros, de los que fueron entrevistados al oriente de los volcanes, que revelaron otros interesantes datos relativos a dicha conquista.

“LA DANZA DE LOS VIEJITOS”. –

Entre los pueblos de Michoacán hay, como bien se sabe, diferentes coreografías de lo que parece haber sido una danza autóctona, que se conoce popularmente como “La danza de los viejitos”, y es honor de esa tradición que subtitulé esta parte del libro, para incluir, casi con exclusividad, testimonios de “los viejitos de Michoacán”, iniciando con las noticias que nos brindaron los señores de “la Ciudad de Pátzcuaro”:

La relación está fechada el 8 de abril de 1581. La firmó el “bachiller Juan Martínez”, cura que entrevistó a “don Juan Puruata, natural desta dicha ciudad, principal e gobernador de ella”, casado con la “viuda de don Antonio Huitziméngari, hijo y sucesor del último rey michoacano, don Francisco Tsintisicha”. 

No es de extrañar que, casi seis décadas después de iniciada la conquista, se haya dicho que don Pedro Puruata era un “hombre muy ladino (hábil o experto) en lengua castellana”. Pero sí es de notar que, de todos modos, los haya ayudado un fraile llamado “fray Diego Fuenllana, muy hábil en la lengua desta provincia y muy experto en las cosas della”. 

Y en cuanto al aspecto de la relación que nos interesa, lo único que don Juan Puruata hizo fue confirmar lo que desde hace muchos capítulos se expuso aquí: que “en su gentilidad, estos naturales (…) traían guerras con los mexicanos, a quienes siempre resistieron y, en algunas batallas, vencieron y prendieron (a) muchos dellos”. Y que “también guerreaban con los de Colima y Zacatula, y a éstos siempre sujetaron”.

Expresión, ésta última, a la que tengo que confrontar la de los ancianos de Zacatula, quienes en su oportunidad dijeron que “en tiempos de su gentilidad, el mexicano Montezuma sujetaba a esta provincia, desde Cayaco hasta Suluchuca, donde tenía su frontera”. Demostrando con ello la falsedad de la aseveración que al respecto hizo, tal vez para presumir, el gobernador de Pátzcuaro. 

Complementariamente, tal y como ya lo habíamos comentado aquí, Acámbaro está más cerca de Toluca que de Pátzcuaro y, por eso, tampoco es de extrañar que al responder a la pregunta número 15, los ancianos hayan dicho que hasta el momento en que “el Marqués del Valle (Hernán Cortés) vino a esta tierra”, el Cazonci de Mechoacan, jefe de “la nación tarasca (…) señoreaba en esta provincia”. Y, por esa misma razón, los habitantes de dicho pueblo “le hacían, en reconocimiento de vasallaje, algunas sementeras (o sembradíos)”, cuyos productos le entregaban “para regalo y servicio de su casa” y “algunas mantas, no muchas”. Añadiendo que, debido a esa misma sumisión “traían guerra con los indios de Xocotitlan”. Es decir, con los matlazincas o “tolucanos”, con los que “tenían frontera”, y de los que ya hemos hablado mucho aquí. Señalando que de igual manera guerreaban con “los indios de México” que solían llegar “por la banda del oriente”. En tanto que “por el poniente”, como “el dicho señor tenía guerra con los de Xalisco, las gentes deste pueblo le iban a ayudar”.

Por su parte, los ancianos de Chilchotla (que es una de las comunidades que forman parte de la famosa “Cañada de los Once Pueblos”), dijeron igualmente haber sido “sujetos del Cazonci” en tiempos de “su gentilidad”; que le pagaban como tributos: “mantas, camisas (o jubones de algodón) y maíz”. Y que, cuando guerreaban y lograban alcanzar “alguna victoria de los enemigos”, sus sacerdotes sacrificaban a los cautivos y realizaban una “gran carnicería humana” para repartirla entre “los hombres de guerra”. Señalando de manera muy concreta que: “(Por decisión del Cazonci) traían guerra con los (habitantes) de la provincia de Colima, que era grande, y con (los de la) provincia de Amula y otra provincia que se dicen (pueblos) de Ávalos, que están al oeste (de Chilchotla, entre) treinta y treinta y cuatro leguas”.

Los viejitos de Tiripetío coincidieron en señalar que sus guerreros “acudían con soldados con su rey de Mechoacan, todas las veces que los mandaba llamar”. Y que las guerras que ellos solían participar “eran contra (los) mexicanos y (los) matlalzingos de Toluca”. Sin agregar nada más al respecto.

