Abelardo Ahumada

VISLUMBRES

PRELUDIOS DE LA CONQUISTA

Capítulo 24

Abelardo Ahumada

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En la segunda “probadita” que les di respecto a lo que fray Antonio Tello expuso, dice muy claramente que, basado en una “tradición que los indios de la provincia de Xalisco” tenían, él supo que luego de pasar muchos años  conquistando y fundando pueblos en la región de la que hoy forman parte los pueblos de “Tlaltenango, Teul, Juchipila y Teocaltech (…) Jalpa, Tayahua, Apozol, Moyahua” y muchos otros pueblos más, los dirigentes del grupo de “mexicanos“ que hablaba una “lengua muy culta y limada”, quisieron deshacerse de otros “mexicanos rústicos” y “tochos” que los acompañaban y, para lograrlo, los dejaron como gobernantes de la mayoría de esos pueblos, al tiempo que rogaron “a su ídolo” que los librara de tantos trabajos y “los llevase (a) donde les había prometido”. 

Pero la sorpresa que me llevé al estar leyendo esas interesantísimas páginas, escritas entre 1650 y 1653, fue que, al responder a su supuesta rogativa, Huitzilopochtli (deidad mexica a la que Tello  nombraba “el demonio”), les habría ordenado que marcharan hacia el Oriente, donde, después de muchas “guiñadas y rodeos”, llegaron a “la provincia de los tarascos”… “que nombraron Michoacán”.

Y todo eso no tanto porque no supiera que todas las tribus nahuas hubiesen pasado en su recorrido por algunos territorios que HOY forman parte del estado de Michoacán, sino porque los estaba enviando desde Chapalac hacia Pátzcuaro; mientras que “las demás familias” lo habían hecho “por Colima en adelante”, siguiendo toda la costa hasta Zacatula. Dos rutas diferentes, pues, para dos grupos de una misma tribu, y que, al parecer tendrían un mismo destino final. Pero ¿qué estaba queriendo decir el padre Tello con aquello de “muchas guiñadas”?

La palabra es muy antigua y no consideré que en este caso quisiera decir “hacer guiños (con los ojos)”. ¿Qué significaba entonces?

Una consulta a un viejo Diccionario de Real Academia Española podría servir para disipar la duda: “Guiñada: (en términos marítimos) “Desvío de la proa del buque hacia un lado u otro del rumbo en que se navega, producido por el mal gobierno de la embarcación”, etc. 

Estaba, pues, muy claro el asunto: los “mexicanos” que salieron desde Chapalac “hacia el oriente”, no conocían el camino hacia “la provincia de los tarascos”, y por eso, después de irse, como quien dice, tentaleando, dando muchos rodeos y desvíos, llegaron finalmente hasta allá. Pero DEJANDO UN PEQUEÑO REGISTRO que les podría permitir a otros saber la ruta que habían seguido, puesto que los informantes de Tello le dijeron que: “(La peregrinación) entró por Huáscatos, Numarán, Pénjamo y Conguripo, hasta dar vista a la laguna de Tzintzuntzan, a donde fueron sin contradicción alguna recibidos por los tarascos”. 

Todo esto antes de precisar que a varios de aquellos mexicanos, la provincia de los tarascos no les gustó porque “era destemplada y montuosa”. Pero que como sea permanecieron todos allí un par de años, en los que, aparte de tener alguna familiaridad con las mujeres del rumbo, a los tarascos “se les pegó (sic) la idolatría que hasta allí no habían usado”. Con lo que puede uno entender que comenzaron a adorar a los dioses que los peregrinos llevaban.

