Abelardo Ahumada

Por Abelardo Ahumada.

FALTABA UNA EXPLICACIÓN CREÍBLE. –

En el capítulo anterior cité varios textos personales del señor cura Hidalgo en los que, en diferentes circunstancias y con coincidentes expresiones, mencionó “la facilidad con que” en primer término los empezaron a seguir los habitantes de los pueblos de El Bajío y, en segundo, los de las intendencias de Guanajuato, Guadalajara, Michoacán y San Luis.

En otro capítulo precedente mencioné asimismo el papel que en dichas tareas desempeñaron los comisionados que Allende e Hidalgo enviaron a varias partes “a conseguir prosélitos”. Pero aún así resulta muy difícil de creer que, siendo tan breve el tiempo en que los insurgentes salieron de San Miguel y llegaron a Guadalajara, y no habiendo entonces ningún medio masivo de comunicación, la suma de los que se les unieron rondara en diciembre cerca de cien mil personas.

La invitación, por otra parte, no era ni para ir a una fiesta, ni para participar en un desfile, sino para levantarse en armas y dejar familia, trabajo, querencias y exponer la vida y, por último, tenían que trasladarse en bestia, en carretas o a pie. Así que durante varios años me quedé perplejo ante esa realidad, dándole de vez en cuando vueltas a esa pregunta.

Colateralmente (o de manera indirecta) poco a poco me di cuenta también de que, aun cuando no lo hayan expresado tan explícitamente como lo estoy haciendo, hubo otros investigadores que desde muchísimos años antes se quedaron también desconcertados por la rapidez con que se expandió la rebelión, y buscaron sus propias respuestas, esbozando cuando menos dos causas de carácter, diríamos, nacional, y dos de carácter internacional, que muy bien podrían identificarse con los antecedentes mismos de la guerra:

Y cuando hablo de las causas de origen nacional me refiero a que, si se dio una respuesta tan rápida y espontánea ante el llamamiento de Hidalgo, la mayor parte de los historiadores afirman que todo eso se debió a que, según ellos, existía una muy arraigada y extendida inconformidad entre los habitantes de todos los pueblos y ciudades de la Nueva España en contra de los reyes y de los virreyes y, en segundo, al hecho de que en la propia España hubo una rebelión popular en contra de Napoleón Bonaparte, quien no sólo mandó invadir la Península, sino que humilló a los reyes Carlos IV y Fernando VII.

Y en cuanto corresponde a las causas de carácter internacional, mucho se ha dicho que los insurgentes estuvieron muy influidos por los ideales de los promotores de la Guerra de Independencia de las Trece Colonias (hoy los Estados Unidos) en 1774, y los de los realizadores de la Revolución Francesa en 1789.

Pero si atendemos al dato de que en 1810 la mayoría de los pobladores de la Nueva España eran analfabetos, y que sus pueblos estaban bastante incomunicados, ¿es de creer que todos ellos pudieran saber algo de lo que ocurrió en Filadelfia o en París durante los mencionados años? Y, aparte, ¿estaba tan realmente arraigada y extendida esa animadversión en contra de los reyes de España? Y ¿estaban tan enterados los novohispanos de los pormenores de la invasión napoleónica en los dominios de Carlos IV y Fernando VII?

Mi percepción era negativa en esa línea de ideas, pero ¿Cómo explicar entonces la aparente rapidez con que muchos de los habitantes novohispanos se levantaron en armas y se fueran detrás de Hidalgo y los demás líderes insurgentes?

Faltaba una explicación creíble. Pero ¿Cuál era ésa? O ¿Dónde se podría encontrar?

ESPAÑA Y SUS POSESIONES. –

Como quiera que todo ello haya sido, era indudable que el activismo de Napoleón en Europa, y la posterior invasión que promovió de España habían tenido rebotes no sólo en lo que hoy es México, sino en todas las posesiones que el imperio español tenía en el Continente Americano. Pero ¿Cómo expresarlo de manera sencilla y resumida?:

Para empezar, debe recordarse que España había construido durante casi tres siglos cuatro gigantescos virreinatos: el de la Nueva España en Centro y Norteamérica; el de Nueva Granada, que ocupaba terrenos que hoy pertenecen a Colombia y Venezuela; el del Perú, que abarcaba también porciones de Bolivia y Ecuador; y el del Río de la Plata, que abarcaba grandes porciones de Chile, Uruguay, Argentina y Paraguay, y que de ellos es de donde había podido conseguir incontables riquezas que le eran envidiadas por otro países de Europa.

