Abelardo Ahumada

Por: Abelardo Ahumada.

Tercera parte

EL OTRO BICENTENARIO. –

Hace dos días se conmemoró el segundo bicentenario relacionado con la Guerra de Independencia. El primero fue hace once años, con motivo del inicio de la mencionada gesta, y el segundo corresponde a lo que comúnmente se ha conocido como “la consumación” de la misma, como si cualquier proceso social realmente iniciara un día y terminara otro, siendo que todo hecho tiene sus antecedentes, y deriva (o puede derivar) en múltiples consecuencias. Con lo que quiero decir que el movimiento independentista no inició ni terminó cuando se nos ha dicho. Aunque para facilitar la exposición y la comprensión de los hechos conviene que se proceda así.

En relación, pues, con el tema de la “Consumación de la Independencia”, y sin violentar la secuencia que llevo iniciada, me atrevo a asegurar que, contra lo que nos narra “la historia patria”, la  “entrada del Ejército Trigarante” a la capital de la Nueva España, verificada el 27 de Septiembre de 1821, fue, más que todo, una distorsión de lo que pretendían lograr Hidalgo, Morelos y algunos de sus seguidores, aunque sí quedó en consonancia con lo que pensaron y alentaron otros insurgentes como Allende y López Rayón, en la medida de que los primeros aspiraron a que la América Septentrional se gobernara y mediante un esquema republicano, y los segundos no se atrevieron a separarse del gobierno monárquico y sólo aspiraban a defender a España del imperio de Napoleón, como se ve cuando se comparan algunos de los textos que unos y otros emitieron, y como los lectores de estos renglones podrán observar cuando conozcan y comparen las ideas de Ignacio Allende y Agustín de Iturbide.

Insistir, por otra parte, en que la “Consumación de la Independencia Nacional” se concretó el 27 de septiembre de 1821, implica la difusión de una falacia, primero porque, tal y como lo dijimos en el capítulo anterior, ni la idea de nación, ni la idea de la independencia cupieron en las mentes de muchísimos de los dispersos pobladores de los vastos territorios de la Nueva España y, segundo, porque aun cuando las declaraciones expuestas en el papel así lo dicen, lo cierto es que tuvieron que pasar muchísimos años más para que en las mentes de los antiguos novohispanos ocurriera realmente esa emancipación.

En esa línea de ideas afirmo que, aun cuando don Vicente Guerrero haya cabalgado junto con Agustín de Iturbide en la hora en que el “Ejército Imperial de las Tres Garantías” entró a la ciudad de México, ese acto significó que “todo cambió para que las cosas siguieran igual”, empezando por el dato de que ya el ejército llevaba la divisa de “imperial”, y porque tanto el “Plan de Iguala” como en “Los Tratados de Córdoba” (que fueron los documentos mediante los que “se legalizó”, por decir así, el surgimiento de una nueva nación autónoma), quedó claramente expuesto  que no sólo se establecería un sistema monárquico que se conformara con la figura de un rey, sino con la de un emperador, tal vez con el inconsciente propósito de equipararlo con el envidiado Napoleón Bonaparte.

Pero si los lectores aún dudan de lo que afirmo, revisemos una pequeña parte del contenido de los “Tratados de Córdoba” y veamos la parte introductoria, en donde dice que, luego de haber llegado al puerto de Veracruz, “el teniente general don Juan de O’Donojú, con el carácter y representación de capitán general y jefe superior político de este reino, nombrado por Su Majestad […] tratando de conciliar los intereses de ambas Españas, invitó a una entrevista al primer jefe del ejército imperial don Agustín de Iturbide, en la que se discutiese el gran negocio de la independencia, desatando sin romper los vínculos que unieron a los dos continentes”.

Agregando a continuación que, después de haber estado ambos “conferenciando detenidamente sobre lo que más convenía a una y otra nación”, en la Villa de Córdoba el 24 de agosto del referido año de 1821, convinieron la redacción de algunos artículos entre los que el tercero dice que sería “llamado a reinar en el Imperio mexicano […] en primer lugar al señor don Fernando VII, rey católico de España”, y si éste no la aceptara, a “su hermano el Serenísimo Señor infante don Carlos”; y si éste tampoco la quisiera, a los “serenísimos … infantes de España, don Francisco de Paula o don Carlos Luis, o el [individuo] que las Cortes del Imperio designen”.

Así que ¿de cuál independencia hablamos si a la nueva nación la habría de gobernar el mismo rey de España o su hermano, o uno de sus hijos?

Iturbide, sin embargo, era listísimo, y muy bien previó que, debido a que la vieja España estaba experimentando conflictos similares con prácticamente todas las colonias que tuvo en América, ni el rey, ni su hermano, ni sus hijos, ni los diputados de las cortes peninsulares aceptarían su propuesta, porque ésta implicaría no sólo el desmembramiento del Imperio Español tal y como hasta entonces había sido conocido, sino el surgimiento de otro que eventualmente podría hacerle sombra o competencia en el Continente Americano, y tuvo el perfecto cuidado de insertar en ambos documentos una cláusula que lo favoreciera para coronarse él:

Al final del artículo tercero resalté con negritas la frase disyuntiva que dice que si ni el monarca ni los príncipes de España quisieran aceptar la corona del Imperio Mexicano se la impondrían al individuo “que las cortes designen”. Y conviene aclarar aquí que las cortes a que este documento se refiere los miembros de la realeza, sino las diputaciones que se nombraran o eligieran en el nuevo imperio.