Pero hay un dato ahí que me parece de suma importancia, y se refiere a que, contra todo lo que hubiera podido uno suponer, los informantes de Tello le dijeron que  ¡TZINTZUNTZAN O HUITZITZILA FUE FUNDADA POR “MEXICANOS”! Y que para proceder a ello sucedió más o menos lo siguiente:

Que estando ya los recién llegados “en la provincia de los tarascos” (…) “nombraron como cacique y señor a un indio mexicano noble y de gran talento, llamado Tzilantzi, el cual, con los de su familia (o tribu), poblaron la ciudad de Huitzitzila,  que ahora se llama Tzintzuntzan, adornándola con muy fuertes y suntuosos edificios, y quedaron tan confederados los mexicanos y tarascos que nunca tuvieron disgusto”. 

Señalando a continuación que del “cacique Tzilantzi descendieron los señores y reyes de Michoacán”, y que, con el paso del tiempo, los (sucesores de los) mexicanos que participaron en aquel importante evento “olvidaron su lenguaje”.

Datos que sin ser ilógicos, me parecieron sacados, por decir así, de contexto. O increíbles, para expresarlo con mayor énfasis.

OTRA VERSIÓN QUE CORRÍA EN SIMILAR SENTIDO. –

Pero como hay sucesos que por asociación de ideas lo llevan a uno a recordar otros, al estar leyendo esto que les acabo de platicar, recordé que, hará unos 34 años, cuando me tocó dirigir la Red Estatal de Bibliotecas y estaba un día en la Biblioteca Central “Profra. Rafaela Suárez”, hojeando unas páginas que fray Bernardino de Sahagún había redactado en la segunda mitad del siglo XVI, me quedé totalmente desconcertado, puesto que al estar hablando él del origen de los antiguos pueblos de la Meseta de Anáhuac, incluyó a los michoacanos entre los nahuas.

Yo, la verdad, tanto en aquel como en este otro momento, quedé atónito, y llegué creer que, una de dos: o “los ancianos de Tlatelolco”, le habían informado mal al fraile, o él no había entendido bien lo que le dijeron, porque enmarcando la historia de “los michoaques” en la de los toltecas y demás pueblos nahuas, anotó lo siguiente:

“Después de éstos (los toltecas) volviéronse también los michoaques con su señor que se llamaba Amímitl, y fuéronse (desde Teotihuacan) hacia el occidente, a las partes en donde están poblados ahora. (…) Y sucesivamente se volvieron los nahuas, que son los tecpanecas, los acolhuaques, los chalcas, los huexotzincas y los tlaxcaltecas, cada familia por sí, y se vinieron a estas partes de México”. 

En aquel tiempo yo no le pude creer a Sahagún lo que decía, porque nunca me había imaginado, ni había escuchado, ni había leído en cualquier otra parte que los michoaques fuesen también nahuas, porque hasta lo que en ese momento tenía por verdadero era que el náhuatl y el purépecha no son lenguajes que se parezcan, y que desde mucho antes de que llegaran los españoles a lo que hoy es nuestro suelo, los aztecas (ésos sí nahuas) y los michoaques o tarascos, eran enemigos “a muerte”. Así que ¿cómo era posible que fray Bernardino relacionara a los michoaques con los toltecas y con los nahuas en general?

“La duda metódica” es, valga la redundancia, un método de investigación racional sugerido por el filósofo francés Renato Descartes, y yo lo había tratado de aplicar muchas veces desde que me tocó estudiarlo en el Seminario Regional del Norte, en Ciudad Juárez, Chihuahua, así que, dudando entonces de la veracidad de lo que Sahagún decía en este caso concreto, me puse a buscar alguna información que me diera la oportunidad para desmentirlo, o luz para entender mejor lo que él había tratado de decir en el párrafo señalado.

Al iniciar esa búsqueda en la misma biblioteca, lo primero con que me encontré fue un libro multitemático que, sin ser propiamente un tratado sobre la historia antigua de los michoacanos, sí trae algunos capítulos que hablan de sus orígenes.

La obra se titula “Michoacán, paisajes, tradiciones y leyendas”. Fue escrita por el licenciado Eduardo Ruiz, experto en la lengua purépecha, y publicada por primera ocasión en 1891, el mismo año en que, coincidentemente se publicó en Guadalajara la “Crónica Miscelánea” de fray Antonio Tello.