Por su parte, yéndonos ya hacia la costa, nos encontramos con que un poquito tiempo después de que los españoles mineros se hubieron instalado en el área, la dividieron para su gobierno y administración en dos provincias: una a la que denominaron “Motines de Zacatula” (que vino quedando en el actual estado de Guerrero), y otra, a la que, debido a la antigua vinculación que tuvo con el “Reino de Coliman”, denominaron “Provincia de Motines de Colima”, a la que al hallar varias minas allí, posteriormente denominaron “Motines del Oro”. Provincia a la pertenecían muchos pueblos que todavía existen en la costa michoacana, con sus nombres ligeramente cambiados, tales como Quacoman (hoy Coalcomán), Aquila, Maquili, Pómaro, Huitontla, Oztopila, Cuire, Tlatilctla y Tzinacamitlan. Pueblos que, al igual que los de la Provincia de Amole, guardan muy cercana vecindad con los pueblos del Colima actual. Y a cuya cabecera, por falta de caminos con la capital michoacana, consideraban la más cercana ciudad, todavía en la segunda mitad del siglo XIX.

De lo que corresponde a dicha provincia hay tres relaciones: una, muy simple, recogida entre los ancianos de Quacoman, y dos mucho más complejas y llenas de datos que levantaron dos españoles al parecer bastante instruidos, siguiendo punto por punto la Instrucción real:

Por las respuestas que dieron los ancianos de Quacoman, podemos deducir que hasta antes de la llegada de los españoles no tenían un pueblo fundado, y eran todavía muy primitivos, pues dijeron: “Andaban estos naturales antiguamente, antes de que la tierra se ganase (o conquistase por los españoles), desnudos, y andaban todos divididos en (grupos) de diez o veinte y más por cerros y quebradas”, sin ningún señor que los gobernase, salvo “el Cazonci cuando enviaba por su tributo”, y que “traían guerra con los naturales de (otros pueblos) de la provincia de los Motines”.

La del “pueblo de Maquili, que es en esta provincia de los Motines de Colima”, la levantó “Sebastián Romano (…) vecino que al presente soy en estos Motines”, a quien el domingo “15 de marzo de mil e quinientos e ochenta años, el ilustre señor Baltazar Dávila Quiñónez, alcalde mayor” le encargó que se “encargase de hacer la relación de lo que supiese y entendiese sobre los pueblos de Alimanci (Aliman), Epatlan y Cuzcaquahtla”. Pero no la citaré porque, salvo la información de que todas esas poblaciones las tenían encomenderos de Colima, no agrega nada que ilumine nuestro tema.

La tercera relación fue elaborada por Juan Alcalde de Rueda, “estante y morador de una huerta de cacao nombrada Señor San Joseph, en términos del pueblo de Cuxumatlan, y se refiere a cinco pueblos ubicados en las inmediaciones del río Tlatilca, entre Motin y Pómaro, ya muy cerca del mar.

Y entre lo mucho interesante que dice, comenta que “los descubridores (españoles) desta provincia fueron los mismos conquistadores y descubridores de Colima, según a muchos dellos yo oí decir en diversas veces, y los naturales desta dicha tierra dicen, y consta en algunas encomiendas de indios que en esta provincia hay, desde su antigua toma y conquista, hechas en (favor, o a favor de) vecinos de Colima”.

Pero en cuanto al punto que nosotros queremos delimitar, los indígenas por él entrevistados, le dijeron que, aun cuando tampoco tenían un gobernador que los reuniera o lidereara, ellos solían vivir como nuestros abuelos de la primera mitad del siglo XX lo hacían aún, en sus ranchos, es decir “por familias, cada padre con su mujer e hijos por sí, apartados en algún arroyo o fuente (de agua)”, sobre el mejor lado que pudieran conseguir para “hacer sus sementeras” o sembradíos. Y que cuando estaban allí, solían estar quietos, pero se unían para hacer la guerra y expulsar a sus enemigos, como cuando en “algunas veces los tarascos les entraban, cautivaban, mataban y comían”. Y que del mismo modo “les daban guerra los epatecos”, que estaban al poniente de ellos, como “a siete leguas de allí” (unos 32 kilómetros), “gente advenediza de la provincia de los tarascos, que se apoderaron de esta tierra, y de la costa de la Mar del Sur” siendo “muy grandes comedores de carne humana, como los mismos tarascos”. 

Testimonios que, unidos a dos o tres más, nos servirán para enmarcar las conclusiones que expondré antes de que en el capítulo próximo finalice este largo libro.

PIES DE FOTO. –

1.- En marzo de 2011 me tocó acampar por primera vez con unos amigos junto a la hermosa corriente del Río Tuxcacuesco. Por lo que no resulta difícil imaginar el escenario en donde se llevó a cabo la reunión que aquí se menciona.

2.- Detrás de aquellos enormes cerros, pero cargándose un poco a la derecha, estaba Cuzalapa, “tercera cabecera” de la Provincia de Amole. Foto tomada desde el puente de Paso Real, Jalisco, primavera de 2016.

3.- En el rincón que se mira al fondo está la playa de San Telmo, y desde ahí hasta el Río Cachan, era la Provincia de Motines de Colima, en el siglo XVI. Costa michoacana, enero de 2021.

4.- Viendo la abundancia de ríos y arroyos, y la cacería que seguramente abundaba por estas partes, resulta casi increíble aceptar que muchos de los habitantes de esta región eran “grandes comedores de carne humana”. Boca de Apiza, Mich., enero de 2021.

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