Decíamos, ya hace un par de meses, que la economía mexicana nomás no crece, ni crecerá lo que requiere en el corto ni el mediano plazo para elevar los niveles de prosperidad de los mexicanos. Ese son, en resumen y conclusión, los recientes anuncios que diversos organismos gubernamentales, firmas internacionales y expertos en la materia han manifestado con relación a las expectativas de crecimiento para el próximo año de nuestra economía.

Señalaba Luis Videgaray y sus colaboradores que la situación económica del país no debía generar alarma entre los ciudadanos. Todo está bien, pues, según él y los suyos. Además, a mediados de año defendía la situación económica actual y su baja posibilidad de crecimiento con tres argumentos: “el primero fue el invierno de Estados Unidos, el segundo por los nuevos impuestos a la emisión de carbón y, el tercero, por los impuestos para inhibir el consumo de alimentos con alto contenido calórico; los efectos se concentraron en enero y febrero, pero tienen un efecto transitorio”, dijo para excusarse del negro panorama quien en gran medida fue el promotor, impulsor y orquestador de la reforma hacendaria que aduciría como pretexto para justificar el pésimo desempeño económico de nuestro país en el presente y en el futuro.

Frío y calculador, desde su gabinete Luis Videgaray se mostraba sereno emitiendo declaraciones en un tono en el que no parece preocuparle en lo más mínimo el que la tan esperada prosperidad no esté, ni por error, cercana en nuestro destino. Tampoco le preocupaban las críticas ni atendía las propuestas que para mejorar la economía le han hecho los hombres de negocios que encabezan las diferentes cámaras empresariales del país, quienes le pedían agilizar y liberar el gasto público para detonar la inversión, ya que la obra pública está paralizada o, por lo menos, no se ha desarrollado en la medida que se requiere. Mucho menos le interesa a Videgaray, el tecnócrata por antonomasia del equipo peñista, el que la clase media sea devorada por la falta de circulación de dinero, las engorrosas modalidades nuevas de facturación y el asfixiante incremento de los mismos. Y del incremento de la pobreza, ya mejor ni hablamos.

Pero el semblante ecuánime del tecnócrata no se inmuta con nada, ni con la revelación del periódico The Wall Street Journal que cabeceó una de sus más polémicas y recientes publicaciones: “El Secretario de Hacienda de México compró una casa al grupo contratista del gobierno que está en el centro de las acusaciones turbulentas de tráfico de influencias con la administración del presidente Enrique Peña Nieto”.

La casa, de 850 metros cuadrados, está ubicada en un club de golf en Malinalco, estado de México, y costó 7.5 millones de pesos. Y al respecto Videgaray señaló: “No hubo conflicto de interés. Cuando se hizo el trato yo no era funcionario público y el trato estuvo dentro de los parámetros del mercado”. Se le olvida decir que si bien no era funcionario público, sí lo fue cuando grupo HIGA fue beneficiado con miles de millones pesos en contratos de obra pública en el estado de México, y lo sería posteriormente una vez que asumiera Peña Nieto la Presidencia de la República.

A la percepción generalizada de la población sobre la insensibilidad y respuesta tardía del gobierno federal en casos como el de Ayotzinapa, ahora se le suma el tufo de corrupción que ha alcanzado al primer círculo de confianza del Presidente: su esposa y la mano derecha de EPN, Luis Videgaray.

Pese a todo esto, todavía tuvo el cinismo de exponer que la caída de la economía mexicana se debe, según él: “(a que) En las últimas semanas, las preocupaciones sobre la inseguridad han regresado a los reflectores como el principal factor que detiene el crecimiento económico. La inseguridad encabeza las preocupaciones (de los analistas) por encima de la política fiscal, la volatilidad financiera y la debilidad externa de los mercados”. Es decir, la corrupción e impunidad imperante de la cual él es el vivo ejemplo, no es uno de esos factores.

Cae el peso frente al dólar, cae el precio del petróleo, la reforma fiscal sigue impidiendo el crecimiento de la economía y nuestro secretario de Hacienda está envuelto en un acto de corrupción por conflicto de intereses. Lo que nos lleva a hacer la siguiente reflexión: ¿Con qué cara puede Luis Videgaray decirle a los comerciantes que se vuelvan formales?, ¿con qué cara puede decirles a los empresarios, comerciantes y profesionistas que las molestias causadas por las nuevas modalidades en la tributación fiscal, así como el incremento de las contribuciones se traducirán en prosperidad para México? Pero, sobre todo, ¿con qué cara puede Peña Nieto sostener al indolente, y ahora evidenciado de corrupto, secretario de Hacienda? Si no es con una buena sacudida al gabinete por parte del Presidente de la República, no vemos cómo pueda su administración mantener credibilidad y legitimidad para seguir gobernando los próximos cuatro años de la administración. Ya sabe por quién puede empezar a depurar su equipo de colaboradores: Luis Videgaray.

*El autor es Licenciado en Derecho por la UNAM, Diplomado en Prevención del Delito por la Universidad de Chile y Presidente de la Asociación Civil “Estrategia 20-21”

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