Es una obra de más de 500 páginas, dividida originalmente en dos tomos, y que como su título indica, hace alusión o referencia a una multitud de temas que, por no tener relación con el nuestro, no voy a reseñar aquí. Pero sí quiero precisar que su autor se presenta en el Prólogo  como un conocedor del purépecha, y de tradiciones y costumbres de sus ancestros, gracias a que tuvo como “poderoso y eficaz auxilio” el apoyo que siempre le dio don Toribio Ruiz, su padre, quien fue, junto con otros contemporáneos suyos que ahí se nombran, colaborador del Gral. Vicente Riva Palacio, en la obtención de datos que de Michoacán aparecieron en el Tomo II, de la monumental obra “México a través de los siglos” seis años antes.

Eduardo Ruiz, además, presenta en su Prólogo una gran lista de libros que hablan sobre la historia antigua de Michoacán, y fue en sus renglones donde por primera vez leí sobre la existencia del primerísimo que se escribió en español en todo lo que hoy es el Occidente de México. Y del que habré de referir algunos interesantes detalles en párrafos posteriores.

Pero ¿qué es lo que dice don Eduardo Ruiz, originario de Uruapan, respecto a la fundación de Tzintzuntzan por parte de los mexicanos?

En primer término, luego de haber estado refiriéndose a muy antiguas leyendas que dice haber recogido de varios pueblos purépechas, afirma categóricamente:

“Ningún dato es posible para una conjetura racional acerca del origen de los purépecha.

Desde que la tradición abre sus inseguros labios para referir la historia americana, ya habla de migraciones de tribus que vienen abriéndose paso entre pueblos anteriores que defienden la posesión de sus tierras.

La leyenda religiosa penetra un poco en el caos de los tiempos, y la de los tarascos nos presenta” una rica mitología que a él mismo, apoyado también en cuestiones lingüísticas, le hizo “conjeturar”, que sus antepasados no mexicanos vinieron de algún sitio de Sudamérica.

Al exponer don Eduardo Ruiz esta “conjetura” se cuidó muy bien de ubicarla entre los mitos y  en las leyendas que le tocó escuchar de boca de sus mayores, pero volvió a mi mente cuando, hace unos cuatro meses, al estar revisando los escritos de la doña Isabel Kelly, la eminente arqueóloga estadounidense que durante más de tres décadas se dedicó a estudiar “la muy rica arqueología de Colima”, que señaló su maestro Carl Sauer, ella se atrevió a decir que la cultura “Capacha muestra más fuertes similitudes con el noroeste de América del Sur que con Mesoamérica”. Así que nada tendría de raro que, de ser cierta su propia hipótesis, los tarascos originarios, hubiesen venido, costeando, desde Perú, Ecuador, Colombia o Venezuela, antes de mezclar su sangre con los mexicanos que señalaron los informantes de Tello.

Pero, por otra parte, Ruiz se negó a tomar muy en serio alguna afirmación similar cuando escribió:

“Los cronistas hacen emigrar (… a las tribus de que nos ocupamos) de una de las siete cuevas de Chicomoxtoc, viniendo de las remotas tierras de Aztlan (… y) aunque no falta quien los haga (a los tarascos) de la misma familia de los azteca, esta suposición es absurda. (Puesto que) sobre este particular no hay tradición alguna, ni profana ni religiosa (que lo refiera y pruebe), y sólo nos queda nuestra conjetura de que los purépecha vinieron del Sur”. 

Sólo que, si nosotros leímos bien “la tradición que tenían los indios de la Provincia de Xalisco” no dice que ése sea el origen de los tarascos, sino que, los tarascos ya estaban allí antes de que llegaran los mexicanos y se mezclaran con ellos, y fundaran su principal ciudad, y con el paso del tiempo, hasta su propio lenguaje olvidaran. 