Por otra parte, y para que se compruebe que Iturbide tenía todo eso muy bien planeado, leamos el contenido del artículo número 8 del Plan de Iguala, en la parte que dice que: “Si Fernando VII no se resolviera a venir a México, la Junta o la Regencia que mandará la nación, mientras se resuelve la testa que debe coronarse”.

Y esa testa, por supuesto, fue la de él, cuando en mayo del año siguiente, mediante maniobras que contaron con el consentimiento de algunos antiguos insurgentes, Iturbide se hizo coronar como Agustín Primero del Imperio Mexicano.

Representación idílica de la captura de los dos grandes líberes de la Insurgencia. Nótese que a Hidalgo le pusieron un distintivo de mando en el pecho, cuando ya para entonces estaba preso de Allende.

LOS INTERROGATORIOS DE ALLENDE Y ALDAMA. –

Pero antes de continuar revisando los acontecimientos y las implicaciones relativas a la “Consumación de la Independencia”, debo explicar por qué dije arriba que las ideas de Agustín de Iturbide y las de Ignacio Allende se parecían, y no así las de ellos con las de Hidalgo.

En este otro apartado, creo que también es justo decir que, si en la primera parte de este trabajo traté de exponer cuál fue “El inicio de la Guerra de Independencia, según la propia versión de Hidalgo”, hoy debo referir lo que al respecto dijeron los capitanes Ignacio Allende y Juan Aldama, en la medida que ellos, junto con Hidalgo, fueron los que resolvieron “dar el grito”. Y para eso habré de recurrir también las declaraciones que dichos capitanes emitieron en los interrogatorios a que fueron sometidos en la Villa de San Felipe, Chihuahua.

Colocados, pues, en similares circunstancias de encarcelamiento a las que tuvo el cura de Dolores, tanto Allende como Aldama fueron alternativamente interrogados por el juez Ángel Abella, frente a unos cuantos testigos y a don Francisco Salcido C., el escribano que puso en letras sus declaraciones.

En este edificio, que primero fue Hospital de Chihuahua, luego Colegio de Jesuitas y más tarde Palacio de Gobierno del Estado, estaban las celdas de los principales jefes del movimiento insurgente.

El interrogatorio de don Miguel Hidalgo se verificó en cinco sesiones consecutivas que se llevaron a cabo durante las mañanas y las tardes de los días 7 y 8 de mayo de 1811, y la mañana del 9. Mientras que las correspondientes al “generalísimo Allende” se realizaron durante las mañanas y las tardes de los días 10 y 11 y del 13 al 18 del mismo mes. En tanto que el interrogatorio al que fue sometido el excapitán Aldama, que en ese momento ostentaba el grado de “teniente general” se resolvió en sólo cuatro sesiones, del 20 y 21 de mayo. Disparidades que no nos deben sorprender, debido a que Allende no sólo habló de lo ocurrido a partir de septiembre de 1810, sino que brindó testimonios de lo que vio, escuchó e intentó hacer desde dos años atrás, y a que el capitán Aldama fue muy parco en lo que declaró.

Colateralmente debo decir que días después de su última declaración, Allende solicitó a don Nemesio Salcedo, comandante general de las Provincias Internas, la revisión de su causa, alegando que como un caballo lo había golpeado días antes de su interrogatorio, tenía “la memoria desarreglada” y creía que tal vez no habría podido contestar con toda certeza lo que se le preguntó. Y en ese tenor, el 5 de junio le fueron leídas todas preguntas y declaraciones que dio, certificando la mayoría y agregando sólo unos cuantos puntos y aclaraciones en otras pocas.

Y anoto todos estos detalles porque no hay un solo libro que yo conozca que haga referencia a las tres declaraciones de manera comparativa.

LA VERSIÓN DE ALLENDE. –

La declaración de Allende aparece en el Tomo VI de otra importante colección titulada “Documentos históricos mexicanos”, recopilada por don Genaro García, y publicada por el Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnología en 1910. Y, en ella, en su calidad de “español americano, natural y vecino de la villa de San Miguel el Grande”, dijo llamarse Ignacio José Allende y Uruaga, tener 40 años, ser viudo y haber tenido como último empleo el de capitán de Granaderos del Regimiento de la Reina.