En tales circunstancias, y sobre todo hacia finales del siglo XVIII, es obligado entender que los reyes de España, (que para el resto funcionaban como emperadores), habían gobernado con fuertes criterios absolutistas imponiendo desde la Península agobiantes cargas fiscales a los criollos de todas esas partes, y enviando como gobernantes civiles, militares y religiosos a individuos que, ignorantes en su mayoría de las condiciones socio-económicas y geográficas de los lugares a que iban llegando, arribaban con sus nombramientos extendidos directamente por los monarcas en turno, menospreciando ostensiblemente la capacidad de los hijos de españoles nacidos en todas las Américas.

LA MALICIA DE NAPOLEÓN. –

Por otra parte, al iniciar el siglo XIX España, aliada todavía de Francia, estaba en guerra en contra de Inglaterra, que a su vez tenía como aliado a Portugal. Pero España había perdido con el tiempo su poderío naval, en tanto que la Corona Británica había incrementado el suyo, al grado de que, en la famosa batalla de Trafalgar, acaecida el 21 de octubre de 1805, el almirante inglés Horacio Nelson no sólo derrotó a los barcos de la armada española que lo enfrentaron, sino también a los que Napoleón, empecinado enemigo de la corte inglesa, había enviado para apoyar a los españoles.

Napoleón, pues, y el rey Carlos IV de Borbón se sintieron humillados de manera conjunta, pero como no podían reponerse tan fácilmente de aquel poderoso ataque, tuvieron que aguantar su humillación y siguieron enfrentando sus propios problemas. Mismos que en el caso particular de España mostraban un desequilibrio marítimo con nefastas repercusiones económicas, en la medida de que los barcos de su antigua flota constantemente eran asaltados por corsarios ingleses contra los que realmente no podían hacer nada, y perdían, por ende, los recursos que les eran enviados desde sus posesiones americanas.

Por aquel tiempo, además, el príncipe Fernando había cumplido ya los 24 años y aspiraba suplir a su padre, al que tanto él como otros españoles jóvenes y ambiciosos veían como un títere manejado por Napoleón. Mismo que, como caso único en la historia, se movía en Europa como un torbellino, logrando derrotar a los rusos en dos batallas sucesivas, a mediados de 1807, logrando que el zar Alejandro firmara un tratado con él (Tratado de Tilsit), dando pie para que Francia se incorporara el Gran Ducado de Varsovia, que hoy viene siendo Polonia.

Al sentirse nuevamente fuerte, en octubre de ese mismo año, El Pequeño Gran Corso logró que Manuel Godoy, poderoso representante plenipotenciario de Carlos IV, se reuniera con Gérard Duroc, su propio representante, en la ciudad de Fontainebleau, para exponerle un atractivo plan que implicaba la colaboración de España para invadir primero Portugal y repartírselo después.

La oferta era tentadora y, como Godoy era igualmente ambicioso, reclamó para sí el Principado de Algarbes, ubicado en el sur del Reino de Portugal, y que representaba la tercera parte del territorio lusitano. Napoleón estuvo de acuerdo y el día 27 se firmó un documento que se conoce como el Tratado de Fontainebleau, mediante el que se acordó el libre paso de las tropas francesas por el norte de España, para proceder enseguida a la invasión de Portugal.

Al enterarse de tan inusual acuerdo, Fernando y sus seguidores comprobaron la sumisión del rey Carlos a Napoleón y conspiraron incluso contra la vida de su padre y monarca, armándose en consecuencia un alboroto gigante que hizo que los españoles peninsulares comenzaran a tomar partido: unos en defensa del rey y otros en apoyo del príncipe.

A los pocos días, sin embargo, las tropas que ya Napoleón tenía preparadas atravesaron en norte y el occidente de España y cayeron por sorpresa contra las del antiguo territorio de Lusitania.

En ese país estaba entonces como gobernante Juan de Portugal, “Príncipe Regente”, que por no tener gran experiencia en esas lides fue arrollado por los acontecimientos y el penúltimo día de noviembre de 1807, se vio en la necesidad de huir por mar, junto con el resto de la familia real y muchos de sus allegados, a refugiarse en Brasil. Donde algún tiempo después se convirtió en rey, asumiendo el nombre de Juan VI.