Pero para aclarar o resolver este otro enigma, afortunadamente hay otros testimonios que vamos a citar y a revisar aquí:

SALIERON EN BUSCA DE “LAS PRIMERAS FAMILIAS”. –

Es evidente que en esta relación (como en muchas otras) subyace un mito. Pero también es claro que compartiendo espacio con el aspecto mítico, hay algunos datos eminentemente históricos y geográficos muy fácilmente perceptibles, como sería la lista de que los pueblos mencionados, y que, por cierto, todavía existen.

Y en ese sentido, pues, aunque Tello haya afirmado que, transcurridos los dos años que los mexicanos permanecieron “en la provincia de los tarascos”, “el demonio” les volvió a hablar para decirles que le “convenía que se apartasen algunos, los más políticos” o pulidos. Y que con ellos se formara una familia (o grupo, o tribu) que, quedándose en la región, les enseñara a los tarascos, ya convertidos en “sus amigos”, porque eran “gente inculta”, “el gobierno de la república” y los detalles que habrían de observar en cuanto la adoración que le debían de dar, la parte histórica tiene más bien que ver con el dato de que, mientras aquéllos permanecían en Huizizila, “civilizando” a los rudos tarascos originales. El resto de los mexicanos continuarían viajando por “Zirapanduro, Cuitzeo, Acámbaro y Coroneo hasta dar vista a Chiapa”, para ir en busca de “LAS DEMÁS FAMILIAS QUE SE HABÍAN ADELANTADO”, y que “como queda dicho” entraron (a la región) por Tierra Caliente (…) contrayendo amistad y parentescos con las naciones y pueblos que encontraban”. De tal modo que “haciendo asiento entre ellos” (o quedándose un tiempo entre ellos) “las primeras familias” y los pueblos que se encontraron, “se vinieron a hacer todos unos en el lenguaje y el trato”. Lo que equivale a decir que se unificaron, se apropiaron de una misma cultura y, que, como prueba de ello “quedó tener todos los pueblos, cerros, plantas”, ríos y demás cosas notorias “nombres mexicanos”. Aunque no siempre fueron bienvenidos, por lo que se vieron en la imperiosa necesidad de darles “cruda guerra” a los que “no los querían recibir”.

La narración, hasta donde vamos, presenta en una primera fase una relación idílica (y muy difícil de creer o admitir) entre los tarascos originales y los mexicanos recién llegados, y pone a éstos últimos como individuos más capaces, cultos y refinados, y a los primeros tan toscos e incultos como “los mexicanos rústicos y tochos” que, de conformidad con la misma narración, se quedaron en los pueblos situados al Norte y al Noroeste de Chapala. Pero el remate que Tello dio a este relato coincide casi totalmente con los otros documentos que aquí habíamos expuesto, y concluye diciendo que: “Todas las familias que vinieron de las partes septentrionales, se llamaron Aztecas, por haber venido de la provincia de Aztatlán, que cae entre el Norte y el Poniente”. 

Coincidencias que, desde mi perspectiva tampoco pueden ser fortuitas. 

Continuará.

PIES DE FOTO. –

1.- La segunda ruta que los informantes de Tello mencionan sugiere la posibilidad de que, habiendo salido desde algún punto cercano a Chapalac, “los mexicanos” continuaran por la orilla del antiguo Río Grande de Santiago (actual Río Lerma), para asegurar su abasto de agua.

2.- Y la primera, “de los que se fueron antes”, habla de que entraron desde la costa michoacana hacia las partes altas del actual estado de Guerrero, siguiendo, ahí con seguridad, río arriba, por las orillas del Balsas.

3.- En la primera ruta quedó como un hito, el paso de “los mexicanos” por Pénjamo, cuyo templo de San Francisco aparece en la foto.

4.- No deja de ser interesante y curioso que en su viaje hacia Tula, se hayan asegurado de pasar por el lago de Cuitzeo. 

Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

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