Es de llamar la atención el dato de que, aun cuando sí reconoce haber participado junto con Hidalgo, Aldama y otros cuantos amigos y conocidos en el inicio de la insurrección en Dolores, Allende sea el único que dio santo y seña de lo que había ocurrido en Veracruz, en Puebla, en México, en Valladolid y Querétaro desde que al referido puerto llegó la noticia de que el ejército de Napoleón Bonaparte invadió la Península Ibérica, y desde que, a consecuencia de ello, se comenzó a expandir la idea de que era necesario que los habitantes de la Nueva España y demás virreinatos organizaran juntas de gobierno para defender al rey, y evitar que Napoleón pudiera extender sus tentáculos más allá de la Península.

Acontecimientos, sin embargo, de los que nunca llegó a leer, sino de los que se fue enterando de oídas, y al participar en otras reuniones con gente del mismo ejército novohispano en las que se hablaba de ello. Acontecimientos asimismo que, igual que motivaron a otros criollos, lo motivaron a él también, pensando siempre en la restitución del trono a Fernando VII.

Allende no desmintió a Hidalgo en cuanto a la secuencia de los hechos que se verificaron desde el 15 de septiembre de 1810 hasta la derrota del Ejército Insurgente en la Batalla de Calderón, acaecida el 17 de enero de 1811, pero conforme avanza uno en la lectura de sus declaraciones se nota cómo fue que, si en un principio acordó con Aldama y los otros “conspiradores” convencer al señor cura Hidalgo para que jefaturara el movimiento, no tardó mucho en desencantarse de su liderazgo.

Afirmar que las luchas por la Independencia de la Nueva España iniciaron el 16 de septiembre de 1810 y terminaron el 27 del mismo mes, pero de 1821, sólo es un recurso metodológico, pero no deja de ser una falacia más.

De hecho, cuando expresamente le preguntaron por qué había él invitado a Hidalgo a participar en el movimiento, él dijo, en dos momentos, dos cosas similares. La primera, que lo invitó por “la mucha literatura y buen nombre que de público y notorio tenía”, y porque gracias a ese prestigio, él mismo había sabido que solían consultarlos “los señores obispos de Valladolid, antecedente y actual [para disipar] algunas dudas”, y porque en similar “aprecio” lo tenía “el señor intendente Riaño, que hasta deseaba fuese nombrado vocal” en la provincia de Guanajuato.

La segunda ocasión en la que Allende habló muy bien de Hidalgo, fue cuando le preguntaron qué fue lo que lo llevó a tener las ideas libertarias por las que se motivó a pelear, y dijo que no eran “de su propio concepto”, sino que las había oído “de un hombre tan docto como era el cura Hidalgo; y de otros hombres doctos a quienes en conversación oyó opinar”. Y que las creía justas.

Pero el desencanto que rápidamente tuvo del cura se empezó a notar cuando, tras de tomar el pueblo de San Miguel el Grande, que como quien dice Allende le puso a Hidalgo en bandeja de plata (porque ya lo tenía muy bien trabajado), el cura decidió, en vez de dirigirse a Querétaro, donde Allende tenía más “gente ganada” para la causa, el cura dio la orden de dirigirse a Celaya. En donde rompiendo claramente el “contrato” (sic) que él Allende y Aldama habían concentrado en el sentido “de caminar en unión sin diferenciarse uno del otro, ni determinar cosa que no fuese de acuerdo con los tres”, desde ese mismo momento y lugar, el cura “empezó a disponer por sí solo, y a abrogarse el mando superior”.

Si nos vamos a revisar los documentos, resulta que aun cuando al padre Hidalgo se le diga hoy “el padre de la patria”, a Iturbide fue a quien primero se le dijo así.

No aportó Allende ningún otro detalle que valga la pena resaltar desde que Hidalgo se negó a entrar con su ejército a la ciudad de México hasta que invitado por “El Amo” Torres instaló su gobierno en Guadalajara, pero sí fue categórico cuando negó su participación en las matanzas que por “las órdenes de Hidalgo” realizaron “el torero Marroquín” y otros sujetos, en contra de 700 u 800 españoles en Valladolid, Guadalajara, Charcas y otros pueblos. Señalando además que, como a Hidalgo lo comenzaron a llamar “Alteza Serenísima”, no sólo perdió (en el concepto de Allende) la dirección acordada para el movimiento, sino que comenzó a actuar con “despotismo” y se olvidó de volver a mencionar la devolución del trono para “Fernando VII, que era el principal objeto de la insurrección”. Hechos todos por los que, en un momento de diciembre de 1810, vio la conveniencia de deshacerse de Hidalgo, y hasta consultó con el padre Francisco Severo “Maldonado y con el gobernador de la Mitra (de Guadalajara), el señor Gómez Villaseñor, si sería lícito darle un veneno para cortar esta idea suya y otros males que estaba causando”. Y habiéndole, según él, dado ellos su consentimiento, mandó comprar “un veneno y lo repartió entre su propio hijo”, un hombre de su confianza de apellido Arias, y él mismo, “para aprovechar la ocasión que se presentase a cualquiera de los tres”. Aunque nunca pudieron aplicárselo, porque para ese tiempo “su alteza” recelaba mucho de Allende y sus aliados y no permitía que se le acercaran.

Continuará.

Abelardo Ahumada

Crónista y Profesor

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