De momento todo eso fue incluso festejado por los carlistas, y lo mismo hicieron al enterarse los peninsulares de la Nueva España. Pero a principios de 1808 Napoleón empezó a mostrar sus verdaderas intenciones, pues ordenó a sus fuerzas que tomaran “posesión de las fortalezas del norte” de España, “en Cataluña y Castilla”, y eso fue, por decirlo de algún modo, el colmo del desconcierto para el pueblo español.

Al ver esa situación, en cuanto comenzó marzo de ese mismo año, “la familia real se retiró a Aranjuez para, en caso de necesidad, seguir camino hacia el sur, hacia Sevilla y embarcarse para América, como ya había hecho” el monarca portugués.

Como era de esperarse, todas esas noticias comenzaron a cundir en los principales puertos que la corona española tenía desparramados en la costa atlántica del Continente Americano. Y desde ellos hacia las cabeceras de los virreinatos y demás provincias del interior, generando igualmente reacciones de desconcierto, porque como se recordará, Napoleón había sido (o había aparentado ser) un fuerte aliado de España.

EL MOTÍN DE ARANJUEZ. –

En torno a ese hecho, se sabe que, a mediados de marzo de 1808, aproximadamente unos 30 mil soldados de Napoleón, encabezados por el general Murat se iban acercando a Madrid, y que, por ese motivo, el 17 de ese mismo mes hubo un alzamiento popular que por haber iniciado en Aranjuez, suburbio de Madrid, se conoce como “El Motín de Aranjuez”, y que como primer propósito tenía el de apoderarse de la casa de Manuel Godoy, donde se hallaba resguardado el rey.

Entre el 17 y el 19 de marzo de 1808, los rebeldes españoles seguidores del príncipe Fernando organizaron un motín en Aranjuez.

Dicho levantamiento se atribuye a “los fernandinos” y culminó el día 19 con el cese de Godoy, y con la abdicación del rey Carlos en favor de su hijo, que asumió el nombre de Fernando VII.

Como era de esperarse estas noticias también cundieron por todas las islas caribeñas y por los cuatro grandes virreinatos. De ahí que en casi todas esas partes se dividieran también los ánimos, pero empezaran a simpatizar mucho más por el nuevo rey que por el viejo.

Napoleón humilló y sometió tanto a Carlos IV como a Fernando VII, y le entregó el trono a su hermano José.

Se cuenta, asimismo, que “el pueblo acogió el ascenso al Trono de Fernando VII con gran alborozo”, pero que Napoleón y los franceses “se negaron a reconocer al nuevo rey y apoyaron las reivindicaciones de Carlos IV”. Obligando Napoleón a ambos, a presentarse en la ciudad de Bayona (al sur de Francia), en donde, según la versión de antiguos patriotas peninsulares habría ocurrido “una de las escenas más vergonzosas de la historia de España”. Que consistió en el hecho de que Fernando le devolvió la corona a su padre, y éste la puso de inmediato a disposición del emperador, quien ni tardo ni perezoso, se la entregó a su hermano José” prácticamente en los mismos días “que los ejércitos franceses completaban la ocupación militar de los principales puntos estratégicos del norte de la Península”. Lo que equivale a decir, entre el 5 y el 10 de mayo de aquel triste año para España.

El 2 de mayo de 1808, los madrileños se levantaron en armas en contra de los soldados franceses jefaturados por el general Joachim Murat.

La gente, por otra parte, que ya estaba harta de la presencia de los franceses en la mayor parte de las ciudades españolas, y que de algún modo sospechaba que la ida obediente de ambos reyes a Bayona no podría traer nada nuevo, se comenzó a organizar para defenderse y, tal como lo narran los historiadores de la época: “El 2 de mayo de 1808 los ciudadanos en Madrid se rebelaron contra la ocupación francesa, asesinando unos 150 soldados franceses antes que la revuelta fuese brutalmente reprimida por la guardia imperial élite de Joachim Murat”.

A consecuencia de lo anterior, el día 3 “el ejército francés” asaltó a la ciudad y “fusiló a cientos de madrileños”, dando con ello inicio “la Guerra de Independencia en España”.

Continuará.

NOTA. Este material forma parte del Capítulo 8 de “Mitos, verdades e infundios de la Guerra de Independencia”.

Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

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