Abelardo Ahumada

por Abelardo Ahumada

UN PUNTO DE PARTIDA FALSO. –

Si tomamos en cuenta las acciones que don Roque Abarca y el obispo Juan Ruiz de Cabañas estuvieron promoviendo desde que en julio de 1808 se enteraron de la invasión napoleónica a España, es evidente que don José María Rodríguez Castellanos cometió un error al considerar que la proclama emitida el 19 de septiembre de 1810 por “el Gobernador de Guadalajara” contenía las “primeras providencias” que dicho funcionario tomó “contra el movimiento de la insurrección iniciada por el inmortal Cura de Dolores, Bachiller don Miguel Hidalgo y Costilla”. Un error que para nosotros puede ser muy fácil de perdonar porque, estando él ubicado a cien años de distancia del “Grito de Dolores”, y no siendo un historiador profesional, seguía creyendo, como creímos muchos de los nacidos incluso en el siglo XX, que el movimiento independentista había iniciado efectivamente en ese mes y en ese pueblo, siendo que sólo lo han sabido unos cuantos, dicho movimiento se originó al menos dos años antes y adquirió un gran impulso cuando el Partido Español impidió que en el virreinato se conformara una junta similar en la que los criollos serían mayoría, encarceló a los miembros del Ayuntamiento de la Ciudad de México y depuso al virrey Iturrigaray, porque compartían esas ideas.

Por otra parte, yendo más allá de la errata inicial que cometió el encargado de nuestro muy antiguo archivo, no me queda sino agradecer el enorme esfuerzo que realizó para integrar la valiosísima colección documental que tituló “Colima y la Guerra de Independencia, 1810 – 1821”.  Colección de la que nos estaremos valiendo para referir y contextualizar algunos de los eventos más importantes acaecidos en los alrededores de los volcanes durante los años que en ella se marcan.

LA EXPANSIÓN DE LAS IDEAS INDEPENDENTISTAS. –

Volviendo sin embargo al punto en el que habíamos dejado en suspenso el tema de la “Conspiración de Valladolid”, quiero remitirme a un párrafo del escrito de don Mariano Michelena  que sin querer omití. Y lo hago porque nos revela que “en septiembre de 1809 […] los europeos empezaron a vigilarnos e intimidarnos [a los criollos]: amenazándonos y formando una maza cerrada para contrariarnos” y tratar de impedir que siguiera expandiéndose la idea de que era posible la independencia.

Vigilancia, amenazas y acosos que aun cuando Michelena los restringió al ámbito de Valladolid, parecen haberse practicado también en otras ciudades como Querétaro, Guadalajara y México, como nos lo muestra otro de los muy valiosos documentos que rescató don Juan Evaristo Hernández Dávalos, y en el que con toda claridad se precisa que el 3 de noviembre inmediato, las autoridades de la Capital de la Nueva España emitieron la orden de que se incrementara la “Fuerza del Vivac” (que era un cuerpo policiaco que realizaba las guardias y rondas nocturnas); con “el objeto de reconocer y aprehender [a] todo individuo que se encuentre [armado] en los portales […] de Las Flores, la Diputación y los dos de los Mercaderes, [e] impedir toda reunión de hombres cuyo número pase de seis individuos, desde las once de la noche en adelante”. Orden mediante la que muy claramente se trasluce que dichas autoridades temían que los criollos pudiesen estar tramando la toma de la Diputación, o el propio Palacio Virreinal.

Pero lo único que realmente ocurrió en ese orden de ideas ya para concluir 1809, fue que los “conjurados” de Valladolid fueron aprehendidos y forzados a trasladarse a la capital del virreinato. Donde fueron interrogados por el arzobispo.

Y sólo fue al iniciar enero de 1810 cuando comenzaron a tomar nuevos rumbos los acontecimientos que derivarían en los cambios que hacia finales de ese año tendrían a la Nueva España sumida en una gran convulsión político-social:

La primera goleta que ese año llegó a Veracruz llevó la noticia de que en España acababa de ser disuelta la Junta Suprema Central, y que, habiéndose quedado tres o cuatro días en crisis por falta de un gobierno, asumió el mando una Regencia integrada por varios elementos, cuya cabeza visible era un tal Marqués de las Hormazas, quien, ante la ausencia del rey, fungía en su representación y actuaba como “Secretario de Estado y del Despacho Universal de Hacienda”.

Este singular individuo, cuyo nombre de pila era Juan de Mata de Garro y Robles, empezó a trabajar de inmediato y como carecía de suficientes recursos para seguir actuando en la Península, urdió el modo de obtenerlos de los territorios ultramarinos y, en el caso concreto de la Nueva España, el 10 de ese mismo enero emitió una “Real Orden” para solicitar al Arzobispo Virrey que promoviera en todos los ámbitos de la Nueva España, un “Préstamo Patriótico de 20 millones de pesos”, que se deberían recaudar en lingotes de oro, plata labrada, monedas o alhajas.

