Rogelio Guedea

PARACAÍDAS por Rogelio Guedea

Como ha ocurrido históricamente, todos los sistemas llevan en sus entrañas la semilla de su propia destrucción. El PRI no es, por tanto, la excepción. Partido que ha gobernado nuestra entidad sin conocer nunca la alternancia, hoy se enfrenta a su inminente hundimiento. ¿Quiénes son los responsables? Ya lo he advertido: los propios priistas. El castillo de naipes empezó a derribarse al término del mandato de Fernando Moreno Peña, quien auspició la candidatura de Gustavo Vázquez Montes, muerto en un accidente aéreo. La malograda gestión de Vázquez Montes dio paso a la gubernatura de Silverio Cavazos Ceballos, con quien se da la primera gran escisión del PRI, pues hubo un rompimiento entre él y el mismo Moreno Peña, éste último todavía con el deseo visible de influir en los menesteres gubernamentales.  La ruptura se hizo aún mayor cuando Cavazos Ceballos, al término de su administración, decidió apoyar a un candidato que no pertenecía al grupo de Moreno Peña e, incluso, se anteponía a la aceptación de la dirigencia nacional: tal candidato fue Mario Anguiano. No dudo que este rompimiento del PRI estatal con el PRI nacional tuvo entonces mucho que ver con esta transición gubernamental y con la posterior gestión de Mario Anguiano, quien llegaba a su mandato con un PRI fragmentado en mil pequeños pedazos, aunque todavía no demasiado evidentes. En las elecciones pasadas, este instituto político, ya con heridas severas aunque no mortales, se dio lo que representará el principio de su fin: la llegada de Nacho Peralta a la gubernatura, candidatura que dividió al gobernador saliente (Mario Anguiano) con el entrante (Nacho Peralta), pues este último había sido impuesto desde el centro del país y contra la anuencia de Mario Anguiano, quien había impulsado al hoy ex priista Federico Rangel, candidato que entonces representaba para este instituto político la mayor rentabilidad en términos electorales. La aguda división política entre Mario Anguiano y Nacho Peralta tomó por asalto la bandera económica, convirtiéndose ésta en un arma que usó el gobernador entrante (Nacho Peralta) para atacar a su nuevo adversario político (Mario Anguiano), aun cuando, dicho sea de paso, meses antes le hubiera alabado a aquél su puntual tratamiento de las finanzas públicas. En el momento en que el gobernador Nacho Peralta decidió tomar como bastión de su legitimación política una campaña de acusaciones contra su predecesor priista sobre el endeudamiento de las arcas estatales y, peor aún, sobre la idea de que los dineros del famoso crédito de más de 600 millones de pesos había sido “robado” en despoblado por Anguiano Moreno y su grupo, el PRI empezó ya su verdadero hundimiento, pues el gobernador Nacho Peralta no se imaginó que, como está sucediendo ahora, ese dardo que había lanzado también sería letal para él. Como se ha visto, no me he detenido un milímetro en el asunto del famoso crédito millonario porque, simplemente, no es lo esencial, así que tocar los medios de prueba de uno y los medios de prueba de otro no es llegar al fondo del asunto. Lo que quiero decir es que de no haber existido esta división entre el ex gobernador Mario Anguiano y el actual gobernador Nacho Peralta el asunto del crédito no habría sido sino uno más de los tantos créditos con los que se han tenido que endeudar los municipios, estados y hasta el gobierno federal para darle viabilidad a sus responsabilidades financieras, no sin tratarlas con responsabilidad. Pero no fue así. Para muchos resultará cínico decirlo, pero a veces la verdad es así: si el gobernador Nacho Peralta hubiera dado un giro de timón (por ligero que fuera) a esa venganza emprendida contra su antecesor, el PRI como marca no estaría en este momento preparando las exequias finales de su total extinción para la próxima jornada electoral. Si bien, pues, es lamentable que se siga recrudeciendo esta terrible controversia entre priistas, más lamentable es que entre toda la militancia rojiblanca no haya nadie capaz de llamar a la sensatez, sin la cual es imposible, por cierto, el buen gobierno.

 

Rogelio Guedea

Poeta y académico

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