Esta “real orden”, que se pretendió disfrazar de solicitud y que se conoció en México hasta ya entrado el mes de abril, encabritó a mucha gente por cuanto que las autoridades comisionadas para recaudar los fondos los presionaron para entregar incluso unas cuotas fijas. Pero por haber sido tan importante en ese momento, transcribiré algunas de sus partes, para que se conozca y se vea el tono político que usaba el mencionado Marqués de las Hormazas.

En la parte inicial, y luego de saludar al virrey con el término de Excelentísimo Señor, el Secretario de Estado explicó lo siguiente:

“La obstinada y heroica defensa que sostiene y sostendrá la nación española por su religión, por su legítimo soberano y por su independencia contra el mayor de los tiranos, ha originado gastos tan incalculables que ya no le es posible a la metrópoli subvenir a ellos por sí sola. En esas circunstancias, y siendo el reino de la Nueva España tan interesado en la victoria y la salvación de la patria, ha creído la suprema Junta central y gubernativa […] obtener de esos amados vasallos del Señor Fernando VII, los auxilios necesarios para conseguirla; y no dudando de los principios que tienen tan acreditados el patriotismo de ese reino, y deseando al mismo tiempo conciliar el interés de todos con las importantes acciones que exigen hoy los dispendios de una guerra tan destructora, ha resuelto la Suprema Junta en el nombre del rey nuestro Señor, pedir a intereses un préstamo de 20 millones de pesos fuertes a todos sus vasallos de ese reino, por medio de los tres consulados de México, Guadalajara y Veracruz”, etc.

El virrey Lizana y Beaumont acató, por supuesto, la orden recibida, pero sólo le tocó iniciar la difusión de su contenido en todos los espacios de su gigantesca jurisdicción, porque, encorajinados con él por no haber castigado como era debido a los “conspiradores” de Valladolid, sus antiguos amigos del Partido Español armaron una trama negra en su contra y el día 10 de aquel mismo enero (ignorantes, por supuesto, de lo que estaba ocurriendo en España) no sólo lo acusaron en público de indolente, sino que enviaron misivas a la metrópoli, pidiendo que lo retiraran del cargo de virrey.

Ante semejantes acusaciones, el arzobispo se sintió obligado a defender su buena fama y el día 23 emitió una proclama dirigida a los “Vasallos de Fernando VII” en la Nueva España, invitándolos a permanecer unidos para poder resistir a Napoleón y a los franceses. Proclama cuyo contenido me parece muy interesante porque nos muestra el sentir de las autoridades novohispanas, situadas, como quien dice, entre dos filos, y nos permite entender el tamaño de la preocupación que seguían teniendo a causa de Napoleón.

En dicho documento, después de exponer a manera de los curas eruditos algunas enseñanzas remitidas a la Biblia y a las tradiciones eclesiásticas, tomó la palabra el virrey y le dijo a su gente:

“Vasallos de Fernando VII: La inmediación de España a la Francia, su comercio y su [antigua] amistad con ella, y los viboreznos ingratos que alimentaba en su seno aquella incauta madre, dieron a Napoleón los conocimientos prácticos con que ejecutó la empresa de conquistar nuestra metrópoli […] Y cree que los habitantes de la Nueva España son menos aptos para sostener una campaña […] pero ignora vuestro carácter y vuestra ilustración [… y] que nos sobra valor y tenemos gente y recursos […]

“Sabemos, por otra parte, cuáles son sus miras: esclavizar a este pueblo libre que hoy es la envidia del universo; apoderarse de la tierra del oro y la plata, que nos haría sacar despiadado y cruel bajo la dura férula de sus atroces cómitres, los mariscales del imperio; robar nuestros templos, saquear nuestras casas, violar nuestras vírgenes y matronas, dándole a sus soldados en cada pueblo […] dos horas de saqueo y de lujuria [… como] premio con que el monstruo acostumbra pagar a sus tropas”.

Y, más adelante, para desmentir las acusaciones que en su contra expusieron algunos de sus antiguos amigos del Partido Español, el dicho virrey afirmó:

“Yo publico y declaro con suma complacencia [que]: en el tiempo de mi gobierno en este virreinato, ni en la capital, ni en Valladolid, ni en Querétaro, ni en otro pueblo en que ha habido algunos leves acontecimientos y rumores de desavenencias privadas, he encontrado el carácter de malignidad que los poco instruidos han querido darles, pues ellos no han nacido de otro origen, que de la mala inteligencia de algunas opiniones al éxito de los sucesos de España…”

Cerrando el escrito con el exhorto para mantener la unión y no dejarse engañar ni seducir por “la política maquiavélica” y los “infames satélites” y con que según él contaba Napoleón incluso en la Nueva España.

Por otra parte, pese a lo afirmado por el arzobispo en la proclama que acabamos de citar, se sabe que, tal y como lo comentó en el licenciado Michelena en su propio escrito, la inconformidad había cundido entre los criollos, y no pocos de ellos, que mantenían algunas ideas similares a las de los conjurados de Valladolid, empezaron a sesionar por su cuenta en Querétaro. Dato sobre el que otro testigo precisó que “unas veces [se reunían] en la casa del presbítero don José María Sánchez, y otras en las del abogado Parra”.

Testimonios que nos dan a entender que las ideas libertarias continuaban expandiéndose.

ADVERTENCIAS PARA DELATAR A ESPÍAS Y CONSPIRADORES. –

En ese contexto y pese a que el virrey Lizana se esforzaba por hacer el mejor gobierno posible, sus enemigos del Partido Español siguieron actuando en su contra y, aprovechando que en algunos de sus escritos él mismo habló de su quebrantada salud, se valieron de eso para hacerle notar a los miembros de la Regencia que ya era necesario su cambio.

El Marqués de las Hormazas debió de haber recibido esta última información a principios de febrero, porque fue el 22 de ese mes cuando, con la sutil vehemencia con que manejaba sus escritos, le dirigió a Lizana de Beaumont una segunda “Orden Real”, en la que, saludándolo con la debida cortesía, pasó a decirle que, “en consideración […] a su avanzada edad y achaques”, y agradeciéndole “su infatigable celo”, él y el Consejo de la Regencia habían decidido relevarlo del cargo de virrey. Aunque debería mantenerse activo mientras llegara su sustituto.

Esta orden, sin embargo, no llegó a la Nueva España sino hasta ya entrado el mes de mayo, por lo que le posibilitó todavía al virrey enterarse de que un equis día de abril llegó, según informes a Veracruz, un supuesto “agente de Napoleón” que llevaba consigo algunas copias de una proclama ‘fechada en Madrid el 2 de octubre de 1809, en la que se exhortaba a los novohispanos a reconocer al mencionado José Bonaparte como monarca legítimo”.

Una copia de dicha proclama llegó a manos del arzobispo virrey entre el 20 y el 23 de ese mes, obligando al señor Lizana a refutarla con otra que publicó el 25, en la que calificó a “Pepe Botella” (apodo popular con que se conocía a José Bonaparte) como “monarca intruso”. Y no conforme con eso, actuando como lo hubiera hecho el muy temido Tribunal del Santo Oficio, tomó un par de decisiones: por un lado mandó “quemar públicamente y por mano de verdugo” la proclama bonapartista, y por otro, exhortó a los novohispanos a que si por “la casualidad o la malicia de nuestros enemigos” llegara a sus manos una de las famosas copias o “cualquier otro papel seductivo o incendiario de igual origen, no sólo” lo abominaran o detestaran, sino que lo entregaran “inmediatamente al juez de su vecindad […] para no incurrir, como en caso contrario ocurrirían, en el enormísimo delito de lesa Majestad”.

Invitando ya casi para terminar a los “vasallos leales […] a descubrir y delatar a los espías, seductores e introductores de tales libelos”. Dejando muy en claro que para que su propio anuncio pudiese llegar “a noticia de todos”, deberían ser “publicadas estas providencias por Bando en esta Capital, y en las demás Ciudades, Villas y Lugares de este Reino”, y hacer circular “los ejemplares correspondientes a los Tribunales, Magistrados, Jefes y Ministros a quienes toque su vigilancia y observancia”.

Documento que, dadas las condiciones imperantes, creo que así como debió tener indudables repercusiones en Veracruz, Puebla, Valladolid, Querétaro y Guanajuato, la tuvo en nuestra región, por cuanto que, a partir de esa fecha fueron apareciendo muchos documentos que prevenían a nuestros antiguos paisanos sobre la muy posible presencia de “los emisarios de Napoleón”.

Documentos de los que tendremos la oportunidad de hablar en el capítulo siguiente.

Nota. – Todo este material corresponde al Capítulo 25 de “Mitos, verdades e infundios de la Guerra de Independencia de México”.

Pies de foto. –

1.- El 2 de octubre de 1809, José Bonaparte expidió en Madrid una proclama en la que se exhortaba a los novohispanos a reconocerlo como monarca legítimo.

2.- Como hombre de buena fe el arzobispo Lizana no supo cómo enfrentar las intrigas de los miembros del Partido Español.

3.- En el territorio de la Nueva España ya había algunos batallones de todas las armas, pero temiendo la llegada de tropas de Napoleón, se empezaron a organizar otros.

4.- Una copia de la proclama de José Bonaparte llegó a manos del arzobispo a mediados de abril, y el 25, delante de una multitud, la hizo quemar “por mano de verdugo”.

 

Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

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